Por Scarlett Lindero Cortes / @ayapocosi

Fotos: Daniel Geyne

Soy Bernardo Esquinca, escritor de narrativa de terror. En mis textos mezclo cuento, novela y literatura policiaca con terror y fantasía. Me gusta la mezcla de géneros. Y siempre he tenido predilección por lo oscuro. Antes que eso soy papá de Pía y esposo de Talía. Nunca me paro a la orilla de un andén del Metro porque siento que alguien me va aventar. No paso debajo de una escalera. Y no dejo que nadie me pase la sal en la mesa.

“Esquinca va de la nota roja al terror sobrenatural, de Stephen King a JG Ballard, y de David Cronenberg a David Lynch. Influencias que por momentos podrían parecer obvias pero que en realidad son homenaje al maestro y guiño cómplice para el lector, y que en ningún momento estorban”, ha dicho el escritor mexicano Rodolfo JM.

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Esquinca (Guadalajara, 1972) inició en la novela con Belleza roja (FCE, 2005). Continuó en 2009 con Los escritores invisibles (FCE). Un año antes comenzó una trilogía de cuentos con Los niños de paja (Almadía), que se completaría con Demonia y Mar Negro (Almadía, 2012, 2014). En este continuo es que Bernardo ha trazado una serie de novelas policiacas —la saga Casasola— que tiene por protagonista al reportero de nota roja Eugenio Casasola, quien habla en sueños con los muertos y escribe entre fantasmas.

La octava plaga (Zeta, 2011) fue el debut de Casasola. A éste le siguió Toda la sangre (Almadía, 2013). Este año se ha publicado la tercera entrega, Carne de ataúd (Almadía), que retrata la historia de Francisco Guerrero Pérez “El Chalequero”, el primer asesino serial en la Ciudad de México. “Lo principal de la novela es la trama. Y de ésta el asesino, que existió. También ‘El Cuchillero’, un zapatero que asesinaba prostitutas ancianas en el rumbo de Peralvillo, en el Río Consulado, que ahora es una calle”, dice Bernardo.

En Carne de ataúd conviven el crimen, la corrupción y la violencia que se encarnó durante las primeras décadas del siglo XX en la Ciudad de México —y que sería a la postre uno de sus periodos más sangrientos—. La ciudad, hay que remarcalo, es uno de los protagonistas principales de la saga Casasola. Carne de ataúd se ambienta durante el mandato de Porfirio Díaz, “El Dictador”, “El Déspota”. Casasola se obsesiona en la búsqueda de ese nuevo asesino que ha llevado a la población a la psicosis y la desesperación.

En Carne de ataúd Casasola es, además de reportero, amante de Murcia, una prostituta que El Chalequero ha matado. Una médium, Madame Guillot, lo ayuda a comunicarse con su espíritu, y lo lleva a conocer los secretos del más-allá. Le pregunto a Bernardo si él también escribe entre fantasmas. Quiero conocer más a fondo sus supersticiones y manías…

Has dicho que Casasola es tu álter ego.

No sé si pudiera escribir un personaje protagónico en más de una saga que no se me parezca. Me ayuda en la verosimilitud. Tampoco es que sea un retrato fiel, hay mucho de ficción, pero sí, Casasola se parece a mí: como él, fui reportero, soy romántico y no sé mucho de pesquisas policiales. Me interesaba todo eso para darle mayor fluidez al personaje.

Además, no deja de ser una especie de confesión velada. En Casasola reflejo mis manías y mis obsesiones. Me viene bien que el personaje de esta saga se me parezca porque entonces puedo hablar de primera mano. Los gustos de Casasola son los míos, eso me ayuda. Y es algo que no me propuse, sino que se fue dando. Gente que me conoce y ha leído la saga me dice “eres tú, eres muy transparente.”

¿Por qué te inclinaste hacía el terror?

