Yo no quería ir por un jarrito de tequila, pero mi novia sí. Acababa de comer y estaba un poco cansado después de la fiesta del día anterior, así que accedí. Además al día siguiente tenía que manejar desde el pueblo de Tequila hasta la Ciudad de México y un tequilita no me caería mal para dormir bien. Lo que yo no sabía es que a una cuadra y media me toparía a Andrew Zimmern.

Habíamos pasado una noche larguísima en el festival y la tarde no pintó mejor para mí. Crucé en plena cruda los siete círculos del infierno al comerme dos tortas ahogadas bien picosas y terminé con sudores y algunos calosfríos antes de embarcarme a un tour de tequila con el estómago revuelto y mucha sed. Al final, salimos a buscar algo rico de comer y terminamos en el Callejón del Hambre (según la guía del tour tequilero de la tarde) echándonos unos tacos bastante decentes de tripa y de asada.

En local donde compramos el jarrito de tequila, mientras nos lo preparaban, el dueño nos regaló un fibroso pero dulce pedazo de la piña cocida del maguey de tequila. Su textura es como el de una caña de azúcar pero ahumada, y de pronto, lo vi, curioseando con los mismos ojos que se le ven en televisión la piña de agave. Casi se me da un infarto. Me acerqué tranquilamente—aunque mi novia dice que me puse como loco— para pedirle una foto y me preguntó sobre esa cosa dulcemente ahumada que es el corazón del agave tequilero.

Platicar con Andrew Zimmern es como estar viendo un programa suyo. El mismo personaje afable, curioso y antojadizo, con un interés absoluto por todo lo que gira en torno a la comida. Conociendo sus gustos, le conté un poco de lo que sabía del agave cocido y le di a probar una parte única: el corazón, la plena pulpa, que era destinada sólo para los dueños de las haciendas. La parte preferida, la más rica, la más exclusiva.

Y mientras la comía me cercioré que de verdadera él. Con sus lentes y la mirada perdida buscando las palabras justas para describir lo que estaba comiendo frente a mí no había duda. No puede esconder mi alegría. Durante muchos años lo había seguido en televisión y jurado que algún día me lo llevaría de tacos, después de ver las carnitas que se chingó durante su programa en la Ciudad de México.

Pude ver comer a Andrew Zimmern como en un close up. Después de masticar el corazón del agave, que no tiene fibras y es suave y carnoso, se volteó con uno de sus acompañantes y les dijo: “es como camote ahumado”.Y era cierto, sabía exactamente a eso. La descripción perfecta. Sin falla. Con razón sabe conectar tan bien con el público. Es a toda madre, se ve que le gusta comer y logra antojarte todo lo que se come por una simple y sencilla razón, sabe describir la comida, transformar los sabores a palabras. Camote ahumado,¡cómo chingados no había pensado en ello!

Me confió que estaban buscando un lugar donde comer goat; o sea, cabra, borrego. Eran las 11 de la noche y le dije que ese era un platillo de día; que si bien se podían conseguir tacos de barbacoa en la noche, no eran la especialidad de la región. Pero conociendo que a Zimmern le gustan las vísceras deslice rápido mis cartas debajo de la puerta y le comenté que yo conocía unos tacos buenísimos de tripa y que con gusto lo llevaba. Aceptó.

Mientras caminábamos al lugar, le conté que yo amaba a los tacos y que mi lugar de fuerte experiencia y conocimiento era la Ciudad de México pero que conocía un poco de las especialidades taqueras jaliscienses. No sé que le dije. Estaba tan nervioso que mi inglés se oxidó en un pantano oscuro.

Llegamos al Callejón, y desde que entró su mirada, como la de un niño en dulcería, se desvió inmediatamente a todos lados. Estuvo a punto de sentarse a comer en el primer puesto que vio pero no lo dejamos. Mi novia y yo ya habíamos recorrido la callejuela para encontrar el mejor puesto. Uno donde vendían tacos de asada recién sacaditos de una parrilla al carbón, y otros tacos exquisitos de tripa. Pero no de la tripa que conocemos en México ni la de Guadalajara en sus versiones doradas y suaves. Era una tripa que más bien parecía pancita. Callo grueso perfectamente cocinado, suave hasta deshacerlo con una mordida,rico como sólo en Jalisco se preparan los intestinos, cual su maravilloso, adictivo y poderoso menudo.

Pedí cuatro órdenes de tacos (con uno de tripa y otro de carne asada). Estaba a punto de comerme unos tacos con uno de mis ídolos culinarios. No me canso de decirlo, Andrew Zimmern fue el mismo que en televisión. La calidez que derrocha en la pantalla chica es sólo un poquito menor que en persona. Alabó la suavidad y delgadez de la tortilla, mencionó las salsas. Yo le dije que probara los de tripa con unas cebollitas moradas en escabeche para que contrastaran con su grasita y le recomendé la salsa roja, que estaba mejor. Sin mucho más preámbulo que la foto que me tomé con él, le hincó el diente al taco y ponderó su sabor y la suavidad de la panza. Les conté que en Jalisco los tacos de tripa se preparan suaves o dorados, pero que estos eran especiales (callo, ¿se acuerdan?). Su sabor no era fuerte. Al contrario, era suave tanto aroma como en consistencia. No olía intenso, sólo sabía a panza, rica y deliciosa panza. Después se comió el taco de asada y yo creo que me volé los sesos porque no me acuerdo que pasó inmediatamente después.

Cuando estábamos intercambiando los últimos pareceres, alguien se acercó a saludarlo. Con su buen talante, Andrew lo saludó. Siempre cordial, se dejó tomar fotos con todos. No se sintió nervioso ni atosigado. Yo estaba pendiente de la hora, pues al día siguiente tenía que manejar durante horas. Decidí que era la excusa perfecta para irme. Pero, en realidad, me hubiera gustado quedarme platicando con él otro rato y hablar sobre comida, sobre los lugares que había visitado en México (y en el mundo) y de sus experiencias culinarias con nuestra deliciosa comida. Y aunque sé que le había dicho que me tenía que ir temprano, la verdad es que ya no tenía otro lugar que recomendarle y no quise incomodarlo cual fan pegajoso. Le di la mano, me despedí de sus compañeros y me alejé con mi novia platicando, emocionados, por lo fortuito del encuentro.

Han pasado algunas semanas y todavía me pregunto cómo es posible encontrarte con Andrew Zimmern en Tequila, Jalisco, un domingo cualquiera. No lo sé. Pero me pondré místico. Después de tantas sacrificios por todos los tacos comidos, el dios taquero me bendijo. No sólo con la exquisitez de sus frutos, sino con la oportunidad de compartirla con alguien que realmente sabe disfrutar de la buena comida.

Me hubiera gustado dedicarle este texto a los tacos; ese platillo versátil, delicioso y mexicano que tanto y tanto placer me ha dado .Pero mejor se lo dedico a quien durante desde hace tiempo me acompaña en las aventuras culinarias más felices. Ella lo sabe.

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Yeicko Sunner

Yeicko Sunner

Chilango de nacimiento; chilango por convicción. Amante de la comida, los libros, los tacos y la cerveza. Creador de @lupulocéfalo y editor gastronómico en @Yaconic.

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