Por Miguel J. Crespo / @migueljcrespo

El suelo de sal está estrellado. Asemeja la piel seca y desgastada de un anciano albino sin ojos ni boca. Interminable.  Al fondo, una línea divide el paisaje. El cielo se diluye en el vacío donde el umbral se extingue. En uno de los puntos donde cruza la regla de tercios aparece Angélica Escoto. El viento remueve sus cabellos mientras nos mira inmutable. Desnuda. ¿De qué otra manera se puede andar dentro de un sueño?

Los huracanes construyen laberintos impensables sobre el mar, susurra Angélica. Luego se pierde en el fondo del mar sin agua: el desierto de Baja California, en el norte de México.

angelica escoto fotografa

Cuando Angélica era niña se divertía escribiendo cuentos sobre sus vecinos. Les inventaba historias que nunca terminaba. A los 16 años solo pensaba en viajar e irse lejos de la casa de sus padres. Harta de los insultos misóginos de su papá, ingresó a la licenciatura en periodismo con el objetivo de que al terminar podría soltar todo y principiar el viaje.

El acercamiento con la fotografía se dio una tarde cuando en la escuela (Carlos Septién) le pidieron retratar una conferencia. Nunca había tenido una cámara, pero ahí estaba yo, retratando a un fulano mientras contaba sus experiencias, dice Angélica. Le emocionaba ver su nombre debajo de las fotos que publicaban.

Al terminar la carrera cumplió con sus padres y se fue para no volver. Trabajó año y medio como laboratorista fotográfico en el periódico 8 Columnas, de Guadalajara. Después se mudó a Morelia, donde editaba la sección internacional del diario La Voz de Michoacán. Una tarde se cansó de la monotonía de su vida, vendió todas sus cosas y aceptó la invitación de una amiga para irse a vivir a La Paz, Baja California.

angelica escoto

angelica escoto fotografa

La primera vez que Angélica caminó sobre Bahía de los Ángeles, un paraíso entre las montañas y el desierto de la península bajacaliforniana, se dio cuenta que antes de conocer ese lugar ya lo había soñado.

Escoto no es una fotógrafa, es una poeta gráfica. Su expresión de la nostalgia está sumergida en el ruido del negativo, la composición de su obra nos remite a sueños de la infancia y paisajes que creemos irreales. La soledad es un vestigio atrapado dentro de su Canon A-1, la cámara que la acompaña desde 1991.

ELLAS

Angélica está en el sótano de su casa en Baja California. Sentada frente a su computadora, selecciona y edita algunas fotografías de su nuevo proyecto Ellas no bailan solas (2017), en el que ha documentado las fiestas de XV años de hijas de mexicanos inmigrantes residentes en California, Estados Unidos, y en el que ha trabajado por más de diez años.

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Ellas no bailan solas (2017) / (En construcción).

Lleva el cabello suelto, largo hasta debajo de los hombros y el copete lacio al borde de sus cejas. Su sonrisa forma una D, pero alargada. La veo a través de la pantalla de mi computadora. Hay un retraso en la transmisión. Cuando hago una pregunta, sigue un silencio de tres segundos. Luego Angélica contesta y se ríe. Casi siempre se está riendo.

La mandíbula imponente de una ballena se asoma del mar y a su alrededor se forman pequeñas olas. Lleva millones de parásitos pegados al hocico y parece que sonríe. Detrás, el cielo semeja un algodón de azúcar. Angélica encuadra y dispara una de las fotos que forman la serie Huellas, Ellas y Ballenas (2012).

¿Por qué las ballenas perdieron las patas y se lanzaron al mar? Se cuestionó la fotógrafa en aquellos días en que recorrió la península de Baja California, para retratar sus recuerdos personificados en sus dos hijas, nadando entre riachuelos con piedras que parecen costras y ballenas que se asoman a tomar aire.

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Huellas, Ellas y Ballenas (2012).

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Huellas, Ellas y Ballenas (2012).

Me gusta observar el paisaje antes de gastar la película. Un rollo me alcanza hasta 24 exposiciones y sé que de esas por lo menos 10 tienen que ser buenas, dice Angélica mientras se pasea por su casa con el teléfono en la mano, como si quisiera tomarse una selfi.

Para Escoto siempre existe la necesidad de estar detrás de su cámara. Tener el control mientras elige qué se robará del paisaje frente a ella. Empiezo a trabajar antes de que salga la luz. Como a eso de las cinco de la mañana ya estoy preparando mi equipo. Después me introduzco al desierto, camino horas y cuando encuentro el lugar acomodo la cámara, elijo el encuadre, me quito la ropa y disparo.

A BORGES LO TRAJO UN HURACÁN

La madrugada del domingo 14 de septiembre de 2014, el huracán Odile devastó la península de Baja California. Sus vientos de 110 km. por hora voltearon carros y deshicieron casas. El mar se desbordó y arrastró la casa móvil de Angélica.

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Las ruinas circulares / (En construcción).

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Pasa el tiempo y me doy cuenta de que no hago foto, sino que la foto está conmigo —dice Angélica emocionada, después se carcajea—. Buscando un trabajador, para reparar mi casa móvil que colapsó por el huracán Odile, encontré en la basura seis cajas con ocho mil diapositivas hechas con película Kodachrome. La otra mitad del archivo había sido quemada dos días atrás.

En “Las ruinas circulares” de Borges, es el fuego quien anima al hombre soñado, pero es también el fuego, el único que sabe, que el hombre soñado no es real. Los secretos que el fuego no destruyó revelaron una tragedia familiar y animaron una simbiosis entre personajes en un mundo de sueños, en donde los soñados, sueñan sueños progresivamente y van formando cadenas circulares, y yo, tal vez, no soy real, sino solo el sueño de otra fotógrafa, que también sueña fotógrafos, escribe Angélica. La veo en mi pantalla. La imagen se mueve rápido, me marea. Busca un cigarrillo, lo encuentra y lo enciende.

A casi tres años de su hallazgo, Angélica aún sigue trabajando en la edición de su proyecto. Sabe que hay cosas que, de haberlas ideado, jamás le hubieran salido. Cuando nos despedimos, Angélica fumaba en la puerta de su casa. Me contó que en una semana visitaría un cementerio de ballenas y que caminar en el desierto de noche está bien loco, más cuando lo haces con dos galletas de marihuana en el estómago.

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La otra península.

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Ninguna ballena es una isla.

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—¿Tus autores favoritos en prosa?

—Julio Cortázar

—¿Tu música?

—Steven Wilson

—¿Tu comida?

—Sopa de lentejas.

—¿Qué es lo que más odias?

—La misoginia.

—¿Cuál sería tu mayor desgracia?

—No poder ver.

—¿Rasgo principal de tu carácter?

—Voluble.

—¿Principal defecto?

—Neurótica.

—¿Lugar en el que te gustaría vivir?

—Un pueblo que se llama Guerrero Negro, en el mar del Pacífico.

—¿Algún sueño?

—Siempre sueño que escalo montañas y desiertos.

—¿Qué es la fotografía?

—Es una manera de decir lo que imagino. Es un lápiz, he encontrado en ella la posibilidad de decir las cosas a mi manera.

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Van ellas varadas.

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Editor Yaconic

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