Por Idalia Sautto / @mariedelaos

Fotos: Alex Tapia

1. LA ESPERA: 411 MESAS. TODAS RESERVADAS

Recorro el lugar de norte a sur y de este a oeste. La primera vez que vine fue a un concurso de swing. Conocí a la reina del albur, bailé en medio de la pista y me emocioné al escuchar un cover del auténtico Benny Goodman. Maldita música: nos ha hecho sentir nostalgia hasta de lo que no vivimos. Queremos ser personajes de una película filmada en Marruecos y vivimos en Tenochtitlán. Ya no me da tristeza el pasado.

Llego a la barra. Ni modo, es un lugar común, pero si fuera hombre me casaría con una barra. Quiero un vodka en las rocas pero no tengo dinero en efectivo.

80 años del salon los angeles

—El consumo mínimo con tarjeta es de 120 pesos.

—Acabo de gastar los 500 pesos que traía en un par de zapatos blancos con tacón negro. Con el señor zapatero de ahí.

Volteo al piso y veo el brillo en la punta de mis dedos.

—Deme el vodka y dos cervezas.

Quiero gritar: malnacido, porquería de ser humano, todos los bartenders son poetas.

Pero la noche apenas comienza. No ha entrado ningún pachuco, todos hacen cola afuera del salón, en orden y en fila india. Yo vine porque mi amigo El Negro hará una crónica para Nice. Son las siete de la noche y me dice que en la lista de prensa está anotada Teresa Zerón. Di que eres tú. ¿Y si me piden mi IFE? No te la piden, di que eres ella. Es eso o pagar 300 pesos.

80 años salon los angeles

—Buenas noches, vengo de prensa.

—¿De qué medio?

—De Nice. Soy Teresa.

—Ah, sí, adelante. (Palomita con pluma bic azul a un lado del nombre).

Entro caminando con la frente en alto.

Hoy es una buena noche. Vestido negro de Uniqlo, abrigo de tianguis en Kreuzberg, pin de Bagheera y mi bolsa Bimba y Lola. Siento que soy  la Blue Jasmine de los menesterosos.

No son ni las ocho y ya está toda la prensa adentro. Meseros van y vienen. Entrevistas, maquillaje, personas del medio con su servidumbre a un lado… y todas esas fotos que se están tomando a toda velocidad y con ansiedad para ser publicadas el lunes a las 12 del día en la cúspide de la monotonía laboral.

salon los angeles 80 años

Luces, chícharos en los oídos, camarógrafos, micrófonos con el logo de la cadena de televisión. Locutoras sumiendo la panza, pedagogas en tacones de aguja, lonjas sin pudor, y una chica que solo está aquí para que podamos admirar su espalda. Se ha puesto un traje de baño que deja al descubierto la espalda completa, unos jeans y unas botitas Camper —temporada verano—. Su acompañante no le hace justicia. Es un chico que necesita tener músculos para sentirse seguro. Así de básico, manual uno de psicología. Pero ella es una buen protagonista de la noche, también lo es la chica de azul sin brasier. No vienen en el mismo grupo.

Hay dos cosas que amo de las mujeres: las que salen a una fiesta sin ponerse una gota de maquillaje en los ojos y las que dejan que sus pezones se marquen a través de la blusa. Hay algo más que simple valor para hacerlo y esta noche tenemos a todas reunidas.

salon los angeles 80 años

2. SHOWTIME!

Pasteles de tres leches, fresa, chocolate, crema batida, gelatinas, frituras de harina y un lema: Quien no conoce El Salón Los Ángeles no conoce México. Me parece una bendición que el enigma del ser del mexicano esté resuelto. Aquí está México. Punto.

La verdadera pasarela de la Ciudad de México desfila frente a mis ojos: un escritor al que llaman Juan Pastillas, Susana Bercovich (que sigue siendo guapísima aunque tendrá más de sesenta), historiadores histéricos del Colmex, también. Y todos los hijos de alguien, de esos que hace 500 años les llamaban hidalgos pero que ahora solo son hijos a secas: la hija de la Tesorito, el hijo de Lázaro Cárdenas, el Secretario de Cultura, el de la Botellita de Jerez, el director de TV UNAM, el también exdirector que habló mal de Juanga, el escritor de Diablo guardián, el pachuco de naranja que será la portada de los artículos sobre el baile épico, la mujer de setenta años con mohicano. Si Arnaldo Córdova estuviera escribiendo esta crónica le pondría 80 años del salón Los Ángeles o La formación del poder cultural en México.

Siento que me equivoqué de fiesta. Si alguien quisiera desaparecer La Cultura en México bastaría con poner una bomba en este lugar. Una nube de humo en forma de hongo, un remix de Hiroshima sobre la colonia Guerrero. Sin necesidad del dive bomber con un helicóptero en el horizonte. El meme de cómo nos desaparecieron en el timeline de los Facebooks. Maldito gobierno jodido. Se acabó.

salon los angeles 80 años

Quique llega partiendo plaza con una guayabera verde y sus tenis New Balance. Es nuestro antiguo cremero del barrio, se me queda viendo de arriba abajo, como solo Quique sabe mirar a las mujeres que no le pertenecen.

