a mi má

a garibaldi y barrabás

a angie y aura.

Por Adrián Román / @adrianegro

Fotos: Irving Cabello

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JUMPIN’ JACK FLASH

Me pidió prestado mi encendedor y ya no se despegó de mi lado. Yo había perdido de vista a una diosa negra de piernas fuertes y look afro. Ahora mi compañía es un viejo desdentado de sonrisa hermosa. ¿Pero qué tú haces en Colón? ¿No sabes que es el barrio de las drogas y las putas? Es un lugar peligroso. No, no lo sabía, pero mi olfato siempre me lleva a donde tengo que ir. Si los caminos se bifurcan siempre elegiré el sendero más sucio. La mugre, el cochambre, la melcocha, suelen esconder invaluables tesoros.

Entramos a casa del viejo a fumar un churro. Aunque decir un churro es una metáfora. En realidad aquello era una aguja. El díler se había tardado cien años en llegar. Regresó con la actitud de quien viene cargando dos kilos de cocaína pura y ha tenido que pasar por muchas desventuras para llegar a su destino. Cien años lo esperamos en la puerta del edificio. Sentados a la entrada. El viejo me presentó a todas las personas que entraron. Un amigo de México, decía, y todos me daban la mano. Muy solemnes.

A volver, el díler sacó un capullo de marihuana del tamaño de una moneda de dos pesos mexicanos. El cuarto era pequeño, apenas cabían una cama individual, una mesa y unas cuantas sillas. El viejo se dedica a vender de esas sillas con estructura metálica. Asiento y respaldo los fabrica con gruesos y coloridos hilos de plástico. ¿Ves? Al menos saco para la comida.

Bebimos agua. Por la cuarta parte de lo que pagué habría comprado en la Doctores una bolsa con una cantidad veinte veces más grande de moronga. Y de mejor calidad. Ni qué decir de lo que se puede conseguir en Tepito por doscientos pesos. Debes entender que estás en La Habana, me dijo el viejo. Aquí se supone que no hay drogas.

Cuando ríe su rostro es de niño. Es divorciado. Le dejó la casa a la mujer y a las dos hijas. Me muestra la foto de una de ellas. Me gustaría robármela para masturbarme. El viejo es un desmadre. Dice que le da lo mismo consumir cualquier cosa que lo atarante. Me dice el nombre de los cigarros preparados, esos que en México se conocen como negritos: mezcla de tabaco, mota y piedra. Pero lo olvido. Me repite cada que puede que su barrio es peligroso. Sobre todo si es tu primera noche en Cuba. Si no conoces no puedes andar así, como si nada. Aquí no hay mucha violencia, pero hay.  Caminamos rumbo al malecón.

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IT’S ONLY ROCK AND ROLL

Cuando no tienes ni idea de que existe una zona privada lo mejor es quedarse cerca de un grupo de negras y mulatas hermosas. Igual con el ron, la marihuana y la euforia del rock se pueda lograr algo. En las pantallas la lengua de los Rolling Stones se mueve de forma sugerente, mientras gotas de sangre escurren por las comisuras. Cuando las luces se apagan los gritos de emoción y expectativa surgen del césped; de la tierra. Son las ocho y media de la noche del 25 de marzo de 2016. Las vísceras de todos nosotros suben a la velocidad del rayo hasta el cielo y estallan produciendo más gritos y emociones que caen sobre los más de trescientos mil espectadores en formas de suave luz hecha de breves copos.

Las caderas de Mick Jagger están configuradas para seducir a cualquier público. Los consejos de Tina Turner siguen surtiendo efecto. Es obvio: el cuerpo del vocalista de los Stones guardó una cantidad considerable de drogas que libera cada vez que suenan los primeros acordes en un escenario. La mano del Diablo es notoria cuando Jagger dobla las rodillas y mueve los hombros. Es hipnótico. Dan ganas de imitarlo. Jagger es una serpiente que seduce a sus víctimas con sus movimientos.

La mayoría de los cubanos que se encuentran aquí. Muchos de ellos, entre los 17 y 28 años, no han tenido una oportunidad real de saber quiénes son esos energéticos rucos. Huele a grajo, tabaco, mota, ron, cerveza. Los cubanos están maravillados antes estos acordes. Los Rolling Stones son un clásico. Y a los clásicos se llega siempre en buen momento. Pero los cubanos están tan emocionados que no están convencidos de lo que deben de hacer; sus rostros sueltan estas preguntas: ¿Cómo se baila esto? ¿Se baila como baila ese viejo sobre el escenario?

Cuba no funciona al mismo ritmo del mundo. Sus habitantes no saben cómo reaccionar al implícito blues; a esta parte de la negritud que les parece ajena, lejana. Seguro pronto aprenderán a bailar como Jagger. It’s only rock and roll.

