Por Rolando Vieyra Solares / @VieyraSolar

Fotos: Hugo Cabrera Baños @Ugo_Kid

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Un oso polar que podría estar en el museo de historia natural está en una cantina. La Selva Taurina se ubica en la esquina Ezequiel Montes y José Ma. Morelos, en Querétaro. La fotógrafa Tonny, mi acompañante de labios resaltados en rojo, se quedó a hacer la meme, pues una noche antes, en la fiesta de bienvenida al Cut Out Fest, se amarró al dueño de una compañía de animación en Argentina y estaba muerta. Fue entonces que salí a patear las calles para ver si corría con la suerte de encontrar a una Jessica Rabbit.

La noche cubría la calle y la media luz de las lámparas apenas arrogaban unos destellos sobre mi camino. Seguí derecho, con dirección a no sé dónde. Llevaba un saco con las insignias del demonio: el tridente y la cruz invertida, tenis rojos como el infierno y un pantalón negro. Ya me había pasado antes que al ver el escudo de la escuela del mal, la gente del DF pensaba que pertenecía a una logia que adoraba al impronunciable. ¿Volvería a pasar lo mismo en el centro de Querétaro? No quería comprobarlo, pero el monograma IHS (del griego ΙΗΣΟΥΣ, que quiere decir Jesús) que había en el dintel de muchas de las casas de por ahí podría ser una advertencia.

La gente es vulnerable cuando se le ofende en su fe.

Fue entonces que me encontré con La Selva Taurina. Vi que en medio de su salón estaba ese oso polar imponente, fiero, demostrando que ningún borracho podría derribarlo. Una señal de fortaleza. Tenía tantas ganas de entrar, pero mi voluntad a no beber me lo impidió. ¿Qué putas madres va a hacer un tipo con su saco de la escuela del mal, que además es abstemio, en una cantina que tiene un oso polar en medio de su local? Nada. Un metiche sin camuflaje. Tenía que ir por la Tonny, invitarle un par de chelas, observar, beber algún refresco y escuchar la historia de ese organismo disecado y lleno de aserrín.

Regresé por ella al hotel. Mientras caminaba por las calles estrechas, observaba los edificios, sus paredes hasta que estuve a punto de chocar con un viejo que vendía periódicos. Me ofreció el ejemplar del día y al ver mi actitud esquiva me pidió dinero. Como no le di, me miró de arriba hacia abajo y detuvo su mirada en el sello maligno. Antes de que dijera algo, salí corriendo.

Después de recuperar el aliento, di unos pasos más y me encontré frente al Restaurante María Dolores. Un blues muy mexicano me empujó a entrar a ese otro lugar sin puerta alguna. Vendían café, jugaban al dominó, bebían cerveza y tenían una alacena repleta de botellas de alcohol de lo más diverso. Me senté, esperé y me atendieron. Seguí pensando que la Tonny debía de despertar de su puto sueño, dejarse de entrevistas y eventos chaqueteros para vivir lo menos pardo de Querétaro. ¡Pinche Tonny! Voy a sacarla del hotel y señalarle las imágenes de mi crónica.

Yo quería gonzear, pero toda la escena del Cut Out Fest gritaba: ¡hispeterizate! No sé porque la gente organizadora de ferias y festivales insiste en mostrar a la prensa los lugares más hipster de su ciudad. Es una idiotez. ¿A quién le importa un lugar con similares características que pueden encontrar en la Condesa o en Malasaña? Dudo mucho que Malcolm Lowry, por poner un ejemplo de muchos, se haya quedado tanto tiempo en las faldas del volcán porque había algo de Inglaterra en Cuernavaca. Nada. Las calles empedradas y llenas de mierda de caballo por donde caminó el borracho cónsul, no tenían que ver con su país, con su zona de confort. Lowry se perdió en México para encontrar el infierno y se quedó ahí.

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Un par de zapatos dorados, estilo bostoniano, me deslumbraban como si fueran un rayo divino. La mujer que los portaba se movía al ritmo de un reggaetón que pinchaban las Flaminguettes, las mismas que produjeron la imagen para el Cut Out Fest. Nadie dejaba de bailar, beber o pasar una línea de coca por sus narices. Excepto yo. Estaba hipnotizado por el estilo y porte de aquella mujer; pero más que por su cándida sonrisa, por su pelo ondulado y negro. No podía moverme por el maldito frío y el cansancio que sentía de tres días de festival continuo en los que apenas alcancé a ver dos cortometrajes de 230 que había en la selección oficial. Ninguno figura entre los ganadores de 2015.

