Por Frank Báez / @revistapingpong

Los fans de Bob Dylan dicen que después de ver a Bob Dylan en concierto tu vida inmediatamente cambia. Dicen que te apareces en el siguiente concierto, en el que sigue y que sin darte cuenta estás siguiendo a Bob Dylan en caravana por todas las ciudades. Los fans de Bob Dylan van a los conciertos con libretas donde apuntan los cambios que éste hace de las letras de sus canciones, llevan estadísticas de los temas que toca y apuestan sobre cuáles va a tocar en los conciertos. Los fans de Bob Dylan van desde motoristas llenos de tatuajes a lolitas de high school y de doctores honoris causa a chicanos con anillos de calaveras en los dedos. Los fans de Bob Dylan se toman todo en serio y si hablas alto durante el concierto son capaces de estrangularte o arrojarte desde los palcos a la platea.

Vi a Bob Dylan dos veces en el Auditorium Theater de Chicago. Me acuerdo de la segunda vez en que haciendo fila para ingresar al teatro, se aproximó uno de los encargados de seguridad y recordó que estaba prohibido entrar cámaras, ya que en el concierto anterior alguien le había tomado una foto a Bob Dylan y éste dejó al instante de tocar y se marchó dejando a toda la multitud confundida. A mí eso me resultó ridículo, pero los fans de Bob Dylan advirtieron que si alguien tomaba fotos se lo iban a rifar.

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Compré la taquilla para el primer concierto el día de mi cumpleaños. Quería hacerme un buen regalo de cumpleaños. Cuando me enteré que Bob Dylan tocaría en Chicago supe que ése sería un regalo perfecto para celebrar mis veintisiete. Procuré conseguir un buen asiento y terminé pagando por la taquilla un dineral que no me podía dar el lujo de gastar. Sin embargo, estaría sentado a ocho filas de Bob Dylan, lo que significaba que podría hacer contacto visual con él. Para no ir sólo, intenté convencer a varias gringas a que me acompañaran, pero se negaron.

—Estás loco —replicaban—. Eso está desfasado. Mis abuelos se enamoraron con canciones de Bob Dylan.

El día del concierto llegué con dos horas de antelación al Auditorium Theater de la Congress. Suponía que habría una larga fila, pero cuando llegué no había nadie y la caseta donde vendían las taquillas estaba cerrada. Así que di una vuelta por el Loop y cuando volví ya había un grupo nutrido de fans de Bob Dylan alineados en una fila y un par de hippies desgreñadas que alzaban un cartel donde suplicaban que les regalaran entradas.

Al igual que todos saqué mi taquilla, la apreté con orgullo y esperé a que la fila fuera avanzando. Cuando entré al teatro diseñado por Adler y Sullivan, apenas había un puñado de fans. No obstante, poco a poco se fue llenando. Para cuando empezó a tocar Amos Lee —un cantautor joven que anteriormente le abrió los conciertos europeos a Norah Jones— había un público considerable. Le siguieron Merle Haggard y The Strangers. Cuando supe que Merle Haggard era un cantante country, casi me deprimo. Fue entonces que comencé a entender la reticencia de las gringas de la universidad que oían exclusivamente hip hop y bandas indies. A mi lado había una pareja de gays: un moreno y un rubio. Este último se puso a explicarme quién era Merle Haggard. Comentó que cuarenta años atrás era imposible que Bob Dylan y Merle Haggard tocaran en el mismo escenario.

—¿Por qué? —le pregunté.

—Ah, es que Bob Dylan le había dado la espalda a la música folk por el rock and roll. Es como si de la izquierda se hubiese pasado a la derecha.

A la quinta canción, Merle se puso a hacer un poco de stand up comedy. Hizo críticas al gobierno de Bush. Explicó que estaba escribiendo una canción con Bob Dylan acerca de la marihuana y Martha Stewart, los dos peligros, según dijo de manera irónica, más grandes de los Estados Unidos.

Dont pay atention to Bush… Pay atention to Bob Dylan —dijo, y el público se puso a silbar y a aplaudir tan fuerte que los músicos aprovecharon para arrancar con los primeros acordes de “We dont smoke marijuana in Missouri”. En la banda había músicos octogenarios que yo rezaba para que no les diera un ataque cardíaco y suspendieran el concierto. Merle parecía estar ciego como Stevie Wonder por la manera en que se tropezaba por el escenario y por las gafas de sol que usaba.

—¿Es ciego? —le pregunté al rubio.

—No, seguro está borracho —me respondió.

Luego de la última canción, Merle salió del escenario tomado del brazo de una de las coristas que aparentaba ser su mujer. Hicieron una nueva pausa. A los diez minutos, salió el presentador de un lado del telón, diciendo que lo próximo era Bob Dylan y el público se fue abajo, arrojando sombreros y golpeando con los zapatos y las botas el entarimado: gente de todas partes, de todas condiciones, de todas las edades, fans de verdad que han comprado todos los discos y que se saben las trescientas y tantas canciones de memoria.

—¿Es tu primera vez? —me preguntó el moreno.

—Sí.

—Yo he asistido como a cincuenta conciertos —dijo mirando hacia el escenario, al igual que todos los que estaban en el auditorio—. Pero recuerdo mi primer concierto que fue en Los Ángeles en 1974. Dylan tocaba con The Band.

De ahí emprendió a hablar de los conciertos: el perfomance maravilloso que hizo junto a The Band; lo divino que estuvo cuando tocó junto a Joan Báez, T-Bone Burnett y otros más; los altibajos cuando lo hizo con Grateful Dead; y lo mediocre que estaba cuando lo hizo junto a Tom Petty. Le comenté que había leído una reseña donde el crítico consideraba que lo mejor que Dylan podía hacer tras este tour era retirarse.