Se dio de manera natural. Crecí muy influenciado por las películas de terror de los ochenta, las slasher movies: Viernes 13, Halloween, Pesadilla en la calle del infierno, la Dimensión Desconocida y el cine de Alfred Hitchcock. Así me formé y aunque no me lo propuse, siempre he tenido predilección por lo oscuro, por lo siniestro. Cuando me vine de Guadalajara a la Ciudad de México, hace 13 años, me empezaron a pedir cuentos, y cuando me di cuenta estaba formando un volumen de terror. Me sentí muy cómodo en esa narrativa. La asumí y me seguí por esa línea.

En la mayoría de tus textos la Ciudad de México aparece como escenario principal…

carne-de-ataud-bernardo-esquincaCuando vivía en Guadalajara no había nombre en las ciudades de mis relatos. Una vez que llegué acá y entré al Museo Nacional de Arte me volví un centrícola. Empecé a ir mucho al Centro Histórico, a meterme al Metro. Conocí a mi esposa, que trabajaba y vivía en el Centro, y ese fue un influjo muy importante. Me parece ideal para el tipo de literatura que hago, relacionada siempre con lo siniestro. El Centro es algo ni mandado a hacer para mis historias sobrenaturales. Con todas las capas de historia, sus recovecos y sus callejones. Además, sus personajes son muy peculiares.

El Centro es un palimpsesto: capas y capas de historia. Y ante eso no me pude resistir. El Centro se convirtió en el protagonista principal de mis historias. No solo por el influjo, sino porque en verdad me interesa utilizar ese escenario. No como referencia, sino como protagonista. Me parece que el Centro está vivo, siempre me está contando historias. Viví allí mucho tiempo, ahora vivo cerca y camino por ahí. Veo cosas y tengo la necesidad de contarlas. La ciudad, siento, siempre me está contando alguna historia.

¿Cómo fue la investigación sobre el espiritismo en el proceso de escritura de Carne de ataúd?

La parte del espiritismo es solo un segmento, pero muy importante. Quise hacer un ajuste de cuentas; es decir, continuar con esta obsesión por el Centro, pero hacía el pasado. Porque a finales del siglo XIX y principios del XX, en el Porfiriato, creció la ciudad de mis abuelos, de mis bisabuelos. Pero yo no la viví, no obstante, de pequeño oí muchas historias  sobre la época. La casa de mi abuela materna sigue aquí, en Santa María La Ribera.

Quise, primero, contarme cómo era la ciudad de mis antepasados; descubrirla y explorarla. Era mi obsesión. Me metí al Archivo Nacional, vi muchos periódicos de la época, leí muchos libros de cronistas, gente que hizo memorias. Es un periodo muy estudiado, afortunadamente hay mucho material. Entonces batallé, tuve que elegir. Para hacer una novela histórica como la que hice, que tiene mucho trabajo de imaginación, de ficción, no quise la afectara tanta investigación. Fue un equilibrio, tenía que crear un escenario verosímil, con soltura, para mis personajes.

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¿Consideras que Carne de ataúd hace una lectura política?

No era la intención original. Quería plasmar lo mejor posible el espíritu de la época, y parte de ésta fue la represión brutal que hizo Porfirio Díaz contra sus opositores, entre ellos la prensa. Destaco esa parte porque la saga Casasola tiene mucho que ver con la nota roja y con el periodismo. Casasola y su abuelo son reporteros de nota roja.

Sin embargo, algunos lectores me han dicho que ven una lectura política en el libro. Dicen que lo que narro tiene que ver con lo que ocurre actualmente. Y me parece interesante porque la novela habla de feminicidios, asesinatos, represión a la prensa, corrupción, crimen y violencia, es decir, cosas que cien años después siguen muy presentes en el país. Por otro lado no me parece extraño, porque toda revisión del pasado implica un ajuste de cuentas con el presente. Entonces, aunque no me lo propuse, me agrada que haya una lectura por ese lado.

¿Alguna vez cubriste nota roja en tu andar como reportero?

