El siguiente texto apareció originalmente en Metrópoli ficción. Lo reproducimos aquí con el permiso de los editores.

Por Mario Panyagua

II. ÚLTIMO DÍA EN LIBERTAD

El diez de diciembre de 2005 me encontraba tomando unas cervezas en la cantina El tío Pepe, en el barrio chino de Dolores; quería cultivar versos para crecer poemas, pero solo alcanzaba a garrapatear ocurrencias incombustibles. Tenía dinero porque había vendido, a un ingenuo, un inexistente cuaderno de Mario Santiago Papasquiaro. “Me lo robé de la casa de Vicente Anaya… Es un vil cuaderno pero tiene muchos versos sueltos, algunos poemas; adentro trae dos servilletas ‘Este dios en harapos/ es el tiempo que fluye’ está escrito en una de ellas. Pero esto queda entre nos”, le comenté a aquel estudiante de letras hispánicas.

Yo por entonces ya no asistía a la facultad, solo iba de vez en cuando a comprar marihuana a Las islas. Cuando lo volví a encontrar me rogó que le vendiera el mentado cuaderno, al instante comencé a planear cómo armarlo y hacerlo pasar por verdadero, me pregunté cómo era la letra del infrarrealista, pero de repente, el estudiante me dijo que podíamos ir al cajero, me ofrecía tres mil pesos por él. Le comenté que en esos casos el valor del objeto era inestimable, lo enredé con engaños, al cuaderno le atribuí poemas inéditos y para terminar le dije que no lo vendería por menos de seis mil. “Y eso porque no encuentro trabajo, si no, no lo vendería. Todavía me impresiono de cómo cayó aquel desdichado, el cual me dio de buena fe los tres mil pesos como adelanto, y al día siguiente, mientras yo cheleaba en la cantina, seguro me estuvo esperando con el resto.

Por entonces, el crack gobernaba mis pensamientos y mis acciones, empobreciendo mi moral y quebrantado mi voluntad. Cuando no estaba consumiendo me encontraba pensando en conseguir dinero para comprar droga, cuando estaba consiguiendo dinero imaginaba en cómo la consumiría, cuando la estaba consumiendo pensaba en qué haría cuando se terminara, cuando se terminaba tramaba cómo conseguir dinero para comprar más… Terminé viviendo una especie de indigencia; a veces llegaba a casa de mi madre para quedarme algunos días, los más los pasaba en picaderos o cuarterías de hotel consumiendo lo acumulado, botín conseguido por medio de engaños, estafas o hurtos; jornadas kilométricas sin comer, sin dormir, pegado a una pipa o a una lata, acompañando las horas del humo con Tonayán para espantar el pánico.

Aquel día, con un par de gramos y un gotero de cristal en la bolsa, lejos estaba de imaginar que al siguiente me encontraría encerrado por una larga temporada. Abandoné la cantina y me metí en uno de esos hoteles para toxicómanos de la Guerrero; unas horas después había terminado con el par de gramos. Había oscurecido. Salí del hotel y me dirigí a “la maldita vecindad” a comprar más coca, iba tan drogado que en lugar de subir las escaleras me adentré en el segundo patio. En la oscuridad, recargados en el muro, más de 20 tipos se encontraban fumando sus dosis. Di media vuelta, comencé a subir la escalera del primer patio pero me alcanzaron cinco sujetos, me sometieron y me hicieron inflar los cachetes para desinflármelos con cachetadas que llamaron bombonazos; me sacaron poco más de dos mil pesos, repartidos en varias bolsas del pantalón, y me quitaron los tenis. Así me mandaron, hiperdrogado, descalzo y sin dinero, a la calle.

Crucé la avenida. Las prostitutas que se encontraban en la banqueta hicieron bromas, una se apiadó y me obsequió unas chanclas de plástico y unos tragos de aguardiente para bajarme el doble susto, el del robo y el de la piedra. Le informé de lo sucedido al recepcionista del hotel y le dejé empeñadas mi chamarra y mi mochila con un libro y un cuaderno adentro por cien pesos. Compré un cuartito de Tonayán y lo bebí como si fuera jugo. Tomé un taxi y fui a casa de mi madre. No hay más que ver el cuadro: un hijo que llega hasta el tope de coca y alcohol, desmadrado, sin cosas, con unas chanclas de baño tres o cuatro números más chicas, rosas.

II. DESCENSO AL ORCO

Unas voces me despertaron de manera abrupta, me quedé congelado, cuatro sujetos rodeaban la cama. Uno de ellos me dijo “No te asustes, estamos aquí para ayudarte“. Por fin había sucedido, lo había presentido muchas veces, aunque creí que llegarían antes los custodios del reclusorio o los enterradores del cementerio, fueron los del anexo de rehabilitación los que se adelantaron ante el llamado de auxilio de mi madre. En mi mente apareció la sentencia de un juez imaginario: “Necesita ser aislado de la sociedad.

