El temblor (del viernes 16 de febrero) me agarró comiendo chorizo (en huarache) bajo aquel tranquilo tejado que había en las instalaciones del Bahidorá. Al primer jalón del suelo todos dejamos los platos sobre las mesas y salimos a la calle al amparo del cableado local, una pésima idea en el fondo, pero la única que el instinto nos permitió en aquel momento. En un día normal, seguramente pocas personas habrían salido a aquel camino de terracería, aunque esta vez fuimos algunas decenas entre elementos de producción, ingenieros de audio y reporteros.

Soy un prejuicioso. Si hay algo de lo que todos hablan me quiero mantener al margen. Bahidorá no fue la excepción: lo único que concebía de ese festival era un grupo de hombres y mujeres buscando verse bien en un balneario, posar frente a las cámaras, vestirse a la moda, empedarse y drogarse, pero nunca preocupados por la música. Le dicen festival boutique… No soy de esa onda.  De cualquier forma, ahí estaba, pensando en que mi vida podría irse al diablo afuera de Las Estacas.

Pasado el susto y al arribo del ocaso comenzó a sonar, a lo lejos, música y bullicio, mientras, por el camping de medios, se escuchaban algunos soundcheck de las bandas que se iban a presentar en el transcurso del díaAsocial como en ocasiones, decidí dar el rol sólo por la noche, en el llamado Umbral de Bahidorá. El escenario de color azul contaba con algunos centenares cuando sonaba (me enteré una vez que tuve el programa) Sabine Blaizin. Antes de llegar asumí que nadie conocía a esos artistas pues nunca los había escuchado en alguna parte, mas quise apartar esa idea y decidí lanzarme cuando me ofrecieron esta crónica.

Conozco poco sobre el espectro de la música electrónica, pero cuando fue turno de Nickodemus no pude evitar moverme: su estilo te envuelve en house y de pronto te mete a un trance con percusiones tropicales, imposible que la gente dejara de bailar con trago en mano. Ambos, Sabine y Nickodemus, forman parte de la Armada Fania, que llevó al ambiente bahidoreano, durante la primer noche; entre el trópico y un house que colmaría, para bien, a todo el carnaval.

Camino al camping, antes de llegar a las esculturas aún desoladas del Bahidorarte, vi una especie de rito cerca de la primer fogata: un par de sujetos avanzaban, incienso y espada en mano, entre la gente que les hacía fotos, mientras unas mujeres (brujas tal vez) miraban directo a los ojos de todos. Un par de pasos más y un castillo pirotécnico coronado por la B caranvalesca emocionó a la muchachada ya borracha y pacheca. El carnaval inició pese al temblor que horas antes había amenazado con el caos.

La primera vez que abrí Spotify y descargué la playlist de Bahidorá sólo pensé “Chale”. No podía digerir bien el menú de artistas. Sin embargo, me enganché con Kamasi Washington, el artista más esperado del festival. Quién sabe por qué, pero el jazz de este corpulento hombre me cautivó desde los primeros acordes. Luego me puse a investigar más sobre él, a escuchar más canciones. Es una referencia del jazz contemporáneo y aunque no soy un conocedor, sé disfrutar una buena interpretación. Así que mi prioridad del Bahidorá, en principio, fue escuchar al buen Kamasi y meterme al río.

Era la hora del sol más crudo cuando comenzó la música en el Sonorama, el escenario principal: un par de negros acompañados por un mestizo pusieron a mover caderas a ritmo de “Scooby Dooby Doo pa pa” y el “Pum pum pum pum pum”. A pesar de unas primeras fallas en el sonido, Hety and Zambo logró que la gente se contoneara sin cesar mientras la triada brincaba de un lado a otro del escenario, incitando a saltar o mover las caderas hasta abajo. Su complicidad con el público (y su borrachera) fue tal que ya en la madrugada me los topé en algún escenario pequeño perdido en algún rincón de la selva bahidoreana.

De ahí me lancé al Asoleadero Corona, donde las carnes estaban poniéndose en su punto, una comunión de piel enrojecida a merced del río. La última vez que fui a Las Estacas no había tanta gente como en este carnaval. En esa ocasión fui con mis papás, tíos y todo el séquito familiar. Ya sabes, los sandwiches, la grabadora, las pepitas, cacahuates y fruta picada.

