Por Carlos A. Ramírez / @estilo_perro

Estuve cuatro días en cama con unas fiebres irreductibles: 38, 39 e incluso 40 grados. Solo, sucio, sudoroso, sin afeitar…

El sábado tenía una cita con dos mujeres que deseaban mostrarme cómo hacer tortilla, pero falté. En vez de las lesbianas tuve que sufrir delirios con velas y soldados que marchaban sin rostro por campos en llamas.

Una mierda total.

Un horror que paralizaba el alma y me lamía la espina dorsal.

Al quinto día resucité de entre los zombies y recibí una visita de culo pequeño y carnoso y tetitas respingonas. No me agradaba demasiado esa mujer. Era boba y testaruda, pero cogía bien. Así que la ataqué sin piedad. Le hundí la lengua hasta la garganta y nos desnudamos ahí mismo, sobre el tapete de la sala. Pero algo andaba mal. Mi pene se mantenía impasible. El muy hijo de puta se negaba a responder a los jalones y las mamadas.

Nunca me ha intimidado semejante inconveniencia —me ha sucedido algunas veces, claro—, pero hoy precisamente me apetecía penetrar.

Embestir.

Cargar.

Y me malviajé.

40 grados

Me rodé a un lado y le di un putazo al suelo. “Está bien, cariño, no te preocupes, no es para tanto”, me dijo con su voz grave, boba y testaruda, mientras me acariciaba con suavidad la cabeza. Yo no quería su comprensión ni su ternura, falsa o verdadera. Quería su culo y sus tetas y como no podía tenerlas gracias a mi ataque de impotencia ahora quería simplemente que se largara.

Fui amable con ella.

“Linda, ya que estás aquí, ¿podrías ayudarme un poco con los trastes de la cocina?”, le pregunté.

Sus ojos resplandecieron de furia. Cogió su bolsa y se marchó dando un portazo. Desde el pasillo me gritó: “¡Maricón hijo de puta!”.

Me sentí bien.

Había, ahora sí, regresado al mundo de los vivos…

Editor Yaconic

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