Por Alfredo Padilla / @_PadillaAlfredo

“¿Estás hablando conmigo?”, escupes al espejo con la .22 y la .38 apuntando a la silueta reflejada en él. Un arma en cada brazo, encañonadas directo a tu figura, la aureola del General Águila —no eres Robert de Niro, pero está bien, tienes más germen que el actor neoyorquino—. Recuerdas el sol sobre tu cara, los orines, la sed, el anhelo y toda esa rabia absurda de la milicia, cuando de joven golpeabas el vientre de las hembras, muy en el fondo de la selva, en lo más espeso de Chenalhó. En aquél entonces la Inteligencia Militar y el Centro de Investigación y Seguridad Nacional fueron enviados a ese culo de rata para castigar y desarticular a los indígenas de San Pedro, que adoptaron la resistencia y la Constitución de un gobierno propio en medio de la jungla.

Le caías bien a Ernesto Zedillo, pero sobre todo, le simpatizabas al General Jesús Gutiérrez Rebollo, el “Zar Antidrogas”, por eso te pusieron al mando de esa operación de guerra conocida como la Matanza de Acteal. Te gustaba el uniforme, la cacería furtiva, las expediciones, las pesquisas, los homicidios, los atentados, eras un hijo de la chingada y los tiroteos siempre te enseñaron más que los libros, sabías bien que solo obtenías algo de ellos si eras capaz de poner algo tuyo en lo que estabas leyendo, pero tú no eras capaz de despegar la vista de las armas, y las armas requerían de espíritu —al igual que las letras— y ahí es donde ponías más de ti.

Anda, levanta más esa .22, oprime el gatillo de la .38, pero solo un segundo, con suavidad, sin accionarlo por completo… espera un poco, vamos a jugar, obsérvate bien al espejo, General, levanta bien esas armas y rememora, recuerda cuando introdujiste esa “Lorcin” en el culo de aquella prostituta, ¿cómo se llamaba? Era esta L22, recuérdala entrando por todo su orificio, con este cañón cortante rasgando su plexo hemorroidal, desgarrando su línea pectínea, hasta dar con la mucosa rectal, todo muy al fondo: la corredera, el cañón, el muelle recuperador, adentro y sin vaselina. La dedeaste fuerte, pero estaba tan asustada que nunca lubricó, le dijiste que no se encontraba cargada, pero mentías, hiciste ese truco en el que escondes una bala en el cargador y se tranquilizó; la armonía de las armas no depende del parentesco de los cuerpos y la hundiste así, en frío, en corto, sin decir agua va. Hasta que se escuchó un quiebre, como cuando se rasga la mezclilla, habías roto algo, pero tú seguías con el mete-saca hasta que la pistola se tiñó de magenta, ¿dime qué rompiste, General? ¿Qué destrozaste en un culo tan pequeño como aquél?, un esfínter hediondo, tierno y rosado ¿cuántos años tenía? ¿Dieciséis? ¡Eres un Campeón, Soldado! ¡Las armas os darán la independencia, las leyes os darán la libertad!

acteal

Vamos, rememóralo de nuevo, una vez más, un poco más “son como perros, los indígenas”, aullaba Rebolledo, a Ernesto le gustaba todo limpio, abajo del agua, pero ustedes se aborazaron, te engolosinaste, Águila, siempre has sido como una munición aguantando en el fondo del cargador de una .22, una bala caliente, filosa, gravada y frenética, no, no es una prosopopeya, todas las municiones son rabiosas, ellas te hablan, te dialogan, por más ridículo que te parezca, te platicamos, muy en el fondo de los cartuchos, expectantes, sabias y siempre rabiosas, las balas ¿sí me escucha, General? Usted tiene explosivos en lugar de conciencia, tiene parque y tiene orgullo. Ahora dígame qué se siente golpearlas, ¿no dices nada? ¿quieres que te lo recuerde? Cuando batías la barriga de aquellas aborígenes embarazadas, bañado en un sudor agrio, con todos esos mosquitos estrellando sobre tu rostro, metiéndosete en la boca, y las balas, siempre las balas y su monólogo triste, su parlamento de enemistad. Vamos a recordarlo, se siente como si golpearas un balón de caucho, uno pesado y duro, rugoso. ¿De cuántos meses estaría? Ella no tenía la culpa de que embarazaras a la chica de dieciséis años, la puta de la .22, la come revólveres. Es un sonido seco, voy a recordártelo, porque es lo único que se escuchó, algo que rompiste, Águila, algo que quebraste ahí dentro, ¿quieres que te lo diga? Ocho meses tenía, estaba a punto y tú anotaste un gol con eso, despejaste ese esférico de caucho, ahí, justo en medio de la selva, donde el balón se fragmentó, simplemente estalló ¿dime qué rompiste? Viste la sangre emergiendo de su boca “son como perros, los indígenas”, decía Rebolledo y tú viste la sangre emerger de su hocico, sus belfos como de cachorro ¿no es así? Como cuando de los perros brota un vómito de hambre, de muerte, un vértigo rojo, era el carmesí de la sangre lo que te quebró, el púrpura y el petróleo negro bajo la luna llena, el hierro desparramado sobre la arena de San Pedro Chenalhó.

