Por Rolando Vieyra Solares / @VieyraSolar

Reunir en un volumen siete historias con finales de un escalofrío aletargado, casi una sensación de vértigo que no se puede quitar de una sacudida, o de simplemente cerrar el libro, es una proeza. Samanta Scweblin (Buenos Aires, 1978), ganadora del Premio de Narrativa Breve Ribera del Duero, cumple con Siete casas vacías, con todos los preceptos narrativos para hacer de sus cuentos historias tan palpables que te dejan con una sensación de vacío en el estómago.

Parece que existe un tema común en las siete historias que Scweblin escribe: “Más que un tema, considero que hay un clima, una geografía que une a todos estos relatos. Si tuviera que hablar de tema, hablaría un poco de extrañamiento, de desesperación, de soledad, de una necesidad de entender el mundo. Son temas un poco abstractos, pero que siempre rondan alrededor del gran problema de comunicarte con el otro. De poder decirle al otro lo que siente, lo que cree o necesita. Es ahí donde hay una gran tragedia, una fatalidad en el lenguaje y en las malas pasadas que nos hace el mismo lenguaje. Hay una distancia muy grande en lo que uno siente y en lo que quiere decir y en lo que de verdad llega al otro. Y a la vez, una necesidad implacable de contar, de comunicar, de conectar con el otro”.

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Pero hay sospechas en los textos que configura Scweblin sobre la existencia de un tema en común, pues parece que un hilo conductor guía a cada uno de los cuentos, ya que en esa distancia entre el emisor y receptor, en ese espacio, pueda cohabitar la locura: “Hay locura en muchos de mis personajes. Lo que pasa es que a veces me cuesta decir que es un tema porque no es la locura “del loco”, no es una locura del manicomio. Es una sana locura. Es un gran problema que llamemos a eso “sana locura”. Porque me parece que no hay otra palabra para eso, pero no es locura. Es en verdad salir de los estereotipos, salir de las etiquetas y empezar a probar y a moverse y a tener otras ideas sobre la vida o sobre las cosas; probar otras salidas, otras alternativas. Muchos de los personajes solucionan cosas jugando un poco con la locura”.

Entonces, resulta que Samanta Scweblin va hilando a cada uno de sus personajes con esa “locura sana” que no se puede nombrar porque no encaja tampoco con los parámetros de las historias siniestras ya tradicionales, aunque, en sus historias, siempre ocurre algo malévolo: “El mundo es bastante más extraño de lo que nos gusta aceptarlo. Creo que nosotros somos más extraños de lo que nos gusta aceptarlo. Estamos todos un poquito locos, pero eso no está mal. Es algo que nos hace únicos. Ser único nos da en el fondo lo que todos queremos: aportar al mundo algo que sólo nosotros le podemos dar. Pues como somos únicos, nadie más puede dar esa mirada. Y sin embargo, insistimos en esta idea, en este pacto social de la normalidad, de lo que es “normal”,  de lo que es aceptable, de lo que es común para todos y  creo que eso nos hace mucho daño. ¡Mucho! Porque es confiar en algo que es una mentira. La normalidad es el concepto más ficcional de todo el libro y de nuestra realidad. Es un invento la normalidad. La normalidad no existe porque es un punto de encuentro entre universos distinto, eso es la normalidad, es un promedio. No existe. Estamos todo el tiempo tratando de entrar en una etiqueta que no existe. Eso nos vuelve un poco locos y nos causa mucho dolor”.

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Samant Schweblin foto Alejandra Lòpez

De todos los cuentos del Siete casas vacías, editado por Páginas de Espuma, es “Un hombre sin suerte”uno de los más impactantes, quizás el que puede quedarse en la memoria por toda la vida. Cuento que se incluyó posteriormente al resto porque fue con él que ganó el premio francés de Ribera del Duero: “Presentar al libro sin “Un hombre sin suerte” era mandarlo a la guerra sin su mejor soldado. Una vez que se terminó la relación con el premio, cuando Juan Casamayor, editor de Páginas de Espuma, me ofrece la edición, yo le cuento todo esto y  Juan me dijo: “si es parte del libro, lo integramos”. Entonces, el cuento volvió a formar parte del libro, cuando siempre fue parte del mismo”.

Y si Scweblin dice que este cuento forma parte de un sólo universo, ¿qué posibilidades hay que existan más historias de seres con un dejo de locura? “Hay otros dos más que quedaron afuera. Uno no publica todo lo que escribe. Un libro de cuentos tiene una razón por la cual tiene esos cuentos en particular y no otros. Me parecía que estos cuentos que quedaron afuera, no eran parte de este libro. Así que quedaron afuera”.

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De todos los preceptos de la construcción de un cuento, Scweblin parece aglutinar los más eficaces. Aprende de cada uno de los cuentistas norteamericanos; desde Poe hasta Carver, incluso podría pensarse que los supera: “Obedezco siempre al material. Me parece que el mejor secreto para escribir una historia es entender realmente lo que uno quiere contar. Porque cuando uno ve eso con claridad, todo lo que sobra en el texto se desvanece. Después lo que hay son tradiciones que uno admira. En esas tradiciones, tengo un cruce un poco raro. A mí me gusta mucho la literatura latinoamericana, me gusta mucho Bioy Casares, Antonio Di Benedetto, Juan Rulfo, o sea, toda esta literatura tan densa y  oscura y enigmática, tan existencialista, a veces. Pero también me gusta mucho la tradición norteamericana que casi va en contra de todo lo anterior. La tradición de Raymond Caver, de Cheever, de Salinger, donde la prosa es súper seca, austera, donde casi es más importante lo que no se cuenta, de lo que se cuenta. Son mundos muy distintos, pero creo que en el fondo, entre esos dos mundos, es donde estoy trabajando. Me gustaría tener una pluma muy controladora, muy precisa, típica de la línea norteamericana, pero para seguir contando la profundidad o la extrañeza del mundo latinoamericano”.

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