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TUMBLING DICE

A los que nos gusta arriesgar no solo nos gusta ganar, aunque nunca lo decimos. Nos complace la sensación de perder. La derrota es el motor y la Ítaca. De donde nos caeremos surgirá un ser nuevo: eso es lo que anhelamos. Aunque siempre conservamos el más venenoso, el que creemos que forma parte de nosotros, el herrumbroso vicio de perderlo todo y volver a comenzar.

Full es un hombre joven y negro que ama la música. Su nombre artístico es un apodo que viene arrastrando desde la infancia porque siempre estaba de buenas, sonriente, bailando. Cuando se decidió por el camino de  la música fue fácil elegir su nombre de batalla. Se llama Jorge Luis. No pudo asistir al concierto de los Stones. Tiene una vida muy ocupada pero espera que pronto retransmitan el concierto por televisión. Se dedica a caminar por el malecón con su guitarra; toca para las personas que vienen a sentarse aquí desde el atardecer hasta que amanece. Lleva sombrero de cowboy, pantalón de mezclilla y camisa. Su rostro me recuerda en algo al del Magic Johnson. Nació en La Habana Vieja.

“Tumbling Dice” fue grabada en el sótano del refugio de París, a donde a los Stones los llevó esa bonita costumbre de escapar del pago de impuestos. Fue en esa época en la que todo mundo juraba que eran incapaces de hacer algo bueno otra vez. Todo el tiempo, todos los humanos, nos vemos obligados a apostar por un rumbo o el otro. Jugar ni siquiera entra en la clasificación de elección: es la única alternativa.

Sí, cómo no, dice Full. Los Rolling Stones son un grupo que siempre revoluciona; que no solamente ha revolucionado la música, sino, muchas veces, la forma de pensar de la gente. Son revolucionarios por excelencia. Yo pienso que esta visita se puede repetir. Cuando le pregunto si tiene alguna relación la visita de Barack Obama con el concierto gratuito, Full dice que hasta ahí no llega. Hasta donde yo sé el concierto de los Rolling estaba planeado antes que la visita de Obama. Fue una cosa coincidencia. Todo el mundo está pendiente de Cuba gracias al concierto. Y yo de política no hablo.

Para Full ser cubano es ser divertido, alegre, jaranero, valiente, estudioso, dispuesto a aprender. En Cuba se aprende de todo; se aprende a cantar, a bailar; se aprende cualquier idioma; se aprende a ser homosexual. En Cuba se aprende mucho.

Full se asoma al futuro y ve a Cuba con un mejor rostro. Cree que se están dando pasos lentos, pero firmes. Nos espera un buen futuro. Cómo no. Sobre todo en el comercio. No sabe si en lo político. Pero cree que en el comercio la visita de Obama será benéfica. Le gusta la ópera, la música de cámara. Quiere dedicarse a ver qué dice la ópera. Estudiar los guiones. Están en un idioma que no comprende. Sólo le llega el mensaje. El sentimiento le transmite mucho. Le gusta la salsa, el bolero, el chachachá, el mambo, José José, Luis Miguel. ¿El jazz? No tanto, pero le gusta.Processed with VSCOcam with c1 preset

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OUT OF CONTROL

No se trata de que lleve días sin dormir. Semanas han pasado sin verdadero descanso. Mi veneno, como el de casi toda mi generación, es la cocaína. Con mi generación me refiero a la gente que me rodea. A esos yonquis con los que comparto bares y libros. Algo dentro de mí se está pudriendo: me produce ansiedad. Una que sólo se calma con tornasoladas líneas sabor acetona.

A penas bajo del avión me doy cuenta que nací en el lugar equivocado. Me lo dicen los cuerpos de las mujeres de migración que van y vienen presurosas por la sala.

Bajamos del taxi. Ya luego tendré tiempo de darme cuenta que el pago del taxi fue mi primera extorsión en Cuba. La casa donde me quedaré es ostentosa. Tiene pilares romanos de un rojo encendido. El resto de la fachada es de blanco aperlado. Dentro hay montones de pinturas y esculturas de distintos artistas. Todas horribles. La mujer y la hija del dueño están lindas y son agradables. El hijo juega todo el tiempo PlayStation o algo así. El dueño de la casa de llama Polanco. No diré más sobre él.

Salgo a la calle y lo primero que quiero hacer es comprar cocaína. En el malecón nos abordan un hombre y una mujer. Nos llevan a Centro Habana. Pagamos su comida. Nos presentan a la díler. Chaparra, cuerpo de Rotoplas, con bigote y las chichis casi de fuera. En la espalda también tiene chichis. El precio se me hace desorbitado. Además de que no lo tengo. Si fueran las tres de la mañana y estuviéramos en México pagaría ese precio, con el cuerpo henchido de ansiedad. Pero sobrio…

Desde hace mucho, cuando bebo, no es igual si no consumo cocaína. Mi diablo me ha pedido que le otorgue la suficiente fuerza, pero el alcohol no es bastante para tenerlo tranquilo. Necesita inhalar, fumar y si se puede dar unos ácidos y unas tachas, lo hará. Así es él.

