Siempre que voy a un lugar me gusta pasar al baño, mirar las paredes, sentir la calma de la habitación solitaria, posar mis nalgas y tirar una enorme caca. Me da satisfacción. Incluso cuando no tengo la necesidad hago un esfuerzo, pero no me pregunten por qué. No se trata de llenar de manchas una cara lisa, porque también en los retretes que desbordan heces me gusta cagar. Tampoco es una pulsión sexual de liberar los esfínteres. Sólo es un placer que sé disfrutar. Hasta hace unos días mi manía no se había mezclado con las relaciones interpersonales. Sin embargo, como en todas las actividades satisfactorias, llega un momento en que todo se va a la mierda, o en este caso: la caca se va a todo.

Había quedado de ver a una morra en un lugar donde las cucarachas se camuflan con los cacahuates. Era un lunes ideal para salir al centro a beber, un lunes cualquiera. Yo solía frecuentar el changarro varios días de la semana y veía cómo los fracasados desfilábamos ante la sobriedad de la calle vacía.

La dama en cuestión se interesó en mí cuando leyó algunos de mis poemas. Extrañamente esos textos en los que escu(l)pía el odio hacia mi persona la conmovieron y, en sus propias palabras, veía con decoro todo lo que emanaba de mí. No me imaginé la certeza de sus afirmaciones. En fin. Después de insistirme por semanas en que la llevara a uno de mis templos y compartiera ese pedazo de mi vida, accedí.

Imagen @eres_una_caca

Llegué primero al mediodía. Ya tenía una ánfora de güisqui encima. Saludé a la mesera y me senté en la parte de arriba, donde el humo se congestiona para así no comprar cigarros. Mala elección, pues a esa hora era el único bebedor. Luego de tomar un ron y un par de cervezas llegó ella. Mientras subía las escaleras, las paredes se sentían extrañas. Con una mirada que cualquiera calificaría como tierna e inocente fijó su vista en mí. Yo me sentía como un animal que es observado, aunque para ese entonces aún conservaba algo de mi naturaleza a escondidas.

Después del saludo de beso y el apretón de manos, se sentó frente a mí. Comenzó a asomarse con curiosidad a este nuevo entorno y sorprendida miró cómo la botana se movía por sí sola. Le causó gracia y mostró sus dientes. Cuando ella intentaba hablar de lo bien que le parecía y le hacía mi presencia -sin insistir en el insoportable “valórate y quiérete”- yo sólo añoraba el próximo trago.

Escuchaba sus palabras de lo incomprensible y fascinante de mi óptica mientras pensaba en más alcohol y en que no había comido momentos antes. Sin embargo, el hambre no significaba un problema para mí. Tomamos durante unas cuatro horas y comenzaba a sentirme aliviado pese a que ya había más gente en el bar. Ella deslizaba su mirada por mi cuerpo y sonreía asegurando que acabaríamos cojiendo.

Para ser sincero esa última idea nunca me emocionó mucho. No sólo con esta mujer que tenía caderas anchas y un culo monumental y firme. Más bien esa idea era en general. Salir con una desconocida, fingir que me interesa su vida, ser cómplice de miradas náufragas de placer y terminar yendo a su casa para llenarnos de baba y penetrarla salvajemente durante varias ocasiones, para, al final, salir del lugar y notar que nada ha cambiado en mi asquerosa y ruin existencia. A pesar de ese estandarte accedía con facilidad al juego, como el obrero que antes del amanecer se dispone a perder su día trabajando.

Nunca imaginé que en esa ocasión sería diferente. Después de estar otro par de horas más bebiendo por fin se animó a insinuar a que fuéramos a su casa. Pretexto, que comenzaba a hacerse tarde y tenía que llegar a hacer labores de limpieza. Era la señal universal, así que pedí otro ron y le dije que camináramos juntos, aunque antes de tomar mi bebida bajé las escaleras de madera y fui al baño. Abrí la puerta, coloqué el clavo que hacía de seguro, saqué un gotero y me fumé una piedra. El humo subió por mi cabeza y me preparé para lo que venía. Salí, fui por la dama, me bebí el alcohol y nos fuimos.

Imagen @eres_una_caca

Caminamos por las calles que olían a orina. Comencé a sentir excitación y veía todo con singular felicidad. Miré las piernas desnudas de mi acompañante. Su mover de caderas marcaba mi pulso y su cantoneo hacía bailar su vestido verde olivo de un lado a otro. Olía a perfume, a alcohol y cigarro y comenzaba a ansiar llegar a un lugar para follarla, era la magia de las drogas. Ella notaba mi inquietud y me provocaba cuando se agachaba para recoger cualquier estupidez que estaba en el suelo. Anduvimos por unas cinco cuadras y mi celeridad se topó con un problema de frente: me andaba cagando. Quise aguantar pero sabía que tardaríamos al menos media hora en llegar a su casa.

