Akamba significa en purépecha agave y un nombre más acertado para el festival no pudo haber. Literal, en medio de un campo repleto de agave azul, nació, creció y murió, como una grande fogata,esta fiesta única y genial celebrada en Tequila, Jalisco, en los campos de José Cuervo.

Partimos desde la ciudad de México rumbo a Guadalajara. Las 5 horas que, según esto, dura el trayecto, en realidad, fueron casi ocho. Entre reparaciones de carretera, dos accidentes viales y el tráfico tapatío de un viernes por la tarde hicieron que nuestro camino se alargara, pero lejos de ser esto algo malo fue algo positivo. Influyó en la forma en cómo disfrutamos el festival. Un viaje, la carretera y dejar el altiplano de México para llegar a Guadalajara. Un terreno mucho más desértico y seco; ideal para el diamante verde que crece en las faldas de las colinas: el agave azul.

Foto: JC González @taljose

Partimos a medio día y llegamos ya en la tarde a nuestro destino final, el pueblo mítico de Tequila. Esa noche, después de hacer una parada obligada a comer algo tapatío, decidimos que era mejor dormir temprano (después de echarnos unos tequilas y unas cervezas) para poder aguantar el festival. Todos estábamos angustiados. En los últimos días había llovido en algunas partes de Jalisco. Sin embargo, mientras comprábamos los trago supimos por parte de un campesino que al día siguiente no se precipitaría el cielo. Sabiduría de campo.

Foto: JC González @taljose

Al día siguiente llegamos desde el principio. Tanto manejar para desaprovechar lo que desde la mañana se sugería: un día soleado, azul y claro para disfrutar de la música. Saber que vas a un festival que se celebrará en medio de un campo de agaves hace que tu expectativa sea, por lo menos, diferente, por lo extraño del lugar.

Pero, una vez ahí, todo empezó a fluir. Salimos de la carretera, tomamos un camino sinuoso y pedregoso que te dirigía hacía el festival. A ambos lados, los campos verdes gigantescos, repletos de agave que, pegados el uno al otro, miraban con sus filosas puntas al cielo. ¿Era ahí donde nos íbamos a festejar o dónde? La expectativa crecía, mientras distinguimos no muy lejos los escenarios y las carpas. Estacionamos la camioneta cerca de la entrada y caminamos un trecho hasta la entrada del festival. Una colorida estructura de madera, retorcida como una serpiente, nos daba la bienvenida. Justo adelante, el festival.

Foto: JC González @taljose

Foto: JC González @taljose

Foto: JC González @taljose

Había banderas blancas que ondeaban al ritmo del viento, piedras de diferentes colores situadas en formas geométricas sobre el suelo, un escenario en forma de pirámide, alebrijes multicolores,un mural pintado vivamente, una estructura de madera de dos pisos, un escenario que recortaba el enorme valle casi turquesa, y al fondo, muy a lo lejos imponente y silencioso el Volcán de Tequila. Alrededor y en medio del festival, agaves y más agaves y muchos más agaves. ¡No podía esperar a ver esto de noche!

El día fue pasando y con eso la inclinación y poder del sol. Principalmente estuve en el escenario Uni, ya que tenía muchas ganas de ver tocar Nicola Cruz. Pero pude conocer a una banda que me encantó: Sikane, la pura sabrosura. Además, había una activación divertidísima por parte de Tinder en la que un astrólogo te leía tu carta astral y te regalaba una piedra de obsidiana. En medio de tan fantástico lugar, mientras las estrellas iban apareciendo en el cielo, sentí la influencia de los astros. Mi novia y yo veíamos cómo atardecía, justo antes de entrar a que nos leyeran nuestra fortuna.

Foto: JC González @taljose

Después de ver a Mayer Hawthrone, que con sus falsetes, un glorioso tecladista que todo lo podía y un excelente liro contagió al público con su espectáculo,nos dirigimos al área gastronómica. Hacía hambre fuimos a ver qué había. La oferta era cuantiosa: comida china, hamburguesas, comida vegana. De todo, para satisfacer a los asistentes.

Justo enfrente de esta área, había un lugar donde te podías sentar alrededor de una fogata, que atraía al público como moscas. Desde ahí, perfectamente podías comer mientras cargabas energías para el dj set de Nicola Cruz, quien empezó a tocar ya tarde, frente a un público ávido de bailar con él.

Foto: JC González @taljose

En un festival relativamente pequeño y que contaba con dos pabellones, el sonido fue impecable. Los grupos sonaban bien, fuerte y claro; y la música de los escenarios no se estorbaba entre sí. A diferencia, de Uni, con música más “digerible”, Ori fue un dechado de música electrónica que no paró de tocar hasta las cinco de la mañana. Al final de la noche, los aferrafters de mis amigos nos quedamos para ver el espectáculo final mientras Niño Árbol controlaba las consolas. La estructura piramidal en la que tocaba el dj empezó a iluminarse industrialmente: rojos, blancos y azules y la música ambiental, ruidosa, decadente anunciaban el final. Por un momento, el escenario pareció convertirse en una nave espacial que como ruina alienígena ancestral elevaría el suelo como deidad entre humo.

Emprendimos el camino de regreso a la camioneta, donde el conductor designado nos abría un tanto desmañanado las puertas. Subimos al coche y, mientras prendíamos la radio, detrás de nuestros oídos un zumbido, un leve golpeteo, inundaba nuestros oídos. Fuego ritmo y tierra, prometía el cartel del festival. Pero, en realidad, fue mucho más que eso.

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Yeicko Sunner

Yeicko Sunner

Chilango de nacimiento; chilango por convicción. Amante de la comida, los libros, los tacos y la cerveza. Creador de @lupulocéfalo y editor gastronómico en @Yaconic.

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