Por Bartolomé Delmar / @bdelmarh

“La poesía —me dijo alguna vez un poeta laureado— es como dibujar un círculo sin nunca trazar su circunferencia. Como si dibujaras líneas azarosas alrededor de esa circunferencia, y el círculo quedara claro en cuanto figura, pero sin un solo trazo decidido hacia ese fin.”

La metáfora es muy bella y me ha acompañado siempre, a la hora de hablar tanto de la poesía como de la pintura. Su experiencia estética depende en gran parte de su propia definición: contemplar nuestra propia imposibilidad de definirla, y encontrar poesía en la mismas y torpes definiciones propias de lo que es la poesía.

Dibujar líneas que denotan un círculo, sin nunca trazarlo.

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Bob Dylan / Foto: Getty Images.

Hablamos, claro, de un enfoque completamente hedónico, sensorial, al fenómeno del arte. Uno alejado por completo de sus contextos políticos inmediatos, históricos, de esa postura analítica muy común en nuestros días que ha olvidado, por momentos, la sencillez de la contemplación. Difícil ya abordar el tema del arte sin asumir al objeto como un producto político. Difícil abordar el tema del arte como otra cosa que no sea el arte en sí mismo. “Politics is tiny”, dice Camille Paglia al hablar de la sexualidad humana. Y sí: a veces, la política lo es.

Entonces hablamos de poesía, de poesía en cuanto poesía, porque no puede hablarse de la poesía sin la pregunta de lo que es la poesía.

JA —pero es verdad.

Viene a cuento, sobre todo, porque al hablar de música y poesía hablamos, de alguna manera, de fenómenos contrarios, por más que durante tanto tiempo se hayan diseñado y pensado como iguales, y tenemos que tener en claro lo que uno y otro representan.

Porque la música, simple y llanamente, sucede. Diría alguno que es la máxima representación de la Voluntad, un acto inmaterial e inasible que nos llama como un magneto ineludible. Otro diría que es la expresión más pura, también, del no-lenguaje: la música impacta por su violenta e innegable separación de la palabra.

Es en este contexto en el que la poesía puede considerarse ser un fenómeno contrario. De una manera muy elemental, trata con la palabra como materia prima. Y son muchos los poetas, muchísimos, los que han utilizado la poesía como un territorio casi-narrativo, en el que la reflexión racional toma el lugar de la expresión emocional, la Voluntad pura.

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Escribe Bob Dylan:

“If you’re traveling in the north country fair

Where the winds hit heavy on the borderline

Remember me to one who lives there

For she was once a true love of mine”.

Los versos, sencillos y desprovistos de toda técnica literaria, dan cuenta de un hombre que dejó a su amor norteño, a quien extraña. La música, melódica y armónicamente, es extraordinariamente conmovedora. Estamos lejos del territorio de la poesía por el simple hecho de que la pregunta de lo que es la poesía no aparece. La imagen es idéntica a la palabra: la circunferencia de este círculo está claramente dibujada.

En cambio, escibe Antony Hegarty:

“I’m gonna be born

Into soon the sky”

Nos encontramos aquí con una imagen pura. Intraducible, como toda imagen pura, pero perfectamente incisiva: sabemos lo que Hegarty quiere decirnos, aunque no podamos explicarlo con exactitud. Las palabras, a la hora de acompañarse de la música, no se esclarecen; de hecho, resultan infinitamente más enigmáticas. La música y la poesía se convierten en un acertijo, penetrable acaso, pero casi infinito en sus posibilidades. Hablar de lo que Hegarty habla, en voz y sonido, es dirigirse, inevitablemente, a la pregunta de lo que es, de lo que no es y de lo que puede ser lo dicho. Es, pues, la experiencia poética en nuestra acepción original.

Lo anterior no quiere justificar a un autor particular como poeta y a otro como un simple escritor de canciones. Dylan tiene momentos de verdadera poesía, así como Hegarty los tiene de un simple trovador.

Más bien, plantea la realidad de que la poesía no es un regalo dado por sentado ante cualquier sugerencia rítmica o de acomodo silábico. Busca dejar en claro que un trovador no es un poeta en el sentido Moderno del término —el vivir la poesía, pues, como una pregunta de sí misma.

