Un hombre que se suicida siempre tiene una razón que llevarse a la tumba, así que no trates de descubrirla. Akira Kurosawa.

Por Antonio Frias / @jafrias26

Cuando Fausto se decepcionó de la ciencia, la humanidad y la religión, se interesó en la magia. Eventualmente terminó haciendo un trato con el mismísimo demonio. Y aunque las promesas resultaron seductoras, al final su alma pagó caro la diabólica tentación. Todo esto, por supuesto, es parte del argumento de la novela clásica de Goethe, pero bien podría describir el primer encuentro del nipón Akira Kurosawa (1910-1998) con Hollywood.

En 1970 Akira ya había filmado grandes clásicos como Rashōmon y Los siete samuráis. Tenía fama internacional. Por ello lo invitaron a filmar en América Tora! Tora! Tora!. Además existía la promesa de debutar en el cine a color y colaborar con David Lean, a quien admiraba por Lawrence de Arabia (1962). Lamentablemente, su visión no se adaptó a la de los hijos del Tío Sam. Lean era un director inestable. Y ambos fueron despedidos apenas inició el proyecto. La cinta se realizó con otros directores y aunque se basó en el guión firmado por Kurosawa, él no recibió crédito por ello… En Hollywood todos los acuerdos son con Mefistófeles.

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Akira Kurosawa.

De regreso en Tokio y tras el sonado fracaso de Dodes’ka-den (1970), su ansiada película a color, Akira se sumió en una gran depresión. A finales de 1971 se despertó, entró al baño de su casa, tomó una navaja y se cortó la garganta y las muñecas. Más de 30 rajadas, según dicen algunos.

La apuesta de sangre con el diablo americano parecía perdida. Pero igual que en la leyenda germana (Fausto alcanzó la gloria divina), Akira sobrevivió a su intento de suicido y regresó para ganar un Óscar en 1975. Y empapar a la cultura pop gringa con su espíritu inquebrantable, profundo, lleno de guerreros con debates morales.

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El ángel borracho (1948).

¿Dónde podemos encontrar su marca? Basta decir que inspiró a George Lucas en su saga Star Wars; sirvió como base de los wésterns clásicos de Sergio Leone y Clint Eastwood, o sus historias episódicas y entrelazadas, un estilo que adoptaría Alejandro González Iñárritu y el clásico moderno que es Pulp Fiction (1994), de Quentin Tarantino.

PINTANDO HISTORIAS

Desde pequeño, Akira Kurosawa mostró interés por el dibujo. Pero fueron las circunstancias, la tragedia, las que lo encaminaron a la narración. El gran terremoto de Tokio en 1923, la muerte de algunos de sus hermanos, el inicio de la Primera Guerra Mundial, la Gran Depresión, la oleada comunista y la llegada del cine sonoro lo llevaron a convertirse en aprendiz de director en los estudios Tōhō en 1938.

De forma mucho más personal, su hermano mayor, Heigo, fue quien le mostró la obra de escritores como Dostoyevsky o Shakespeare, las cintas clásicas de John Ford, Fritz Lang y Sergei Eisenstein. Su interés por el cine no paraba ahí. Kurosawa fungía como benshi, una especie de narrador/intérprete en las épocas de cine mudo. De igual forma, su padre lo instruyó en pintura europea, como Vincent van Gogh; en las artes marciales, en el kendo y en la cultura samurai. (Su misma familia descendía de una línea de guerreros ancestrales.)

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Rashômon (1950).

Este cúmulo de elementos sirvió para que Kurosawa ganara responsabilidades y reconocimientos como asistente, hasta que en 1943, en plena Segunda Guerra Mundial, dirigió Sanshiro Sugata (La leyenda del gran judo), una historia que tuvo que pasar por la revisión gubernamental oficial, y aunque no tenía el tono patriótico-propagandístico que se esperaría, superó la censura gracias al apoyo del gran director Yasujirō Ozu. La verdadera revelación llegaría cinco años después con El ángel borracho (1948), en la que unió fuerzas con el actor Toshirô Mifune, quien se transformaría en su colaborador por excelencia.