Eran las siete de la mañana. Quería llamar a la policía, quería agarrar un cuchillo y enfrentarlos, ¿Por qué no tengo una pistola?”, pensaba. “Agarra tres calzones, tres playeras, un pantalón, unas chanclas y vámonos, ordenó uno de los sujetos. “No tengo chanclas”,  respondí; se le quedó viendo al par de sandalias rosas que había al lado de la cama. Les pedí que me dejaran entrar al baño; tuve que hacer mis necesidades con la puerta abierta y con uno de ellos en posición de firmes a un costado del retrete, soportando las andanadas de furia que yo mascullaba y otros sonidos olorosos que ascendían, él no se inmutaba, parecía extrañamente acostumbrado a aquello. Cuando salí del baño miré hacia el zaguán, desistí de escapar por allí al ver que lo custodiaba un sujeto con complexión de gorila. Los ojos de mi madre estaban llenos de tristeza, desespero y culpa. Yo la miré con rabia. “¿Te quieres despedir?”, me preguntaron. Enfaticé un “No con la cabeza. El camión basurero sonó su campana.

Creí que saldría por mi propio pie, escoltado pero caminando, al cruzar el patiecillo y llegar al zaguán, como si fueran viles policías, me torcieron ambos brazos por detrás de la espalda y me sacaron en vilo asiéndome por la pretina del pantalón. De reojo vi cómo a mi mamá se le desgarraba algo por dentro, se quedó muda, con los ojos rebasados por la pena. Para colmo, los vecinos habían salido a tirar sus bolsas de desechos y atestiguaron el suceso. Me echaron a la caja de un camión tipo mudanza, cuatro tipos subieron tras de mí, adentro se encontraban otros dos. Cerraron las puertas y se oscureció. Olía literalmente a basura. La caja estaba vacía. El camión se puso en marcha. Me ordenaron sentarme. Uno que se encontraba al fondo mirando por una ventanilla de aleta el exterior, me preguntó: “¿No quieres ver la calle, güey? No la vas a ver en un buen rato.

El camión estuvo en marcha por más de media hora, cuando se detuvo y abrieron las puertas de la caja vi que se encontraba una línea de ocho sujetos (por si trataba de huir) esperándome. Al descender noté que nos encontrábamos en una calle cualquiera. “¿Dónde estamos?”, pregunté. “En las manos de Dios”, respondió un señor. Di un vistazo a la fachada, una casa normal de dos pisos pintada de aceite verde pistache, enrejada como jaula de pájaro. Nada, a excepción de una pequeña placa y un modesto rótulo de AA, evidenciaba que aquello fuera una “clínica” para el control de adicciones.

Me volvieron a aplicar la técnica policial de sujeción: cabeza inclinada por presión de una mano, manita de puerco por la espalda, arreo por la parte superior del pantalón, y me condujeron con rapidez hacia las entrañas de la casa. Pasamos una habitación donde había un escritorio con dos sillas y una pequeña sala, topamos con un portón de acero, quitaron un candado, un sujeto se asomó por el postigo y corrió un cerrojo por el otro lado; pasamos una sala de juntas, una habitación con mesas y al fondo una cocina, subimos una escalera y entonces pude ver una larga y oscura habitación con una puerta de acero, sobre el muro, metros más allá de la puerta, dos ventanas de 35 por 35 centímetros (como en las viejas cárceles) sin marco ni vidrios, sino con barrotes. Al fondo del pasillo había tres habitaciones más pequeñas, me condujeron a una cuarta que llamaban “la enfermería”, justo frente a la puerta de acero cerrada a candado, que horas más tarde me enteré era el dormitorio de internos.

La enfermería era, sé que aún es, un cuarto con tres literas, una estantería con medicamentos genéricos del cuadro básico, un escritorio, dos sillas y dos tipos que, como si estuvieran en una representación teatral sin presupuesto, encima de sus ropas viejas, arrugadas, llevaban puesta una bata blanca y en los pies un par de chanclas. “Es el nuevo”, les informaron. Casi enseguida llegó uno de los padrinos. Un padrino es una especie de lazarillo, un Virgilio para guiarte por el infierno y el purgatorio, un consejero, en teoría, y lo digo porque pronto descubriría que allí nada era lo que aparentaba o debía ser.

Me pidieron que me desnudara y me inclinara, poniendo las dos manos en el piso. “Empínate”, dijo uno de los enfermeros, “Es para ver si no traes droga escondida en el ano o alguna enfermedad, agregó el padrino; después me revisaron el pene, los sobacos y el cabello. Me preguntaron si quería una cuba para la cruda, advirtiéndome que era la última de mi vida, les dije que no. Me ordenaron ponerme el calzón y acostarme en la parte superior de una de las literas, que eternamente rechinaban. Esa misma noche llegó un niño de 16 años, su complexión era la de los adictos al solvente, pero estaba allí por la misma droga que casi todos, la cocaína, en especial en piedra. Se pasó toda la noche sollozando, acompañado por los cohetones de la celebración a la Virgen de Guadalupe, y todo el día siguiente, se lamentaba porque su novia estaba embarazada y no estaba allí para cuidarla. En la enfermería pasé tres días, sin poder bañarme, sin poder levantarme, tenía que comer acostado y solo estaba permitido ir al baño acompañado por un enfermero y otro interno que hacía de prefecto en el pasillo.

carceles en mexico

III. USOS Y COSTUMBRES

Al cuarto día de mi llegada me pasaron a aquella habitación, más luenga que ancha, de aproximadamente 35 por 10 metros, repleta de camarotes, uno tras de otro. Los camarotes son literas de tres plazas, armados con tubos para puestos callejeros, cada compartimento tiene por superficie una tabla de dos metros por setenta centímetros donde se duerme (dependiendo de la autoridad lograda dentro del anexo y de la cantidad de internos) solo o acompañado de un nuevo. Al fondo de aquella habitación hay un baño sin puerta con tres retretes en hilera, frente a estos un mingitorio de cemento parecido a un abrevadero para puercos y al fondo una regadera; en el baño había otra ventana con barrotes que daba al pasillo, misma por la que se asomaba un padrino, viejo, asmático y homosexual, a la hora de bañarnos.

