LAS DISTOPÍAS Y NARRATURAS DE ANTOINE VOLODINE

 

Por Edgar Khonde / @edgarkhonde 

(…) tenemos frente a nosotros un cinismo tan perfeccionado que hacer una alusión al respecto, no digamos criticar los mecanismos, no, sencillamente hacer una alusión al respecto produce una marginalidad sin márgenes, próxima a la locura y distante de todo ruido y apoyo, estoy ahora frente a todo eso, a campo abierto, expuesta a los insultos y criminalizada por culpa de mi discurso, estamos frente a eso que debiera dar origen a una tempestad generalizada, a un despiadado movimiento de Hasta aquí aguantamos, por los menos diez decenios de organización de acuerdo con nuestras reglas, lejos de cualquier lógica religiosa o financiera de los ricos, exenta de sus filosofías políticas y despreocupada de los clamores de sus últimos perros guardianes, estamos frente a eso desde hace cientos de años y aún es la hora que no hemos comprendido todavía cómo hacer para que la idea de la insurrección igualitaria visite al mismo tiempo, y en la misma fecha, a los miles de millones de pobres que no ha visitado todavía para que la insurrección se enraíce y al fin florezca. Entonces, encontremos cómo hacerlo, y hagámoslo. Varvalia Lodenko (12)

 

A Nightmare on Elm Street marcó en una generación el miedo terrible a las pesadillas y los sueños. El hombre con la mano de navajas acechaba desde su reino a todo aquel que se quedaba dormido y se atrevía a construir una realidad onírica. El escenario con Fred “Freddy” Krueger persiguiendo como gato a los ratones soñadores sucedía una y otra vez en cada película de la saga. Simplemente no había forma de escapar del asesino; Freddy podía ser derrotado, mutilado, calcinado y, como Cristo, resucitaba, volvía, reencarnaba, al menos en un plano, en su dimensión distópica y comática. O eso creíamos.

El problema con las distopías, el real: son indeseables. Algunos escritores construyen mundos alternos horrorosos, o al menos, tristes y patéticos, cuya lectura, por su naturaleza, se vuelve densa —porque tienen volumen y masa—. La literatura de repente contiene todo el peso de las montañas y las piedras que hay sobre la Tierra. Así, la lectura de los relatos (o “narraturas” como él las llama) de Antoine Volodine (Chalon-sur-Saône, Francia, 1950) contiene toda la carga semántica de sus historias. Es decir, una sola palabra, sintagma, representa y significa al resto de ellas. La gravedad —véase Newton— que hay en sus relatos impide simplemente que el lector se mueva: si te enfrentas a Ángeles menores (Surplus, 2014), terminas paralizado.

Angeles menores de Antoine Volodine

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Volodine escribe sin esperanza (que posiblemente es la mejor manera de escribir). En Ángeles menores (Des angers mineurs), publicada por primera vez en su idioma original en agosto de 1999, relata un tiempo sin tiempo y un lugar sin espacio, que guarda una lejana relación con el mundo presente. Hay de todo: caos, marginalidad, derrota, agotamiento, horror, opresión, desdicha. Y no hay mañana, no hay futuro, ni optimismo, ni confianza en una sociedad mejor. Eso es como si soñáramos a Krueger contándonos una historia dentro de nuestras pesadillas.

 

En su esqueleto —a Freddy le gustan los esqueletos— el libro, ¿novela?, se divide, o compone, de 49 capítulos, narraturas. Cada una aborda una historia, cada historia lleva el título de un personaje: Bela Mardirosian (13), Fred Zenfl (2), Yaliana Heifetz (17). Los personajes, y sus relatos, se engarzan en la escritura para edificar una leyenda y sus sustancias verbales. Sustancias que son traídas desde el futuro o desde una dimensión desconocida.

Si el libro de por sí perturba por los temas que toca, la poesía que hay en las narraturas sacuden al lector; lo sacan de quicio. En lo marginal abunda la poesía, quizá porque ésta no tiene cabida en la literatura. La poesía funciona en este caso, dentro de la lógica de las narraturas, como conjuro. El rezo, por ejemplo, que recita Marina Kubalgái (10) en su respectiva historia: “Aquí yace Nicolai Kuchkurov, alias Artiom Vesioli, aquí yacen las bestias que lo golpearon, aquí yace el acordeón que tocaba la marcha de los Komsomoles cuando los esbirros interrumpieron la fiesta, aquí yace un charco de sangre, aquí yace el té que permaneció durante largo tiempo adosado al muro —porque nadie se lo terminó y porque tampoco nadie se molestó en recogerlo—, recipiente que se llenó semana tras semana y mes tras mes con agua de lluvia de aspecto turbio en el que se ahogaron dos avispas casi un año después (…)”. Cada que Marina decía “Aquí yace”, dice el autor, indicaba una zona exacta de su cabeza, desde donde manaba el recuerdo. Desde donde, según yo, emergía la palabra, el lenguaje, la poesía —véase a Brocca y Wernicke.

Marina es una de las protagonistas de esta vertiginosa, caótica, turbia, emotiva y sucia escritura. Como lo es Will Sheidmann (7), el narrador principal, que puebla de fantasmas, viejos escritores, ancianas inmortales, caníbales, marinos… una realidad al borde de la extinción: la nuestra.

“Como nunca había soportado el desmoronamiento del humanismo había redactado breves textos de craso desconsuelo y también había escrito varios libros de relatos inconclusos, autobiográficos y bastante mediocres. Es cierto que, más que un inventor, Zenfl era un lingüista.” Emilian Bagdachvili (8)

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Antoine Volodine

Para Antoine Volodine, una narratura es un relato post exótico, una secuencia poética a partir de lo cual todo ensueño es posible, tanto para los intérpretes de la acción como para los lectores. Y el post-exotismo es una corriente literaria ficticia e inclasificable que mezcla elementos de novela negra y ciencia ficción, la cual a veces puede ser descrita como “un realismo socialista mágico”.

En una entrevista, el autor ha dicho acerca de las sociedades que describe o utiliza en sus narraturas y libros, respecto al futuro de nuestro mundo: “Ciertamente hay una forma, una visión de lo que sucede ahora, de lo que espera la humanidad, que es una visión bastante pesimista. Por eso en muchos libros, algunos que han sido traducidos, y otros no, la humanidad presentada se está extinguiendo (…)”.

Distopías, futuro, realidades alternas. Todo cabe en una pesadilla o un sueño. A lo mejor lo que el libro de Volodine cuenta es la imposibilidad de acercarnos y entendernos. En la narratura de Gloria Tatko (47), el autor escribe: “(…) ninguno de nosotros puede establecer con nadie, real u onírico, ninguna relación verdaderamente humana o real.”

Si me lo preguntas a mí, te diré que Ángeles menores es un relato de relatos de la literatura ciberpunk. Apocalíptico, desolador, post industrial, post capitalista. Es decir, narraturas que forzosamente llevarán al lector al infierno.

“Nos va a pesar la idea de estar juntos. Detestaremos semejante idea al grado de no poder más y de tener sobre todo ganas de mordernos los unos a los otros y de pelearnos. No superaremos nuestra agresividad, la repugnante pulsión que vive en nosotros, la misma repugnante necesidad animal que nos dicta perjudicar a nuestro prójimo y derrotarlo.” Freek Winslow (28)

Volodine, Antoine. (2014). Ángeles menores. México: Surplus. Traducción de Iván Salinas.

 

 

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