TODOS HABLAN DEL CARNAVAL, PERO NO COMO NOSOTROS

 

 

Por Adolfo Reséndiz
Foto: Pedro Zamacona

Tienes que estar allí para vivirlo como se debe. El Carnaval Bahidorá fue una locura; una fiesta en la que las almas se liberaban para vagar y sanar las heridas que la ciudad, el caos y las peripecias de la vida posmoderna producen. Un festival para bailar y desinhibirse; para disfrutar de un entorno paradisiaco como lo es el del parque acuático natural Las Estacas, y complacer a nuestras trompas de Eustaquio con los mejores ruidos del mexa y allende fronteras.

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Llegué a Bahidorá desde el viernes. Sí, desde el viernes. Al llegar a Las Estacas la organización del carnaval nos recibió (a mí, a parte del staff de esta revista y a una decena de medios más) con una fiesta amenizada por los DJs y productores españoles Cookin´ Soul —dúo conformado por Big Size y Zock—, quienes dieron muestra de su calidad y técnica en un recorrido de raps clásicos de todas partes del globo. La muestra de talento se extendió hasta pasadas las dos de la mañana.

Esa bienvenida, la fogata al centro de la aldea en la que nos hospedaron y el blunt que conectamos con unos tuitstars que conocimos en el camión, abrieron la caja de Pandora. Nos conectaron con el entorno, el ambiente y, sobre todo, con la idea de escuchar buenas y finas propuestas musicales. Mc Melodee, chica rapera que al otro día rifaría con los Cookin, se paseaba por allí, disfrutando los beats y charlando con los feligreses que ya estábamos colocados, mirando el fuego, interpretando la vida y observando al otro.

El sábado, desde muy temprano, la fauna bahidoriana ya nadaba en las aguas cristalinas del rio de Las Estacas; o bien hacía yoga, bronceaba sus pieles, se instalaba en las áreas de camping, cruzaba tirolesas, paseaba o deambulaba por el vasto terreno en busca de algún conocido o un buen lugar para la primera foto del día. Al ver a la muchedumbre aterrizando con sus mochilas y casas de campaña fue imposible no pensar en el Avándaro, aquel mítico festival de rock de 1971, cuya energía sirvió de pretexto al gobierno para prohibir los eventos masivos de música.

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Las cosas se iban colocando en su lugar y todo estaba listo para que el escenario principal fuera electrizado y sirviera para su noble fin. El primer acto lo encabezaron los chilenos de MKRNI —se pronuncia “makaroni”—, trio chileno de electro pop que conecta muy chido con el público gracias a la dulce voz de su vocalista, Elisita Punto, y al extremado cuidado que ponen para ecualizar sus instrumentos. Su música recuerda por momentos a los teclados de Depeche Mode y a todas esas bandas que con tan sólo pisar sus teclas nos hacen volar y querer besar a la chica de al lado.

Seguía el turno de la “Dutch Rap Queen” MC Melodee, una holandesa de larga y rizada cabellera, poseedora de una sonrisa, carisma y talento deslumbrantes. Ésta era la primera vez que La Melodía pisaba tierras mexas y, a juzgar por su actitud y por la conversación que tuvimos con ella, la pasó de maravilla. Los Cookin´ Soul sirvieron de preámbulo a sus rimas con un set de rap gordo y callejero, que movió los cuerpos que para este momento ya recibían un calor de horno crematorio. La participación de Melodee fue de alto nivel. No dejó de recorrer el escenario y no descansó hasta poner a todos en el mood con un recorrido por su disco My Tape Deck, placa que coquetea con el funk y las pistas cremosas que nos remiten al sonido de la costa oeste gabacha.