Me dieron tres minutos para ducharme… me puse un calzón limpio, un pants, una playera y las chanclas que habría de llevar por casi siete meses de los casi diez que pasé encerrado en aquella casa inmunda, repleta de “lo mejor de lo peor”. Entonces me subieron al segundo piso, que por entero, a excepción de un baño con cuatro tazas en hilera más un mingitorio de lámina, ocupaba una sala de juntas con 140 sillas y hasta enfrente un escritorio (para el moderador) y una tribuna de madera con el logo de AA; sobre el muro ulterior, los respectivos cuadros con Los doce pasos y Las doce tradiciones, y aquellos que ni en pintura pudieron quitarles la cara de borrachos, Bill y Bob. Cada hilera ocupaba 14 sillas, y hasta entonces pude darme cuenta de la dimensión de aquel auditorio; había ocupadas por pacientes, de diez, siete hileras y media. Recuerdo que éramos casi 90 por entonces, con 30 personas ya se podría hablar de un hacinamiento, aunque en enero llegamos a ser más de 120 (40 internos fueron trasladados a una nueva franquicia ubicada en Cuernavaca).

El itinerario de cada jornada es el siguiente: a las seis y media de la mañana, al grito de ¡Se acabó la fantasía, cabrones! nos despertaban, al mismo tiempo que iban golpeando las tablas de nuestros lechos. Acto seguido, todos nos desnudábamos y hacíamos una fila para poder ducharnos; cada uno llevaba su toalla y su barra de jabón, y era imprescindible (como allá en la cárcel grande) no dejar caer la pastilla, esto para evitar burlas, albures, nalgadas o hasta roces. Nos metían a bañar en grupos de tres, teníamos que compartir el agua que caía de la regadera en menos de un minuto. Tres eran los encargados de mantener el orden durante la ducha, dos en la fila y otro dentro del baño, que no dejaba de aplaudir con violencia para apurarnos sin dejar de repetir: “Aprisa, aprisa; pito cabeza y culo, pito cabeza y culo, haciendo referencia a que eran las partes más importantes que tenías que limpiar (media hora para que se bañen 100 sujetos resulta un absurdo).

A las siete teníamos que estar todos los enchanclados, sin excepción, en la sala de juntas. Nos servían un café de calcetín y nos daban un pan dulce frío, a veces duro (aquellos que nadie había comprado en El Globo nos llegaban días después, donados a través de la Fundación Lolita Ayala). Cada junta tenía una duración de dos horas, a las siete y media se abría la primera. Entre nueve treinta y diez nos servían el desayuno, a las tres la comida y a las ocho y media una taza de frijoles o lentejas. El menú siempre era el mismo, “caldo de oso”: verduras en caldo o al vapor para desayunar y para comer, más un amplio abanico de guisos de papa, exceptuando las fritas: papas hervidas, sopa de papa, puré de papa, tortas de papa, papas con cebolla, con jitomate, con lo que se le ocurra o haya, cáscaras de papa con huevo, papas con papas, etcétera, más todas las tortillas que quisieras, agua de Kool-Aid roja o morada (los jueves, día excepcional, nos servían arroz y dos rabadillas o dos alas); por la noche, entre nueve y diez y media, nos servían otro café igual de descolorido y, si había, nos daban pan. La jornada terminaba cuando los encargados del orden de los camarotes, una vez puesto el candado por dentro y por fuera, faltando 15 minutos para las once, pronunciaban una oración que todos debíamos repetir: “…Te suplico ángel bendito/ por tu gracia y tu poder/ que me has de defender/ de las garras del maldito/ Dios conmigo, yo con él/ Dios delante, yo atrás de él”.

Las comidas eran de los pocos distractores que existían, yo me entretenía lanzándole semillas de limón al loco Merklin (uno de los cuatro locos que habitaban en el anexo) que con furia se pegaba palmadas en el lugar donde le había dado el huesito o aplastaba con poderosos manotazos a las moscas que llegaban a pararse en la mesa, soltando sin cesar el “Pelota rojaque desde la enfermería había escuchado. Cuando era la hora, desplegaban las mesas y comenzábamos, después de una oración, a engullir con celeridad el pan y la sal.

Los martes por la tarde, un obispo reproducía a todo volumen, dos veces de principio a fin, un cedé de hits de música cristiana que todos estábamos obligados a aprender y cantar durante dos horas. Las horribles alabanzas, dignas del peor de los pseudopoetas, todavía me persiguen, como la de: “Luché como un soldado/ y a veces sufrí/ sin fuerzas he quedado/ vengo a ti”, o aquella que dice: “Yo sé bien lo que has vivido/ yo sé bien lo que has llorado/ yo sé bien lo que has sufrido/ pues de tu lado no me he ido”, o la que reza: “Déjame entrar que ya no aguanto más/ lo que es la realidad/ guardián, guardián/ de mi corazón”, o: “Aunque yo esté en el valle de la muerte y dolor/ tu amor me quita todo temor”.