Pero en esta ocasión el desmadre era otro pedo. La banda muy a la onda Saint-Tropez o algo así me imaginaba. Todos buscando dorarse un par de tonos más; aceite de coco en el cuerpo; gafa oscura para proteger los ojos. Trajes de baño al último grito de la moda. No dones panzones, sino puro chavo fitness. Chicas maquilladas con esas pinturas que no se escurren con el calor ni el agua. Todos flotando sobre cisnes o unicornios gay friendly, quizás sobre MDMA también, mientras Thris Tian los hacía mover sus pieles bajo el bañador.

Después de echar un ojo a las esculturas del circuito Bahidorarte, ver a la banda en meditación, disfrutando un buen masaje o bien limpiándose las vibras con incienso y hierbas, salí a comer al hospicio de los acreditados. Ahí topé a un par de güeyes que se veían buena onda (por no decir borrachos y pachecos). Comencé a platicar con ellos. “El bisne de los festivales es la comida y la bebida”, les dije. “Sí te gastas un cambio en las entradas, transporte y todo lo demás, pero la comida y chelas juntan tanto varo como los cines en palomitas y refresco”. Ambos asintieron. “Está caro” dicen. “Pues otra chelita, ¿no?” El precio dentro era 120% mayor que la caguama oscura de afuera, complementada por un par de quesadillas con cecina. Cuatro caguamas en una sentada.

Agarramos nuestras cosas y nos metimos de nuevo al carnaval con dirección al río, no sin antes pasar al Sonorama de nuevo para ver al Chancha Vía Circuito. Nada mal, un sonido de tintes andinos vueltos electrónicos, el baile y el inicio de la psicodelia gracias a esas percusiones y bajeo constante. El público ya era numeroso en este escenario, tal vez porque sus cuerpos ya estaban más que tostados, pero el mío no ni el de esos morros.

Nos dirigimos al río y mientras caminamos se escuchan esas claves y percusiones características del caribe a cargo de los puertorriqueños Ifé quienes ya prendían a la banda en La Estación. Al punto que escogimos para nadar llegaban sonidos de fiesta que se confundían: no sabía si era el Chancha, Ifé o Sonido Martines desde el Asoleadero. No me importó: nade y nade por algunas horas.

No le pude decir que no al bonito río de Las Estacas. El agua estaba fresca aunque un poco revuelta, pero deliciosa para aminorar el efecto de las chelas. Para esa parte de la tarde había escuchado pocas bandas, aunque me concentré en la gente y lo que hacía, como esa chica de bikini negro que avanzó sobre las cuerdas suspendidas sobre el río y empezó a hacer posturas de yoga sin tantos pedos.

A mi parecer este es uno de los espectáculos más chidos: el río, pues las personas nadaban muy a gusto, se paseaban en sus lanchitas inflables y cheleaban tirados en la orilla. Ahí entendí cuando dicen que este carnaval ofrece una experiencia: porque de pronto te vale la música, sólo quieres descansar sobre el pasto; en mi caso no por los prejuicios, sino porque había demasiada gente y me apetecía más estar flotando en el río. También porque quería guardar mis ansias de música para escuchar a Kamasi.

Salimos por una chela más. En la tiendita sonaban: Los Ángeles Azules, Yaguarú, Panteón Rococó y otros ritmos que le daban a Bahidorá – en la parte trasera – un toque de Vive Latino. Era casi la hora del saxofón, pero el fotógrafo nos invitó a fumar un porro a su casa de campaña, “Al fin que desde ahí se escucha sin pedos a Jayda G”; ese tío me habló del house y el house tech que derretiría a la banda durante la madrugada, “como a mí”. Jayda me gusto y no fue sólo por la mota que había fumado: un dejo de la era disco “bien cremoso” decía aquel güey en un argot que apenas entendía, algo amable previo al jazz que nos esperaba.

Cuando nos acercamos al sitio donde veríamos por fin a Kamasi Washington se notaba que las tracas habían explotado desde que el sol se metió; la humedad fría del río comenzaba a expandirse por todo el parque, pero no se sentía nada mal entre el calor de las personas que bailaban. Poco antes había confesado una hipótesis a mis compañeros de caguama: “es un chingonazo del jazz, pero siento que aquí nadie lo conoce, salvo los reporteros y otro clavado con su música”. No obstante, sorprendió y supe que yo era una mamada con mis prejuicios. Ese hombre es un ídolo para muchos. La gente lo recibió muy bien: todos participamos en el diálogo que estableció entre músicos y público.

