Por Víctor Santana

Ilustración: Eduardo David Cornejo

El verano de 2011 fue un asco. El calor y los Zetas se habían propuesto aniquilarnos y yo estaba más solo que una perra olvidada en una isla. Óscar David, mi mejor amigo, me ignoró para dedicarse a un novio que estudiaba la prepa. Daniela, mi mejor amiga, también tuvo pareja: un reportero de Multimedios que ambicionaba integrarse a la barra cómica del canal y que le contaba los pormenores de ¡Benditos caranchos!, un programa de variedades que había imaginado. Ocurría en Caranchópolis, una ciudad galáctica gobernada por un canguro demente que en el principio de los tiempos segregó el esmegma que había dado origen a los conductores, bailarines y payasos del elenco.

Jorge, mi ex novio, no quería verme si no volvíamos. En dos meses de noviazgo no hicimos otra cosa que coger y fumar mota en mi depa y el estacionamiento del Hospital Christus Muguerza. Jorge era diabético y por aquella época caía enfermo cada dos semanas. Su mamá aprovechaba mis visitas para ir al casino, y cuando su papá me veía en el hospital me decía que cenara, pues el seguro cubría todos los gastos.

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Como no soportaba los lugares sin aire acondicionado, julio y la mitad de agosto apenas salí. Entre semana pedía comida a domicilio, los sábados iba por coca con el Pelón (el viene-viene de Parking) y los domingos al HEB a comprar víveres y cigarros. Pasé tanto tiempo solo, que al final del encierro había escrito un libro de cuentos drogones que nunca pude publicar.

Preparé los temarios del próximo semestre, y Óscar David y Daniela terminaron sus relaciones. Un viernes fui con Daniela y sus amigas a Topaz y al siguiente con Óscar David a Parking. Después vino el atentado en el casino y eso deprimió a todo el mundo. Al primero que llamé fue a Jorge, para asegurarme de que su mamá estuviera bien. “Yo sólo tengo tres vicios”, me había dicho una vez en el hospital, “el cigarro, la cerveza y el casino”. Era flaca, mucho más morena que su hijo y el brillo enfermizo de su piel confirmaba su afición al chupe.

“¡Gracias por llamar, osito! Estoy con mi mamá en otro casino”, dijo. Luego skypee con Óscar David y discutimos quién tenía más derecho a la conmoción: él por ser regio o yo por vivir cerca del casino quemado. En la noche fui al departamento de Daniela y hablamos del miedo a estar en el lugar equivocado a la hora incorrecta, y me regañó por comprar coca en el Parking, exponiéndome a peligros.

El último sábado antes de empezar el semestre me metí a Grindr y tardé cuatro horas en conseguir que un vecino se acostara conmigo. Era mi segunda opción, pues flirteaba más con un joyero flaco y narizón que vivía en Cumbres. Cinco minutos después de que le di mi dirección dijo que le había surgido un compromiso, pero esperaba verme la próxima semana.

El lunes empecé a chatear con el joyero. Me preguntó qué pensaba de mis alumnos (imbéciles maleducados), cuáles materias daba (Literatura Mexicana I y Narrativa del siglo XIX), si comía en la cafetería de la UDEM (le dije que cocinaba, pero siempre comía tacos de barbacoa de un puesto y frapuchino de Starbucks). Y el jueves me invitó a cenar al Costeñito de Gómez Morín, pues tenía el fin de semana repleto de eventos.

Lo encontré en la terraza de la marisquería. Se llamaba Ángel Latoya y además de joyero era defensor de los DH (así dijo: de hache). En sus ratos libres estudiaba casos de desaparecidos, pero su pasión eran las joyas. Me enseñó en su iPhone fotos de algunas piezas que había diseñado. Se vendían en el centro comercial donde estábamos y seis tiendas de San Pedro. Pedimos tostadas de atún y tacos gobernador, cuando terminamos de comer lo invité a mi depa. Dijo que tenía que levantarse temprano, pedimos postre y dos cervezas, y compartimos un cigarro en el estacionamiento.

Me dio un beso antes de irse. Manejé pensando que el joyero era menos guapo que Jorge, pero su cuerpecito pedía a gritos que lo sodomizara entre volteretas. En la mañana tenía un mensaje suyo, quería saber si podíamos vernos después de la comida. Le dije que sí y llegó al depa a las tres y media. Me preguntó si la lavadora y la secadora eran comunitarias. Le dije que sí, afortunadamente, pues si no tendría que ir a la lavandería, y vi en su cara la decepción de que yo no fuera propietario de un centro de lavado moderno.

