I

Su complexión escuálida, pantalones cortos, chaleco raído, abundantes tatuajes, nariz aguileña y barba de candado son características que hacen de Antonio Fräppa un tipo que no pasa desapercibido.

“Pareces un actor italiano o francés”, le dice la anciana encargada de la tienda ubicada en un rincón de la delegación Azcapotzalco dónde se pueden comprar y ahí mismo destapar las cervezas. Él solo se ríe ante la insistencia de la octogenaria: “Ve a las televisoras, me cae que la armas”.

Antonio le responde que, más que su aspecto, le importa lo que hacen sus manos porque es una artista.

Pero la anciana es necia. Contraataca: “¡Estás desperdiciando tu talento, podrías ser un artista de la televisión!”

Fräppa le da un trago a una botella y luego saca algunos cuadros de la mochila desgastada que carga para enseñárselos a la señora. Son su talento, obra y sustento: collages.

Los ve y se queda callada. Seguro está imaginándolo como protagonista de alguna novela.

Fotos: Yair Hernández /  @YairHernandezC

II

“Me late explorar la imagen y sus posibilidades; que tanto se puede repetir y cambiar. El collage es descontextualizar y transformar”, dice Antonio Fräppa (Azcapotzaco, 1985) sobre su arte.

Para él todo empezó a “los veintitantos” gracias al regalo de un amigo: la revista Pinacoteca de los genios dedicada Salvador Dalí. “Yo andaba en el desmadre de morrillo, tenía como veintitantos; escribía, tomaba foto, patinaba y andaba viendo qué pedo porque mi abuelo dibujaba… tenía las ganas de hacer algo artístico y empecé a dibujar pero la neta nomas copiaba. Andaba leyendo acerca de los dadaístas, un compa me regaló un libro que se me ocurrió recortar y me latió. Empecé a investigar más sobre la técnica y le empecé a dar”.

Con sus primeros recortes Fräppa se clavó en el collage. Entonces empezó a conseguir libros sobre artistas principalmente de los periodos gótico y renacentista. No usa revistas porque “siento que perdería el encanto” y alguna vez intentó recortar artistas mexicanos pero “como que no por el material y la imagen misma”.

A lo anterior, el uso de imágenes análogas, le atribuye su diferencia con otros artistas nacionales de collage. “Mucha banda trabaja con las mismas revistas o los mismos temas y pues yo trabajo con la pintura. Nunca lo planeé, se puso y salió. No me gusta explicar mi obra pero sí cómo la hago”, afirma el originario de la colonia Petrolera.

“Museos chonchos” es lo que tiene como meta Antonio porque “creo que puedo armar obra cabronsísima y llegar a lugares así”. También piensa a largo plazo en Italia ya que un amigo “fue allá, mostró mi obra y me dijo que se podría armar algo”.

Pero mientras las metas llegan, está enfocado en el proceso de salir a provocar, incitar, buscar la chamba porque si no “¿cómo chingados me van a topar?”.

Fotos: Yair Hernández /  @YairHernandezC

III

Hace poco más de un año – la madrugada el 22 de noviembre de 2016 -, Antonio despertó de un golpe. Después de un segundo macanazo, agarró sus zapatos y salió rampante del número 424 de la calle Melchor Ocampo esquina con Rio Elba: la dirección del okupa Chanti Ollin.

Así, con las manos vacías y el cuerpo mallugado,  el autodenominado ‘cutsider’ vivió el desalojo que clausuró definitivamente ese sitió dónde se aglutinaban diversas expresiones artísticas por piso.

Hasta ese momento, Fräppa había pasado casi un año en el piso de gráfica dónde también se desarrollaba el grupo de afinidad porno-gráfica La Ardilla Manca. “Un valedor me invitó, me dijo: `Oye güey, hay un okupa, ¿te vienes pa’ acá?`. Entonces ya topé a la banda de ahí. Había un pisto todo dado a la verga y lo chuleamos para cantonear”, recuerda sobre ese “cantoneo” que ocupó para generar obra y uno que otro taller ocasional.

Pero todo lo gestado durante ese lapso se perdió en el desalojo: “Hay banda que recupero un poco de cosas pero no fue mucho. Después fuimos recuperando de poco en poco pero un chingo de madres se perdieron; ahí en grafica habíamos puesto una compu para chambear, material y mobiliario.”.

Una vez más, la vida le daba un revés a Fräppa. Y entonces volvió a dónde experimentó su primer desasosiego y de quienes no habla mucho: su familia.

Fotos: Yair Hernández /  @YairHernandezC

IV

Si Antonio acabó una carrera en Diseño Gráfico fue para desafanarse de las críticas familiares. La escuela nunca fue de su interés, ni siquiera exploró la técnica artística desde un enfoque académico.

Por eso, durante el tiempo que transcurrió de su juventud a la adultez, intentó dedicarse a labores como la carpintería pero se aburría rápido y regresaba a las tijeras.

En algún punto decidió hacer de su arte su sustento,  aunque reconoce que por ahora económicamente no está muy bien. “Hace poco me metí a dar talleres pero me salí porque era estar de niñero; una valedora me dijo que el collage no fuese la enseñanza muerta…no tenía caso que estuviera dando esos talleres porque eran morros a los que les valía pito el collage, y era que me pagaran por hacerme medio güey. Intenté acercarlos pero les valió madre. Me sentí que estaba ganando varo sin transmitir. Dejé de ir”.

Otro aspecto que complica su situación monetaria es la inconformidad con los manejos de ciertas galerías: “Lo primero es que te digan que (la obra) no vale el precio que tú le pones. Es de ‘Güey, bájale tanto`. Aparte de eso, la comisión: en una era 70/30. No estoy en contra que se lleven un varo pero es mucho. Luego es banda que tiene varo y por eso ponen su galería pero no saben nada”.

Tampoco ha tenido éxito con las becas artísticas.

Ahora que ha vuelto a la colonia dónde creció no piensa en claudicar. No puede hacerlo. Fräppa tiene en Mateo, su hijo de 5 años, a su motor principal: “Tengo que aferrarme a mi chamba”.

Fotos: Yair Hernández /  @YairHernandezC

V

“Justo eso me late porque es material para chambear, la vida, las experiencias”, dice Antonio mientras la anciana de la tienda atiende a una clienta.

Luego la dependienta, ya olvidando el tema de la actuación, destapa un par de frías que van por su cuenta.  Entonces la conversación versa sobre el barrio, Javier Solís y los tatuajes de Fräppa.

Cae la noche y el frío arrecía. Momento para que el artista guarde su obra, se despida y tome camino a pie sobre una acera gris.  No hay mucha gente en las calles.

Así, con un paisaje desolado, se marcha un cutsider que tiene unas tijeras tatuadas en el pie y encarna la supervivencia a través del arte. Un tipo que hace collages para ir a Italia pero principalmente para tener a su hijo a su lado.

Fotos: Yair Hernández /  @YairHernandezC

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Hago muchas cosas y gano poco varo.

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