Mc Melodee

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De un momento a otro el rap pasó a segundo plano. Había llegado al escenario principal otra reina, pero esta vez de la cumbia aderezada con otros ruidos: La Yegros, argentina que también pisaba México por primera vez. En corto saltó al escenario para hacer hervir la sangre al ritmo de rolas como “Viene de mí” y “Trocitos de madera”, que evocan su pasión y simpatía por sonidos como la cumbia colombiana, el carnavalito argentino, la cumbia villera y el chamamé (materia prima de las barras argentinas). En una palabra, su presentación fue Dinamita.

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Caída la tarde y con ella las primeras víctimas del carnaval, subió al escenario Hollie Cook, hija del baterista de los Sex Pistols, Paul Cook. Esta morra trae una vibra muy cabrona; agrupó a un chingo de personas. De hecho, me atrevería a decir que con su tropical pop reggae dub llenó tres cuartas partes del escenario principal que ya ardía en una mezcla de sudor, alcohol y marihuana. ¡Qué show! La capacidad musical de Cook y su banda son infinitas y lo demostraron.

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No sé si era el LSD que me daba las primeras patadas en el cerebro o realmente la presentación de Kindness —proyecto del inglés Adam Bainbridge— me dejó pasmado. Esta banda fue otro de los grandes ensambles que ofreció el line up del carnaval. El poder de este acto residió, sin duda, en la tremenda personalidad del melenudo Adam, quien se enfunda en trajes de diseñador y canta acompañado de coristas y saxofón. La intervención de Kindness tuvo una coreografía organizada por Puma, que aprovecho para presumir el renacimiento de su tecnología noventera Trinomic. Tenis para salir a correr o simplemente pasarla como campeón.

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Caía la noche, también más personas, y llegaba el turno de Dam Funk, californiano que se ha pasado los últimos años reivindicando estilos musicales como el boogie, el soul y el electro-funk, para crear melodías galácticas como “Hood Pass Intact” y “I Don’t Wanna Be A Star!”. Dam fue el encargado de encaminar la noche hacía el éxtasis total con su gran capacidad para hacer bailar. Estilo suave y old school pocas veces visto.

Para la hora que salió a tocar De La Soul ya había bastantes zombis con sonrisas eternas y pupilas dilatadas. Almas en pena en busca de tabacos o en el mejor de los casos tachas; pero eso es sólo contexto. De La Soul fue una explosión; un agujero negro que nos transportó a todos al universo de la fiesta, el rap y los mensajes positivos; un momento histórico para los festivales musicales de México; el reconocimiento del hip hop y el rap como cultura universal, masiva. Primero salió Maseo —el DJ gordito y buen pedo del trio proveniente de Nueva York— a calar el pedo y probar al ingeniero de audio de una manera voraz. Y una vez que encontró el sonido ideal llamó a sus emeces secuaces Dave y Posdnuos para apoderarse de todo el puto carnaval.

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El show de De La Soul fue una maravilla, oh sí, un momento mágico que no debía terminar. Salté como un maldito canguro por alrededor de una hora mientras la triada hacía lo suyo en los micros  y la torna. Cada uno es un showman hecho y derecho; saben a la perfección cómo domar al respetable y en qué momento dejarlo libre para sortear su locura. Y no es para menos: esta agrupación tiene poco más de 25 años tocando juntos. ¿Dónde estabas hace 25 años? ¿Dónde?

De La Soul cerró su explosiva presentación con las clásicas “The Magic Number” y “Feel Good Inc.”, una colabo bien cabrona que hicieron con Gorillaz en 2005 (sí, ellos son las voces roncas y duras que escuchas cada vez que pones esa rola), no sin antes recetarse la obra maestra “Me, Myself And I” y dar una revisada a su larga trayectoria.

