Por Javier Ibarra 

La vida nocturna de high energy es un cuento de nunca acabar los viernes en Patrick Miller. Es un ritual entre luces estroboscópicas que mantiene con vida a un género de la música electrónica originado a finales de los setenta en el Reino Unido. Sus fiestas se colman de baile y recuerdos de la juventud en la pista que pareciera estar siendo vigilada por distintos grafitis de la vieja escuela. En las ruedas se gestan las batallas: ese dilema de saber quién danza mejor. Pero al finalizar los sábados a las cuatro de la madrugada, cuando las luces se encienden, inmediatamente se comienza a planear la próxima noche que acontecerá dentro de ocho días –una semana se le dedica al género de cabecera y la otra es de ochenta y noventa–. La próxima noche Patrick Miller de nueva cuenta recibirá a las más de mil personas que suelen abarrotar la bodega más anacrónica y divertida de la Ciudad de México, ubicada en Mérida 17 de la colonia Roma.

A esta bodega del tiempo acuden estudiantes, oficinistas, extranjeros y patricios que también son conocidos como disco locos de corazón. Ninguno sabe ni se imagina que la fiesta –al parecer– nunca termina ahí adentro, aun cuando desalojan el recinto bañados en sudor, expirando las cervezas que bebieron, mientras que el personal de las distintas áreas que conforman esta discoteca revisa los detalles que deben de quedar para el viernes próximo.

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La pared que está antes de entrar por el túnel del tiempo, donde tienen todos los permisos y letreros que piden las autoridades para que todo esté en regla.

El staff de Patrick Miller apunta en una bitácora las cosas que se terminaron, como el papel higiénico, los vasos en los que se sirven las cervezas, los detergentes para ambos baños, etcétera. También toman nota si alguna puerta o escusado se rompió, si los cables de la consola principal están fallando, o si alguna luz ya no prendió. De esa forma el próximo lunes, desde muy temprano, con base en los apuntes que vienen en las bitácoras, se hacen los pedidos con los proveedores o se buscan plomeros, electricistas u otros trabajadores en casos de tener problemas más complicados, que necesitan una atención mayor.

Algo muy peculiar y que a primera vista pareciera ser indispensable dentro del staff es que varios de los trabajadores gustan del movimiento high energy o se declaran como patricios o disco locos. Su mayor ídolo es el mismo Roberto Devesa, su patrón, el Dj Patrick Miller. El desempeño que ponen semana tras semana no lo consideran como un trabajo, sino que se convierte en todo un sueño hecho realidad. El mismo staff dice que no existen las jerarquías. Antes o después de las fiestas cualquiera se puede lanzar por los tacos y las cocas a los puestos y el 7-Eleven que está en la esquina de Puebla. Cualquiera puede ponerse a trapear o acomedirse para realizar lo que falte. No obstante, del personal de trabajo original de 1994 –cuando esta leyenda viviente abrió sus puertas allí, en la colonia Roma– únicamente quedan dos hombres que incluso solían acudir a los primeros bailes de Patrick por diversos barrios de la ciudad, en los rumbos de Santa Fe, Aragón o Neza. En el presente hay mucha rotación cuanto a las personas que entran y salen a trabajar. La mayoría son chicos y chicas que estudian. Algunos otros aprovechan los viernes por la noche para ganarse un dinero extra después de sus trabajos de tiempo completo.

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Patrick Miller alrededor de las siete de la tarde, cuando comienzan a llegar el staff de las áreas de barras.

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El staff de Patrick Miller trabajando en equipo, mientras se dividen tareas.

Las tareas en Patrick Miller –la discoteca más popular que continuó parte del bagaje de la música disco en México– parten con la iniciativa de uno de los dos trabajadores más longevos, Bolo, el administrador principal. Bolo lleva la logística y la mayor parte de responsabilidades que tienen que ver con la planeación, los costos y gastos, los cierres de las cajas y todo lo que tenga que ver con dinero. Sin embargo, hace hincapié en que cada una de esas personas que él mismo entrevistó hacen funcionar las noches en Patrick Miller por igual, y donde los DJ’s como Wally (especialista en poner high energy), Morvan (encargado de tocar italo disco) o el mismo Patrick Miller (la institución de este movimiento) tienen que ir rotándose cada ocho días para poner a bailar a los asistentes.

