Cuanto más contempla, menos es. Guy Debord. La sociedad del espectáculo.

Por Franco Félix / @el_efe_efe

La frase que funciona como epígrafe es anti platónica por excelencia. Mientras que Platón sugiere que el teatro es el lugar al que asisten los ignorantes para ver sufrir, para experimentar el deseo, para observar el pathos[1], para Guy Debord el espectáculo es la exterioridad, el reino de la visión, el desposeimiento de sí mismo. No se equivoca entonces el escritor norteamericano David Foster Wallace cuando afirma que en el escenario de la vida, uno no es espectador, sino un protagonista configurado como el centro del universo. Esta tesis de Foster Wallace la podemos hallar en “Esto es agua”, un discurso escrito en 2005 y que leyó en la ceremonia de graduación de los estudiantes de esa generación del Kenyon College. Para el autor de La broma infinita, la educación se debe basar en dos principios: qué elegir pensar y cómo pensarlo, un ejercicio de atención y de adultez.

Vayamos a eso.

EL ESTUDIANTE COMO UN ESPECTADOR

La frustrante naturaleza de la educación dicta un patrimonio cultural —un vestigio, en realidad— que se ha adoptado como la fuente inagotable de la institución moderna: el maestro es un productor del conocimiento, un editor de la información, y los estudiantes un recipiente en el que los primeros vaciarán el contenido para hacer de los segundos mejores personas, profesionales. Jacques Rancière no está tan seguro de esto. Lo explica en El maestro ignorante, un libro que detalla la historia de Joseph Jacotot, un maestro del siglo XIX que desarrolló una teoría muy descabellada para la academia: un ignorante puede enseñarle a otro ignorante lo que incluso él no sabe. Lo experimentó personalmente.

Exiliado en Bélgica, Jacotot le dio a sus alumnos una edición de Telémaco en francés, logrando que los éstos —que tenían el holandés como idioma natural— hablaran y comprendieran la obra. De esta manera, su postura pedagógica podía resumirse en acabar con los maestros “explicadores” y desarrollar una igualdad intelectual que supone que todas y cada una de las personas tienen el potencial de acceder al conocimiento mediante la voluntad. La postura de Jacotot cuestionaba la escuela europea frente al escenario de la humanidad. Así, dio paso a su propia doctrina: la educación universal. Y aunque podemos encontrar bastante radical y al borde del misticismo este supuesto pedagógico, Rancière ha rescatado a este personaje para ubicar otro escenario: el de la posmodernidad, para hablarnos de la educación emancipada.

Quien enseña sin emancipar embrutece, decía Jacotot. Rancière habla del término “maestro ignorante”, en sus palabras:

Un maestro ignorante no es ignorante que decide hacerse el maestro. Es un maestro que enseña sin transmitir ningún conocimiento. Es un docente capaz de disociar su propio conocimiento y el ejercicio de la docencia. Es un maestro que demuestra que aquello que llamamos “transmisión del saber” comprende en realidad dos relaciones intrincadas que conviene disociar: una relación de voluntad a voluntad y una relación de inteligencia a inteligencia.[2]

La idea de la emancipación alude al abandono del sistema docente. Le brinda una posición más privilegiada al estudiante, donde sus posibilidades de aprendizaje se concentran en su propia necesidad de aprender. La educación, bajo estos términos, debería surgir como una voluntad, como una reflexión personal. Aunque, en territorios de la actualidad, es muy probable que esto sea impráctico. La finalidad de esta referencia toma como principio que el estudiante es un espectador que debería emanciparse, devolverle el significado a su interés por aprender. Sería una locura, en los tiempos modernos, dejar sobre su propio cuidado a los estudiantes. El salón de clases se vendría abajo. La teoría que aplica Jacques Rancière en El espectador emancipado promueve una inversión del despojo. Para el francés, en el teatro hay una significación establecida que suprime la consciencia. Los espectadores se sientan en una butaca y se olvidan de su entorno para hallarse en un relato que no les pertenece (otra vez, el pathos de Platón), experimentan el descalabro humano sin apuntar a su propia realidad. Bertolt Brecht con su proyecto teatral del distanciamiento y Antonin Artaud con su teatro de la crueldad —a pesar de ser estéticas muy opuestas— tenían un punto de confluencia: el público debe recordar que hay distinciones de clase; el actor está trabajando para poder vivir y alimenta la representación por eso; el espectador experimenta el entretenimiento, se puede largar cuando le dé la gana. Cuando el espectador es capaz de ubicarse, traduce incluso mucho más de lo que el actor le ofrece: traduce el contenido real de la puesta en escena (una idea); es decir, comprende que hay detrás del telón un director, un tramoyista, que hay que pagar la cuenta del servicio eléctrico en el teatro, que el protagonista en el escenario tiene, de hecho, una vida distinta a la que proyecta en su papel. Encontramos aquí un ejercicio de traducción que podría concebir mucho más conocimiento del que ofrece el personaje/actor sobre sus tarimas. El espectador se anticipa e interpreta, de la misma manera que un crítico de arte explica una pintura en una galería sin que al artista visual le haya pasado por la cabeza el mismo supuesto ético y estético. Ése es un ejemplo mucho más cercano. El crítico de arte es un emancipado, sobre todas las cosas. Interpreta, traduce lo que el artista no sabe. Vayamos a nuestro estudiante. Cuando el alumno se emancipa, adquiere un conocimiento que incluso el maestro ignora. En otras palabras, la voluntad de aprendizaje se superpone al contenido puesto sobre la mesa de las aulas educativas. Rancière habla de una emancipación que abarque el interés reflexivo y filosófico que no se estacione en el producto educativo, sino en la interpretación que hace el estudiante de ese producto, la traducción del conocimiento, la más letal de las emancipaciones.