¿A quién demonios le hablas si no es a nosotras? Aquí no hay nada más que las balas y los espejos no hablan, ¿con quién puñetas crees que estás hablando? Prepárate, es temprano, hacía tiempo que no despertabas a esta hora, la militancia y el presidente economista quedaron atrás junto con la generación del zedillismo, lapidaron a La Culebra en la plaza de la Unidad y la Esperanza, ahora solo queda el desgobierno, la emancipación, la vejez y esas ganas tuyas de cerrar los puños, de prensar el gatillo de una maldita vez, de accionarlo, de salir a la calle con esas escuadras, ¿estás hablando conmigo?, vuelves a escupirlo y no, general, los espejos no hablan, es el plomo, eso que te vuelve loco, el plomo y el aislamiento, todos sabemos que solo querías un poco de atención.

Fue el programa militar lo que te hizo escucharnos, la demencia, pensaron en el cuartel, “es esquizofrenia” y te echaron, ¿qué sentiste? Una conducta que resultó anómala para la comunidad: falta de percepción de la realidad, pensamiento poco definido o confuso, alucinaciones auditivas, reducción de las actividades de relación y de la expresión de emociones e inactividad, decían ellos. Pero quédate tranquilo, General Águila, que no se trata de eso, es solo el plomo queriendo entrar en tu cabeza. Siempre hemos estado aquí, desde que eras pequeño, cuando papá escondía la pistola debajo del colchón, en navidad, en verano, cuando discutían, era siempre el plomo quien te hablaba a los oídos. Nos escuchabas, murmullos de odio y de hastío, y comenzaste a oler pólvora, comenzaste a olfatearla y te amargaste, te convertiste en una hiel andante, una bilis que todo lo envenena a su alrededor, comenzaste a pensar que todos eran unos imbéciles, que en ti había un hombre que iba a cortar por lo sano, un hombre que iba a hacer frente al vulgo, a la prostitución, a las drogas, a la podredumbre, a la basura. Un hombre que acabaría con todo eso, y ¿sabes una cosa, general? No estabas tan equivocado.

Ahora solo tienes que salir, no te preocupes por esconder con recelo las armas, solo colócalas en tus bolsillos. Las personas no quieren voltear a verte, desde hace tiempo que te has convertido en un fantasma, uno gris y superficial, un espectro deslucido, un viejo pensionado, todos sabemos que lo único que deseas es atención, diligencia y plomo. Te pareció divertido en un principio, pero ahora que caminas rumbo a las oficinas se te nota preocupado, no deberías estarlo, tienes todo a tu favor, nos tienes a nosotras y pronto estaremos dentro de tu cabeza, tienes el aburrimiento actuando sobre la conciencia de todos los oficinistas, tienes al tedio, la reincidencia y la cotidianidad de las estúpidas oficinas de gobierno actuando a tu conveniencia. Posees la .22 y la .38, la paciencia, la astucia y el plomo.

Son las diez de la mañana, la sala de atención a clientes de la Fiscalía del Estado de Jalisco huele a café insípido, a hojas de máquina, a tinta rancia de fotocopia, huele desde ya a muerto; los oficinistas son el verdadero mal de la sociedad y no las prostitutas, las prostitutas en la calle se comportan tan mal que puede deducirse de ello el comportamiento de los oficinistas en su casa. Es el momento para hacerlo, levanta tus manos, como Robert de Niro, como Travis Bickle… en la izquierda llevas la .22 y en la derecha la .38, ya lo habíamos ensayado, apunta sobre las mujeres y honra de una vez a Eric Harris y a Dylan Klebold, disuélveles los sesos a esas hembras anticuadas, deja que entremos en su carne, cogernos sus cráneos, detonar sus profundidades. Debes escucharnos y tendrás toda la atención del mundo. Un disparo después de otro, sin temer a los policías, con sangre fría, con precisión, la precisión del General Águila. Así, sin ensuciar tu uniforme militar, yo sé que ese verde te da bríos, vamos, un disparo más, y otro, y otro, y otro, no las escuches a ellas, malditas harpías, ácaros de la burocracia, sacúdelas, a final de cuentas solo querías un poco de atención.

Eres ahora un usuario feliz, que no te importe la sangre en tu uniforme, la sangre del General Águila sobre el uniforme del Ejército mexicano, no debes hacerle frente a los policias, nos tienes por fin en el interior, más íntimamente que antes, muy adentro de tu cabeza, de tu organismo. Tienes el metal, las voces y la eternidad, estamos hablando ahora juntos, fuiste tú quien siempre nos cuchicheó, ¿a quién demonios crees que le estás hablando?

Editor Yaconic

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