Traté de bailar al ritmo de J Balvin, pero mis movimientos eran de un mal actor de zombi. No era rival para el tipo que bailaba con la chica de bostonianos dorados. Entonces, pues a lo que sigue. Una miada y a buscar pornografía en los canales del hotel de cuatro estrellas. Fue entonces, que a la fila del baño llegó Alfredo Franco Hernández. ¿Quién? Ah, pues el ganador de la mención honorifica en la categoría de corto universitario mexicano. En ese momento no sabía quién era, pero Alfredo se acercó y preguntó “¿Por qué hay tanta gente para entrar al baño?”, una pregunta retórica, no podría ser de otra manera, supongo, aunque con la mirada que se cargaba podría haberlo dicho con toda intensión de recibir una respuesta práctica, por lo que sólo atiné a decirle “ha habido fila durante toda la fiesta, ésta es la más corta”. Un fotógrafo con credenciales de Vans que estaba delante de mí miró a Alfredo y le dijo “sí, hay un chingo de gente”. Fue entonces que Alfredo se presentó: “Ay, no, deberían dejarme pasar primero. Yo gané un premio”. El fotógrafo de Vans dijo: “A poco, pues ahora sí que saca el nopal”. Alfredo puso delante su mochila, la abrió y de entre papel periódico sacó el premio que el Cut Out Fest le había otorgado. El fotógrafo de Vans, al ver el nopal de cerámica, dijo: “Está bien culero el nopal de las Flaminguettes”. Alfredo, que era alto, se llevó su nopal de cerámica hecho por las Flaminguettes a su rostro como si fuera un tierno conejo blanco y dijo: “Para mí no, yo lo amo”. Traté que me diera su nopal de cerámica para verlo más de cerca y distinguir sus colores. No lo permitió: “¡Lo vas a romper!”. Ok, sale, de acuerdo. Así que tengo a uno de los ganadores de los 230 participantes del Cut Out Fest frente a mí, con su galardón sobre su mejilla y con ganas de orinar. Un momento ideal para proceder a realizar una entrevista banquetera:

—¿Y cómo se llama tu cortometraje?

—El corazón más feo

— ¿Y de qué trata?

—De las relaciones amorosas que hay en internet…

Cuando salí de orinar ya no vi a Alfredo. Ni al fotógrafo de Vans. Fui a despedirme de algunos colegas que seguían bailando con las rolas que las Flaminguettes mezclaban. Tampoco vi a los bostonianos dorados y yo tenía una cita a las 10:30 para conocer la Peña de Bernal, un pueblo mágico de Querétaro. Me llevaría Abigail.

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Antes de la noche final del Cut Out Fest me quedé a trabajar en el restaurante Maco Café; ahí servían a la prensa —más de cuarenta medios con sus reporteros y lentes— su desayuno. Todos demandábamos nuestros alimentos como pelones de hospicio, como defeños histéricos, y muy servicialmente nos atendían con todo lo que podían atendernos, mucha paciencia, sobre todo. Así que después de tres días de comer ahí ya me había ambientado a ese lugar. Tenía algo que me gustaba.

Abrí mi computadora para pasar mis apuntes que guardaba en las notas de mi celular. Tenía el recibo de consumo, mi tarjeta de crédito y un asiento de jugo de naranja sobre la mesa. Llegó Abigail para retirar todo ese desorden y tomar mi pedido. ¡Pero si yo ya he pedido! Se armó una confusión que se aclaró rápido entre medias palabras y gestos sobreentendidos. Podía quedarme más tiempo a pesar de que ya había bebido el charco de naranja que quedaba en el vaso.

Volvió a pasar Abigail. Le pregunté sobre La Selva Taurina. Lo conocía vagamente. Le pregunté por el Restaurante María Dolores, no lo ubicaba. Le pregunté por lugares cutres, alternativos, underground. Me dijo: Pulquería El Gallo Colorado, Barrahabana, El Luchador. ¿Sabes dónde queda la zona roja, la zona de tolerancia? Dijo: Al final de Av. Universidad. ¿Conoces alguna historia rara o poco común de Querétaro? Dijo: En el Mercado Escobedo hay un hombre que tiene una marisquería que se viste de mujer para atender a sus clientes. ¿Podrías llevarme? Dijo: Sí.