Kamasi me pareció una persona noble, que le van y vienen los reflectores. O eso creí cuando vi cómo le cedía los micrófonos a cada músico en cada pieza. Una a su padre, Rickey Washington en la flauta, que como cualquier papá grababa con el celular a su hijo y sonreía al ver cómo hacía lo suyo. Lo mismo hizo Kamasi con su vocalista, el tecladista (el cual es otro pinche pedo. ¡Muy cabrón!), el trompetista, el bajista y los dos batacos que llevaba.

Todo el grupo se lució con sus improvisaciones, que a ratos dejaban el jazz y exploraban otros géneros. El bajista intervino con unos ritmos extraños, no sé cómo llamarlos, como música de videojuegos o algo así. Uno de los bateristas le dio al doble pedal y sacó sonidos del metal más duro. El tecladista me pareció el de la escuela más vieja, muy Duke Ellington o Charles Mingus. Desafortunadamente, la vocalista no lució, había un falla de audio que ella insistía en resolver. No se escuchaba así misma ni yo desde la posición en la que estaba.

Kamasi fue todo un show: le aplaudían y le regresaban los coros. Transmitía una sensación de camaradería. No había distancia entre la banda, él y el público. Nos sonreía y les sonreía a ellos. Cerraba los ojos y viajaba con la música. Movía el cuello con vibraciones muy cortitas, en mi pedés le copié el movimiento… pero terminó pronto para quienes lo estábamos disfrutando. Le aplaudimos y abandoné el escenario.

¿Qué más hacer en un festival con cientos de metros cuadrados a tu disposición, chelas, gente, esculturas, actividades culturales, talleres y varias horas más de música del mundo? Primero, ir por una chela 120% más barata. Al poco rato. Solo, nuevamente, y en lisérgico decidí lanzarme a ver qué encontraba. Primero le di chance a Satori and the Band from Space. Como su nombre indica, se encargó de crear atmósferas densas y amables que poco a poco comenzaban a subir de ritmo, golpes de sonido que chocaban con los oídos en un ambiente fresco más no frío, las luces azules se apoderaron de casi todo el set mientras la banda se sumergía en un vaivén.

Satisfecho con este primer viaje de la madrugada tomé rumbo hacia La Estación sin saber que me esperaría ahí (había extraviado mi programa y la batería del cel había muerto). Mi sorpresa fue grande cuando topé a un trío de enmascarados de percusiones electrónicas, con muestras de house (el rey de la noche) transformadas en ritmos propios de una ceremonia yoruba: Ghetto Kumbé hizo que el ácido re explotará y me olvidara de todo.

Vueltos locos, cada uno brincaba de un lado a otro, quebraba la cadera o bien cerraba los ojos para sumergirse en el carnaval mientras el beat se fundía con el ritmo cardíaco. Sus máscaras recordaban a los antiguos sacerdotes prehispánicos en modo psicodélico, con atuendos fosforescentes ante el sacrificio del cuerpo, el de la danza…sin duda el ácido había llegado al punto, no sólo al mío pues cuando terminaron quisimos que continuaran, lo hicieron por una rola más.

A esta hora comencé de errático: deambule entre los escenarios más grandes de la noche para comprender a qué se refería el de la cámara con “la crema” y lo hice. Lee Burridge daba cátedra en el Sonorama mientras la banda estaba cada vez más y más relajada, más gustosa de lo que escuchaba, más en su pedo de psiconauta; en el Bunker, Robert Hood y su hija Lyric a.k.a Floorplan hacían lo propio mostrando el poder generacional del techno.

Decidí ir a descansar a mi casa de campaña pero resultó complicado, así que caminé a lo ancho del festival, observando las esculturas, las fogatas, charlando con la banda que iba a analizar sus drogas para saber qué mierda consumían, observando las poses que hacían las chicas ante las cámaras aun cuando su ropa cara ya estaba mugrosa y enlodada, el maquillaje por fin se había corrido.

Hacia rato que la tiendita de fuera había cerrado pero seguí bebiendo chela esporádicamente. Situado en el Bunker desde horas atrás, convencido por el house que no paraba al igual que el viaje de gomita, espere a ver el amanecer al ritmo de Fred P el último acto de esta madrugada. Quienes no tenían camping esperaban junto a la fogata. Minutos después de aparecido el sol decidí regresar el campamento no sin antes averiguar si ya había alguien afuera que vendiera café.

César Palma Salvador

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