Me senté en el sofá grande y él, de pie, me contó las reuniones con familiares de desaparecidos a las que iría. Daba vueltas en silencio, supongo que repensando sus compromisos. Prendí la televisión y apareció un programa de variedades ambientado en una cafetería retropunk regenteada por un payaso verde que traía a raya a sus pobres patiños. “¿Te gustan esos programas?”, me preguntó y dije que no y le cambié al noticiario de María Julia.

Lo jalé de un brazo y dejo caer su esqueletito sobre mí. Empecé a quitarle la ropa y él me abrió la bragueta y empezó a chupármela con una habilidad luminosa que no me sorprendió. Por intuición, no porque su boca fuera especial. En la cama hicimos de todo (sesenta y nueves, besos negros), pero no me dejó penetrarlo. Me rozaba el culito en la punta, pero se movía cuando lo iba a clavar. Me dijo que me viniera y se sincronizó a mi orgasmo. Se echó sobre mí, lo abracé y estuvimos callados un rato larguísimo. Recordé a la mamá de Jorge. El joyero se parecía más a ella que Jorge.

Cabecee y el joyero me dio un beso, fue al baño a limpiarse y me propuso que fuéramos al cine al otro día. Le dije que sí y me puse a leer Wikipedia hasta que anocheció, y vi rarezas en YouTube hasta que me quedé dormido.

Me levanté a las once y llamé a Daniela para ir a comer. Fuimos a Gorditas Doña Tota y al depa de Daniela a fumar una mota ultrapotente que le había regalado el reportero de Multimedios. Me mensajeó el joyero: “Ando en Galerías Cumbres. Vente y te pago la entrada al VIP, tú nada más pones las palomitas :p” “Va” contesté, aunque tenía flojera, y manejé hasta Cumbres. Un recorrido largo, yo vivía en la María Luisa.

El joyero compró los boletos, palomitas y dos coca colas chicas. Entramos a ver Avengers, a pesar de que le había jurado a Óscar David que no la vería jamás. Estaba en contra del cine de superhéroes. Todavía me parece una forma terrible de ser masa, pero ya no tengo pasión. El joyero me contó que era fanático de la saga, admiraba a los X-Men y lo asqueaba DC Comics, pero había visto todo Batman porque era una persona normal.

Tardé en darme cuenta de que era un chiste. Más bien, de que el joyero bromeaba al tomarse tan en serio las películas. Seguía medio anestesiado por la mota y no hablé ni dejé de verlo, tratando de explicarme sus palabras, hasta que sacó su iPhone y se puso a chatear. Empezaron los tráilers y lo tomé de la mano y él puso su cabecita en mi hombro hasta que en la pantalla apareció el logo de Marvel, entonces se aferró al asiento como si estuviera en un cohete a punto de despegar.

Más que la película, me interesaron sus expresiones. Se rió con todos los chistes, y eran malísimos, peores que el suyo. En una escena Capitán América confronta a Ironman y le dice que si se quita el traje no tiene nada, y Ironman responde que aunque se quite el traje sigue teniendo sus millones y un montón de mujeres. Y no se rio nada más el joyero. En otra escena Hulk cae del cielo y destruye un edificio. El único testigo es Harry Dean Stanton vestido de paisano. Y nadie gritó “¡mira, el de Paris, Texas!”

Salimos de la sala hasta el final de los créditos para ver la escena escondida. El joyero fue al baño y mientras lo esperaba vi que tenía un SMS suyo. “Estoy en el cine con un wey de hueva, pero ahorita les caigo”, leí. Es triste reconocerlo, pero tardé en entender que el mensaje no era para mí sino sobre mí. En la puerta del baño lo vi con el celular en la mano y una expresión temerosa. Sonreí y se acercó. Lo abracé y le dije al oído que yo habría sido capaz de escribir lo mismo. “Como sea, quisiera que me perdonaras”, susurró en mi hombro. Entendí que era la despedida. “Okey” dije y caminé hasta la entrada del cine. Voltee y el joyero no había movido ni una pestaña.

Editor Yaconic

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