Por Mario Castro / @LaloCura__

Fotos: Irving Cabello / @soyunbalin

No habíamos cruzado la primera caseta cuando la advertencia de la maestra regañona (parte del staff que nos llevaba a Bahidorá) se había ido a la mierda. Ante la amenaza de que la policía podría llevarse el camión si nos encontraban bebiendo o fumando —lo cual desataría una desgracia— alguien sacó un vaper, de pronto fueron dos, en una boca, al mismo tiempo, y la marihuana cruzó tierra adentro en el autobús para borreguearnos.

Otros bebían cerveza, reían, charlaban, y yo me aseguraba de que mis tamborcitos californianos siguieran en su lugar. Tres horas después llegamos a la tierra prometida. Era mi primera vez en Las Estacas y en Bahidorá.

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fotos bahidora 2017

Llegamos a El Umbral, una pre fiesta necesaria para el festival. La noche prometía ser inolvidable… y lo fue. Después de armar la casa de campaña en un terreno con más piedras que pasto, Sarai y yo buscamos comida. La maniobra para comprar lo que fuera consistía en cargar el dinero en la pulsera que nos acreditaba como asistentes. Cargamos 500 pesos y el resto lo guardamos en el monedero oaxaqueño de Sarai.

Comimos tacos —que no eran buenos ni mucho menos baratos, aunque sí bonitos— nos tomamos una cerveza y platicamos con un bioquímico con facha de youtuber. “Está muy caro, debe ser por los extranjeros, ¡son un chingo!”, nos dijo antes de perderse por otra cerveza.

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Después de abrigarnos (el frío en Las Estacas cala duro en la noche) fuimos a la fogata. Bailamos con Oceanvs Orientalis. Pero no habían pasado diez minutos cuando comenzó el desastre. “¡No mames Mario, no traigo mi monedero!” Sarai puso cara de balebergalabida y en chinga regresamos a la fogata. Nada. Pasada una inspección rápida al lado de las brasas, salimos al camping. Nada. Una llamada para cancelar tarjetas y de regreso a la fogata. Nada. Mi compañera tenía fe en que el espíritu bahidoreano aparecería con nuestros recursos. Nada.

¿Qué mierda se hace en estos casos? ¿Remover la poca leña que quedaba y escuchar el techno de Rampue esperando que alguna buena alma nos regresara cuando menos las credenciales? A las 2 de la mañana resolvimos que eso no pasaría y nos guardamos a dormir abrazados por la tristeza. No había enojo entre Sarai y yo. Ni libido. No cabía en ese momento, solo una depresión que, esperaba, cambiaría al día siguiente.

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Nos despertó el calor. Removimos la casa de campaña entera pero el monedero no apareció. Nos resignamos. Acordamos continuar en la austeridad. Porque aún teníamos algo de dinero en la pulsera. Y, lo más importante: los tamborcitos: dulces aciditos que nos ayudarían para que la pachanga no muriera. Le dije a Sarai que no se bajoneara, pero se veía harta por el sol, así que mejor callé. No quería encabronarme. Vamos Sarai, nosotros podemos. En fin, buscamos los baños para ducharnos y limpiar nuestras penas, cosa que logramos una hora después de estar en una fila infinita bajo un sol inclemente.

Cerca de los baños observé una lona que tenía una formación de hexágonos multicolores, como una molécula gigante, que lucía una frase: “El mundo mágico de las drogas” (bueno, quizá sin lo de “mágico”). Me asomé para saber de qué diablos se trataba. “Les analizamos sus sustancias para que sepan si lo que van a consumir es realmente lo que creen o no, en seguida se los regresamos y ustedes ya sabrán qué hacen”. El sitio parecía un laboratorio médico en el que te sientas a esperar los resultados de una prueba de Sida, pero con pasto y morras en bikini.

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—El siguiente, ¿qué nos traes?