Pienso que me quieren atracar. Pero confirmo una y otra vez el precio. Entre 70 y 100 dólares. Me habría encantado darme unos pases frente a los Stones. Lástima. Mi depósito nunca pasó.

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ALL DOWN THE LINE

Cando llegamos al aeropuerto nos topamos con que un vuelo de la misma compañía llevaba veinticuatro horas de retraso. Nos dijeron que pasáramos primero nosotros. Pero una turba enfurecida se lanzó a decir que no nos permitirían subir. Era injusto. Ellos llevaban veinticuatro horas de retraso. La gente de la aerolínea quería ocultarles la verdad. Se notaba. Y a mí esas discusiones se me hacen estériles. Es estresarse gratis. Me fui a dormir.

Faltaban veinte minutos para que el avión despegara cuando me formé. Los pasajeros más férreos ya estaban sentados en su asiento. Listos para despegar con dirección a la ciudad con más gordos en el mundo. Esa batalla no me latía. No es que sea un gran elector de batallas: soy el peor. Elijo las peores y además las pierdo. Y encima de todo, me gusta. Pero hay batallas que no me atraen. Y si no es en la cama, no veo la necesidad de pelear con una aeromoza. Faltaban tres minutos para las siete. Hora de salida. Con su impecable uniforme se paró frente a nosotros, convocándonos, sin decirlo, a que hiciéramos un círculo a su alrededor. Con todo el miedo del mundo en la garganta, un miedo que sus palabras alcanzaron a ignorar para salir y decir que no nos iríamos. Ya no había cupo. La gente de los dos vuelos se había mezclado. Los más necios habían vuelto a ganar. Este mundo les pertenece.

Personas con boletos para dos vuelos distintos embutidas en un avión por su voluntad. Por pelear como sólo se pelea un lugar en el Metro de mi ciudad. Nos pagarían hospedaje y alimento y era probable que saliéramos por la tarde. Un camión nos esperaba afuera. El hospedaje no me importaba, pero la promesa de un día más en La Habana con comidas pagadas me hizo ser el cliente más dócil y comprensible en la historia de esa aerolínea. Fui el primero en formarse.

ANGIE

La guitarra con la que Keith Richards defendió a Jagger. Los 54 años que llevan rodando sin que el musgo se les adhiera a la piel. La muerte de Brian Jones, que por supuesto incluye el chisme de que Richards se fugó con la novia de éste unas semanas antes. Los 29 discos de estudio, los 30 recopilatorios, los 12 discos en directo y los 107 singles. El madrazo que le dio Watts a Jagger en pleno rostro, enfundado en un elegante traje a altas horas de la noche. Richards inhalando las cenizas de su padre, cambiándose la sangre para poder consumir más drogas. Angie y la disputa por su amor entre David Bowie y el vocalista de los Stones. El amor y el odio que se mezclan como engrudo para nunca separar, desde la infancia, a Richards y Mick. El mutismo, casi tibetano, de Charlie Watts. Todas las veces que Richards ha estado en la cárcel por posesión de drogas. Ronnie Wood, el hijo de gitanos, mirando de niño a su padre en las vías de un tren con una armónica entre las manos. La mítica alineación de The Dirty Mac, que incluía a Lennon y Richards. El asesinato de Meredith Hunter. Wood trabajando en una carnicería de niño, repartiendo carne o pintando anuncios. O  ya de viejo mirando CSI, sentado en una habitación vacía. Todos eso mitos y muchos otros zumban en el aire  como un pequeño enjambre que va de aquí para allá. Uno que no han podido derrotar ni siquiera con su intensa campaña de fumigación.

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HONKY TONK WOMAN

El sol en La Habana es un malandro ebrio que dispara sin descanso desde su exclusivo penthouse.  Dispara a la cabeza de los transeúntes. A los edificios carcomidos como muelas de yonqui. Ni siquiera alcanzo a retirar todo el sudor de mi rostro cuando ya brotan más gotas. El sol en esta ciudad está tan orate que sigue disparando de noche. De madrugada. Hasta que amanece. Parece que el perico nunca se le acaba. Y así estoy: sudoroso, hambriento; caminando a unas cuadras del malecón, cuando escucho una voz que sé que se dirige a mí. No me detengo. ¿Para qué?

