Por Adrián Román / @adrianegro

Foto de portada: Triunfo Arciniegas

A principios de marzo el cronista colombiano Alberto Salcedo Ramos (Barranquilla, 1963) visitó la Ciudad de México para presentar su más reciente libro, Los ángeles de Lupe Pintor, publicado por editorial Almadía. Con ese pretexto nos sentamos con él.

Esto fue lo que nos dijo:

Digamos que si yo cerrara los ojos para imaginarme como boxeador, me gustaría verme como Sugar Ray Leonard, bailando en la punta de los pies con esa gracia corporal, con esa gracia mental, con esa rapidez, con esos reflejos felinos; pero me temo que sólo podría hacerlo a través de un deseo. No en la vida real, no podría boxear así nunca. Hubiera sido más tosco porque no tengo en el cuerpo esa plasticidad que tenía Ray Leonard.

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Yo voy y cuento una historia. Me gusta no darme cuenta de cómo ni por qué hago las cosas. Cuando comencé a escribir crónicas, tenía una preferencia por los perdedores, pero yo no me daba cuenta. Durante un almuerzo, un colega me lo hizo notar y no me gustó tanto descubrirlo. Soy un contador de historias muy impulsivo, intuitivo y muy salvaje, que prefiere contar las historias sin demasiadas preguntas de por qué lo hace.

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El Caribe es música, desmesura, gritos, chismes, historias, sol enceguecedor, ruido, oralidad. Creo que si hubiera nacido en otro lugar del mundo mis historias tendrían otro tono. He sido un autor muy oral; me tomó por sorpresa descubrir que soy un narrador que quiere leerse como si estuviera hablando. Un narrador que no quiere entrarte por el ojo sino por el oído. Nosotros, en el Caribe, le damos más trabajo al oído que al ojo. Decimos una palabra que suena a conversación, luego decimos una segunda palabra que sigue sonando a conversación y cuando decimos la tercera ya hay que buscar un par de maracas, porque justo en la tercera comienza la música.

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Antes de que apareciera la narración el deporte ya estaba en mí: veía partidos de futbol a los siete, ocho años, cuando todavía no sabía qué iba a hacer con mi vida. Hay un gusto ahí, sí, natural, espontáneo, sincero, por el deporte; pero no me gustan todos los deportes. Hay algunos que me permiten mostrar la condición humana mejor que otros. El golf me parece aburridísimo, tan divertido como una hernia. El tenis no me parece tan malo, pero no me gusta y respeto al que le guste, pero no me conectó, Nunca voy a contar la historia de un tenista porque no me conecto.  No me conecto con muchos deportes: la hípica, el criquet, que es otro deporte que no sé… me digo, qué cantidad de cosas ha hecho el hombre que no me interesa. El automovilismo es otro deporte que no me gusta; vértigo sin plasticidad, es ruido, ese ruido es más agresivo que los golpes de los boxeadores. Yo siento más agresivo el ruido de los motores, que un crook de derecha a la mandíbula.

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Cuando uno escribe tiene que agacharse para que pase un golpe de largo y no le dé. También cuando uno escribe tiene que aprender a fajarse de vez en cuando; a asumir riesgos, a recibir golpes, a darlos, bailar en la punta de los pies; irse contra las cuerdas, soportar una andanada,  tirar un jab y mantenerlo para tener a raya algo que no nos conviene. Establezco así un paralelismo entre el box y la vida.

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A mí me gustó Lupe Pintor porque era un guerrero del ring. Y al mismo tiempo era un ser humano muy cálido, muy emotivo y muy inteligente. Establecí con él una química fácil. Sentí mucha curiosidad por el boxeador que fue. Y para contar su vida me acerqué al ser humano que encontré en estos tiempos. Me gustó el ejercicio de oírlo, me gustó el ejercicio de descubrir en su testimonio, de descubrir en sus actos —porque yo anduve mucho con él— a un ser humano generoso, uno que me enseñó mucho sobre la vida y sobre el oficio de los boxeadores.

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Nosotros, en Colombia, usamos la expresión “polvo de gallo” para hablar de un encuentro periodístico demasiado breve, que sirve para otro género. Para la entrevista sirve perfectamente, pero como lo que hago son crónicas, necesito encuentros más largos, más frecuentes. Porque no me conformo con lo que el personaje me dice como respuesta a preguntas; necesito  ver cómo vive el personaje, cómo se comporta en sus espacios habituales, cómo interactúa con las personas que le conocen. Necesito estar mucho tiempo ahí para ser testigo. Y luego salir a contarlo.

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Me encanta observar. Me considero, ante todo, un fisgón. Una persona que aprendió a ver la vida como si fuera una película. Si tú te despiertas, te lavas los dientes, te tomas una taza de café y te asomas por tu propia ventana y empiezas a ver lo que pasa en el parque frente a tu casa, ya empiezas a ver el gran espectáculo de la vida. La vida es mi tema, la vida de los demás, la vida mía también, lo que la gente dice, lo que la gente hace. Todo el tiempo estoy sorprendiéndome con ciertas cosas que veo, que a veces son las más tontas, pero por alguna razón me sorprenden.

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Aprendí a escribir porque eran tiempos de mucho atraso. Crecí en un pueblo donde no había biblioteca. El servicio de luz eléctrica se interrumpía con mucha frecuencia. Y el contar historias era una forma de sobrevivir en medio ese lugar inhóspito; una manera de sobrevivir al atraso. No es casualidad que los lugares con más atraso son los que desarrollan  una mayor capacidad de contar historias, de dejar un testimonio sobre la vida. Porque contar historias, en este caso, se vuelve  una forma de la resistencia. Yo contaba historias porque era como ver una película en las voces de la gente. Te acercas a un campesino que está hablando, contando una historia, y ese espacio es la única posibilidad que tienes de ver una película. La vas a ver con el oído, la vas a ver a través de las voces de la gente.

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A mí la figura del conciliador me parece aburridísima. El mundo está lleno de conciliadores aburridos. Que dejen que la gente pelee y se de golpes. Aclaro que es broma, para que no los linchen los fanáticos de lo políticamente correcto.

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Incitar la curiosidad, es el primer consejo.

Dos: hacer un trabajo de campo acucioso. Darte tu tiempo para escuchar a la gente, verificar los datos, quedarse allí, y volver tantas veces como sea necesario.

Tres: planear las historias. Tratar de definir desde antes de sentarse a escribir. Pensar: qué es lo que quiero contar, cómo lo quiero contar. Alfred Hitchcock decía que el cine es la vida sin los momentos aburridos. Siempre me robo esa definición para la crónica; creo que antes de sentarse a escribir hay que preguntarse: qué voy a hacer para quitarle a esta historia los momentos aburridos.

Cuatro: contar la historia lo mejor que puedas. Creo que la crónica es un género que tiene pretensiones estéticas y debe cautivar por su escritura.

Cinco: procurar que  esa crónica tenga un buen trabajo de edición, que esa crónica esté corregida, pulida. Augusto Monterroso decía uno es dos. El que escribe, que puede ser bueno, y el que corrige, que debe ser muy bueno.

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Yo he leído poesía. Leo mucha poesía. Y tengo la sospecha de que la poesía y yo siempre llegamos a destiempo. Que la poesía me huye. Yo, amorosamente,  la busco; quiero  merecérmela, pero tengo la sospecha de que ella anda corriendo y de que no se ha dejado alcanzar por mí.

 

 

Editor Yaconic

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