No. Para mí eso también es parte de la función de la literatura: venganzas, ajustes de cuentas. Yo no fui reportero de nota roja, pero me hubiera encantado serlo. Casasola tiene muchas cosas de mí que me hubiera encantado cumplir. Fui reportero de cultura, deportes, como Casasola lo fue antes de ser defrenestrado a la nota roja. Lo descubrimos juntos: lo descubre él, como personaje, y lo descubro yo como creador de ese personaje. También eso es paralelo. Para él la nota roja es una extrañeza porque no conoce sus mecanismos, los va conociendo. Y yo junto con él.

¿Cómo ha sido tu acercamiento a la nota roja?

La nota roja ha sido uno de mis gustos desde antes de escribir la saga. He sido lector asiduo de periódicos como La Prensa, El Gráfico y El Metro, que son los que circulan en el país y están consagrados. Ya no los leo tanto porque sí te meten en un mood denso, pero un tiempo también fui lector de materiales, de libros, sobre la nota roja. Hay varios estudios, entre ellos Los mil y un velorios de Carlos Monsiváis. Consulté mucho material para la saga. Te diría que la trama que la une es esta reflexión sobre la nota roja. Para la investigación de esta novela tuve acceso a materiales que estudian el tema en la época, porque la nota roja nace en el Porfiriato.

Para un lector que no ha leído la saga completa, ¿por qué leer Carne de ataúd?

Tendría que leerla porque se va a divertir; es una novela divertida. Me interesa hacer novelas que atrapen al lector. Tengo una prosa vertiginosa, es decir, te atrapa y no sueltas la novela hasta que acabas.

Ahora, si les interesa conocer parte del pasado de la Ciudad de México, en Carne de ataúd van a tener un retrato vivo de cómo era la ciudad durante el Porfiriato. Ésa era una de mis preocupaciones: retratar bien la época. Para ello, primero tenía que situarme a mí y luego a mis personajes. Hay una parte de descripción, de cómo era la ciudad, y creo que el lector puede trasladarse a ella con facilidad. Además, la novela es un thriller: hay misterio, sexo, violencia y la presencia de El Chalequero, el primer asesino serial registrado en la historia del país. Por otro lado está la historia de cómo nació la nota roja. Tiene muchos elementos para un lector interesado en la historia, en los elementos fantásticos. Es un cóctel para cualquiera.

¿Cómo conviven los personajes ficticios y no ficticios en tu novela?

Fue toda una labor. Por un lado, con los personajes históricos el trabajo ya casi está hecho, es decir, ya se sabe cómo fueron. Pero quería ponerlos en situaciones creadas por mí, entonces también hay una parte de mi cosecha. Los personajes ficticios son enteramente míos, los puse a dialogar en un mismo lugar. Como narrador, el reto es es situar no solo tu atmósfera y tu contexto, sino también a tus personajes. Hay que darles carnita, buenos diálogos. Es muy divertido. Disfruté mucho poner a Porfirio Díaz en una conversaciones ficticias con Aleister Crowley, el mago terrible. Ese tipo de juegos son los que me interesan. En esa época Crowley vino a México, pero no hay un documento que nos diga que se encontraron o que no se encontraron, entonces yo puedo jugar con eso.

¿Qué es lo que más me interesa de la historia? Además de reflejar ciertos hechos que sí ocurrieron, imaginar otros que pudieron haber ocurrido pero que no sabemos. Es la parte más interesante de haber escrito un libro como Carne de ataúd. Narro cosas que sí hizo El Chalequero, pero también otras que, siendo fiel al espíritu del personaje, pudo haber hecho. Siempre respetando el espíritu de la época, eso si no lo podía traicionar.

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¿Cómo ves el panorama de la literatura y editorial en México?

Creo que es un buen momento. Hay mucha gente escribiendo y publicando. Claro, el nivel cambia y es natural. Es un momento en el que hay un interés en el extranjero sobre lo que se escribe en México, pero al mismo tiempo no dejan de ser espacios cerrados. De pronto escuchas críticas, sobre todo de jóvenes, sobre la falta de espacios, de la apertura de puertas. En cuanto a las revistas, por ejemplo, muchas están muriendo, son tiempos difíciles para eso. Cada vez más se refugian en el espacio digital.

