Fluye de la química a la sangre. Aquello que hecho sangre en la química fluye. Osvaldo Lamborghini.

I’ll make you see… Michael Jackson.

Por Alfredo Padilla / @_PadillaAlfredo

Los panteones. Siempre les he temido. Cuando hago las cosas mal me mandan a halconear a las tumbas. Siento que me acosan, que me cuestionan, ellos, los muertos. ¿Por qué lo hiciste? Yo no digo nada, no puedo con ello, no con el remordimiento sino con el miedo. El miedo a los cementerios, porque el miedo es la principal fuente de superstición, y yo no puedo ser supersticiosa. Yo que nunca le he temido a nada me vengo a mear precisamente a los sepulcros. Me orino de terror. Espero a que salgan sus manos de las fosas, luego sus cuerpos, sus macerados, golpeados y agujereados cuerpos. ¿Y a los que hicieron pozole? Seguro deben surgir como brota el vaho del vómito en las madrugadas, en los pisos de las cantinas, un vaho espeso y oloroso, un ácido, un olor a basca contagiosa que te pudre el alma. Así deben resurgir los empozolados.

Una vez vi una película, o era un video musical. Ya no recuerdo, con el trabajo veo poca televisión. Una pareja de novios camina por una calle llena de bruma mientras se escucha la tonada de una canción tenebrosa. Pasan muy cerca de un panteón, en el que varios muertitos comienzan a salir de sus fosas. Los cadáveres arrinconan a la pareja y el líder de ellos comienza a tocarse la entrepierna. Les juro que si escucho ahora esa canción me meo de verdad. No es que sea cobarde, soy bien pinche entrona. Me llamo Juana y me dicen “Peque”. Tengo 25 años, he matado a más de 20 batos y le tengo un chingo de miedo a los camposantos.

Hierro, Alfredo Padilla

Nadie sabe como se mete en esto. Un día ya estás en una esquina guachando patrullas y reportando a tu RT. Yo estaba muy tranquila hace un par de años. Yo era puta, una putita ilegal de 13 primaveras y nalgas redondas. No es que me gustara coger en los cuartuchos de las bodegas con camioneros apestosos y fofos. El asco se pasa con un buen atado de billullos. Una buena cachetada con un gordo y pesado fajo de billetes. Como me las daba el Mocos. El mocos era un trailero lerdo de la Kenworth Truck, le decían el Mocos por su destrucción nasal. Tenía perforado el tabique por el consumo continuo de cocaína. Moqueaba todo el tiempo, un moqueo acuoso, perpetuo. Le gustaba restregarme en la cara el dinero, primero la verga y después los billetes. Por tres mil baros en pagos de a 100 yo dejaba que me hiciera lo que quisiera. Me prestaba ropa de su hija y después me la quitaba. Su morrita también andaría por los trece. A su hija le gustaban las blusas de Hello Kitty. Yo me las ponía y cogíamos fuerte. Quizá por eso se me quedó la costumbre de usar ropa con la gata japonesa estampada. Hasta me mandé a hacer una cadenita con un dije de diamantes de Kitty. Quedó bien chida la cabrona, ¿quieres verla? No tengas miedo.

