Por Mario Castro / @LaloCura__

Imágenes: Centro de la Imagen

Han pasado casi 200 años desde que Joseph Nicéphore Niépce logró una placa de la vista de su ventana, luego de 14 horas de exposición continua. El fenómeno fotográfico surgió y casi de inmediato el término se popularizó. Niépce murió en la ruina, sin saber que había creado la fotografía: él simplemente jugaba a la alquimia con una cámara oscura.

En el siglo XIX la palabra “fotografía” fue acuñada por los escritores como sinónimo de “retrato de una situación, lugar, hecho o personaje”. En otras palabras, como una apreciación y reproducción de algo, real o irreal, observado directamente o mero fruto de la imaginación: “Fotografía del Valle de México”, “Fotografía de una noche parisina”, “Fotografía de un salón de opio” pudieron ser títulos de las crónicas que aparecían en los diarios de la época, frutos de la imaginación literaria de quien escribía.

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Bela Limenes / Enciclopedia de la mujer.

La XVII Bienal de Fotografía del Centro de la Imagen desató un argüende, con tintes de lavadero, que surgió a raíz de una columna del diario El Universal , en la que el autor se dijo extraviado en una casa del horror que mostraba pura basura. También mencionó el asco que le dio observar Linde, la pieza de Carlos Iván Hernández: una instalación en la que aparecen alambres de púas con pelos de vaca atorados. Declaró que ahí no observó imagen alguna. Además detalla que una bienal de fotografía está dedicada a eso, a la foto. Pero: ¿a qué se refiere con fotografía?

Si nos ponemos sesudos, imagen e imaginación provienen de la misma raíz: imago, que significa retrato, copia, representación. ¿Acaso una persona no recurre a la imaginación mientras se masturba, y visualiza lo que podríamos considerar como fotografías mentales? Decir que el pelo de vaca no es una imagen resulta absurdo, sobre todo si viene de alguien con el intelecto de Ulises Castellanos… digo, del autor de la columna mencionada.

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Carlos Iván Hernández Álvarez / Linde.

En la discusión —que se quedó en redes sociales— vi que muchos se rasgaban las vestiduras porque no veían imágenes bien expuestas, encuadradas y digeribles, como nos han acostumbrado el National Geographic y el World Press Photo. En la XVII Bienal de Fotografía del Centro de la Imagen también se toparon con videos e instalaciones; sin embargo, creo que continuar con ese discurso reafirmaría lugares comunes que hoy pueden considerarse básicamente… aburridos.

Pensar que la fotografía permanece inmutable en una época en la que la realidad virtual se encuentra en el celular, y las personas son atropelladas al perseguir demonios japoneses intangibles, raya en el ridículo.

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Bruno Bresani / FracturaMX.

CRÍTICA DE LO FOTOGRÁFICO

A un lado de la Bienal hay una muestra de fotografías que representan lo mexicano: la bandera, los vestidos y las manos arrugadas del campesino empobrecido. Clichés que el gremio fotográfico repite hasta la náusea y que, por consiguiente, esperan verlos en una Bienal de foto. No obstante, la selección se aleja mucho de este esquema.

Es cierto que algunas piezas no se entienden a primera vista, que tienen un discurso encriptado y que podrían tornarse socarronas e intelectualoides; pero también hay otras digeribles y cercanas a los modelos aceptados, mientras que algunas se valen de la viralización, en forma de memes o publicaciones de Instagram y Facebook. En este punto el título de la Bienal cobra sentido: Anacronismo de las imágenes: Documentos y recuperaciones.

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Mauricio Palos / La familia Hernández de Guerrero y Queens.

A estas alturas pensar en una sola línea curatorial de “lo fotográfico” sería mostrar lo empobrecido que se encuentra el panorama visual del país. En la actualidad se publican millones de fotos por minuto, miles de personas cargamos un artilugio fotográfico en la bolsa, le damos click a un botón y ¡listo!, una nueva selfie. Son innumerables las formas de hacer fotografía y, por supuesto, de percibirla.

Es probable, muy probable, que el juego curatorial sea responsable del argüende: estamos acostumbrados a observar imágenes impresas (digital o análogamente) y enmarcadas. La XVII Bienal apostó por una transformación del museo de foto y de la presentación de lo fotográfico: videoinstalaciones, cajas de duratrans que resguardan las piezas y les dotan de luminosidad; incluso hay una representación cartonera de un auditorio priista, no se trata de una fotografía, en la que Adela Goldbard exhibe una imagen (¿acaso no es el Centro de la Imagen?) que cualquiera de los visitantes puede capturar para el recuerdo mientras observa el video proyectado.

Mi compañera Sarai me recordó un pasaje de Susan Sontag en el que la autora apunta que la irrupción de las fotos ha llegado al punto de convertir todo en algo fotografiable, desde una ardilla citadina hasta una célula. Cada día es más común encontrarse a alguien en un museo tomándose una selfie, haciendo que una pintura, escultura, instalación o chaqueta mental montada se vuelva una experiencia registrada, una “memoria” que terminará sepultada bajo nuevas entradas del Instagram, como ocurría con los álbumes familiares que se guardaban en baúles empolvados.

En este grupo de piezas fotografiables sobresalen tres que, me parece, reflejan absolutamente la intención de la Bienal: una crítica estética y política agresiva (por política me refiero a las élites de la fotografía y sus formas de [re]presentación) que lleva a la reflexión sobre qué es la fotografía y lo fotográfico.