Por otro lado, no es un buen momento para el país por la violencia que se vive, ni en lo económico, ya lo sabemos. Y eso repercute en la cultura, en lo editorial, en los libros. Ahora, curiosamente, el nivel de lectura no ha bajado como en otros países. Es bajo, pero no ha disminuido. Esos lectores son constantes y no dejan que el mercado del libro se deprima. Conserva una salud extraña: no aumenta pero no disminuye, es estable. Somos un país de paradojas y esa es una de ellas. Por un lado veo a mucha gente publicando y por otro sí falta más apertura a escritores emergentes.

¿Qué opinión tienes del mundo de los escritores en México?

La lucha principal de todo creador es el ego. El ego desmedido del 99.9% de los escritores, sean famosos o desconocidos, me causa absoluta repulsión. Fue el motivo por el que salí de Twitter y de Facebook. No podía con eso. Es un presumidero de todos los creadores con sus grandes obras, sus grandes triunfos y sus grandes premios. Me da mucha flojera, la verdad. Además creo que el ego entorpece la creación. Yo lucho con mi propio ego, por supuesto, es una lucha de todo creador.

¿Cuál es tu ritual o ambiente cuando escribes?

Cambia la dinámica conforme a las épocas. Ahora no puedo hacer mayor ritual porque tengo muy poco tiempo. Me levanto a las 6 am y a las 8 mi hija se levanta, entonces hay que desayunar, vestirla y llevarla a la escuela. No tengo mucho tiempo para hacer un ritual como prender velas y un incienso, que de todos modos no haría [risas].

Me levanto, me echo un poco de agua en la cara y comienzo a escribir. Algo que siempre hago, porque soy un hombre de manías, supersticioso y de extrañas costumbres, es que no puedo ver la cantidad de páginas que llevo escritas. Me distrae, me obsesiona. Si ves mi computadora siempre hay un post-it pegado en la esquina inferior izquierda, donde está el contador de páginas. A veces mi esposa usa mi computadora y lo quita, entonces siempre tengo que asegurarme, antes de prender la computadora, que el post-it siga ahí. Más allá de eso procuro ser muy pragmático. Me levanto en pijama, prendo la computadora, tengo a mi lado los libros que necesito para el texto en cuestión. Nunca tomo notas, jamás. Es otra de mis supersticiones: cada que tomo una nota algo pasa y no se cristaliza. Y como muchas de las cosas que hago requieren investigación, subrayo los libros.

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¿Aficiones?

Soy muy cinéfilo. De hecho, una de las mayores influencias en mi vida es David Lynch, me gusta mucho la música. Disfruto siempre reunirme con amigos, beber una cerveza, comer rico y platicar.

¿Cantinas preferidas del Centro Histórico?

El Salón Corona, El Hórreo, La Dominica, El Salón España, El Salón Madrid, hay un montón. El Salón Gante, en fin, varias. Sobre todo me gustan las cantinas viejitas.

¿Último gran libro que leíste?

Ladrón de cadáveres, de Patricia Melo, y La ciudad que nos inventa, de Héctor de Mauleón.

¿Última película que viste?

The Lobster (2015), de Yorgos Lanthimos.

¿Lugar favorito?

La Lagunilla.

¿Proyecto actual?

Estoy escribiendo una nueva novela de la saga Casasola. La continuación de Carne de ataúd, que es un libro que ocurre en el presente pero también hace muchos viajes literales al pasado de la ciudad. Está yendo y viniendo. El prólogo retrata la escena de “La noche triste”, la búsqueda de libro maldito. Soy fiel a mis obsesiones.

¿Escritores favoritos?

Sin duda, mi favorito es James Graham Ballard. Luego estarían John Connolly y Rubem Fonseca.

¿Costumbres extrañas?

Nunca me paro a la orilla de un andén en el Metro porque siento que alguien me va aventar. No paso debajo de una escalera. En la mesa, no dejo que nadie me pase la sal. Soy supersticioso, de algún modo tenía que ser así porque no podía escribir de algo si no creo en ello. Para poder escribir de miedo, de terror, de supersticiones, tienes que creer en ello.

Editor Yaconic

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