EL IMPERIO SE EXPANDE

El reconocimiento internacional llegaría con Rashômon (1950), que cuenta la historia de una violación, pero desde cuatro puntos de vista distintos. Más de 400 tomas para ilustrar la subjetividad humana, una devastadora tesis para destruir las verdades absolutas, un comentario simple pero revolucionario a nivel narrativo y, desde luego, cinematográfico.

Con esta nueva fama Akira se adentró y perfeccionó el género de samuráis. Es decir, esos espadachines de élite, a medio camino entre forajidos y autoridades, de personalidad dura, solitarios, pero con una profunda espiritualidad y filosofía. Precísamente fueron estos últimos elementos los que los dotaron de una moralidad única, que intentó ser replicada por los vaqueros americanos o los guerreros espaciales.

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Yojimbo (1961).

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Yojimbo (1961).

Estos espadachines cautos, pausados, guiados por los códigos del bushido, el budismo y la filosofía zen, ubicados en el Japón medieval feudal, conocedores de leyendas populares, siempre rodeados de pueblerinos humildes e ingenuos, con un tono épico, grandilocuente, casi mágico, estaban lejos de los vaqueros gringos de principio de siglo; incluso su semblante era diferente a los caballeros de las cruzadas europeas.

Sus producciones en la década de los cincuenta y sesenta incluyeron trabajos definitivos como Los siete samuráis (1954), que siempre aparece en las encuestas especializadas de lo mejor en la historia del cine. La trama de una aldea de campesinos que pide apoyo a un grupo de samuráis para defenderse de los bandidos que los asaltaban, se convertiría en una epopeya heroica, llena de coraje, sacrificio y, también, en una producción que rebasaría los presupuestos de los estudios Toho, pondría a los actores en condiciones de frío extremo, a crear sets gigantescos, a montar elaboradas coreografías para recrear peleas…

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Los siete samuráis (1954).

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Los siete samuráis (1954).

El sacrificio y persistencia de Kurosawa no pasaron desapercibidos. Durante este periodo sus cintas influyeron de forma indirecta en Occidente. Así, Los siete samuráis (1954) se convirtieron en pistoleros en Los siete magníficos (John Sturges, 1960), La fortaleza escondida (1958) dio origen a la historia de Star Wars, el magistral personaje de Toshiro Mifune en Yojimbo (1961) llegó al lejano oeste de la mano de Clint Eastwood y Leone en Por un puñado de dólares (1964).

Toda esta influencia y reconocimiento culminó en 1990, cuando los estudios cinematográficos nipones se negaron a producir su siguiente película: Dreams, ya que además de ser crítica con el armamentismo nuclear, estaba compuesta por cortometrajes oníricos, inconexos, muy en la onda del realismo mágico, basados en sueños que él tuvo.

Su legado ayudó cuando el guión llegó a Steven Spielberg, titán de éxitos comerciales, quien lo financió inmediatamente, además de incluir a otros grandes, como Lucas, Francis Ford Coppola y hasta Martin Scorsese actuando. Una forma elegante de rendir homenaje a su inspiración.

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Francis Ford Coppola, Irvin Kershner, Akira Kurosawa, George Lucas, Steven Spielberg y Carroll Ballard.

Y su reputación no se quedó ahí. No por nada Akira es de los pocos directores orientales que lograron marcar la cinematografía mundial y llegar hasta nuestros días. Basta con revisar cualquier cinta yakuza de Takashi Miike o Takeshi Kitano, o con ver el éxito de los Skywalker, para darnos cuenta que el cine de calidad supera cualquier barrera cultural, seas de Tokio o de cualquier lado.

Hacia el final del libro de Goethe, Margarita salva a Fausto, mientras que los ángeles sentencian: “A quien siempre se esfuerza con trabajo podemos rescatar y redimir”; es decir, no importa que en un primer acercamiento Hollywood parecía el ganador, al final, su pensamiento y talento colocaron a Akira Kurosawa como un patrono poderoso en la historia del cine.

Editor Yaconic

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