Caminar las ciudades es lo mejor que se puede hacer. Se tenga o no dinero. Las calles de La Habana poseen una estridencia visual incesante. Dejas que tu mirada se lance por una calle y distintos ruidos llenarán tus ojos. El ruido discreto, pero permanente, de los estragos que sufren los edificios por el salitre del mar. Por la falta de cuidado. La herrumbre de las estructuras metálicas. Prendas que cuelgan con tantos colores como los de sus habitantes. Basura, perros, gatos, ratas, aves, objetos de la santería. Balones de futbol, porterías improvisadas, manoplas de béisbol. Ruido, mucho ruido para los ojos. Quizá no comprendo ese ritmo acelerado; pero me tiene pasmado. Estas calles son una especie de vicio que no puedo detener. Por momentos creo que moriré caminándolas. Caminaré hasta que se joda por completo la suela de mis Martens. Y cuando la planta de mis pies roce el hirviente asfalto, seguiré caminando mientras pueda seguir viendo cuerpos y pieles hermosos.

¿Por qué tan solo? ¿Y la chica? Sonrío sin detenerme, pero ellos insisten con más preguntas. ¿De qué país? ¿Venezuela? ¿La India? Cuando les respondo se alegran.  O eso parece. Ah, yo tengo una novia allá, en Ciudad Azteca, me dice uno de ellos. Luego me dice que a la vuelta hay mujeres dispuestas a acostarse conmigo. Los desanimo de tajo: no tengo dinero. Bueno, me dice el mismo tipo, de todos modos queremos a los mexicanos, suerte. Asere.

Siento un burbujeante coraje que nace en la boca del estómago y conforme sube se desparrama. Rabia. Espuma de rabia. Tiene un aroma inconfundible. Aprieto las manos y me entristezco.  Apenas necesito dar unos cuantos pasos para que mi cuerpo destile alcohol, drogas, tacos de suadero, gorditas y esmog chilango. Mi relación con el dinero es tan mala como mi relación con las drogas, mi madre, el medio ambiente, la gente y sobre todo conmigo mismo. Sigo caminando.

Una voz de mujer vuelve a detenerme. Se trata de una vieja. No una de esas esculturales negras que llenan mis ojos a cada rato. No. Se trata de un grillo. Una vieja jinetera.

Algo en mí suele despertar el instinto maternal de algunas mujeres. Pero eso no siempre me arrastra cosas positivas. De hecho, casi nunca. La vieja usa un turbante en la cabeza, bermudas hasta las rodillas, huaraches. No lleva brasier debajo de la delgada playera de mangas. Le restan pedazos de dientes. Me pregunta si estoy bien; me agarra del brazo. Yo siento que por primera vez alguien me tiende la mano y le digo que tengo sed. Me abraza y me da un beso; me toma de la muñeca y con la convicción de una madre abnegada me dice que ella lo solucionará.

Entramos a una cafetería donde todos la conocen. Me sienta y ordena un refresco. Pido uno de naranja. No tengo un pinche peso. Ella busca en todas partes. Saca un monedero lleno de papeles. Me dice que ella me invita. Que no me preocupe. El refresco me cae  en la garganta como bálsamo exorcizante. No me importa si no lo puedo pagar, si padroteo a una mujer de edad avanzada para saciar mi sed. Por fin encuentra un billete que vale un dólar.

Al salir me lleva unas cuadras adelante. A su casa. Va presentándome con cuanto personaje nos topamos sin soltarme la mano. De todos siento una especie de pena, de burla, hacía mí cada vez que les damos la espalda. Seguro piensan que la bruja me comerá. Seguro que piensan que soy un padrote desesperado. Puede que no se equivoquen.

Nos sentamos en la banqueta de una calle oscura. Le pregunto si puedo entrevistarla. Comienza a decirme que ella estuvo en Checoslovaquia. La regresaron en un avión pequeño. Como Fidel Castro, y aquí levanta el índice de forma dictatorial y toma una postura casi cómica, no toleraría ni un solo cubano muerto fuera de la isla. El teléfono se apaga. No puedo seguir grabando. Antes de irme se encarga de recordarme una y otra vez cómo volver a su casa. Cuando me voy siento que vuelvo a respirar. Al llegar a donde me hospedo me doy cuenta de que la entrevista no se grabó.

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YOU GOT THE SILVER

Usa falda a cuadros que le llega hasta los tobillos. Es musulmán, lleva lentes y camisa a cuadros. Se llama Atalaya. Para él los Rolling Stones son lo más grande que le ha sucedido a Cuba en los recientes años. Tiene 33 años. Mientras los Rolling tocaban, él viajaba a la Habana en una guagua. Le dio gusto la visita de Obama. Dice que toda la vida lleva rapeando, desde que nació, aunque se dedica al regué. Se le eriza el cuero de saber que los míticos británicos vinieron a la isla. La política le interesa muy poco: para él no tiene  sentido. Nació en Santiago de Cuba, a donde llega la señal de la Jamaica Radio.