Frené a media acera cuando ante mí se postró un enorme cielo azul con una puerta que me daba la bienvenida al paraíso. Entre lo ebrio y lo drogado me importó un carajo todo y entré. Era un baño portátil, de esos diminutos que siempre conservan los desechos de su visita anterior. Me senté con total confianza, pues siempre consideré que cualquier reacción por cagar tiene el completo sentido. Mis nervios y el azul del plástico no se llevaron bien y sentía que el espacio se hacía menor. Cuando mi mente dio un golpe de rebote a donde estaba mi cuerpo recordé que ella esperaba afuera y posiblemente me escuchaba cagar. No mentiré, eso me dio algo de satisfacción y de completa confianza.

Reflexioné en que estaba presente en ella incluso cuando me despojaba de mis entrañas, así que le hablé desde dentro. Le pedí que me diera algo de papel, porque lo necesitaba. Con delicadeza ella abrió la puerta y acercó su brazo, pero no se pudo contener y se asomó. Sus ojos de la mirada tierna se tornaron sedientos de fuego y con el filo de su sonrisa rompió todo esquema para entrar conmigo al portátil. Comenzó a besarme y a inspirar el ambiente como yo el diente que me fumé momentos antes. En un lapso de tiempo que apenas existió, mi pito se puso duro y acarició sus piernas. Mis movimientos eran torpes y los de ella salvajes.

Imagen @eres_una_caca

Pasaron apenas unos segundos y yo forcejeaba con su vestido verde olivo mientras ella jalaba mi verga llena de su saliva e inspiraba con más fuerza. Le arranqué su ropa y la volteé. Colocó sus manos en donde poco antes había posado mis nalgas y la embestí con la fuerza de mi mandíbula. El baño se movió y terminó volcado. Alcancé a ver cómo mi mierda volaba y caía hacia nosotros. Quedamos manchados del líquido azul y de caca. Ella lloró y la agarró con su mano izquierda, comenzó a masturbarse con la derecha y le pegó un mordisco al mojón mientras reía y el llanto limpiaba su cara.

Fueron apenas unos segundos de ver la escena anterior cuando el ruido de una sirena me volvió a la realidad. Eran personas de protección civil que nos sacaron y reacomodaron el baño. Sintieron lástima por vernos tan manchados y ofrecieron enjuagarnos con su motobomba. Ella reprimió sus impulsos y accedió de inmediato. Yo seguía con la imagen de cómo se comía mi mierda. Después de asearnos un poco decidió irse a su casa en un taxi y yo pasé a una tienda de conveniencia para comprar un anís.

Pasaron los días y no volvimos a hablar hasta que un lunes recibí un mensaje en el que me felicitaba y agradecía sobre un poema que había escrito en el que me declaraba defensor de todas las filias. También me invitó a su casa y me recibió alcoholizada, además de que me ofreció bebidas y una piedra. Forzamos las circunstancias. Me pidió que me cagará en su boca y acepté, pero sólo por el placer de defecar. Fumé otra piedra y salí de su casa ansioso por ir a beber a un lugar más tranquilo. Volví al bar de siempre y calme la ansiedad con ron y güisqui intercalado.

Imagen @eres_una_caca

A la mañana siguiente me escribió y pidió disculpas por sus impulsos. La ignoré una buena parte del día mientras me rascaba los güevos y planeaba cómo romper el reloj. Ya para la tarde me llamó y entre llanto dijo que sería normal con tal de volverme a ver. Le colgué y jamás quise encontrarla de nuevo.

Ahora han pasado más de dos años y ya no frecuento mi rincón por miedo de encontrarla de nuevo y no saber cómo decirle que me gustó nuestro idilio de caca, pero que la tuve que dejar -como todo lo que me hace feliz- sólo por el deseo egoísta de siempre sufrir.

TE PUEDE INTERESAR

PRENDIENDO HUMOS Y SENTIDOS: UN POEMA ERÓTICO AL AMOR

A ROSWELL SE VA A VER ALIENS Y DEFRAUDAR MUJERES

¡SÁCALA A BAILAR! NOCHE DE SEXO Y REGGAETÓN

TERMINÉ TIESO EN UN PENIS PARK DE COREA

EL MUCHACHO ALEGRE Y LA MORRA RUNNER

KANAMARA MATSURI: ENCONTRANDO A MI GLANDE PARA HACER UN KAME HAME HA

Luis Enrique Samayoa

Luis Enrique Samayoa

"Siempre fui menos que mi reputación".

Previous post

BOARD DRIVE, UNA INICIATIVA DE VANS PARA LLEVAR EL SKATEBOARDING A LOS JÓVENES

Next post

GRILL HOP, UNA BUENA DOSIS DE HI HOP COMO MEDICINA