Lo único que me sirvió de toda aquella mierda seudoterapéutica fue un pleonasmo, un terapeuta apodado “El terapias” especializado en recuperación de adicciones, con el cual podía entenderme un poco más; era el único, de los alrededor de 300 sujetos que conocí durante mi estancia (los que salían, los que llegaban, los que allí vivían) que había leído otro libro que no fuera la Biblia, el Libro azul o el vademécum de Los doce pasos. La falta de educación era deplorable (10 internos eran analfabetas), exactamente la misma carencia que había encontrado en los picaderos y fumaderos de droga, y pronto comprendí que allí era uno más de los lugares en que la educación o el saber son aborrecidos. Uno tiene que hacer el tonto para ser como todos los demás, actuar de rufián, de bestia, de qué me ves puto, y tratar de salir lo mejor parado de aquella experiencia.

Todo el tiempo restante era ocupado por juntas con el mismo formato, catarsis de un enclaustrado tras otro, y estaba prohibido cruzar las piernas o los brazos, hablar, hacerse señas con alguien más o quedarse dormido, este último era merecedor de una sanción, luego del respectivo zape, la cual consistía en permanecer de pie, de cara a la pared, el resto de la junta.

Los castigos dependían de la gravedad del asunto, permanecer parado era uno de ellos y podía prolongarse, como atestigüé y sufrí posteriormente, por hasta 48 horas (día y noche), aunque la sentencia era dictada siempre de la misma forma para casos graves o para los reincidentes: “72 horas parado hasta que se le hagan patas de elefante. Para los casos de rebeldía o ingobernabilidad, los castigos, por lo regular, comenzaban con una “pescadeada” (amarrar las piernas juntas por los tobillos, luego amarrar los brazos juntos por las muñecas, para terminar atando en un solo nudo las cuatro extremidades por la espalda del supliciado; para toda la operación hacen falta solo tres calcetines y tres viles de tan serviles internos), la duración del castigo iba de media hasta cuatro horas. A los que se atrevían a hablar mal de la doctrina, del anexo o alguna de sus autoridades, eran mandados a dormir con alguno de los locos. Aquellos que habían robado algo o se habían fugado y volvían a caer eran, casi siempre, latigueados con agua; el método es simple, desnudarlos, llenar a la mitad una taza y arrojar el contenido con fuerza de manera horizontal (formando un látigo de agua en el aire) sobre la parte del cuerpo que se quiera lastimar; tres lances expertos pueden llegar a provocar un corte, 20 o 25 lances sobre el mismo punto pueden provocar una herida; algunas condenas iban de los 25 azotes hasta, lo más que atestigüé, 60. Una vez aplicaron un castigo ejemplar en la sala de juntas, el C… se había robado unas latas de atún de la despensa, el dueño del anexo mandó envolverlo en una cobija, acto seguido, dio la orden de que recibiera, a la vista de todos, los golpes que pudieran asestarle doce zalameros internos durante un minuto.

El sistema operaba de forma de que te aseguraras que los castigos podían ser mucho peores; los rumores de los castigos aplicados en los anexos fuera de serie (aquellos que operan en condiciones infrahumanas) era moneda corriente en aquel sitio, se hablaba de cortaduras untadas con chile, de internos hincados sobre los dientes de las corcholatas, de una charola que funciona como retrete y como plato, de potros, fuetes, pozos y mazmorras. Era obvio que algunos de aquellos castigos provenían directamente de la cárcel, al menos la mitad de los internos había pasado por reclusión. Los castigos eran reflejo del miedo que sentían los dueños y vividores de aquel orco: miedo a un motín, a una denuncia por algún familiar y cosas por el estilo; estaba tajantemente prohibido contar, cuando llegaban familiares a visitar a su anexado, de lo que en realidad pasaba dentro de aquellas paredes y ventanas enrejadas; todos sabíamos las consecuencias de ello; no seas chiva, borrega, bocón, eran constantes sugerencias.

Nunca se estaba solo, hasta en el baño éramos vigilados, amén de que casi siempre cagara uno acompañado; para limpiarnos se nos suministraban seis cuadros de papel higiénico y ni uno más; una ocasión (no recuerdo por qué) nos castigaron dándonos hojas de la Sección amarilla durante dos semanas. “Para que valoren, culeros, dijo el segundo al mando de la clínica.

Luego de un mes y medio o dos escuchando juntas sin descanso: un sujeto tras otro hablando de sus logros y de lo mucho que había avanzado en su recuperación desde su llegada, al interno se le asigna un servicio, que se divide en los siguientes: cinco guardias de sala y tres de camarotes, un jefe de guardias que porta llaves del dormitorio, dos celadores de pasillos y dos de escaleras, dos enfermeros, un cocinero, dos encargados de limpiar y picar la verdura (a los cuales encierran en un cuarto repleto de costales de legumbres en la azotea y que dejan salir cuando entregan los cuchillos. La azotea contiene rejas y barrotes por paredes y techo), seis encargados de acomodar las mesas y limpiar la sala luego del desayuno y la comida, dos encargados para limpiar el dormitorio y de paso chequear camarote por camarote, cuatro encargados para lavar la ropa de todos una vez por semana y otros cuatro para lavar las cobijas una vez por mes; el proceso de lavado es interesante, cuando pregunté cómo lo hacían me respondieron que en una lavadora canera (carcelaria); insertan un palo de escoba en el cuello de una botella de plástico de dos litros, previamente cortada a poco menos de la mitad, luego cubren con cinta adhesiva industrial donde está el engarce para fortalecer la herramienta que sumergen y remueven una y otra vez en un tambo con ropa, agua, desinfectante de pisos y un algo de detergente en polvo.