jacques ranciere

Jacques Rancière

En este sentido, la pedagogía debe aludir a la reflexión filosófica. Y aquí entramos en terrenos de una nueva política del estudiante. Más allá de un reglamento que exige comportamientos delimitados por el sentido común y los créditos que se deben conseguir para lograr una licenciatura, la educación contemporánea debe exigir una educación dialéctica, una pedagogía que involucre cuestionamientos más sofisticados y, sobre todo, éticos, acerca de la propia educación. Vayamos a eso: el crítico de arte, frente a la obra, no se pregunta ¿por qué el autor creó esa pintura? Sino ¿qué le aporta esta pintura al escenario del arte contemporáneo? De la misma manera, los estudiantes se deben enfrentar al conocimiento con razonamientos que ubiquen su condición en el mundo y sus propios hallazgos.

EL AGUA DE FOSTER WALLACE

Volvamos al texto literario de David Foster Wallace. Este discurso inicia con una pequeña anécdota que funciona perfectamente para redondear el texto hacia el final. Tres peces que se encuentran al nadar:

Eran dos peces jóvenes que nadaban juntos, cuando de repente se toparon con un pez viejo que los saludó y les dijo “Buenos días, muchachos ¿Cómo está el agua?” Los dos peces jóvenes siguieron nadando un rato, hasta que eventualmente uno de ellos miró al otro y le preguntó “¿Qué demonios es el agua?”[3]

Esta analogía funciona, aunque imprevisiblemente al principio, para redondear la totalidad del corpus ya encaminada hacia las últimas palabras. El texto se concentra en la formación humanística que deberían tener todas las escuelas y sobre todo sus alumnos, los egresados (a quienes dirige el discurso) de esta generación de estudiantes de las carreras de humanismo. La tesis general de este estupendo escrito radica en la toma de consciencia del entorno (acá estamos enfrentándonos al símil del espectador emancipado), busca que los jóvenes estudiantes ejerciten una empatía verdadera, ética y moral, lo que vendría a ser una educación esencial, que no se destaque por la recuperación de datos y fechas, de información y todo este contenido que se vacía en las aulas académicas. Foster Wallace promueve una educación menos formal y más inteligente. Da a los estudiantes una lección fundamental en la vida adulta: la educación es la libertad que tenemos para elegir qué pensar y cómo pensar:

Estoy seguro de que ustedes ya se han dado cuenta de lo difícil que resulta estar alerta y atentos en lugar de ir como hipnotizados siguiendo el monólogo interior (algo que puede estar sucediendo ahora mismo). Veinte años después de mi propia graduación llegué a comprender el típico cliché liberal acerca de las Humanidades enseñándonos a pensar: en realidad se refiere a algo más profundo, a una idea más seria: porque aprender a pensar quiere decir aprender a ejercitar un cierto control acerca de qué y cómo pensar. Implica ser consiente y estar atentos de modo tal que podamos elegir sobre qué poner nuestra atención y revisar el modo en que llegamos a las conclusiones a las que llegamos, al modo en que construimos un sentido en base a lo que percibimos. Y si no logramos esto en nuestra vida adulta, estaremos por completo perdidos.[4]

La lección encuentra puntos de conexión con Rancière y con Debord. La verdadera educación consiste en emanciparse, en dejar de ser el estudiante embrutecido por la teoría educativa que sigue reinando en la actualidad: los estudiantes son contenedores de información, una información imprecisa, dura, que funciona dentro de las instituciones y que a la hora de salir a la calle olvida el verdadero sentido, la instrucción fundamental que requiere de una concentración inherente a un conocimiento empático, justo y ético sobre todas las cosas.

david foster wallace

David Foster Wallace / Foto: Marion Ettlinger

Foster Wallace nos pone un ejemplo en “Esto es agua”. Nos recuerda que tenemos una configuración de nacimiento: creemos ser el centro del universo. En una fila de supermercado, nos molesta la lentitud de la cajera, la señora que está frente a nosotros pagando con sus vales, ralentizando el proceso. Nos molestamos, nos interrumpen, están en medio de nuestro camino, no nos permiten ir a nuestro hogar a descansar. Los demás forman parte de esta puesta en escena que llamamos Vida. Ahí están, sin otra cosa que hacer que bloquear nuestro camino, nuestra hambre. Pero —dice Wallace— quizá la señora gorda que paga con sus vales lleva tres días sin dormir porque su esposo tiene cáncer, y aunque es poco probable, tampoco es imposible. El escritor nos ofrece elecciones. Qué pensar, cómo pensar. Nos dice que es posible que haya otros que estén sufriendo mucho más que nosotros que queremos ir a cenar y ver televisión después del trabajo. Nos ofrece la oportunidad de abandonar la automatización, a qué prestar atención. “…Si en realidad aprendes a prestar atención, te darás cuenta de que en realidad hay otras opciones. Vas a poder  percibir ese atestado, caluroso, y lento infierno no solo como significativo, sino como algo sagrado, consumido por las mismas llamas que las estrellas: amor, comunión, esa unidad mística que hay bien en lo profundo de las cosas”[5].

