El pachuco desaparece, pero en los años ochenta se presentan los cholos, jóvenes de origen mexicano que viven en Ciudad Juárez y Tijuana, a los dos lados de la frontera con Estados Unidos. Se reconoce una continuidad étnica entre los pachucos y los cholos. Brenan Ibarra

Por Pedro Zamacona

Fotos: Cortesía de Héctor Banda

Su cabeza rapada resalta entre la multitud. Tiene el rostro cubierto de bigote y viste con un estilo inconfundible: el de un cholo. Son las once la mañana frente al Palacio de Bellas Artes en la Ciudad de México. Es Héctor Banda (1975), fotógrafo con más de veinte años de experiencia, oriundo de Mexicali, Baja California. Es fácil reconocerlo. En el centro del DF no es muy común ver a algún homie, a menos que se viva en la periferia.

Nos dirigimos a la calle  Filomeno Mata, al Salón Sol, para platicar sobre la fotografía de “El Pelón”, nombre con el que firma algunos de sus trabajos. En particular vamos a charlar sobre su serie Barrio Frontera, proyecto documental sobre los cholos de Mexicali, que en marzo de 2015 fue presentado en La Galería de la Ciudad de aquella ciudad. En Barrio Frontera prima una estética particular, en la que lo “rudo” se mezcla con lo humano.

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Con su serie —producto de  cuatro años de trabajo— Héctor busca desmitificar la figura del cholo como un delincuente; mostrarlo lejos de la violencia de las pandillas. Fotografías, retratos, en las que vemos a padres de familia y profesionistas que también practican el lowrider (modificación autos clásicos) y se identifican con la simbología del cholismo, subcultura urbana que nació a finales de los sesenta en Los Ángeles, California.

Con veinte años de carrera, Héctor comenzó a recibir reconocimiento hace cinco años, gracias al apoyo de fotógrafos como Pedro Valtierra, de la agencia y revista Cuartoscuro, y a la difusión de su trabajo en revistas latinoamericanas y europeas. Además de hacer fotografía documental, ha realizado fotografía de moda, de publicidad y periodística.

—Héctor, ¿cómo te acercaste a la fotografía?

—Desde muy pequeño he sido muy sensible al arte. Comencé con el dibujo y la pintura. En la primaria y en la secundaria era el clásico morro que dibujaba en vez de hacer las tareas. En la adolescencia me dio por hacer pintura con acuarelas, prismacolor, etcétera. Cuando tenía 20 años un amigo me prestó su cámara. Fue la primera tomé en mis manos. Me enamoré de esa cámara; descubrí mi vocación. Mi amigo me la prestó por dos días y se la regresé después de un mes. Ahí comenzó.

Estoy en el proceso de crecer como fotógrafo. En Mexicali soy uno de los más reconocidos por las oportunidades que me han dado. Lo digo sin ningún tipo de presunción, pero con la convicción de que defiendo mi trabajo y lo amo. Siempre estoy produciendo fotografía, así empieza mi tarea y mi labor.

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CHOLOS + FASHION

En trabajos recientes sobre la cultura de lo cholo, como la serie fotográfica Mi vida loca de Federico Gama y La vida loca, filme de Christian Poveda (asesinado en 2009, mientras filmaba su documental en El Salvador), se percibe, además de una similitud de códigos entre maras y cholos, la vida intensa: pistolas, tatuajes, miradas penetrantes y amenazantes. La evocación del vandalismo. Sin embargo, la fotografía de Banda da un giro sobre esa mirada. En Barrio Frontera toma ese “submundo” para colocarlo en su lente como si se tratara de un catálogo fashion. En cierta forma, sus imágenes retoman la iconografía de las fotos publicitarias o de moda, con el fin de acercarnos a la cotidianeidad de los cholos.

Son los otros, pero al final somos iguales, parece decir su trabajo.

—¿Cómo concebiste Barrio Frontera?

—Me formé en la frontera norte de México. En los barrios populares de Baja California, donde viví rodeado de esta “tribu urbana”: gente tatuada, rapada, con los pantalones grandes. Pero no vi a ese “cholo delincuente”, tengo una visión diferente, porque a quien veía era a los amigos de mi hermano, al vecino que ayudaba a los demás, y a jóvenes que tenían un comportamiento diferente que nunca relacioné con la violencia, ni con las pandillas. Fue así como, en 2010, comencé Barrio Frontera, con la intención de dignificar al cholo, lejos de las pandillas, de la violencia y de la discriminación.

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“Cuando doy conferencias, más que hablar del contexto del cholo hablo de la no discriminación; de cómo llevarnos en armonía siendo diferentes. Los jóvenes que me acompañan dan su testimonio de vida. El fin es dignificarlos y dar un reconocimiento a las ganas que tienen para salir adelante.”

Si bien es cierto que existen prejuicios hacia los cholos, basados en el sector que delinque y ha estado en la cárcel, también es verdad  que entre ellos hay gente que ni siquiera ha pisado la cárcel: padres de familia, madres, estudiantes, tatuadores, músicos, personas que tienen un modo de vida responsable. A través de sus imágenes, Barrio Frontera, pretende ser un homenaje para ellos. El proyecto está fue conformado por 40 personas de las cuales  sólo cuatro han pisado la cárcel, por ejemplo.

