Por Carlos Sánchez

Falta el aire. Los pulmones se angustian. Porque el mar que habita en Fierros bajo el agua (Joaquín Mortiz, 2014) oprime la pupila, el vientre. Es un mar, en sí, de desolación.

Cierto que la poesía es un buen conducto para decir los dolores, la alegría a veces. Pero esta novela de 166 páginas no da concesiones a la risa. Aquí no el verso fácil, aquí no la esperanza, aquí la existencia de un páramo en el que la lectura es un metal que perfora la pupila.

Perfora porque la confección de la trama es a partir de un asesinato, o dos, o tres. Porque aquí se dice la crueldad que ejercen los políticos, esos que las mandan cantar, que en este caso, los mandan matar.

Un páramo que es Tijuana y sus noches, sus cadáveres, la violencia inherente a la frontera, a esa ciudad de cerros y casas que son una postal de resistencia.

¿Cómo abandonar el nombre del amigo Cas Medina?, ese que un día se convirtió en nota policiaca, estadística del crimen. ¿Cómo no ir al lugar de los hechos cuando un fantasma se convierte en todos los fantasmas?

La homofobia otra vez. Las divisiones del mar, con fierros, allí donde mueren atracadas las ballenas y los delfines; donde sucumbe también Sebastián.

Leonardo, el narrador, rememora y actúa. Se trepa en los caminos que recorrió de joven, cuando la fiesta podría terminar nunca. Leonardo queriendo ser el detective, indagándolo todo, recreando los más escabrosos acontecimientos. Los más lindos también, porque la mar a veces se vistió de nobleza y allí la poesía en imágenes, en palabras que aunque siendo duras recrean el amor.

La obsesión de los motivos que dieron muerte a Cas Medina, esa alma de niña-niño-hombre-mujer, son la permanente búsqueda de Leonardo. Y ya con inteligencia sugerirá los por qué, en una palabra que Cas dijo antes de expirar: Nijinsky.

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Podría decir, debería decir, que el autor de Fierros bajo el agua es Guillermo Arreola, también pintor. Podría afirmarlo porque así está inscrito en la pasta del libro; pero créanme que la lectura, el punto final de este texto (que no tiene género, que no es ensayo pero no es novela, que no es cuento pero tampoco es crónica), me hace concluir que el libro ha sido escrito desde el subconsciente. Desde la memoria, una de cuerpo, de los intestinos. Una memoria que es similitud de una crujía; sábana blanca dentro de un edificio que por nombre tiene Hospital Siquiátrico.

Porque la locura esté siempre vigente. Esa locura necesaria para alcanzar la libertad, y decir como un niño, como un borracho, como un drogadicto, todos los padecimientos que se han tenido durante toda la vida que se ha vivido.

Aquí la poesía es también la denuncia. Aquí la palabra construye un reportaje, y en él se sugieren los nombres de los culpables, los que desde siempre, insisto, los han mandado matar.

Guillermo Arreola es un poeta en prosa. Un pájaro a punto de ser subastado en el interior de una cantina. Guillermo suelta las historias que por años le han entumido las mandíbulas, esos acontecimientos que le fabrican taciturna su mirada.

Escribir Fierros bajo el agua debió ser un acto de exorcismo. Desentrañar con valentía los recuerdos de muchas veces las manos del tirano apretándole el cuello. Decir lo que duele una y otra vez.

La poesía, el lenguaje siempre poético, es el vehículo para este texto de carácter demencial. Desde la demencia un loco cuenta en versos la verdad del cuerpo, la demencia como un carácter libertario.

Fierros bajo el agua es la crítica necesaria, sin panfleto, ante la ceguera de los que ostentan el poder. Fierros bajo el agua es el arte dicho desde la inteligencia emocional, esa que por más que intenten minar, en Leonardo, el narrador, permanece incólume.

Editor Yaconic

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