Las áreas que conforman a la bodega son baños (dos encargados: uno para el de hombres y una para el de mujeres), barras (veinte encargados entre las dos que existen), cabina (tres encargados), fichas (tres encargados) y responsables de seguridad (normalmente son catorce encargados dentro y fuera del recinto). Todos ellos, alrededor de una o dos horas antes de que den acceso al público deben de estar checando constantemente sus zonas de trabajo debido a la serie de operativos que el gobierno realiza con mucha frecuencia.

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Una vista de Patrick Miller desde la cabina donde tocan los DJ´s.

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El staff de Patrick Miller ingresando los hielos para las cervezas, aguas y refrescos.

El Patrick Miller nunca ha tenido problemas con la autoridad. Al contrario: a finales de los ochenta sufrió el robo de todo su equipo en el Club de Periodistas, lugar en el que hacían sus fiestas anteriormente. Hoy en día para mucha de la gente que acostumbra acudir, comentan que este lugar combate más la segregación racial que el propio gobierno de la CDMX. Aquí puede acudir desde el mismo Príncipe de Austria –que comenta Bolo es fanático del ítalo disco y una vez lo recibieron con sus guardaespaldas–, hasta una empleada doméstica que disfruta su noche libre en compañía de sus amistades, e igualmente grupos de gays, lesbianas y transexuales que se divierten sin pulcro alguno moviendo sus cuerpos al ritmo de las melodías.

Las tareas previas a la fiesta son rápidas y estresantes. Pero teniendo en cuenta que la gran mayoría es amante del high energy parece que eso mismo los relaja y les hace decir que esto es lo que en verdad gustan hacer. Hay ocasiones en que el mismo Roberto Devesa llega por la noche –aun cuando no toca– y también observa que no falte nada en cada rincón de su imperio que hizo para sus seguidores, desde que comenzó su trayectoria a principios de 1980. Entre él y algunos trabajadores ven que estén colocados los permisos a la entrada del lugar, que los baños no huelan mal y por supuesto que nada vaya a fallar en cuanto al equipo de luz y sonido que sobresale por ser muy viejo, dándole un toque extra para sentir aún más en la piel décadas del ayer, pinchando discos de acetato en una tornamesa.

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Bolo, encargado de la logística y parte de la administración, en el interior de su oficina que también sirve como bodeGa del papel, jabón, vasos, etcétera.

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El staff de Patrick Miller dividiendo los cartones de cerveza en cada una de las barras.

La responsabilidad previa más importante ocurre los jueves a partir de las diez de la mañana. Bolo y un pequeño grupo se enfocan en hacer la limpieza total de Patrick Miller. También aprovechan para revisar consolas y luces. Que todo esté perfecto. En dado caso que algo llegue a faltar, en el transcurso del día viernes tienen que buscar cómo solucionarlo, ya sea yendo ellos mismos al supermercado más cercano a comprar con urgencia y en grandes cantidades lo que se olvidó, o contratando los servicios de alguien ajeno que los apoye en labores más complicadas en cuanto a reparación.

Así es como las tardes del tan esperado viernes de Patrick Miller se viven en esta urbe, cuando arriban los camiones de cervezas, refrescos y aguas; mientras se acarrean con diablitos todo lo requerido sobre la calle de Mérida casi esquina con la avenida Chapultepec. Las entregas de jabones, papel higiénico, vasos y más también llegan.

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Los encargados de una de las barras acomodando las cervezas, aguas y refrescos dentro de las hieleras alrededor de las ocho de la noche.

De alguna forma todo este movimiento avisa que una velada más de high energy está por comenzar. Y en distintas partes de la ciudad estudiantes aguardan a que sus clases terminen, los oficinistas anhelan que la semana que se torna pesada y monótona acabe. Los extranjeros, seguro, y mientras preguntan a dónde ir, escuchan recomendaciones de vivir una experiencia única y atemporal dentro de uno de los lugares más visitados y extraños de la metrópoli, donde el calor pasa a segundo término y quien no esté transpirando pareciera verse mal. Por supuesto los patricios no aguantan las ganas de realizar lo que más les gusta, ya sea en la pista de baile o como parte del staff de trabajo.

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Parte del Staff de Patrick Miller que horas antes de abrir las puertas al publico revisan que no falte nada.

Editor Yaconic

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Revista de arte y cultura

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