Quiero que analicen este tamborcito −el tío frente a mí puso cara de incrédulo hasta que supo que era LSD. La luz ultravioleta nos indicó que, en efecto, mi dulce había sido bendecido en el nombre de Albert Hofmann. Nos despidieron con un speech que básicamente decía: felicidades, puede disfrutar de un viaje cien por ciento ácido, pero no nos hacemos responsables de la calidad. Bah.

Observé a las mujeres por primera vez (todo el fin de semana lo haría): iban de aquí a allá con outfits que incitaban lujuría en las miradas masculinas. Todas compartían un rasgo común: el destape. Muchas estaban “chidas”, otras con implantes marcados, aunque la mayoría presumía un cuerpo con celulitis, flacidez, estrías, pancita y demás imperfecciones que en otros lugares sería blanco de críticas de comadres; pero que en ese momento valía verga. Lo importante era la gozadera, disfrutar el paseo en río sobre el cisne rosado o tirarse en el pasto a las caricias del sol.

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De pronto nos topamos con una clase de baile tepiteño: parejas intentando vueltas con traseros repegados al ritmo de salsas clásicas y son cubano. El puro ritmo defeño, el chulo. Aprovechamos unos minutos para entrarle al bailongo de mediodía. De alguna manera había que olvidar nuestra pérdida, pero no lo conseguimos con el baile, así que deambulamos un rato admirando el paisaje y mirando a las muchachas.

Llegamos algo que llamé Tronadero de la Isla B: un kiosko donde un tío con apariencia hindú (de la condechi) tenía cautivo a un grupo que veía embelesado la magia de la terapia con cuencos tibetanos (masajes).

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Como había un chingo de banda nos dijeron que regresáramos después de la comida. Nos movimos. Llegamos a tiempo para escuchar a Mad Professor, en un horario que no era para ese maestro y su cátedra: clásicos del reggae, incluídos los de Damian Marley y Dawn Penn en versión drum & bass, hasta las remezclas que le hizo a Massive Attack. Después de unos cuantos fumes de mota y más cerveza regresamos al tronadero.

Tenía mis dudas sobre el masaje hippilennial. Creo que no era el único, porque unas morras poseídas por Dionisio se acercaron para advertirle al faquir neo hindú que la chica que yacía bajo su cuerpo deseaba más que un masaje. Mi turno llegó después varios rostros desconectados del mundo. Todo iba normal, respiración profunda y esas cosas, hasta que mi cuello tronó y temí porque se me cayera la cabeza.

Mad Professor.

Mis sentidos se alejaron de Jessy Lanza, que se escuchaba en el escenario central. Fue una dura decisión no estar cerca de la güera canadiense ni de Mala, pero lo valió. Mi mente se alejó para que mi cuerpo disfrutara. Olvidé todas las madres culeras; el varo perdido. Me encontraba en el trance hippilenial que antes me causaba algo de escozor, solo de pensarlo. En ese momento creí en la existencia del espíritu bahidoreano que no regresaba carteras, pero que insuflaba una calma contenida en el río, el sol y la vibra de los que andaban ahí poniéndose ebrios y engullendo químicos. Me sentía en LSD y aún no tomaba mi tamborcito…

Cuando regresé en mí, en el escenario era turno de la colombiana amiga de Snoop Dogg y Tyler the Creator. Kali Uchis mostraba su figura de mami angelina en un conjunto de encaje, escoltada por un séquito de negros entre los que resaltaba uno con peluca rubia. Después de un par de rolas propias se echó su cover de “Sabor a mí”, un momento cursí al que siguió “Suavemente” de Elvis Crespo. La gozadera corrió por todos los cuerpos, los traseros regodeándose en el merengue siguieron el ritmo que parecía iba a continuar… pero no. Una última canción y la angelina se fue tras el escenario unos veinticinco minutos antes de lo que decían los horarios.

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Kali Uchis.

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Kali Uchis.