Únicamente el Mocos podía hacerme el golden shower. En aquellos años solo él me pagaba bien. Ahora el dinero no es prioridad. Mi prioridad es el hierro. Pero a los trece años el baro alivianaba un chingo para mis llegues con la coca. La coca lavada y con aroma, un olor a frutitas como el plátano, la fresa y el coco. El gramo de cocaína normal me lo dejaban caer en doscientos, y de la de lavadita en quinientos pesos. O sea que para la enjuagadita tenía que sacarle al menos unos 40 dólares al Mocos. Dicen que la lavada es una forma refinada de coca, que no tiene el efecto pinche de adormecimiento, y es muy fácil de inhalar para las niñas porque es más fina en su textura que la mierda normal. También necesitaba baro para los poppers. Solo con los Poppers podía chupársela al Mocos. Simplemente tenía que andar en nitrito para metérmela a la boca. Masajeaba su glande con la puntita de mi lengua, así, muy despacito. Haciendo círculos en su uretra con sabor a orín y meco. Formando círculos justo ahí, por donde se mea, tratando de abrirle esa rayita con la punta de mi lengua, y después meterme toda su cabeza, despejando el esmegma del cuello de su verga, sacándolo de su prepucio dúctil y estimulando sus glándulas cochinas. Meterme todo eso en la boca y hacer un desmadre por dentro, una fiesta de excreción, un festejo pequeño y luego una kermés aparatosa en mi garganta. Gárgaras efervescentes con su pito dentro. Para cuando sacaba al Mocos ya tenía un chingo de mecos en el gaznate. Secreción y meados en mi lengua. Fluidos que iba almacenando con la mamada, con los enjuagues nocturnos de verga y olvido. Entonces lo escupía, le escupía los huevos y el cuerpo del pito, sus venas dorsales, su cuello, su corona prieta. Tomaba todo eso y me cacheteaba con él. Lo pasaba por mis mejillas, por mi nariz, por mis ojos que permanecían cerrados para no verle el pájaro oscuro. Sabía que si restregaba su verga contra mi cara él haría lo mismo con su dinero. Un fajo de billetes golpeando mi rostro. Para cuando su abdomen se estremecía, el pitote del Mocos sacaba los mecos. Mucosidad babosa sobre mi estúpida cara de niña de primaria cutre. Después venía la orina. Tenía que abrir la boca grande. Y dejar que él me bañara con sus meados. Sus meados saliendo de mi boquete. Por la comisura de mis labios. Resbalando por mi cuello. Llegando hasta mi escote. Empapando la blusa rosa de chiquilla fresa. Todos los meados sobre Hello Kitty. Le gustaba el golden shower. Al Mocos tuve que bajarlo. Cambié el dinero por las armas de fuego y la orina por el hierro.

En una de esas noches de faje y fajos de billetes llegaron los batos a cobrar piso. Algunos con pinta de cholos. Otros como vaqueros de revista, pero mal vestidos. Mucha pinche lana y tan poco gusto. A mí me atraían los guangos, los de camisita de tirantes. Y como siempre me han gustado los brazos tatuados, terminaba empiernada todas las noches con los cholos. Con el culo empapado y el liguero repleto de feria. Cobrar piso y coger se hizo algo normal en mí. Así empecé a hacerme de contactos.

Mi jale con ellos empezó cuando me pidieron que consiguiera varias morras para una fiesta. Pagarían 20 mil a cada una y yo misma me ofrecí para el numerito. Lo único que había que hacer era tomar a la par de ellos. Beber a más no poder y mal coger. Otra puta cosa que no saben hacer bien los pendejos narcos. Muchas pinches ganas y tan poca verga. Las fiestas eran en casa del Lazca.

Comencé a halconear después de eso. Tenía que reportar cada hora desde un punto en específico. Mandar mensajes de texto si pasaba alguna patrulla o camión militar. Eso me gustaba. Pero lo que más me emocionaba era el hierro, siempre el puto hierro. ¿Lo has olido? Es un olor a metal, a cobre, a monedas viejas, a clavos oxidados, a llaves. Como cuando te agarras de una barandilla metálica en medio de una persecución y te queda un peculiar aroma en los dedos. Es el olor a hierro. A mineral, a sudor agrio y añejo. A mí me gustaba untármelo. El hierro. Como si fuera crema Nivea. Como si fuera ungüento para las reumas. El hierro. Pomada para el dolor, para las articulaciones, Fresca Pie. Me gustaba untarme el hierro. Me excitaba esa madre. Todo el mundo tiene obsesiones y esas obsesiones tienen a su vez un eufemismo. El mío se llamaba hierro.

No puedo ni recordar al primero. La verdad es que trato de hacerlo pero por más que intento no lo logro. Si fue con el machete, la segueta, el serrucho o la sierra eléctrica. Aunque lo recordaría si fuera con la sierra eléctrica. Siempre recuerdas a la sierra de mano. El narco me hizo sicaria. Home Depot me aportó las herramientas necesarias, la finura, la técnica, la materia prima. El hierro le dio aire a mis pulmones, una gota espesa de vida y locura. Cualquier ciudadano puede convertirse en un asesino profesional comprando herramienta de primera mano en una tienda de artículos para el hogar, el bricolaje y los materiales de construcción. Mis favoritas siempre fueron las cierras circulares de mano de los Home Depots. Rompí varias. La traquea se enreda en la sierra y hace que pegues en el hueso hioides, chingándotela. Simplemente se fuerza la máquina.