Es un paseo muy peligroso. Las palabras utilizadas podrían acusar al narrador de ser un moralista, pero al final, el mensaje es muy claro, se trata de una visualización más generalizada, lejos del embrutecimiento, abastecida por una enérgica capacidad crítica, de la educación real, en la que uno puede elegir qué tiene o no sentido y qué es lo que vale la pena venerar. Se trata de ejercer una libertad alimentada por la atención y la disciplina:

La libertad que importa verdaderamente implica atención, conciencia y disciplina, y estar realmente interesados en el bienestar de los demás y estar dispuestos a sacrificarnos por ellos una y otra vez en miríadas de insignificantes y poco atractivas maneras, todos los días. Esa es la libertad real. Eso es ser educado y entender cómo pensar. La alternativa es lo inconsciente, lo automático, el funcionamiento por default, el constante sentimiento de haber tenido y perdido alguna cosa infinita.[6]

En palabras de Debord:

Emanciparse de las bases materiales de la verdad invertida, he aquí en qué consiste la autoemancipación de nuestra época. Esta “misión histórica de instaurar la verdad en el mundo” no pueden cumplirla ni el individuo aislado ni la muchedumbre automatizada y sometida a las manipulaciones, sino ahora y siempre la clase que es capaz de ser la disolución de todas las clases devolviendo todo el poder a la forma desalienante de la democracia realizada, el Consejo, en el cual la teoría práctica se controla a sí misma y ve su acción. Únicamente allí donde los individuos están “directamente ligados a la historia universal”; únicamente allí donde el diálogo se ha armado para hacer vencer sus propias condiciones.[7]

Aquí hay una noción marxista, un poco sesgada en Foster Wallace, pero queda claro que el sentido automático de las personas a las que se refiere el escritor norteamericano coincide con los términos de la conciencia de clase del francés. La autoemancipación, entonces da paso a otro concepto que va por la misma línea que la del maestro ignorante. No sólo el ignorante podrá enseñar al otro ignorante lo que no conoce, sino que también el ignorante, a la hora de construir un criterio desarrollado por la empatía de su entorno, por la libertad de sus elecciones de pensamiento sabrá incluso lo que no sabe. Digámoslo así: el hombre educado que intuye y que elige pensar que la señora que está pagando con los vales tiene una vida más difícil que él habrá generado un conocimiento embalado en la ignorancia. Ahora conoce, lo que no sabe (si la señora tiene una vida más difícil o no). La educación es determinantemente voluntaria. Es un acto de voluntad que exige sacrificios por parte del estudiante. La educación como acto de fe en estos tiempos modernos. Sin duda, es un trabajo difícil para los estudiantes de la actualidad entender una nueva política de la educación ligada a su propia invención, a su propia toma de consciencia. Pero es necesaria. La educación no es posible sin esa certidumbre, sin esa veneración de la verdad que es incluyente y libre por consecuencia.

guy debord

Guy Debord

Es todavía más complejo, en estos tiempos de virtualidad y desinterés, hallar el humor adecuado, la verdadera idea del aprendizaje en comunidad. Pero si los chicos de Jacotot que hablaban holandés pudieron traducir y comprender un texto en francés hace casi cien años, hoy, no debería ser tan difícil que comprendamos, amigos peces, que el agua (la educación) es esa parte esencial frente a nosotros, esos valores invisibles y básicos que nos rodean son lo que realmente importa.

Es acerca de los valores que implica la real educación, que no tiene nada que ver con el acumular conocimiento y sí con la simple atención, atención a lo que es real y esencial, tan oculto en plena vista a nuestro alrededor, todo el tiempo, que tenemos que estar constantemente recordándonos a nosotros mismos, una y otra vez: Esto es agua. Esto es agua. Esto es agua.[8]

Referencias.

[1] Rancière, Jacques (2010). El espectador emancipado.

[2] Corradini, Luisa (2008). ADN Cultura. Suplemento del diario La Nación.

[3] Foster Wallace, David (2005). “Esto es agua” en <http://www.sisabianovenia.com/LoLeido/NoFiccion/DavidFosterWallaceDiscurso.htm>, visto en mayo de 2013.

[4] Foster Wallace.

[5] Foster Wallace.

[6] Foster Wallace

[7] Debord, Guy (2008). La sociedad del espectáculo.

[8] Foster Wallace.

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