Confía que si Obama es musulmán hará bien su trabajo pues sabe qué se debe de hacer. Que los cubanos tengan la posibilidad de montarse a un avión y regresar a su país. Que no tengan necesidad de treparse a una balsa y sacrificar su vida en búsqueda de un país mejor. Porque la vida que buscan allá está en el cerebro de las personas. No está en irse para un país; en irse para otro país. Si te tocó la pobreza debes resignarte a ella, me dice.

(Directamente desde Cuba con dicción. Simplemente yo emblemático, en esta trova yo me pongo asomático, dialecto, dialecto, directo, concepto, simplemente soyadmidiestro: quémedicequespereunmomentoquepasetranquiloconstantesonantequetrovaquepasadiciendoquespereunmomento.) Su nombre es Real, rapero underground. Y espera un día viajar fuera del planeta. No sé bien a bien qué quiere decir con eso pero él se nota seguro. Cree que varios músicos cubanos que viven en el exilio deben venir a tocar a Cuba. Ve el concierto de los Rolling como inspiración. Piensa que Cuba será diferente a partir de que vino Obama. Está contento. Es enfermero. Estudió anatomía patológica; es especialista en rayos X. Su objetivo como artista es que la gente piense de una forma distinta. El dinero va y viene. Dios se queda para siempre, dice.

BEFORE THEY MAKE ME RUN

Aunque un hecho no tenga relación con el otro, para nosotros la tiene. Es muy probable que para los altos funcionarios de la cultura, del gobierno, tanto americano como cubano, esos hechos no tengan ninguna relación. Que sean completamente fortuitos. Porque los Rolling Stones habían pedido venir a Cuba antes del proyecto de Obama. Este país, Cuba, se ha puesto de moda últimamente, no sabemos por qué.

El que habla es Antón Arrufat desde su casa en La Habana. Yo creo que las consecuencias de la visita de Obama serán de un carácter económico y hasta cierto punto político. Sobre todo económico. A mí me parece que aunque el gobierno cubano se mantenga con mucha rigidez, el ofrecimiento incesante del capitalismo norteamericano de invertir aquí, de aliviar las tensiones, de ampliar las comunicaciones, de permitir un desarrollo de internet, van a ser inevitables. En el caso de los Rolling Stones me parece que tendrá consecuencias culturales. Aquí había grupos de rock, en la misma época de los Rolling, en los setenta, que estaban muy mal vistos y no tenían posibilidades de tocar. No creo que el rock vuelva como lo hacen los Rolling; la música ha ido cambiando enormemente. El rock se ha transformado. Es una cosa admirable que no será una influencia, será una influencia hacer eventos multitudinarios. Habrá una influencia en esa cosa terrible, que cuando el gobierno cubano escucha se queda paralizado y que se llama Libertad.

Para la gente de mi generación los Rolling eran una cosa guardada. Ellos son de mi misma generación. (Antón tiene 81 años, luce fuerte y lúcido.) Para los jóvenes eran una cosa ignorada. Nosotros sabíamos quiénes eran. Jagger había venido a la Habana dos o tres veces. Había cantado aquí él solo y no produjo un gran efecto. Pero comenzó a preparar el terreno.

El cubano roba pidiendo. Ay, qué lindos tenis, por qué no me los dejas. Por lo menos hay un millón de cubanos fuera, regados por el mundo. Esos cubanos no sólo mantienen a sus familiares informados, sino con objetos. Les mandan ayudas, dinero. Objetos. No hay como vivir en un país de encierro para que la gente no quiera estar encerrada. A los países de encierro les interesa muchísimo el cambio de moda. Puede ser absolutamente superficial y tonto creer que tú alcanzas la libertad porque te pones un pantalón que está de moda, pero es una reacción psicológica muy natural de los países como el nuestro. Piensa en un padre que tiene varios hijos que los ha mantenido a todos en una especie de encerrona, obligándolos a vivir de una sola manera. Eres al menos partidario de ese castillo pero no del todo. Cuando hay posibilidades de romper el vínculo lo haces. Es lo que todos hacemos con nuestros padres. Lo que pasa es que ahora es mucho más fuerte, porque hay una mayor divulgación de ese hecho y ese hecho tiene consecuencias políticas. Hay que pensar en la cantidad de latinoamericanos que se van al país del norte, y tienes la gran cantidad de españoles que se van a Londres a trabajar como camareros.

En este país todo tiene consecuencias políticas. Hasta que una mariposa pase por tu ventana.

Hay mañanas que me levanto y digo, qué bien, este país va a ser una maravilla. Y por la noche, cuando me acuesto, digo, qué va, este país es tremenda mierda.

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MIDNIGHT RAMBLER

Esto parece la premisa de un chiste malo: En un aeropuerto están dos españoles —hombre y mujer— un sueco y un mexicano sin lograr subir a un avión que los lleve a su destino. De La Habana a la Ciudad de México.