El muerto se ríe del degollado, dice el dicho. Pero a ellos les gusta, a los descabezados. Los batos saben cuando van a ser degollados. Lo intuyen. Simplemente lo saben. Lo han soñado. Han tenido pesadillas de leche con eso. Con ser degollados. Tienen la marca de la sierra en el pescuezo. Desde chiquitos. Desde que nacieron. Saben que van a ser degollados. Para ellos el degollamiento es solo un déjà vu. Los toros y los hombres nacen para morir.

A los tres días de encierro los batos dejan de rumiar. No comen. Se les eriza el pelo. Les da calentura. La orejas se les ponen frías. Los labios pendientes y como privados de sentimiento. Los ojos tristes y hundidos. Su aliento muy trabajoso y de un hedor insoportable. Les da diarrea. Y  al parecer como ocultos en sus orbitas. Se les llena la nariz de una materia espesa y fétida. El pulso es irregular. La respiración cada vez más penosa y fuerte. Su dificultad de vivir aumenta. Trato de acostarlos siempre en el piso. Como lo hacen en los rastros con los animales. Les abro la piel en el cuello entre la mandíbula y el pecho, a lo largo de un corte longitudinal. Luego inserto la sierra en un ángulo de 45 grados cortando la vena yugular y la arteria carótida. El hierro sale despedido como un pequeño arroyo escarlata de aromas insólitos. Un riachuelo, un afluente, una cascada y después un estanque púrpura, espeso, brilloso, bajo la luna. De noche la sangre toma ese color oscuro. ¿Has visto la sangre a la luz de la luna? Es negra como el petróleo. ¿Has olido la sangre? Huele a hierro. Es el hierro lo que me gusta.

Nunca me gustó ver tu cara. Nunca me gustó ver tu nariz cuando cogíamos. Quizá por eso me gustan tanto los degollados. En cambio tu pito era diferente, podrías haber andado toda la vida sin cabeza. Descerebrado. Y tu pito hubiera hecho todas las cosas por ti. Manejar ese camión Kenworth, con tu pito. Drogarte, con tu pito. Comer esa comida pastosa de las cachimbas, con tu pito. Coger, con tu pito. Pero preferiste usar la cabeza y te tuve que dar bajín.

Mentira, es mentira eso de que los muertos no transmiten. Es una farsa. Uno no debería de hacer el amor sino hasta después de la muerte. Sin el corazón latiendo de por medio. Los muertos saben más del amor que los vivos. Los vivos comienzan a hablar de sus hijos, de sus esposas, de su trabajo, su dinero y sus autos del año. Cuando empiezan a gritar. A pedir clemencia. Los cobardes. Por eso en cuanto puedo les corto la cabeza. Después me los cojo. Mentira, eso es mentira. Eso de que los muertos no transmiten. Es una farsa. Para ellos hacer el amor es una paramnesia.

El sabor de la sangre es salado, férreo. Yo prefiero el hierro de la sangre que la cocaína. Prefiero la sangre humana. Prefiero el hierro a toda droga. Es mi vicio caro. Y yo lo pago halconeando en cementerios. Después de los degollamientos nadie quiere limpiar. Y mi RT se encabrona. Dice que es mucha sangre para muy poco puerco. Me castiga. Me sanciona con estos rondines en los panteones. Pero siempre termino en la misma fosa. La misma tumba. Orinada del miedo y excitada por el olor a amoniaco arcaico. No sé si sea miedo o exaltación lo que me causan los panteones. Pero no me gustan. Pienso que me acosas, que me cuestionas, tú, El Mocos. ¿Por qué lo hiciste? No lo sé. No puedo decírtelo ahora. Estoy tratando de recordar esa canción. Algo que vi una vez en el televisor. Un grupo de muertitos bailan una coreografía. Uno de ellos lleva puesta una chamarra roja de piel. Se toca la entrepierna. Todos los difuntos lo siguen. ¿Recuerdas cómo se llama?

Editor Yaconic

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Revista de arte y cultura

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