They don’t dig Dylan —dijo el moreno enfadado.

Fuck them —soltó el rubio.

Y yo repetí fuck them justo cuando las luces se apagaron y el presentador volvió a salir de debajo del telón y los corazones de cada uno en la audiencia se detuvieron. Primero hizo una breve introducción del poeta oriundo de Duluth para terminar diciendo:

Ladies and Gentleman, Mister BOB DYLAN.

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La música de una canción que no reconocía empezó a sonar mientras el telón se alzaba mostrando a Bob Dylan, encorvado, tocando el teclado con un sombrero negro y un traje negro, y el resto de la banda, quienes también llevaban sus respectivos sombreros y atuendos negros.

—¿Qué canción es? —le grité al rubio.

—”Maggie’s Farm” —respondió éste.

—Es un guiño a Merle Haggard —añadió el moreno.

Y yo imaginé a Merle Haggard bailando la canción con la corista rubia en el camerino con el mismo ímpetu con que lo hacía una pareja de cuarentonas dos filas más allá, un muchacho con sombrero y casi toda la platea. De repente se les unió a los músicos una hermosa violinista con un vestido ajustado y el pelo negro y los zapatos de tacón negro con lazos que le subían hasta las rodillas, que se fue desplazando por el escenario, hasta que Bob Dylan, casi al final del tema, dejó el teclado y tomó la harmónica, y todos los ojos se volvieron de la violinista a Bob Dylan que tocaba como un jorobado por el escenario, procurando que el sombrero no se le cayera, tambaleándose como lo ha hecho en los últimos cuarenta años. Al finalizar, Bob Dylan se acercó al micrófono, dio las gracias y los aplausos tronaron. Prosiguió “Senor (tales of Yankee Powers)”. Después tocó “Just Like a Woman”. En un principio, el público intentaba corear el famoso estribillo, pero Dylan y la banda alargaron un poco más el compás como para joderlos. Tocó “Desolation Row” donde refiere una pelea entre T. S. Eliot y Ezra Pound. Tocó “Mississippi” donde canta que uno siempre puede volver, pero no completamente. Tocó “Honest With Me” en donde llega a decir que su mujer tiene la cara de un teddy bear y que lo espera a que llegue con un bate en la mano. Tocó “Summer Days” donde explica que es posible revivir el pasado. Tocó “Twedle dee and Twedle dee dum”, que hace referencia a los personajes de A través del espejo de Lewis Carroll y que en el fondo es una diatriba contra Bush padre y Bush hijo. De pronto el escenario se oscureció y se iluminó con unas tenues luces azules que pasaron por el escenario como sombras chinescas. Sombras de amores pasados, pensé cuando sonaron los acordes de “Moonlight”. Siguió con “Cold Irons Bound”. En la parte donde Bob Dylan canta “Well the winds in Chicago have torn me to shreds“, el público la vitoreó. Prosiguió con una canción de Blonde on Blonde: “Most likely you go your way and I go mine”.

Entonces sonó el intro de “Like a Rolling Stone”. Todo el público se puso de pie como si se tratase de un himno. La pareja de gays a mi lado se pararon emocionados. Un viejito de aparentemente ochenta y tantos años se paró con un bastón. A medida que Bob Dylan cantaba con su voz ronca, pensaba en la vida que yo hacía en Chicago estudiando algo que no me interesaba, en las discusiones con mi ex novia sobre quién era mejor entre Dylan Thomas y Bob Dylan, en las gringas que he tratado de conquistar, en las que me han rechazado, en las que me llevé a la cama, en las cartas de Anne Sexton que saqué de la biblioteca, en el email que me envió un amigo donde al final decía que una amiga escritora se arrojó por el balcón de una de esas torres residenciales que han levantado en Santo Domingo, y entonces se me empezaron a salir las lágrimas cada vez que voceaba “how does it feel?“, porque era tan hermoso oír a todos cantarla a coro: al viejo de ochenta y tantos años, a la pareja de gays, a los jóvenes, a toda la platea, a los de los palcos, todos coreando junto a Bob Dylan, quien, a pesar de la emoción de todo el mundo, tenía una carota que daba a entender que le molestaba que lo acompañaran en el coro.

Ya se iban. Se alineó toda la banda detrás de Bob Dylan, quien permaneció impávido ante las luces, los aplausos y los silbidos. Salieron. A pesar de esto, el público permaneció ahí, aplaudiendo: no paraban de aplaudir, nadie se marchaba, aún no, por lo que se incrementaron los aplausos, de modo que lo alcanzaran en los camerinos hacia donde de seguro avanzaba Bob Dylan junto a los músicos. Aparentemente, los aplausos le llegaron, debido a que retornaron al escenario y tocaron dos piezas más: “Every grain of sand” y “All along the watchtower”. Esta última, en una versión más similar a la de Jimi Hendrix que a la original del disco John Wesley Harding. El público se puso de pie de nuevo. En esta ocasión, estaban sonrientes y satisfechos. Bob Dylan permaneció en el centro del escenario y de pronto sentí que fijó la mirada en mí que le aplaudía de pie como un loco desde la octava fila. La ilusión se rompió cuando se separaron y salieron del escenario rumbo a los camerinos. Luego de despedirme de la pareja de gays, salí al lobby y de ahí a la helada calle. Ya en la intemperie caminaba en busca de una estación de metro y no sé por qué, pero me dieron nuevamente ganas de llorar. Pero esta vez me aguanté como un hombrecito.


Frank Báez (Santo Domingo, 1978) es escritor, poeta y editor. Esta crónica fue publicada originalmente en la revista Ping Pong, y posteriormente recopilada en Antología de crónica latinoamericana actual (Alfaguara, 2012). La publicamos con el permiso del autor.

Editor Yaconic

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