Esperé a que concluyera su horario de trabajo. Le pedí a la fotógrafa Tonny que me hiciera el paro para ir a hacer esas fotos. Tonny quería tomar la segunda parte de un curso de edición de revistas que impartía un colega. Genial. ¿Abigail pensaría que me la quiero ligar y no hacer mi trabajo de periodista? Seguro sí. Pues Tonny, acompáñame para que te presentes y no piense que soy un acosador sexual o un pervertido puñetero. Tonny me acompañó, se excusó con Abigail y fue a su curso. ¡Gracias, Tonny!

Mientras caminábamos rumbo al Mercado Escobedo Abigail me iba dando la ubicación de cada uno de los lugares que mencioné arriba. Me contó la historia de un marqués que se enamoró de una monja y para demostrar su amor, le construyó un acueducto con 72 arcos, que van desde La Cañada (una de las zonas más emblemáticas de Querétaro) hasta El Convento de la Cruz. Luego me habló de Fernando de Tapia, Conin, el traidor, que vendió a los indígenas con los españoles. Mientras caminábamos el ruido del tráfico, las bocinas de los comercios con su sala contagiosa, la voz de los vendedores con sus ofertas de alto porcentaje y los gritos de la gente hacían el soundtrack de nuestra charla.

Hablamos de la religiosidad de los jóvenes de Querétaro, del asentamiento de personas de otros lugares de la República, de los extranjeros, del crecimiento económico y demográfico de la ciudad, de los lugares efímeros y de moda que abrían y cerraban de un día para el otro, de la renta elevada de sus pisos. Del tema de su tesis. Y cuando llegamos a la marisquería, el hombre que la atendía no iba vestido de mujer. “Dicen que se operó las pompas”, dijo Abigail y soltó una risa. Desde donde estábamos no se veía su realce de glúteos, estaba hasta el tope de gente. “No hay un día que no esté lleno de gente”, afirmó Abigail. “Puros mariscos”, dije, “Puros mariscos”, repitió Abigail.

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El camión detuvo su marcha en seco. Tonny salió expulsada hasta casi llegar a la cabina del conductor y recibió varios golpes. Segundos antes estaba parada en medio del pasillo, justo a la mitad del camión, apuntando con su celular para tomar una selfie al grupo de the media’s que bebían y hablaban como vikingos. La otra mitad del camión estaba pegada en sus asientos como moscas embardunadas de miel. Su actitud era apática y contrastaba con la del resto del grupo.

Tonny me enseñó la marca de la herida que se había hecho en uno de sus muslos por el enfrenón del camión ETN en el que viajábamos. “Si le echas saliva, seguro se cura”, le dije. Creo que a varios de los colegas les mostró su golpe. De repente los miré chocando las botellas, hablando de otros festivales, de música y de pollos rostizados. ¿Cómo era que seguían bebiendo después del Cut Out Fest?

Pues fue así: había llegado de la Peña de Bernal al centro de Querétaro a una velocidad de 110 kilómetros por hora en un auto particular que manejaba la pareja de Abigail. Treinta minutos antes Gabriela Lomeli, guía en muchas partes de este evento (y no se burlen de su apellido que parece de personaje de novela mexicana ochentera), se había comunicado conmigo para avisarme que todos me estaban esperando. ¡Joder! Estaba a punto de convertirme en un dolor de huevos. No lo entendía. En el itinerario decía que íbamos a partir hasta las cinco. Ey, ¿pero quién coño le hizo caso al programa? Seguro el Canal Once, quizás Vice (que por cierto, el reportero lo anotaba todo en una minúscula libreta), ¿pero quién más en medio de tanta fiesta?

Nosotros logramos una entrevista casi en forma con la estrella del Cut Out Fest, y no hablo de las Flaminguettes, sino de Laura Callaghan (próximamente por este medio). Además hubo contacto cercano del tercer tipo con Gustavo Karam (snu snu, lo llaman en algunos planetas), también se retrató a Tanya Schultz que posó sentada delante de su colorida ciudad de azúcar (seguro si hubiera sido cocaína en lugar de azúcar sería un golpe certero a los actuales preceptos del arte contemporáneo). Se había hecho una labor periodística en forma y el gran Miguel del Moral Fernández lo sabía. Por eso antes de irnos nos entregó tres cartones de chelas que volvió el camino a la Ciudad de México súper ameno, por lo menos la mitad de los presentes lo disfrutaban. La otra mitad parecían reporteros de TV Notas. Mientras nosotros gritábamos: ¡Qué viva el Cut Out Fest!

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Editor Yaconic

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