Las señoritas de la aerolínea insisten en que nosotros tenemos la culpa de seguir aquí. Perdemos la paciencia. Somos cuatro caimanes lanzando dentelladas a una misma presa. Usted no sabe todo lo que tuve que hacer para llegar hasta acá a esta hora. Le digo yo.

Y no exagero. Ya no tenía un peso. Ni cubano, ni gringo, ni de ningún pinche lado. El maletero del hotel donde nos hospedaron me regaló un dólar para poder llegar al aeropuerto, a la entrada, y caminé desde ahí hasta la terminal 3. Con mis botas hechas mierda, sudando como tripa en  comal. Como monja en el Metro. Yo era un Ulises chilango a quien el dios de los vientos le impedía volver a donde el águila se funde con la serpiente encima de un nopal.

Caminé con la angustia de quien nunca volverá a encontrar el camino de vuelta.

Ustedes nos dijeron que ayer no salíamos. Las increpa el sueco, que habla como argentino. Luego todos nos volvemos locos. Nos tienen en una especie de arraigo domiciliario. Esto ni en la Alemania nazi. Que quede claro que estamos aquí contra nuestra voluntad. Oiga, ¿y nos van a dar de desayunar? Hartos de nosotros nos dicen que harán lo posible por subirnos a un vuelo de Mexicana. Nos dan un pan con jamón y queso acompañado de un chescote refrescante.

No sólo fue el desayuno. Nos dieron un pescado con papas y otro chesco antes de subirnos a un avión rumbo a la gloriosa Tenochtitlan. La neta creo que exageramos. Al menos yo. Ni tenía ganas de volver.

MISS YOU

La avenida de los Presidentes o Calle G cuenta con un camellón, un espacio en donde todas las tribus urbanas de La Habana encuentran un espacio. Aquí, en uno de los barrios más fresas de la capital cubana, El Vedado, se juntan los punks, los metaleros, los escatos, friquis, reguetoneros, hiphoperos. Es una especie de desfile de modas. La mayoría portan cortes de pelo sofisticados, tenis caros, playeras coloridas, gorras, lentes, cadenas en el cuello, dijes. Aquí beben, se drogan, bailan, cantan, ligan, pelean.

Aquí vienen los que tienen problemas en su casa. Los solitarios. Los locos. Todos nos conocemos, nos saludamos, somos como una gran familia. La que habla es delicada: todas las facciones de su rostro; su delgado cuerpo. Tiene aspecto de Bambi. Pero cuando habla parece que es poseída por mastín napolitano, cuyas fauces llenas de baba infecciosa ayudan a diagnosticar su padecimiento. Cuba está de la pinga y la visita de Obama no va a cambiar nada. Es la primera dentellada que lanza. A mí no me gusta la política de este lugar: lo que me gusta de mi país es la gente.

Los que te insultan llamándote muertodehambre, ésos, también están muertos de hambre. Para simular que tenemos más ropa a veces la cambiamos entre nosotros o la teñimos. Los que ves con tenis caros y smartphones no tienen para comer y la casa se les está cayendo. En Cuba estudiar no vale la pena. Como profesor ganas 600 dólares al mes. Un cuentapropista, alguien que emprende su propio negocio, anda levantando cien dólares diarios.

Le gusta patinar. Su primera tabla, una K3, la obtuvo gracias a un trueque por unos tenis. En La Habana no hay tiendas de skate. Todo les llega de fuera y cuando ha pasado de moda. La tuvo sólo seis meses, luego se la robaron. En el futuro ve a Cuba más muerta de hambre. Por patinar la han arrestado más de diez veces. Dice que deben sobornar a la policía, darles dinero, comprarles pizzas y refrescos. La patineta es un juguete y lo prohíben en todos los parques donde hay monumentos. Yo no entiendo eso, se me hace absurdo, dice mientras avienta un mechón de su pelo hacia atrás y lanza su mirada a lo lejos. Durante el concierto de los Rolling ella ondeaba, desde las alturas, sentada en los hombros de alguien, una bandera británica adornada con una foto de los Sex Pistols. Varios extranjeros se acercaron a tomarle fotos.

Cuando me subo en una patineta me olvido de todo. Me dejo ir y mi mente descansa. Pero de repente puede llegar un policía y tomarme presa.

Puede que Raúl sea más sensato que Fidel. Hoy es más fácil salir, aunque sigue sin haber información, ni agua, ni comida. Con la llegada de Obama no va a cambiar nada, todo lo malo se escondió, a los que tuvieran antecedentes penales los encerraron, y cuando se fue los soltaron. Este es un país loco.

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GIMME SHELTER

Me cuesta trabajo reconocer el edificio y antes de gritar lo pienso. ¿Por qué chingados siempre regreso a donde se supone que no me gusta estar? Después del primer grito nadie sale. Lo que dijo me pareció invaluable. Lo debo recuperar. Grito una vez más. Nada. Le pregunto a las vecinas sentadas en la banqueta. Una de ellas es su sobrina, grita más fuerte que yo. Al asomarse la vieja muestra emoción.

