CRÓNICA DE UN DESALOJO

Por Eduardo H.G. / @altermundos
Fotos Angular 11-18 / Yaconic

El Zócalo era escenario de una variopinta muestra de protestas. Todo simultáneo. Envolvente. En la parte norponiente, a un costado de la Catedral, un sueco de unos dos metros de altura, visiblemente emocionado, sostenía un letrero de apoyo improvisado en un pedazo de cartón. El tipo remitía a la típica protesta hippie: pacífica, desnuda y de pelo largo. Más allá, a unos 20 metros, un grupo de mujeres mayores colocaba en el piso una ofrenda con veladoras. Otros manifestantes se dedicaban a descansar sobre la acera, a comer algún antojito o a improvisar asambleas. Y lo más fuerte sucedía frente a la entrada principal de Palacio Nacional, en donde un grupo de manifestantes jóvenes intentaba derribar las tres hileras de vallas metálicas que la policía resguardaba para impedir otra quema de la puerta del recinto.

Todo simultaneo. Envolvente. Era jueves 20 de noviembre.

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Y antes de la corretiza, de que la policía vaciara la plancha en cuestión de minutos, de que palos, botas y escudos se estrellarán contra hombres y mujeres, ya ardía un monigote de Enrique Peña Nieto en el Zócalo, se coreaba ¡1, 2, 3, 4, 5…. 43 justicia! Y la emoción recorría la piel. Y erizaba los pelos. Y era tanta gente, de todos tipos: morras nice, estudiantes de escuelas privadas, escritores, académicos, señoras, viejitos, chicos de 12 o 13 años, discapacitados, viejos y nuevos militantes de organizaciones sociales, músicos, colectivos de arte, charros, estudiantes…

“Un chingo”, como diría un colega. Los contingentes se encontraban en la desembocadura de 5 de Mayo y Tacuba para entrar al Zócalo, aun cuando hacía una hora que el mitin había terminado. Una marcha enorme. Mayúscula. El efecto Ayotzinapa contra el “imperio del crimen”, como ha llamado el escritor Sergio González Rodríguez al Estado mexicano.

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Los padres de los 43 estudiantes de la Normal Rural “Isidro Burgos” de Ayotzinapa, desparecidos la noche del 26 y la madrugada del 27 de octubre, en Iguala, Guerrero, convocaron a la octava mega-movilización para ese día, desde tres puntos de la ciudad: el Ángel de la Independencia, el Monumento a la Revolución y Tlatelolco. En este último sitio se concentrarían los estudiantes.

A los tradicionales contingentes de la UNAM, el IPN, la UAM y la UACM se sumaron estudiantes y profesores del Colegio de México, del Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora y de la Flacso. Entre otros. La marcha ocurrió de manera pacífica. Lo mismo pasó en la que recorría Reforma. Pero por la mañana, las cosas fueron diferentes en las inmediaciones del Aeropuerto, al oriente de la ciudad, donde la policía se enfrentó a los manifestantes. Hubo detenidos y lesionados.

Cuando a los granaderos que resguardaban las vallas, formados en todo el frente del Palacio, se les sumaron más elementos que llegaron desde las calles de Corregidora y Pino Suárez, los enfrentamientos empezaron a subir de tono. Los tronidos de cohetones que el grupo (o los grupos) de manifestantes dispuestos a enfrentarse cuerpo a cuerpo con la policía se incrementaron. Volaban cocteles molotov, piedras y palos. De pronto un grupo de jóvenes corrió desde la parte suroriente de la Catedral con un basurero de dos metros incendiado, y lo fue a estrellar contra los granaderos. De tanto en tanto éstos echaban atrás a los jóvenes en batalla, y los cientos, miles, de manifestantes que observaban desde metros atrás también emprendían una huida repentina. Pero regresaban ante los gritos de “no corran”. La cuenta ¡1, 2, 3, 4, 5…. 43 justicia! daba bríos para acercarse de nuevo.

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Pero el operativo estaba diseñado para arremeter contra todos. De un momento a otro los granaderos se dejaron venir sobre la masa de manifestantes en toda la plancha. La huida fue unánime. Un chico que gritaba arriba de un puesto de periódicos en la esquina de Monte de Piedad y Tacuba se arrojó —o más bien cayó— al suelo, entre un arroyo de gente que corría para resguardase. En 10 minutos el Zócalo fue vaciado, y adentro del perímetro que instaló la policía todavía algunos jóvenes fueron perseguidos, golpeados y detenidos. Algunos reporteros también permanecieron dentro.

