Por Lola Ancira / @Lola_Tusitala

Cada vez más conocida fuera de su patria y cargada de una mística trágica y maldita, la calidad del legado literario del colombiano Andrés Caicedo es innegable. No solo se ha mantenido: cada vez penetra más fuerte.

En poco menos de una década Andrés escribió una de las obras más representativas de Colombia de finales del siglo XX. Caicedo le dio voz y cuerpo a lo marginal, a lo excluido. Le dio forma a una alteridad que nos permite comprender mejor al “Otro” a través de la voz de varios de sus personajes. Sus personalidades relatan hechos con cierta sinrazón, imposibilidad e irracionalidad que los acerca a lo más humano posible.

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Andrés Caicedo. Foto: Eduardo Carvajal.

ANDRES CAICEDO, VIDA Y SUICIDIO

Caicedo nació el 29 de septiembre de 1951 en Cali. Desde temprana edad mostró un gusto peculiar por la lectura, la escritura y la mentira: tres factores indispensables para la formación de un escritor. En 1968 estudió teatro en la Universidad del Valle y en 1969 publicó en varios diarios sobre crítica cinematográfica, además de recibir dos premios literarios por sus cuentos “Berenice” y “Los dientes de Caperucita“.

Fascinado por el cine, en 1971 fundó, junto con otros amigos (Ever AstudilloCarlos Mayolo, Luis Ospina, Fernell Franco), el Cine-Club de Cali, donde un grupo reducido de personas veía las proyecciones que él mismo seleccionaba. Su tiempo transcurría entre crítica de cine, guiones, adaptaciones, cuentos y ensayos.

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Foto: Eduardo Carvajal. Exposición “Andrés Caicedo, Fotos inéditas”. Cali, 2013.

En 1973 Caicedo viajó a Nueva York con la idea de vender algunos de sus guiones para largometrajes. Pero fracasó y volvió a su Cali al siguiente año. Una vez en Colombia escribió, según sus palabras, su mejor cuento: “Maternidad”. Por ese tiempo inició la publicación de su revista Ojo al cine, que se convertiría en la de mayor importancia en su país, y en la que publicaría, por primera vez, uno de sus relatos: “El atravesado“.

Para entonces, Caicedo ya había afirmado que vivir más de 25 años era una insensatez. Y sabiéndose cercano a la edad límite, tuvo dos intentos de suicidio. Escribió entonces dos cuentos más, publicó los siguientes tres números de su revista y entregó a Colcultura (ministerio de cultura de Colombia) el manuscrito de su novela ¡Que viva la música!.

Finalmente, Caicedo se suicidó el mismo día (4 de marzo de 1977) en que recibió una copia de ¡Que viva la música!. Había logrado su meta y decidió partir definitivamente. La mayoría de sus publicaciones son póstumas. Entre estas se encuentran más de 20 cuentos, nueve compilaciones, tres novelas inconclusas y más de cinco guiones para cine y teatro.

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Foto: Eduardo Carvajal. Exposición “Andrés Caicedo, Fotos inéditas”. Cali, 2013.

ANGELITOS EMPANTANADOS

Andrés le escribió a su gente y a su ciudad. Trató de comprender y escribir a través de los ojos de los menos afortunados. Describió una sociedad en la que la moral dependía del contexto y la violencia era un fenómeno habitual (lo mismo que las injusticias), y en la cual la creciente urbanización destazaba cada vez con más saña a la naturaleza: ese lugar hermoso, poseedor de tranquilidad y divinidad.

Su obra está impregnada de Poe, Unamuno, Borges, Melville, Hawthorne y muchos otros. En su literatura menciona otros textos, autores y obras (incluso ideas para otros cuentos). Caicedo es autobiográfico: con detalles y nombres revela su realidad; critica la sociedad en la que le tocó vivir y a la que enfrentó desde los 20 años con la creación de una vanguardia contestataria en aquella pequeña capital de la costa occidental.

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Foto: Eduardo Carvajal. Exposición “Andrés Caicedo, Fotos inéditas”. Cali, 2013.

Caicedo es el eslabón perdido del boom. Y el enemigo número uno de Macondo. No sé hasta qué punto se suicidó o acaso fue asesinado por García Márquez y la cultura imperante en esos tiempos. Era mucho menos el rockero que los colombianos quieren, y más un intelectual. Un nerd súper atormentado. Tenía desequilibrios, angustia de vivir. No estaba cómodo en la vida. Tenía problemas con mantenerse de pie. Y tenía que escribir para sobrevivir. Se mató porque vio demasiado. Alberto Fuguet.

La narrativa de Angelitos empantanados (o historias para jovencitos) —novela corta publicada en 1995— se caracteriza por tener listados de sustantivos y adjetivos que intensifican la emoción, el significado de cada palabra. Esta es una historia conformada por tres partes. En la final, uno de los personajes narra desde la muerte, tras ser asesinado.

De la misma forma leemos a Caicedo ahora, como un fantasma que ha dejado su legado escrito para perdurar en la memoria, en las conciencias, y quizá así llegar a la indicada: una mente con la misma hambre por vivir apasionadamente un tiempo reducido pero significativo. Esto sin duda evoca la conocida frase de James Dean:

“LIVE FAST, DIE YOUNG, LEAVE A GOOD LOOKING CORPSE”

Además de dejar un hermoso cadáver, Caicedo dejó una obra inédita e incompleta: su primera novela recién publicada, poemas, el inicio de un documental que nunca se finalizó por diferencias con el director, amistades entrañables y un amor idealizado al que le pedía, en su última carta, en seis compulsivos y repetitivos renglones:

“No te vayas, no te vayas, no me dejes, no me dejes”.

Pero fue él mismo quien se dejó ese día, tras presentarse frente a ella después de ingerir 60 pastillas de barbitúricos y morir sobre el escritorio.

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Foto: Eduardo Carvajal. Exposición “Andrés Caicedo, Fotos inéditas”. Cali, 2013.

Un año antes, en una carta, el caleño se había justificado ante su madre: “Nací con la muerte adentro y lo único que hago es sacármela para dejar de pensar y quedar tranquilo. Yo muero porque ya para cumplir 24 años soy un anacronismo y un sinsentido, y porque desde que cumplí 21 vengo sin entender el mundo. Ahora mi razón está extraviada, y lo que hago es solamente para parar el sufrimiento”.

El poeta maldito colombiano no ha sido olvidado. Su obra y él mismo se han colocado como el “eslabón perdido del boom. Y el enemigo número uno de Macondo”, como afirma Alberto Fuguet. En los recientes años se han reeditado obras, montado exposiciones, rodado películas… habría que hacerle saber, donde quiera que esté, que logró su cometido y que su corta existencia y grande creación siguen asombrando, influenciando y destrozando a los vivos. Hasta la siguiente página, Andrés.

No podría decir exactamente por qué en la obra de Andrés la fascinación por el horror. Puedo hablar de la fascinación por el horror que siento yo después de leer a Andrés. Primero que todo, es como una fascinación por la maldad, antes que por el horror, y por una pasión que es más grande inclusive que el amor o que cualquier otra pasión, que es la pasión por el miedo -según Stevenson, la más grande de las pasiones- y es esa cosa de sentir uno que se pierde, de sentir que de pronto las cosas no funcionan como uno piensa, que poco a poco uno se puede ir deslizando y perderse de una realidad. Óscar Campo.

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