LA DAMA, EL CABALLO Y DIEGO

Sus ojos color oliva resaltan entre arrugados parpados al contorno de la vaporosa luz de las cinco de la tarde, y se tornan en un verde jade cuando describe lo que el ajedrez fue, es y será en su vida. Jiménez, como lo llaman sus amigos, es uno de los muchos ajedrecistas que se pasan las tardes en una batalla intelectual sobre el tablero, frente al Museo Mural Diego Rivera, en la esquina de Balderas y Colón, en el centro histórico de la ciudad de México.

Las piernas cruzadas y las miradas se clavan en tableros de cartón o madera —para los más afortunados— bajo piezas que parecen un batallón medieval parchado en distintos tonos de negro o blanco. Las jardineras cuadradas y descuidadas sirven como mesas y a la vez como sillas para los maestros, ingenieros, estudiantes, jubilados, un psicólogo y escritor, desempleados desde hace ocho años, godínez y hasta un matemático que presume orgulloso a su compadre la tarjeta del INAPAM que hace algunos días le han entregado.

Y mientras las partidas toman su ritmo, y el sol cae pleno sobre las cabezas blancas o los sombreros de mimbre, es fácil recordar lo apuntado por Borges aludiendo al juego ciencia: “El tablero los demora hasta el alba en su severo ámbito en que se odian dos colores”. Las manos se mueven lentas, pero según Jiménez, lo más importante en el ajedrez es “mirar más allá, con profundidad. Hay que tener creatividad, hay que tener visión, hay que leer mucho sobre estrategia. Porque hay más libros de ajedrez que de cualquier otro deporte”.

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Los dos policías que vigilan la entrada del museo en honor a quien más amó Frida Kahlo, construido un año después del terremoto de 1985, el cual azotó la ciudad, miran de reojo las jugadas, escuchan los debates de política, religión, arquitectura o cualquier tema que al viento se le ocurra y que los ajedrecistas atrapen.

Los muros de una jardinera destruidos por la caída de un árbol, hace más de dos meses, desentonan la vista de la estatua de la solidaridad construida en 1986 en memoria de los fallecidos por el terremoto y que representa tres manos empuñando un asta bandera. La plaza también alberga comerciantes de ropas regionales, comida garnachera y puestos de pulseras hechas con hilos y madera por artesanos mexicanos.

Aunque la estética del ajedrez es sublime, las condiciones en las que estos amantes del plan y la estrategia desarrollan sus mejores jugadas son lamentables. “Ya sea por el hostigamiento de los indigentes o la falta de interés de instituciones públicas y delegacionales, que en su papel de impulsadores y promotores de la cultura deberían dotar de lugares dignos para jugar”, asegura Alejandro Serrano, psicólogo y maestro jubilado con más de 46 años de trayectoria, amante de los chistes entre camaradas y que desde hace 35 años visita el tablero humanoide en el que se ha convertido la plaza.

La mirada de Serrano comparte con la de Jiménez la pasión excelsa por presenciar una bella partida. Se sumerge en sus recuerdos para contar a quien quiera escuchar que donde estamos parados se encontraba el Hotel Regis y antes, el convento de San Diego y el cementerio del claustro.

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Camino alrededor de una de las dos jardineras y mientras la mirada se pierde  en uno de los siete enfrentamientos en duelo, se acercan dos hombres que esperan impacientes para jugar. Algunos se alejan y desahogan sus martirios maritales y laborales mientras su turno los llama a la batalla.

Silencioso como un depredador en el más cómodo de su habitad, se detiene a mi lado un hombre mayor de bigote incompleto que lleva sobre su nariz chata, adornada con vibrisas dignas de un coyote viejo; un par de anteojos de fondo de botella, cuadrados, enmarcados por una pasta que solía ser negra y que semejan dos vitrales de iglesia de pueblo: estrellados y casi sin forma. Me toca el hombro y un “jugamos” sale de su pestilente boca repleta de dientes amarillentos, que imagino es por la cajetilla de Delicados que El Chon se fuma al día, desde hace más de 40 años.

Tomamos asiento en la incómoda jardinera desde la que se puede ver en letras doradas el nombre del Museo que aguarda en su interior el mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, en el que figuran personajes históricos como el creador de la Catrina, José Guadalupe posada. Daniel, como después dice llamarse, saca de una mochila deshilachada un cigarro y un reloj de doble cronometró que define y limita el tiempo de cada tirador para realizar un movimiento sobre el tablero.

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Mientras el fuego enciende su Delicado me dice que el juego será “de a cafecito”. Asiento con la cabeza, pero gracias a la intuición que pienso ha desarrollado un 95% de los chilangos que hemos sido timados, robados o extorsionados, me doy cuenta que mi notable inexperiencia sobre el tablero ha sido el gancho para que el viejo lobo de mar me mire como un peón incapaz de combatir contra su caballo.

Cruza sus pies y acomoda el tablero de cartón casi deshecho, que sustituye el clásico blanco y negro tan emblemático del ajedrez, por un verde oliva como el de los ojos de Jiménez y un café casi al tono de la figura de Mictlantecuhtli, hecha de barro, que cuelga de su cuello. La estatuilla del señor del mictlán parece deseosa de integrarse a la lucha de piezas, tal vez intente caminar por el cogote marchito y holgado del viejo, bajando por su brazo derecho hasta los sesenta y cuatro cuadros que componen el tablero.

Tomo la dama, el rey, el caballo, y acomodo mis piezas sobre los cuadros vacíos, inventándome una estrategia que no tengo para empezar el juego. El reloj va en retroceso. Sólo tenemos cinco minutos para mover los pequeños pedazos de plástico mordisqueados por un perro y despintados por el rose con la mochila de El Chon.

Mientras Daniel se tiende en un ataque inmediato me asegura que lleva ocho años como desempleado. Sobrevive de lo que llama “trabajitos de plomería”. Tiene un hijo que ya está grande, por lo que ya no tiene que mantener a nadie. Estuvo casado. Pero al cumplir apenas dos años su bebé, se separó de su mujer y no ha vuelto a equivocarse. Estoy en jaque y sobran más de tres minutos en el reloj.

En cuanto se sabe ganador, El Chon se acomoda el pantalón y me dice que ya estuvo, que le pague el café. Y mientras meto la mano a mi pantalón deseo que la paga no sea mayor de 20 pesos, pues andar bien bruja está de moda. Para mi sorpresa el café vale nueve, Daniel los toma rápidamente y me da la mano  despidiéndose de la primera presa de la tarde.

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Sentado frente al deleite de concentración sobre dos jardineras, Jiménez está a mi lado, hace una seña al viento llamando a alguien. El maestro Serrano llega con una boina color arena sobre su lampiña cabeza; detalla la importancia de la psicología para ser un buen jugador de ajedrez y, mientras remanga sus pantalones de pincetas, sostiene que “en este lugar son deplorables las condiciones en las que se juega, atrás quedaron los clubs de juego y los torneos. Aquí no hay un buen nivel de juego, pues lucrar con el ajedrez es algo que degrada este bello deporte”.

Miguel J. Crespo

Miguel J. Crespo

Estudiante de periodismo en la Carlos Septién García. Mi pasión es caminar sin dirección alguna. Se me facilita perderme por lugares que ya conozco. Hago fotografía porque creo que la literatura es su fiel compañera. Me deleita la poesía de Novalis y la prosa de Fernando Benítez. Pambolero de barrio. Siempre he creído que no estoy viviendo, porque la vida es efímera.

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