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¿Dylan alguna vez se enfrenta al “problema” de la poesía? Difícilmente. En sus propias palabras, él simplemente “toma lo que está en el aire y lo convierte en canción”. Es decir, se define a sí mismo como un cronista, quizá sublimado por algunas herramientas poéticas a su disposición, pero nunca como un convencido. Hegarty, en cambio, al tratar de alcanzar lo inasible por medio de la palabra, busca encontrarse con la esencia aquella de la Voluntad.

Rimbaud hablaba de cómo buscaba “desarreglar” los sentidos para llegar a un estado de consciencia necesario para escribir poesía. Neil Young, hablando de cuando se sienta a tocar la guitarra, dice que buscar estar “in the zone”. En ambos casos, son ejercicios preparatorios para encontrarse, o tratar de encontrarse, en ese vacío sensorial que es la experiencia estética. Lo inasible, pero también lo inarrable.

¿Ahí se encuentra Dylan cuando, en uno de sus versos más celebrados, habla de un Presidente de los Estados Unidos vulnerable ante su propia desnudez? La imagen es extraordinaria, digna de todo aplauso, pero no es una que se ajuste, necesariamente, al fenómeno poético. Es producto, como ningún otro, de la racionalidad, de la palabra.

En este contexto se enmarca la gran, gran mayoría del trabajo de Dylan. En el puesto de un observador simpático (y no se usa la palabra a la ligera) de su cotidianidad. De ahí que su recién nombramiento se sienta al menos extraño para algunos.

Ahora, no todo en su cuerpo de obra “sufre” de estas características. En una de sus piezas más legendarias, Dylan alcanza, sí, el “designio divino” de la inmaterialidad y la poesía, aun cuando alguna de sus partes hagan referencia directa a sus realidades históricas. Logra hacernos vibrar, por dentro, aun cuando no sepamos, bien a bien, por qué dice lo que dice, cuándo lo dice, a quién lo dice. Es, cronológicamente, el primer momento en el que Dylan alcanzó la poesía, y uno de los últimos.

Dice así:

“Oh, where have you been, my blue-eyed son?

And where have you been my darling young one?

I’ve stumbled on the side of twelve misty mountains

I’ve walked and I’ve crawled on six crooked highways

I’ve stepped in the middle of seven sad forests

I’ve been out in front of a dozen dead oceans

I’ve been ten thousand miles in the mouth of a graveyard

And it’s a hard rain’s a-gonna fall.

Oh, what did you see, my blue eyed son?

And what did you see, my darling young one?

I saw a newborn baby with wild wolves all around it

I saw a highway of diamonds with nobody on it

I saw a black branch with blood that kept drippin’

I saw a room full of men with their hammers a-bleedin’

I saw a white ladder all covered with water

I saw ten thousand talkers whose tongues were all broken

I saw guns and sharp swords in the hands of young children

And it’s a hard rain’s a-gonna fall.

And what did you hear, my blue-eyed son?

And what did you hear, my darling young one?

I heard the sound of a thunder that roared out a warnin’

I heard the roar of a wave that could drown the whole world

I heard one hundred drummers whose hands were a-blazin’

I heard ten thousand whisperin’ and nobody listenin’

I heard one person starve, I heard many people laughin’

Heard the song of a poet who died in the gutter

Heard the sound of a clown who cried in the alley

And it’s a hard rain’s a-gonna fall.

Oh, what did you meet my blue-eyed son ?

Who did you meet, my darling young one?

I met a young child beside a dead pony

I met a white man who walked a black dog

I met a young woman whose body was burning

I met a young girl, she gave me a rainbow

I met one man who was wounded in love

I met another man who was wounded in hatred

And it’s a hard rain’s a-gonna fall.

And what’ll you do now, my blue-eyed son?

And what’ll you do now my darling young one?

I’m a-goin’ back out ‘fore the rain starts a-fallin’

I’ll walk to the depths of the deepest black forest

Where the people are a many and their hands are all empty

Where the pellets of poison are flooding their waters

Where the home in the valley meets the damp dirty prison

And the executioner’s face is always well hidden

Where hunger is ugly, where souls are forgotten

Where black is the color, where none is the number

And I’ll tell and speak it and think it and breathe it

And reflect from the mountain so all souls can see it

And I’ll stand on the ocean until I start sinkin’

But I’ll know my song well before I start singing

It’s a hard rain’s a-gonna fall.”

Aquí, a la mitad de la lluvia, es cuando nada queda claro. Y todo sí.

Editor Yaconic

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