Las escaleras son pequeñas y un chingo. Llego sudando al cuarto. Esta mujer estuvo viviendo cinco años en Checoslovaquia. Había Rusos, chinos, africanos. Cuando el capitalismo extendió sus terrenos la sacaron en un avión secreto, con apenas lo que fue capaz de empacar en unos cuantos minutos. Dice que en Cuba no hay prostitución, que eso era en la época de Fulgencio Batista. Declara sin tapujos que Fidel Castro es su papá.

Le invito un trago del whisky que guardo en mi mochila. Tiene un hijo con retraso mental que se lanzó desde la ventana del tercer piso. Ahora vive en una institución especializada que el gobierno paga. Con un palo de escoba pega en el techo de su casa, le grita a su hermana, me la quiere presentar. Se escuchan pasos arrastrados. Baja una negra sin alma, con los ojos apagados, con un halo oscuro a su alrededor que contrasta con su imponente e indescriptible belleza.

La vieja no quiere que me vaya. Me agarra la mano, el brazo, pero se resigna a acompañarme. Quiere regalarme un terrorífico peluche que cuelga del techo. Me dice que me vaya a vivir con mi hermana a su casa, que ella nos protegerá, que no podemos seguir en México donde los sicarios balacean todos los restaurantes a todas horas. Le digo que no es así la vida en mi país. Ella me rebate, lo ha visto en la tele y está convencida de que así es. Ya quiero largarme. Antes de dejarme me agarra la verga y se ríe. Como una niña que ha hecho una travesura. Una niña chimulea y en los huesos. Al salir siento que descanso, pero también que me ha robado toda la energía. Camino bajo un sol inclemente.

START ME UP

Entré a comer un pan con croqueta y un refresco. El Barrio Chino es de los lugares con más vida y más comida barata. Cada que el sol me hostigaba, me detenía a tomar uno o dos guarumos. No hay nada más energizante ni fresco. El mesero me cobró de más, me di cuenta. Él se dio cuenta que me di cuenta, pero hicimos que nada pasaba. Pepe prefirió distraerme y dijo que saliendo se iría a bañar y pasaría a casa por su mujer.

Por la tarde volví a pasar para cambiar dinero cerca de ahí. Las casas de cambio no abrieron por ser Viernes Santo. Pepe mismo me cambió los últimos pesos que me quedaban. A Pepe lo acompañaba Luis, su amigo. Antes de entrar conseguimos como diez planchaditos que entusamos entre la ropa y los genitales. Dos cuadras antes de llegar a las puertas de la Ciudad Deportiva el tráfico no avanzaba. Los planchados son envases de tetrapack como los de Jumex, pero con ron.

Cerca de nosotros hay un grupo de punk. Yo estoy entretenido abrazando a una cubana. Yo no sé, no sé explicarles qué pasó, la cosa es que de repente ella me recibió bien, me pidió en silencio que la abrazara y nos estábamos dando tremendos arrimones sin dejar de bailar.

La suerte me dura poco. De repente, el amigo de Pepe, que vino enfundado en su uniforme de mesero, con su chaleco aleopardado por el rigor del sol, y su camisa de cuello cochambroso, pasa junto a mí, se toma la nariz y se agacha. Le pregunto qué le pasa. Nada, contesta. Volteó y se ha hecho una rueda que no es otra cosa que un improvisado ring, en donde los punks están en su esquina, listos para atacar. Mis amigos salen corriendo a perderse en la muchedumbre. Jamás los volví a ver. Me quedé ahí, abrazado a aquel cuerpo: como si fuera el lugar al que yo perteneciera.

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SYMPATHY FOR THE DEVIL

Parecen gemelos. Uno es negro y otro rubio, pero lo parecen. Llevan el mismo corte de pelo. Visten con jeans ajustados que no llegan al tobillo. Coloridos tenis Nike. Ambos son fornidos y usan lentes oscuros. Nos sentamos en el malecón mientras el mar ruge a nuestras espaldas. Bebemos whisky que pasamos de mano en mano en una botella de pet.

Uno opina que es raro todo. Lo dice con cara de desconfianza. Primero Obama y luego los Rolling. Es sospechoso. Detrás de eso está pasando algo. Y seguro no es nada bueno.

El otro dice que la mayoría de los cubanos no tienen puta idea de quiénes son los Rolling Stones. La visita de Obama sólo fue diplomática. Es un teatro. Fidel no lo recibió, tampoco Raúl. No hablaron de política. Ni de la gente que lleva veinte años presa de forma injusta ni de la carencia de derechos humanos en Cuba.