Los servicios se otorgan según la especialidad, por ejemplo, el cocinero era dueño de una fonda, un enfermero era carnicero (supongo que creyeron que la anatomía de las reses y los cerdos es muy parecida a la humana), los guardias eran matones, expolicías, dealers, asaltantes y demás oficios por el estilo, los trabajos de limpiapisos y lavaropa eran ejercidos por adolescentes sin oficio ni beneficio, si llegaban albañiles, herreros o plomeros, no eran enclaustrados, para aprovechar su ocupación eran llevados a trabajar en el hotel que estaba construyendo el dueño del anexo en las playas de Huatulco. Un escritor en ciernes no era de utilidad, así que, imagino que porque mi madre era enfermera, a los dos meses de mi estancia me pusieron una bata blanca y me asignaron como enfermero 1.

Mientras ostenté el cargo fui testigo de varios hechos trágicos, como un viejo con cirrosis que llegó en las últimas, vomitó tanta sangre que se lo llevaron a Urgencias del hospital de Xoco y falleció allá; posteriormente llegó, en estado catatónico, un joven de entre 25 y 30 adicto a la heroína, se había inyectado en la cabeza, su respiración disminuyó al grado de que tuvimos que ponerle un espejo bajo la nariz para comprobar que aún respiraba, también fue transportado a Xoco, los padrinos rumoreaban que sufrió un infarto cerebral y había quedado como zombie.

IV. LO MEJOR DE LO PEOR

Los locos eran un soplo de aire fresco en aquel muerterío. Hugo Merklin ni un solo minuto dejaba de repetir “pelota roja… Así chiquitos, pelota roja… sopa de papa, pelota roja… Así habló Zaratustra, pelota roja… pelota roja, pelota roja, pelota roja, pelota roja…, ni dormido paraba de nombrar la mentada bola, siempre roja. Una vez le empecé a repetir “pelota azul, pelota, azul, pelota verdey otros colores, furioso me propinó un puñetazo con la fuerza de una coz; pese a su deteriorada condición, poseía una fuerza de gigante. A veces me abstraía pensando dónde o qué había desencadenado aquel trauma; si se le interrogaba por su edad, respondía que tenía 22 años (quizá donde inició la locura), aunque aparentaba más de 40. Él y “el presidente” eran los únicos de los dementes que no se bañaban; Merklin pocas veces utilizaba el inodoro, por lo regular se orinaba o defecaba sobre sí; tampoco se cambiaba de ropa; había que bañarlo cada mes, entre varios y a la fuerza (una vez permaneció sucio más de tres meses).

El presidente, flaco como una cuerda, era una especie de vagabundo; por entonces el mandatario del país era Vicente Fox, quien nuestro loco juraba ser. El otro es un doble que tengo chambeando. Al Fox que sale en la tele, yo le pago para eso. Yo soy el chido, decía con frecuencia. El presidente tendría entonces unos 35 años; siempre estaba alegre; destacaba su mordacidad, cosa que me agradaba. Luego estaba Astivia (su apellido), un anciano que encerraron por teporocho y por sufrir, aún sin estimulantes, constantes despegues de la realidad. Se parecía físicamente a la caricatura del abuelo de Popeye el marino, preguntaba cosas y se respondía él mismo, se reía solo y estaba convencido de que yo era su sobrino, siempre que se dirigía a mí me llamaba Toño; era dulce y noble, lejos del sarcasmo del “Presi” y de la furia de Merklin; aunque confuso, aún vivía en este mundo. Una noche de enero, Astivia me despertó en la madrugada, me había llevado un sarape. “Hace frijol, Toño, tápate bien, mencionó; una vez me compartió una rabadilla y me traía tortillas o agua cada que él se paraba por más (yo hacía lo mismo). Le apreciaba e incluso llegué a sentirme su sobrino.

Al que más cariño le tomé fue al “Comandante” Peñaloza. Tendría cincuenta y tantos años y rondaba el metro sesenta de altura. Su cabeza era grande y redonda, tenía calva de monje, su cara poseía rasgos de tortuga. Era gordo, moreno, tenía una enorme cicatriz en el pecho y podía observarse, bajo la piel cosida, un marcapasos. Siempre que alguien comenzaba a llorar o se ponía triste, él salía con su teatral “ja, ja, ja mira nada más, pobrecito”, que a todos nos sacaba carcajadas. También hablaba solo, pero su voz, contrario a los cuchicheos de Astivia, era fuerte y clara, así que podíamos escuchar a detalle desde casi cualquier punto de la sala de juntas o del dormitorio, cruzando los “pelota roja de Merklin, sus frases incoherentes, que al eslabonarse unas con otras resultaban hilarantes.