—Quiuboo, no mames no sabía que eras niña. ¿Qué pedo? Ya vieron la cantidad de escoltas de seguridad que hay allá afuera.

—Ahorita los veo chicos.

—¿A dónde vas?

—Voy a tomarle una foto a Cárdenas

—…

—Sí, voy a tomarle una foto, es un ícono. He crecido viendo su imagen reproducida en los periódicos, esta es mi única oportunidad para certificar con mis ojos y cámara que existe.

­—VAS.

salon los angeles 80 años

Entro a la pista, tomo un par de fotos y disfruto del movimiento de los cuerpos. Quiero aprender a bailar y no puedo. La banda toca a Pérez Prado y hago mi mejor intento. Aquí no importa lo que se festeje, es la gente de piso, las personas que se divierten aquí y que también trabajan. En el momento en que la señora que te da el papel también está en la pista bailando con el señor que vende los zapatos. Y el camarógrafo que cuida el micrófono de la televisora se avienta a bailar a un lado de su cámara sin dejar de sostener el micro. Esta es la verdadera convivencia.

¿Por qué ya lo dijo todo Paz? Los patrones bailando con los peones. ¿De dónde viene ese sonido? Es todo lo que no te pertenece, nunca te ha pertenecido pero hoy es para todos.

Todos bailan. Todos alzan las manos. Todos ríen a carcajadas.

3. TIME TO GO

El Negro está sentado conmigo y vemos pasar a toda, toda la banda. Mujeres, una más guapa que otra. Hombres, la verdad dejan mucho qué desear. Ya era hora, siempre viendo gente fea, por fin me puedo quitar las piedras de los ojos.

—Mira, esa mujer de allá, la que trae la blusa blanca, ella es Teresa.

salon los angeles 80 años

Hoy me tocó ser su doppelgänger pero Teresa no trae vestido, ni tacón. El Negro dice que está bien guapa pero a mí su outfit me defrauda… se compensa con sus cejas y sonrisa.  A donde fueres haz lo que vieres. Lo primero que hice fue sacarme los suecos y treparme a los zapatos hechos a mano por el señor zapatero del salón, cuya marca tiene la misma tipografía que los zapatos Andrea y ha decidido llamarles Andreani.

Bajo la mirada y veo los pies de las personas. Tengo el deseo más absurdo de la noche: quiero preguntarle a cada persona que pasa frente a mí quién le enseñó a probarse un zapato, quién a tocar la punta y el empeine, quién a caminar uno dos y decidir si ese zapato es su talla. Pero de verdad si lo es, si es tu talla, tu talla talla.

Me levanto nuevamente. He reposado lo suficiente para bailar un rato más y darme a la fuga. Estoy lista para bailar, mi doppelgänger está lista para seguir la entrevista de todos los meseros.

Paso junto a ella y veo su iPhone encendido en recording. Pienso en todas las diversas narraciones que se podrán hacer de esta noche. En los diferentes discursos, en las temáticas, en las personas que queremos escuchar, dibujar, mostrar. ¿Hacia quién y por qué? ¿Qué es lo que importa de que estemos todos aquí? ¿Divertirnos o grabarnos y tomarnos fotos para el siguiente día? ¿Dónde radica su importancia? Si no fuera por El Negro yo estaría picándome los ojos en mi casa y de pronto no, estoy aquí divirtiéndome, espiando las marcas que se pone la gente para salir, siendo este testigo que suplanta el nombre de Teresa y con un calzado que a su vez suplanta la marca de Andrea.

Las comisuras del zapato se me entierran en el dedo pequeño del pie. Hay que ir al baño de señoritas. El dominó de azulejos es blanco y negro, blanco y negro y me dan ganas de saltar de cojito. Pero me da miedo tropezarme, caer, embarrarme en la pista.

Qué alivio ser mujer y poder entrar al baño y pintarme los labios con un lipstick ajeno.

salon los angeles 80 años

Qué alivio que dejé atrás el paradigma de no poder sentarme en una taza porque lo que quiero es sentarme y esperar un rato encerrada en ese espacio privado-público. Escuchar el ruido exterior a lo lejos. Esperar a que nada pase. Tener una pausa. Y el baño no es el típico baño de mujeres hasta la madre, vomitadas o llenas de llanto. Es curioso pero no hay espacio para la mala copa porque todos toman pero también todos sudan. Los bailarines más viejos aseguran que en el Salón Los Ángeles solo se tomaba cerveza y refresco así que no era un lugar para embriagarse sino para bailar y disfrutar.

¿Fue este salón de donde salió la ciudad? ¿Fue del baile donde salimos todos los mexicanos? ¿Somos todos hijos de los ángeles y todos somos guerreros, anfibios de esta ciudad que no terminamos de entender que es nuestra, que solo a nosotros nos pertenece?

Escucho que tocan un cover de “Blue moon”, versión salsa.

Es verdad.

Soy una blue Teresa, una gorrona, ¿quién da más?, ¿quién da menos?

Editor Yaconic

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