El otro se quita la gorra. Se limpia el sudor con el revés de la mano y comienza a hablar: Este país es el lado oscuro de la Luna. A veces pienso que prefiero vivir en una balsa que aquí. Yo estudio biomecánica. En cualquier parte del mundo ganaría muchísimo dinero. Me gusta mi carrera porque exige creatividad, ingenio. Sólo quiero ser libre; sentirme bien. En Cuba ganaría entre 300 y 600 dólares al mes.

El otro interrumpe. Mi padre trabaja, está enfermo de cáncer. Trabajo en una cafetería, vendo drogas en las calles. El cubano es la oveja negra del mundo. Pero una oveja negra que está dispuesta a hacer lo que sea para conseguir su libertad. Ha vivido muchas injusticias. Me siento asfixiado. Para conseguir comprar la ropa que me gusta debo tener trabajos ilegales. Arriesgarme.

El otro dice, con calma: hasta que no se mueran los Castro esto no cambiará. A veces digo: ojalá hubieran ganado los yanquis. La culpa la tiene el pueblo. La unión hace la fuerza. Pero con una bolsa de leche te callan la boca. Aquí no existe la libertad de expresión.

BROWN SUGAR

La Habana es una ciudad donde conviven lujo y pobreza. El lujo de los departamentos, de los edificios, esa hermosura que ni los peores tratos pueden ocultar. La pobreza provocada por un sistema político que no termina de funcionar. El último guerrero de su combativa tribu. Ya en las calles se comienza a oler el capitalismo. ¿Cómo serán estas calles en unos cuantos años? Cuando las grandes corporaciones inviertan su dinero para hacerla un verdadero paraíso cubano. Seguro que los rostros de extranjeros abundarán más.

A los cubanos les gusta contemplar la calle. Siempre hay gente asomada en los balcones y ventanas. Algunos parecen esperar algo. Quién sabe qué. Otros tienen la actitud opuesta: no parecen esperar nada. Se dedican a contemplar.

Hay muchos extranjeros en el concierto. Argentinos, colombianos, un chingo de chilangos, españoles, alemanes, británicos de la edad de Jagger, gringos, canadienses, cubanos que viven en el extranjero. No creo que ninguno de nosotros le haya quitado su lugar a un cubano. En todo caso el concierto también fue para los extranjeros; para atraerlos como se atrae a los peces: con carnadas.

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YOU CAN’T ALWAYS GET WHAT YOU WANT

El viejo y yo caminamos por el malecón. Gente bebe y canta. Ríen mientras el mar se agita un poco más fuerte que por la mañana, cuando es claramente delicado. ¿Qué tienes? Pregunta el viejo. Nada. No, tú te ves preocupado, asere. Nah. Mira, tú ven por acá. Y me lleva del brazo a ver el mar.

Cierra sus ojos. Abre los brazos y comienza a hablarle. Le habla con mucho respeto y cariño. Luego de varias palabras que no alcanzo a escuchar me dice: dile lo que tú quieras, lo que sea que tengas atorado. Ella te escuchará. Pídele. Es generosa.

Respiro. Veo la inmensidad de la noche. Escucho el oleaje. Hay algo en mí que no puedo sacar. Es la misma sensación de cuando tienes una flema atorada y no puedes deshacerte de ella. Por más esfuerzos que hagas, por consejos y trucos que apliques. Miro en silencio el oleaje. Tengo ganas de llorar. Me siento solo. No por conmiseración, sino porque las lágrimas que siento atoradas son añejas. Caducas. Y me exigen salir. No sé bien qué pedirle. No necesito dinero. Tampoco, si soy honesto, quiero una novia. Lo único que se me ocurre es decirle: Permíteme ser yo. Siento una energía que me cubre. Un abrazo. Pienso en mi madre y siento que es ella quien me abraza. Lloro. Sólo quiero ser yo, le digo al mar, a mi madre y respiro profundamente otra vez. Siento calma dentro de mí. Armonía.

(I CAN’T GET NO) SATISFACTION

Un estudio de la universidad de Springfield, lugar donde viven los Simpson, ha descubierto que todos los humanos nacidos después de 1965, sin importar la nacionalidad, nacemos con la capacidad de identificar el riff de esta canción sin importar que sea la primera vez que la escuchamos. Brinco, bailo, ladro, me revuelco. Como todos a mí alrededor. Cuando la rola está por terminar, nos mienten, y la alargan. Alargar el placer de quien sea es un acto generoso con uno mismo.

Hace mucho que el concepto de rock stars le viene chico a los Rolling Stones.

Sus Satánicas majestades.

Embajadores del Infierno.

Consentidos de Satán.

Apóstoles de los excesos.

Tropa cautiva del placer.

Ejército hedonista.

Si por mí fuera nunca dejaría de bailar esta canción. Los Rolling Stones, cuyo sudor debe apestar a azufre, hacen una reverencia al pueblo cubano en medio de una hirviente noche de Viernes Santo. Las luces se apagan, pero el infierno continúa.

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Editor Yaconic

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