—¿Conoces a la gente que retrataste en tu serie?

—Sí. Primero tenía que saber quiénes eran, que fueran personas responsables, para que ingresaran al proyecto.

—¿Percibes una diferencia en cómo se ve al cholo en Mexicali y en el Distrito Federal?

—En Mexicali es mucho más aceptado porque forman parte de la cultura de la frontera. Esto debido al ir y venir de los migrantes; a las deportaciones. Aquí, en la Ciudad de México, existe una mayor discriminación por la apariencia. Yo no me considero un cholo, lo mío es moda. Yo no me formé en las calles, pero sí soy de barrio.

—Para los cholos, como para los 89 millones de católicos en México (cifra que va en descenso según los datos), la religión es un elemento importante. Una de tus fotografías recrea “La última cena”. ¿Cómo  surge la idea de realizar esta foto?

—El trabajo de Gastón Saldaña me fascina. Él tiene una “Última cena” con personas de bajos recursos. A partir de esa fotografía se me ocurrió hacer una en el contexto del cholismo. (Quien se ve como Cristo es un maestro de la Universidad, Carlos Rosales, quien me apoyo con el proyecto.) Lo quise hacer también porque trata el tema del catolicismo. Es muy importante: el cholo es muy católico y la imagen de la Virgen de Guadalupe es un icono inquebrantable porque tiene que ver con la cuestión maternal. El amor a la madre es el máximo para ellos, así como el Sagrado Corazón y la imagen de Cristo. Imágenes que, en su mayoría, plasman en su piel.

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“Esta fotografía fue juzgada por un gran sector: `Por qué metes delincuentes si es una falta de respeto usar la imagen de Cristo para burlarte´. ¡No señores, yo no me burlo¡ Yo armo este contexto con una imagen de Jesucristo. ¿Por qué los cholos no pueden ser amados por Dios, o por Jesús, o por cualquier símbolo de la religión que tengan? Son jóvenes que tienen una manera diferente de expresarse y los quise poner con el Cristo en el que ellos creen.”

MÉXICO DORMIDO

 

—Háblanos de esa fotografía en la que posas con una cámara, con la boca tapada, ensangrentado y con una bandera de México. ¿De qué va ese proyecto?

—Es parte de una serie que está en proceso. Se llama México dormido. Consta de 20 fotografías que nos hablan de la inseguridad que vive México; de la violencia y de las injusticias; de narcotráfico, homofobia, explotación laboral infantil, violencia doméstica, la mujer contra la mujer, el abuso contra los derechos indígenas y las personas con capacidades diferentes.

“Para esta serie busco a personas que están inmersas en esas problemáticas. Tengo la intención de hacer una campaña en Mexicali contra la violencia y discriminación que vivimos. En la actualidad, el contexto político está muy cabrón. Como lo que paso con los estudiantes normalistas de Ayotzinapa, que fueron desaparecidos en 2014.

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—¿Cómo percibes el movimiento fotográfico en Mexicali?

—Creo que no tiene que ver tanto con la geografía. Obviamente, al hablar del DF estás pensando en un monstruo de propuestas, de grandes maestros como Valtierra, Saldaña, Francisco Mata Rosas, Pedro Meyer, gente muy reconocida que se ha gestado en la Ciudad de México. En ese sentido no tiene punto de comparación con Mexicali, que es una ciudad pequeña. Creo que en cada pueblo, en cada cada ciudad donde hay una persona que proponga en fotografía, va a haber algo importante que contar. Mexicali tiene propuestas muy cabrónas de jóvenes que vienen pegando fuerte, con la digitalización es mucho más fácil para ellos la producción fotográfica.

—¿Y en ese entorno qué temas se abordan mayormente?

El tema urbano, paisajismo por nuestro contexto desértico, fotoperiodismo arriesgado. Hay un joven, Leopoldo Tercero Díaz Gutiérrez, que está haciendo fotografía muy chingona sobre las adicciones. Va a la calle, busca y platica con ellos. Creo que es el único fotógrafo que ha hecho una foto tan riesgosa allá.

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—Estás inmerso en el mundo de la frontera. En ese sentido: ¿cuáles son tus gustos musicales?

—Tengo un artista favorito que se llama Alberto Cortez, pero soy muy diverso en cuanto a la música que escucho. Me gustan los talentos locales, como la gente de San Diego, Tijuana, Cartel de Santa, la música regional y la música de banda como todo norteño. No obstante, detesto al movimiento alterado; aborrezco ese tipo de música que enaltece al delincuente y al narco. Pero me gusta la música norteña. Hay buena música que no cae en ese tipo de estupideces, como Ramón Ayala, los Cadetes de Nuevo León, Los Cadetes de Linares. De otra época.

***

Después de la charla nos dirigimos al hotel donde se hospeda Héctor, en la calle de Allende. El lobby es sencillo, pero con magia: sillones antiguos de color rojo, papel tapiz que combina con las vestiduras, y un pequeño elevador color dorado que parece máquina del tiempo.  Espero sentado mientras Héctor sube por unas impresiones que sacó en la calle de Donceles. Regresa con un gran cilindro de cartón con algunas de sus fotografías. Extrae una de “La última cena”, le da vuelta y escribe: “Con afecto para Pedro Zamacona, gracias por compartir la misma sensibilidad de la imagen”.

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Editor Yaconic

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