Cuando nos despertaban en la mañana, él se desnudaba con rapidez y corría, toalla y jabón en mano, a formarse a la fila para la ducha. Como yo también me deslizaba con premura (para evitar la larga fila de hombres desnudos que parecía la de la cámara de gas de un campo de concentración) me lo encontraba con frecuencia. Forjamos amistad. Por lo regular hablaba de tacos, pozole, barbacoa, pancita, cola de res, sopa de médula, caldo de gallina, mariscos…, dando ubicaciones de puestos y negocios; pero a veces contaba aventuras alucinadas, en las que ninjas, luchadores enmascarados, estrellas de cine, gogós, leones, gánsteres y perros que hablan se mezclaban a hechos de su vida pasada; a través de estas charlas supe que había sido taxista, incluso me enteré de que había vivido a dos colonias de donde yo nací.

Castigado, pasé un mes durmiendo junto a él. Era ganar la lotería comparado a tener que dormir con el tufo a mierda y el eterno estribillo de Merklin o con el Presidente mentando madres y escupiendo en las cobijas, en las tarimas, en el piso (para incomodar, castigando al castigado). Peñaloza era respetuoso, incluso marcó sobre la tabla en que dormíamos una línea al medio, señalando el espacio que a cada quien le pertenecía. Antes de dormir, me contaba sus recuerdos envueltos en disparates: “Una vez iba manejando mi bochotaxi allá por Obrero Mundial y se sumió el piso, y al carro le salieron piernas y cruzó caminando el hoyote, vestido de monja caliente. Había una grúa poniendo el último piso de un edificio y apareció un dinosaurio verde, empezó a perseguir mi carro, entonces lo agarró con los dientes; tenía mucha baba y picos, así como bolillos, saliéndole de la espalda”.

Había ocasiones en que lo encontraba triste, eran minutos que podían prolongarse por horas, lapsos en que la cordura se le acomodaba y se daba cuenta de que se había quedado rematadamente loco. Los ojos se le cristalizaban de tristura, volteaba a uno y otro lado como si estuviera perdido, se daba cuenta de su encierro, no podía creer que se encontrara allí; luego, cuando volvía a surtir el aire de carcajadas teatrales e incoherencias, sabíamos que su tormento había pasado. Lo recuerdo quitándose la camiseta en plena junta, poniéndosela sobre el hombro como franela de bolero, hablando de ejércitos de hormigas con casco y fusil de plástico, o yendo a mi silla o a mi camarote, pidiéndome “un sin filtro o un dulce, Panyagua”.

El niño que antes mencioné llegó a la enfermería, ya tenía amplia experiencia en el encierro, de sus 16 años, al menos tres los había pasado en anexos de rehabilitación más una corta estadía en el Tutelar #1. Me parecía aborrecible que hablara de su vida en las coladeras de la colonia Guerrero como si fuera del patio de la escuela, de sus andanzas en solvente y piedra en Garibaldi o la Morelos; me provocaba repulsión cómo describía con minuciosidad las enfermedades venéreas que había contraído tanto genital como rectalmente; me daba espanto que en unos meses iba a ser padre. Él, lo mismo que otro mozalbete (adicto a la mona) de 15 años y otro de 18 (adicto al crack y las tachas) eran las concubinas del padrino encargado del anexo, a cambio de salidas por tacos o furtivas escapadas al cine, regalos y otras miserias que allí se consideran privilegios, los convirtió en sus chiquitines mimados, sus pequeños prostitutos.

Me hice amigo de O. Cuando sus hermanas hablaron para que fueran por él, el regocijo creció en la clínica. O era famoso, el pobre diablo había estado internado más de 60 veces en diferentes anexos y había logrado escapar en más de 30 ocasiones; lo esperaban con ansia porque se les había fugado la última vez. Cuando llegó, le negaron reposar los tres días de rigor en la enfermería, lo enfundaron en un vestido de mujer (igual que los nuevos lo hicimos en la Navidad), lo maquillaron, lo sentaron en una silla junto a la tribuna y allí estuvo hasta que los tres mandamás de aquel mísero negocio aparecieron. Se pitorrearon, lo humillaron, contaron su historia deformándola, adornándola con detalles punzantes y grotescos, torturándolo psicológicamente, le decían que mientras él estaba sentado en chanclas por otros tres meses de su vida, al mismo tiempo, ellos abajo (en la oficina) se cogían a sus hermanas, a su exesposa. Le recordaban que su padre había muerto mientras él estaba encerrado otra vez, que su esposa parió mientras estaba encerrado una vez más, que lo engañó con su primo y su vecino cuando estuvo encerrado como siempre. Hicieron su show (como cada que caía algún reincidente), parecían los pendejos de Guerra de chistes haciendo escarnio de un indefenso, derrotado, fracasado, como todos los que allí albergábamos.

Era comprensible la historia de O. Su madre y sus hermanas poseían como negocio un anexo de rehabilitación, habían hecho de su mismo hogar una guarida para crudos, un vil hospital de irremediables, compartiendo cuartos, baño y mesa con los internos. Él era adicto a la piedra desde los 15 años, y desde los 16 comenzó a ser encerrado, primero en su propia casa, en calidad de paciente, hasta que luego de varios encierros consecutivos y el trato preferencial que recibía, comenzaron a internarlo en otros. Cada que se le ocurría fumar de nuevo, lo volvían a encerrar. Era un caso triste, su vida había comenzado en una prisión de AA y se había perpetuado en otras prisiones de la misma marca.