En las bocacalles se dieron todavía algunas golpizas a transeúntes y manifestantes. Un estudiante de periodismo que salió por 5 de Mayo mostraba un video a sus colegas que se encontraban en la plaza de Santo Domingo: en éste se veía cómo eran golpeadas unas señoras en aquella calle. Una camioneta de observadores de la CNDH que circulaba por Donceles fue obligada a dirigirse hacia la valla de granaderos que cerraba el paso a la plancha. Ya ahí los observadores se limitaron a aconsejar que nadie se acercara “porque iban a comenzar las detenciones”.

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El grupo con el que me encontraba: una joven que me acompañaba desde horas antes y un estudiante de periodismo, decidimos regresar al Zócalo luego de que los granaderos dejaron de bloquear la entrada a éste. La imagen era impactante: destacamentos de más de 100 granaderos se formaban en los alrededores de la plancha y al centro de ésta. Formación militar. Sólo ahí pude dimensionar la cantidad: eran miles. Sólo un grupo de unas 200 personas resistía al encapsulamiento en 20 de Noviembre. Seguimos a los observadores de la CNDH en su búsqueda de los detenidos. Los remitieron a la calle de Corregidora.

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Y allí estaban: 13 hombres y tres mujeres. Al menos cinco de los chicos golpeadísimos. Los tenían en la acera, entre un autobús de turismo usado como transporte para la policía (en esa calle se estacionaron al menos 30 de éstos) y la pared de Palacio. Formados en una fila, los más golpeados eran atendidos por personal médico del Erum. Policías iban y venían. La mayoría comía o se despojaban de sus chalecos y protectores. Uno de los jóvenes balbuceaba, de pie. Vestía de blanco y estaba descalzo. La hinchazón en el rostro. La nariz reventada y la ropa manchada de sangre. Dos trozos de papel sanitario impedían que de la nariz le saliera la sangre a chorros. Otro estaba sentado en el suelo y gritaba algo que nadie entendía; se abrazaba a sí mismo. De entre todos salió una camilla con uno más: iba inconsciente, con la cabeza vendada. “Contusiones”, dijo la enfermera, y fue subido a la ambulancia. Las chicas pedían ir al baño. Eran tres. Lloraban y gritaban. El pequeño grupo de jóvenes era observado como motín por los policías a su alrededor. Los resguardaban; esperaban el término de la revisión médica para trasladarlos. Nadie sabía a dónde.

Nuestra presencia incómodo. Nos pidieron identificaciones. “Somos reporteros”, dijimos. “Bueno, pero de ahí no pasan, eh”, dijo, parco, un policía. La policía se negaba a trasladar a un hospital al joven de blanco y al que se quejaba en el suelo, luego aceptaron a regañadientes ante la presión de los propios paramédicos y los observadores. Los otros fueron subidos a un camión y la noche se los tragó. Salimos de nuevo al Zócalo y un ejército de personal de limpieza y camiones barredores borraba todo vestigio de la manifestación.

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Horas después se sabría más sobre aquellos jóvenes detenidos: Tania Ivonne Damián Rojas, por ejemplo, estudia el tercer semestre de sociología en la Facultad de Ciencias Políticas de la UNAM. Antes estudió artes plásticas. Tiene 21 años, el pelo azul y fue detenida en la calle de Madero. No llegó al Zócalo. Era una de las chicas que lloraban. Otro caso es el de Lawrence Maxwell Ilabaca, chileno, músico, investigador del doctorado el Letras Hispánicas de la UNAM. Tiene 47 años. Participó en la marcha como observador, fue detenido cuando andaba en bicicleta.

Tras la manifestación se informó que fueron 11 los detenidos: 8 estudiantes y 3 trabajadores, acusados de tentativa de homicidio, asociación delictuosa y motín. Los hombres fueron trasladadas al Centro Federal de Readaptación Social (Cefereso) número 5, en Perote, Veracruz, y las tres mujeres se encuentran en el Cefereso número 4, en Tepic, Nayarit. Organizaciones de derechos humanos, como Amnistía Internacional,  han urgido a las autoridades a retirar los cargos desproporcionados y liberar urgentemente a los 11. Mientras que familiares y organizaciones han realizado protestas pacificas para exigir la liberación inmediata, dado que no existen pruebas sólidas para incriminarlos.

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En YouTube y otras redes se han subido testimonios sobre quiénes son los hoy presos políticos, bajo el hashtag #TuVozX11Consignados.

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