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Después de ese épico acto seguía Star Slinger. Les hablaría de su presentación pero la neta es que ni la vi. El LSD da calor y preferí caminar unos cuantos metros entre afroditas y mamados para refrescarme en una piscina y jugar dentro de una bola inflable parecida a las bolas para hámsters. Otro pedo…

Ya refrescado y con nuevos bríos tocaba el turno de ver a uno de los mejores DJs mexicanos del momento: Iñigo Vontier (haters absténganse, es mi opinión), mejor conocido como Salón Acapulco. Estos batos no son sólo un acto más que aspira a fusionar la música electrónica con los ritmos latinos y lo instrumental, sino que realmente la llevan a otro nivel. Tienen un trompetista que más bien parece encantador de cobras, y una energía que no les permiten quedarse estáticos. Iñigo sabe su deal y muy bien. Además de eso armaron una serie de visuales que iban desde paisajes ácidos hasta la reflexión social. En cierto momento proyectaron imágenes que evocaban a los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotizinapa, desaparecidos la noche del 26 de septiembre de 2014 en Iguala. Un gran gesto que desafortunadamente (y duele decirlo) pasó desapercibido por la mayoría de los bahidorianos… ¿Dónde quedó esa solidaridad?

Regresando a lo musical la verdad es que el Salón Acapulco rifó y muy cabrón. Terminé envuelto en sudor por tanto bailar.

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Una veinte pe eme: La madrugada del domingo nos abrazaba con ternura. Todo trascurría de maravilla. Las damas se agrupaban en clanes de más de seis o siete para cuidarse y loquear rico, y los caballeros hacían filas interminables para ir al baño o comprar chupe. Y fue justo en ese momento cuando comenzaba otro de los más macizos actos de Bahidorá.

Modeselektor aparecía en el escenario y junto a ellos una ola de talento y atmósfera de rave. El dúo alemán tocó por alrededor de una hora y media como si el mundo se fuera a acabar, como si fuera la última noche del mundo y se celebrara por ello, como la fiesta de Matrix Reloaded. Bajos desenfrenados y alta calidad sonora que reavivaron todo. También jugaron con visuales que trasportaban la psique a lugares lejanos y sombríos sin caer en la paranoia.

En el cartel seguían más bandas que tocarían hasta las 4:00 am, así que decidí ir a dar otro rondín con mi pandilla para ver la devastación que el Bahidorá, cual ciclón, había dejado. Sólo podía ver gente muy feliz, mujeres de infarto, glamur, mamados, camaradería, fogatas y comida. Pasé un rato platicando con amigos hasta rosar las seis. Luego me fui a dormir agotado pero complacido por lo experimentado.

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Desperté al filo de las 10 am. Casi ni dormí. Tal vez era el ácido que aún se paseaba por mi cabeza. Tenía toda la intención de seguir los actos finales en el escenario Asoleadero (pequeña islita de fiesta por la que el sábado ya habían desfilado Ratbot, Lemont Mint, los Frikstailers y Uproot Andy) pero una de mis compas propuso salir de Las Estacas y caminar hasta el poblado más cercano para comer cecina e invertir nuestro dinero restante en un lugar lejos de las chelas de 95 varos.

Desde afuera, Las Estacas se ve diferente, parece que de natural ya no le queda tanto, o al menos eso me hizo pensar la gran muralla de concreto que custodia sus cristalinas aguas. ¿Por qué el río de afuera es verde y sucio? Salimos por la entrada principal, rodeamos por el balneario Santa Isabel y caminamos por la carretera Yautepec-Jojutla hasta la entrada de proveedores del parque. Ahí se concentraba una oferta gastronómica en fondas y tienditas; un ambiente de barrio pueblerino ajeno al pedo que estaba pasando adentro. Las caguamas desfilaron por nuestra mesa luego de unas buenas quesadillas y huaraches. Regresamos al Bahidorá borrachos y alegres.

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Al final el carnaval prometió y cumplió. Lejos de todos los clichés, la verdad es que es un festival diferente que sabe fusionar distintos géneros en una locación irresistible; además, todos lo saben: tiene a las chicas más guapas, a los personajes más estridentes y la bacanal apocalíptica más pesada, parida por una madre hippie y un padre rave.

Nos vemos el siguiente año.

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