Por los días en que realizaba mi servicio como “enfermero” llegó mi verdadero némesis. Dieron la alarma para ir por un doceavo (termino mal aplicado para justificar el ir a apresar a otro toxicómano). Cuando supieron de quién se trataba crearon una comitiva de 10 sujetos para aprehenderlo; las comitivas por lo regular eran de cuatro, máximo cinco. “Vamos por tu hermano, alístale una cama”, me ordenó sarcástico el padrino X. Horas después trajeron a Paniagua, y comprendí que cuando fue por mí una comitiva tan grande, era a él a quien pensaban agarrar. Era famoso en el anexo, había estado encerrado allí en seis ocasiones; la leyenda que le precedía era la de un perro rabioso, un retorcido golpeador, un cabrón en toda la extensión de la palabra. Cuando llegó nos desilusionamos un poco, aquel boxeador que alguna vez ganó los Guantes de oro y que los acabó perdiendo a cambio de cuatro gramos de piedra, aquel asaltabancos que apareció durante muchos años en los carteles de “Se busca”, estaba reducido a un teporocho, un indigente.

Lo que me dijeron de que le preparara una cama no lo creí, pensaba que en cuanto llegara, igual que O que G y que Q, sería humillado y castigado frente a todos en la sala de juntas, que sería bañado con una cubeta con su propio vomito como hicieron con R, que permanecería de pie al menos veinticuatro horas, pero curiosamente le respetaron. Le tenían miedo a pesar que estaba roto, y él sabía de memoria cómo funcionaba el anexo y lo que tenía qué hacer. Obedecía en todo, nunca hablaba si no se lo pedían. Los padrinos le trataban como si fuese un familiar suyo, un camarada de francachelas.

V. RESILIENCIA

Los que terminábamos el arraigo de tres meses, si había petición por parte de la familia, nos quedábamos viviendo en el lugar dos o tres meses más. Podíamos pagar allí mismo por una comida corrida más o menos decente que no incluía papas ni “caldo de oso” o encargar, a quien salía a la calle, una garnacha o unos tacos; amén que uno ya podía usar tenis y ya no dormía en el dormitorio general sino sobre un colchoneta y podía bañarse en soledad hasta por cinco minutos; ya no teníamos obligación de asistir más que a una junta al día y a un servicio de medio internamiento, como ir en comitiva a pedir productos regalados a la Central de abastos o a repartir volantes para promocionar la clínica. Habíamos construido unas pesas con varillas y botes rellenos con cemento, así que los que estábamos como preventivos nos pusimos a realizar ejercicio, también utilizábamos los barrotes de la azotea que teníamos por cielo para hacer barra. Paniagua, que entonces ya fungía como jefe de guardias, rápido se nos unió, su facilidad para realizar repeticiones era impresionante; pronto, su disminuido cuerpo comenzó a inflarse, los músculos brotaron y él, con la espalda recta y la cabeza ya no agachada sino elevada con orgullo, parecía haber crecido medio metro.

Al cuarto mes me dejaron salir del anexo, por fin salí a la calle; me puse a tocar los árboles que desde las rejas me parecían imposibles e irónicos, me coloqué en el sol durante varios minutos, veía a la gente caminar, podía sentir el viento. Fue una dicha que no se parece a nada de lo que antes había experimentado, pero mi prisión aún no había terminado. Al siguiente día conseguí trabajo en la librería El Parnaso, en Coyoacán, trabajé de librero quince días, con mucho entusiasmo, pero al momento que me pagaron, la obsesión por fumar una dosis creció hasta ser incontrolable y nada más pudo ocupar mis pensamientos, dinero en mano tomé un taxi y me fui a comprar crack y caña, anduve unos días escondido en un fumadero hasta que dieron conmigo, mi madre sospechaba la ubicación del punto y llegaron por mí.

No pasé por la enfermería, me subieron directo a la sala e hicieron su show con mi persona. Me enteré por medio del Terapias que le habían hecho creer a mi madre que yo había pedido volver a estar en calidad de interno, así que firmó los documentos correspondientes. De entrada estuve de pie por 40 horas, creí que las venas en cualquier momento me estallarían, tuve los pies hinchados casi una semana. Me sentenciaron a 60 azotes de los cuales me soltaron 30 y me aplicaron por un mes la ley del hielo, aquel que se atreviera a hablarme dormiría con Merklin, como sucedió con P y con L (fue el mes que dormí con Peñaloza). Mas no tenía prohibido el uso de tribuna, y desde ella traté de defenderme de aquel trato inhumano; había aprendido de memoria los dos libros que nos servían de base, y con sus mismos pasos y tradiciones levanté mi defensa, pero resultó contraproducente, los anexos no están diseñados para rehabilitar adictos sino para mantenerlos en un eterno círculo de culpa, recaída y castigo.

Paniagua, ante mis protestas, me advirtió que me callara. Ya había presenciado cómo había noqueado a dos de un solo recto, cómo mandó de un uppercut a F al hospital, cómo a JC le había soltado dos puñetazos en la cara dejándole dos boquetes sangrantes en el rostro (los golpes los realizó sosteniendo una llaves, con la punta dentada saliendo de sus nudillos). Su siguiente tribuna me la dedicó entera, se burló de mi oficio, decía: “¡Qué va a ser escritor ese pendejo!, ni libros vaqueros podría escribir, ni una carta a su puta madre le ha de salir bien. Mírenlo, es un mojón con ojos y orejas de tubo”. Así pasó media hora, tildándome de loco, de pobre diablo, de pendejo y ridículo, poniéndome como el ejemplo de quien no haría nada de su vida.