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Jota Izquierdo / Lory Money featuring…

Por un lado se encuentra una pared llena de memes de Lory Money, creada por Jota Izquierdo en colaboración con el mismo Lory, un outsider senegalés que vive en España. Lory es youtuber y gracias al rap y a su negritud ha ganado miles de seguidores; también vende piratería en las calles. Su historia refleja la migración, constata el poder de la imagen, de la fotografía y su aplicación para realizar fenómenos virales como el meme, a través de estereotipos que representan lo que no es verdad: un negro puede ser un hopper multimillonario aun cuando en el mundo real viva de la venta ilegal. Al igual que la foto, los videos de internet y las representaciones que albergan son hechos ficticios, creaciones que pueden perdurar y enaltecer una mentira… como Santa Claus. Quien la vea, la recordará más que aquellas “comunes” (sin afán de demeritar).

Días rojos, la pieza de Bruno Ruíz, provoca de dos maneras: refleja la situación de los chavos de la calle sin recurrir al retrato —utiliza un video en el que superpone grabaciones y fotografías que para nada resultan amables, ni bonitas— y violenta el lugar con una voz que se escucha en las salas contiguas, “¿A poco si muy vergas con su cámara, mijo?” Esto incita al visitante a asomarse para saber qué carajos es: un monolito de papel periódico con encabezados ligados que satirizan a la política y a la nota roja.

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Bruno Ruíz / Días Rojos.

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Bruno Ruíz / Días Rojos.

Un fanzine, con anotaciones y dibujos que realizó Bruno durante una sesión de tatuaje impartida a jóvenes en situación de calle, acompaña al monolito. Una de las páginas menciona algo que se entrelaza con mi postura sobre el discurso estético (y político) de la Bienal: la fotografía puede ser un secuestro de los grados de experiencia y apreciación que dan por resultado “juegos de entretenimiento de los sentidos”, juegos subyugados por una sociedad de clase de las imágenes, una élite imaginativa que recurre a los improperios y la vociferación cruda cuando se topan con un cambio en el paradigma de lo fotográfico, prestablecido e inamovible.

Después, aparece Daniela Bojórquez con Toda mirada tiene un punto ciego, una pieza que parte de una visita al David de Miguel Ángel, y que se compone por capturas de pantalla de usuarios de Instagram que realizaron la misma visita, una foto borrosa (e ilegal) de la escultura y una fotografía bien hecha de una réplica de cerámica; todas comparten un rasgo: el David no se aprecia en su esplendor, se vuelve un punto ciego que se ve pero no se puede capturar. La escultura del italiano se convierte en una cosa fotografiable, un documento turístico, una representación fotográfica (de la obra y de los espectadores) y una forma de representar la realidad.

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Daniela Bojórquez Vértiz / Toda mirada tiene un punto ciego

En un punto más “amable” nos encontramos obras como la de Isolina Peralta, una mujer centenaria (es en serio) que recurre al tópico de la memoria y su fragilidad a través de imágenes rescatadas de álbumes familiares. Se trata de una mirada de aficionado que, si nos pusiéramos rígidos tal como hacen algunos integrantes del gremio, no tendría por qué presentarse en esta exposición, pues la autora no cuenta con una trayectoria profesional.

En el caso de la obra de Rosy González, conformada por selfies y placas metálicas con conversaciones de WhatsApp, cabe una pregunta: ¿es legítimo que se presente en una Bienal que busca las mejores técnicas y temas de fotografía? Desde mi opinión es más que válido: la fotografía ha expandido sus horizontes y se ha democratizado desmesuradamente, la cuestión es que aún hay quienes no avistan un cambio en la representación a partir de las tan variados métodos que hoy podemos encontrarnos.

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Rosy González / El poder de lo indisoluble.

En otra cavilación, Sarai y yo llegamos a una interrogante más viva que nunca: ¿qué es lo fotográfico y cómo entenderlo?  La fotografía ha rebasado su papel de objeto para convertirse en un término que lo mismo define una selfie, que una captura de pantalla, pese a que ésta, estrictamente, no es una foto (como ocurría con las crónicas decimonónicas). ¿Será acaso que nos encontramos en una ruptura agresiva de la fotografía, en un punto de no retorno? Por otro lado, ¿quién se debe encargar por definir  una foto como buena o mala? ¿Es necesario distinguir una técnica depurada cuando la invasión de imágenes crece a niveles nunca vistos? y ¿por qué no girar la mirada a las nuevas técnicas y apropiaciones de las imágenes?

Si bien estas preguntas aún carecen de respuesta, me alegra que ocurran discusiones y críticas que reflejan que la foto ha dejado de ser un medio de expresión para dar lugar a la manifestación del medio mismo: la foto, o lo que se aprecia a través de ella, se puede valer de otros medios como el video y la instalación; o bien, de otras herramientas fotográficas nuevas o antiguas, para darle un giro a la forma de [re]presentación, sin demeritar la valiosa tradición que nos ha guiado a este punto. Ahora, y subiéndome al tren del argüende de lavadero, me resta preguntar a la comunidad ofendida por esta Bienal: “¿A poco si muy vergas con su cámara?”.

Acepto el riesgo de las mentadas de madre.

Editor Yaconic

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