Llegamos a Princess Nokia que estaba en el otro extremo, en el asoleadero Corona. Luego decidimos rolar, no sin antes rellenar el termo: era la hora de los dulces. Un par de tragos siguiendo la recomendación de los analistas de drogas y de nuevo a rodar. Los beats estruendosos nos guiaron a Soul of Hex, pero no era el momento indicado para el techno. Seguimos en vueltas, más tragos, que parecían no afectarme, y aterrizamos en RJD2. ¡Qué sonido tan más vergas! Una mezcla fina de texturas, scratcheos y sonidos orgánicos. Nada de atasque, todo tan mesurado que el tiempo se esfumaba sin preocupación.

Mac Miller se trepó al escenario con un verbo tan certero y una actitud tan desafiante que todos, ebrios, drogados, abstemios, nos vimos obligados a responder saltando como poseídos. Euforia magistral. Soy un neófito en el rap, pero Miller me conmovió hasta el alma, me puso al pedo y a tumbar barrio. Después de la consigna homie, regresamos al dance floor para darle otra oportunidad, esta vez con Leon Vynehall. Aguantamos un poco más pero seguía un  atasque que, extrañamente, no quería por el momento: mi cuerpo pedía algo confortable y FKJ  se encargó un rato de eso… hasta que apareció una hamaca benevolente que me dijo que la montara.

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Princess Nokia.

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Pasaron horas, días, sin sueño ni cansancio. “Me siento en un sueño lúcido”. Sarai me observó con extrañeza por el oxímoron, pero era verdad: no sentía euforia ni nada de eso que el LSD ofrece. Solo plenitud y alegría liviana… al fin alegría. La madrugada comenzó a reclamarme y cómo negarse ante Audion. Sus beats eran tan vitales que resultaba imposible no moverse.

De pronto sentí una mirada extraña: un tío con bolsa al costado me observaba. Nos alejamos lo suficiente para ver sus bolsas, llenas de grapas de cocaína que vendía como dulcero en crucero de Circuito Interior, pero con mirada de chacal que quiere madrear a quien le hable. Noté el cambio de vibra: poca tranquilidad y mucha trabadez.

Audion continúo su set cargado de una pantalla con visuales que te hacían convulsionar. La lucidez lisérgica estaba presente pero con una tranquilidad que nunca había sentido. Según los horarios, Juan Atkins ya debía estar mezclando, pero en su escenario había alguien que no era Atkins (y que hasta ahora no sé quién era). No era negro. Era momento de Gramatik, su mezcla de soul, funk y dubstep permitió un baile tumbado. Su ritmo fresco comunicaba el LSD al cerebro: ¡Mira mamá, sin alcohol ni hierba (esta se había terminado)! Gramatik fue, sencillamente, magistral.

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RJD2.

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Llenos de austeridad y aliviane ácido nos lanzamos a la búsqueda de Atkins. Nunca apareció, como el monedero de Sarai. El Festival comenzaba a invadirse por cuerpos exhaustos, borrachos, zombis medio encuerados y uno que otro malviajado. Creo que Lawrence era quien estaba en el escenario aún activo. Sin batería en nuestros celulares, no sabía cuánto faltaba para que Nu arribara y con sus ritmos aparecería el amanecer. Fuimos al camping a esperar. La fiesta y algunos ronquidos poblaban el pasto de los alrededores. Me recosté y la tranquilidad se apoderó de mí una vez más. La lucidez nunca se fue, aunque me dio sueño. Nu me arrulló desde la lejanía y nos acompañó en el frío amanecer.

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El domingo consistió en chelas a precio razonable afuera de Las Estacas y unos tragos gratis de tequila a un lado de la alberca central… ah, y otros tragos al termo que esta vez no hicieron nada. La pasarela de piernas firmes y con celulitis continuó durante todo el día. Los estragos sucumbieron ante el reguetón y tribal junto al río. Nunca había vivido en la precariedad dentro de un festival de estas dimensiones, pero siempre se puede estar tranquilo con tamborcitos aciditos, una buena tronada de vértebras y Sarai a mí lado.

PD. CUERPOS Y RETRATOS BAHIDOREANOS

BAHIDORAXCORONA

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Parte de este contenido es presentado por Corona, bajo el lema: #BahidoraxCorona

Editor Yaconic

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