Por Juan Carlos Hidalgo / @eternautafugado

Este artista de la anarquía es un cabrón en todos los sentidos de la acepción. No se deja doblegar, es políticamente incorrecto, no se cansa de pelear a la contra y le asiste tener gran inteligencia y una amplia cultura. Si a ello agregamos que ha desarrollado una capacidad elevadísima para la ironía, la sorna y el escarnio, no extraña que se erija como un artista incómodo para la España más pudorosa y monárquica.

A un creador libertario no se le deben pedir cortapisas; como si fuera un francotirador de la sociedad actual de su país, dispara por doquier y no deja ni títere, ni provincia, ni institución en pie. Se nota que disfruta tratando de dinamitarlo todo, y las acciones de la clase política española le ayudan para que la tarea fluya a través de sus canciones. Ahora en las páginas de una novela que rebosa de un sentido del humor canalla y barriobajero.

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Albert Pla / Foto: Jesús Aparicio

No podía haber sido de otra manera su primera incursión en el campo de batalla literario. La odisea de los hombres buenos (Roca Editorial, 2016, publicada primero bajo el título de España de mierda) es un libro bastante hijo de puta; y ello debe celebrarse. Por una parte, cuenta la incursión de un cantante uruguayo con dotes magnéticas sobre el escenario a lo largo y ancho de una España en la que nada funciona bien y que ha entrado a una etapa distópica de facto.

Albert Pla (Sabadell, 1966) elige incorporar pasajes de una fantasía que abreva en el absurdo para amasar lo que sería un surrealismo a lo ibérico (mucho nos hace recordar a Boris Vian). Al músico le dio por exagerar los vicios y manías de cada región, por lo que los catalanes prefieren morir atacados por un virus diseñado para aniquilar a los hablantes de su lengua, antes que sobrevivir recurriendo a otro idioma. Ese delirio, que parte de una realidad bien documentada, nos lleva hasta un País Vasco colapsado por múltiples manifestaciones organizadas ante cualquier ramplón y nimio pretexto.

El uruguayo, en compañía de un tour manager sobreviviente de los vicios de la movida y el rock barrial, va dando tumbos por un territorio colapsado y en el que muchos de los habitantes quieren sencillamente escapar (en un proceso migratorio inverso). De buenas a primeras se ven arrollados —literalmente— por las turbas de peregrinos mientras hacen el recorrido feligrés hacia Santiago de Compostela. El caos gallego se debe al desbordamiento de la fe católica, y así sucesivamente con otras zonas del país.

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Pla, compositor de Canciones de amor y droga (2003), anuncia el deseo por hacer de la escritura una ruta alternativa en su carrera y su debut no está pasando desapercibido entre los más pudibundos y aferrados nacionalistas (sus seguidores musicales le brindan complicidad ganada tiempo atrás). Lo que sí sorprende es ese registro casi hiperrealista combinado con una fantasía delirante. En momentos se muestra como una especie de Chuck Palahniuk que intenta demoler el monumento histórico que los Borbones cedieron a un sistema partidista totalmente corrupto y acomodaticio.

La odisea de los hombres buenos posee distintas capas de desarrollo; la podemos seguir desde la perspectiva de Raúl Gadea, el cantante que parece un Jorge Drexler con poderes mágicos, que casi sin querer se ve inmerso en experiencias que no desentonarían en el universo de Harry Potter. Pero también está Tito, el junkie semi-recuperado que se sabe todas las escasas glorias y las muchas miserias de un rockero atrapado en una gira atascada de sinsentidos. ¡Un sobreviviente de las miserias del rock español! Y alrededor, un proyecto nacional que se derrumba siguiendo el ritmo de los sueños europeístas.

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Albert Pla entrega un interesante ejercicio de irreverencia acompañado de lucidez intelectual y gran carga de humor negro. Hay cierta nostalgia por las penurias por la que pasa un músico novel e inclemencia ante los lastres históricos y culturales. Actor de cine y teatro, este terrorista del arte nos remonta a la picaresca de El Quijote mientras suenan en el auto canciones de sus añejos colegas.

Se trata de un autor con colmillo retorcido en otras disciplinas (casi 30 años de carrera) y que ahora da una forma nueva a su insumisión y su visceral manera de entender las cosas. No cuesta imaginarlo formando parte de la primera escena de su novela:

—Pues a mí la catedral me parece una mierda –dijo Tito.
—Una puta mierda –añadió Julián.
—Muy grande –constató Raúl.
Tito, Julián y Raúl contemplaban la catedral de Santiago de Compostela.
—A esos hijos de puta de curas siempre les ha gustado hacer las cosas a lo grande.

Editor Yaconic

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