Mi siguiente tribuna la dediqué a exponer cómo es que funcionan los pasos y cómo los habían deformado para beneficio personal de las autoridades del anexo; también abordé lo que era ganarse el respeto por admiración y lo que era confundir ganarlo infundiendo temor; con eso me gané una madriza, mi tocayo de apellido me miró con furia y me embistió, me propinó un recto de derecha que interceptó Astivia con su pecho, el cual cayó sentado de nalgas, mas volvió a ponerse en pie para interponerse entre mi persona y el explosivo iracundo. ¡No te metas pinche viejo loco!”, le dijo Paniagua. “¡Es mi sobrino, güey!”,  contestó Astivia, un momento después cayó de nuevo, fulminado de un cabezazo; entonces Paniagua me tiró tres japs que me cerraron un ojo y un cross que me reventó la boca. Fui obligado a decirle a mis familiares, durante mi visita, que me había caído en las escaleras por subirlas corriendo cuando las estaban limpiando.

Aparte de golpeado, el castigado fui yo, me pescadearon una hora y me obligaron a llevar una mordaza que Paniagua apretó con odio; los padrinos, preocupados de que ventilara el mal manejo del programa, los abusos y demás, fueron los que dieron la orden, habían dicho dos meses pero fueron 13 días en que solo pude retirarme la mordaza para comer y lavarme los dientes. Cuando por fin tuve permitido volver a hablar, a excepción de los locos, nadie platicaba conmigo, temían ganar la animadversión de los padrinos. El uso de la tribuna me fue reducido de una vez al día a una vez por semana. Mi cabeza era un hervidero, no podía acceder a la catarsis y el único desfogue que podía procurarme eran los minutos que lograba robarle al terapeuta que llegaba a darnos una clase de dos horas diarias; él fue la única persona que se preocupó en ese lugar por mí y por muchos otros, y por nuestra recuperación.

VI. NUNCA VUELVAS

Nada allí era atractivo ni daba la menor muestra de recuperación; los que ya no consumían seguían vestidos con las peores garras de la paca, obsesionados con sus consumos pasados y con la recaída, viviendo con temor, hablando una y otra vez de droga y de problemas económicos y familiares, del yoyoyoyoyo. Cumplí mi segundo trimestre en chanclas, mas no fui liberado; tuvo que pasar casi otro mes. Le decían a mi madre que estaban poniendo a prueba mi tolerancia. Un día me anunciaron que saldría al siguiente, pero esto ya había sucedido en un par de ocasiones, así que no creí nada; empecé a convencerme de que era verdad cuando el padrino al mando del lugar me dijo que me despidiera. Solo me despedí de O, de L, de Astivia y de Peñaloza; éste último, cuando le comuniqué que me iría al día siguiente, se puso serio; le pregunté qué quería que le llevara de la calle, me dijo que tacos de carnitas, pero su seriedad arreció. Al día siguiente, cuando algunos se acercaron a desearme buena suerte y un “No vuelvas, vi a Peñaloza acostado en su camarote, fui a despedirme pero no me quiso hablar, estaba enojado. Salí a la calle, compré cuatro tacos de surtida y se los llevé a mi amigo, a Astivia le regalé una chamarra, 20 pesos y un “Te quiero tío, luego salí para nunca más volver.

Años después, supe que a Merklin, una vez que miembros de la clínica fueron a compartir sus experiencias a un grupo de 4to y 5to paso, lo bajaron del carro y lo abandonaron en un parque de la colonia Doctores; también me enteré que Peñaloza murió unos años después, me dijeron que se deprimió y nadie supo el porqué, aunque yo sabía que había vuelto la cordura a morderle el alma, amaneció un día el anexo sin sus risas y sus disparates, un ataque al corazón se lo llevó mientras dormía. A Astivia, luego de dos años encerrado, su familia decidió llevárselo de nuevo a casa. Al padrino pederasta lo obligaron a limpiar sus nefandos crímenes purgando un mes en chanclas allí mismo, siguió operando varios años como director del anexo hasta que fundó el propio; esto lo supe por el terapeuta, que murió el año pasado consumido por una bronquitis que mudó a neumonía. A Paniagua lo vi hace como ocho años en El Carmen, en el Centro; sus músculos habían desparecido y su orgullo y egocentrismo estaban cubiertos por unas ropas remendadas y llenas de mugre, y aquel que tuvo fuerzas para robar bancos y llevar a la lona a profesionales del pugilismo, que había cortado a cuchillo las mejillas de su exesposa en un ataque de celos, que había esquivado, tirado y cachado balas, que se metió solito las tripas luego de que le asestaran nueve puñaladas, el mismo que se hinchó ante mis ojos como un globo de músculos, ahora no tenía fuerzas ni para robar una cartera, ni siquiera unas papas de la tienda. Pasó junto a mí. “Regálame un varito, güero, mendigó sin reconocerme. “Pelota roja, respondí y, dándole la espalda, me perdí entre la muchedumbre.

Editor Yaconic

Editor Yaconic

Revista de arte y cultura

Previous post

RIUS, UN ADIÓS DE LOS MONEROS

Next post

ANIMASIVO, UN MUNDO MARAVILLOSO SIN LÍMITES