Estoy harto que este pendejo me siga a todas partes con su libretita de dibujos. Me choca que infle sus cachetes cuando le da asco algo, piensa que no me doy cuenta cómo mira los cueros que cuelgan de mi cuello. Lo que él no sabe es que este cuello fue besado por la Mujer Maravilla y Espectro de Seda, dos hembras que en su puñetera vida podrá hacerles cunnilingus.

Quiero que Andreas se marche a casa y se olvide de mí. No sé qué encuentra de interesante de mi vida, combatir al crimen es lo más absurdo del mundo. Siempre he pensado que si volviera a nacer usaría mis súper poderes para hacer mucho dinero, lo suficiente para comprar un yate donde nunca se termine el vino rosado.

Andreas Englud es un buen chico. Me recuerda al sicólogo que me trató la depresión por mi segundo divorcio. Nunca me curó, pero me alegro que mis visitas una vez por semana por cuatro años le ayudaran a juntar para ese BMW que tanto deseaba. Me gusta pensar que ese divorcio no fue dinero tirado a la basura; por lo menos el sicólogo compró un auto deportivo y Natasha (mi ex esposa) viajó treinta meses por la zona de las Islas Galápagos con Bruce Banner.

Natasha Romanoff me escribe el día de mi cumpleaños desde hace cuarenta y cuatro años; las primeras veces fueron cartas por correo, después por mail y las últimas dos por whatsapp en mensaje de voz. No he borrado esos mensajes, apago la luz para escucharlos varias veces imaginando que es ella quien habla en la cama. Su voz sigue tan ardiente como la primera vez que la conocí en Stalingrado cuando la salvamos de los nazis.

Siento como los profundos ojos verdes de Andreas recorren los pliegues de mi frente. Son rayos láser que intentan descifrar cada una de mis arrugas mientras imagina lo duro que ha sido mi vida. No tiene ni puta idea de lo que es ser un superhéroe. Hacer el bien, hacer lo correcto siempre, ser un ejemplo. De un tiempo para acá estoy revelándome, comencé por robarme diario un KitKat de la tienda de la esquina donde está mi departamento. También le miro las nalgas a las jovencitas cuando regresan del gimnasio y el paquete a los hombres por curiosidad. Antes pagaba puntual la renta, ahora me gusta esconderme del casero para hacerlo encabronar. No sabes lo bien que se siente ser un hijo de puta.

No quiero decepcionar a Andreas, pero cada día me es más difícil levantarme de la cama. Ha viajado desde Suecia para conocerme y me cuesta decirle que me aburre perseguir a los ladrones o ayudar a cruzar a una viejecita. Hago mi mejor esfuerzo para que no piense que estoy acabado. Sólo quiero ir al súper, comprar una caja de esas mini donas de canela y atascármelas viendo Luke Cage en Netflix.

Quiero quedarme en casa, ahora más por mis problemas de incontinencia y porque mis huesos están molidos. La rodilla derecha es la que más me preocupa, cuando llueve y el ambiente está húmedo automáticamente se hincha, se convierte en una pelotota ardiente. No quiero usar bastón, por eso salgo a correr todos los días antes de las siete de la mañana. Quiero confesar que un par de días a la semana las cobijas se me pegan y me levanto tarde.

Andreas Englud es un buen chico. Agradezco todos esos cuadros que ha pitado mientras me visita. Me explica que su técnica es hiperrealista y que el material que usa es óleo sobre lienzo. Siendo honesto, nunca me ha llamado la atención el arte, pienso que es una tomada de pelo. Así que antes que Andreas regrese a Estocolmo este fin de semana, le diré que no me visite más. Ya no tendré tiempo de atenderlo, estaré un poco ocupado con las quimioterapias.

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