Por Wenceslao Bruciaga / @wencesbgay

El 10 de diciembre de 1957, Albert Camus leyó uno de los discursos más emocionantes y conmovedores en la historia de los premio Nobel.

Dijo Camus: “Todo hombre, y con mayor razón todo artista, desea que se reconozca lo que es o quiere ser… El artista se forja en ese perpetuo ir y venir de sí mismo hacia los demás, equidistante entre la belleza, sin la cual no puede vivir, y la comunidad, de la cual no puede desprenderse. Por eso, los verdaderos artistas no desdeñan nada; se obligan a comprender en vez de juzgar. Y si han de tomar partido en este mundo, sólo puede ser por una sociedad en la que, según la gran frase de Nietzsche, no ha de reinar el juez sino el creador, sea trabajador o intelectual. Por lo mismo el papel de escritor es inseparable de difíciles deberes. Por definición no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren…”

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Seis años después, la Columbia Records lanzaría The Freewheelin´Bob Dylan, aquel disco con la portada de Bob Dylan con una chamarra beige y Suze Rotolo, su novia de aquel entonces, enganchada a su brazo, acurrucándose del frío de una calle del Greenwich Village de Nueva York. El álbum, producido por John Henry Hammond II, incluía trece canciones que hacían justicia a la definición de Camus sobre el artista y el deber del escritor; trece melodías cuyas letras, poéticas y expresivas, contaban la otra versión de la historia, la oprimida, culera, en la que la necesidad, en su sentido más amplio y rabioso, infectaba hasta eso que los oprimidos podían denominar como cultura. Dylan cantaba sobre ellos, no para ellos; se ponía a su servicio, ofreciéndoles una entidad de inclusión, mediante su arte que era sencillo, guitarra y letras. Y una armónica, que Dylan siempre ha tocado con una sensibilidad suicida que al menos yo no puedo escuchar sin llorar. Es el día que “Girl from the north country” me tumba a la lona.

La carrera de Dylan comenzó dinamitando, con sencillez y autismo nasal, la verticalidad de la sociedad estadounidense. Ese sistema que insiste en construir peldaños tan altos como los rascacielos de Manhattan, e instaurar la cultura en uno de ellos para unos cuantos privilegiados convencidos que al arte no es para todos y, aún más importante: no debe romper sus parámetros naturales. Heredero bastardo y solitario de la tradición poética de la generación beat que se dispuso a recitar poemas desde la marginalidad, con tambores de fondo.

Fue más sencillo quedarse al ras de la tierra y cantar sobre lo que ahí ocurría. Resultó que abajo siempre son más. Quizá por eso la narrativa de Dylan se propagó como pólvora. Era poesía. Solo que con acordes folk en lugar de hojas impresas y encuadernadas entre dos pastas duras. En 1963 aún se podían respirar las cenizas de la Segunda Guerra Mundial; escuchar sobre anhelos, entre escombros y desamparo, tenía más peso que cualquier reflexión estructurada desde la alta cultura. Las letras de Dylan eran la poética respuesta en un momento en el que las dudas no daban chance de escapatoria. Acaso los sueños de revolución nunca fueron tan austeros y monumentales al mismo tiempo. Y bellos. Sus canciones fueron la encarnación de la dignidad humana y su cultura popular.

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Cierto, después vendría el Highway 61 Revisited, con el primer surco que daba entrada al órgano de “Like a Rolling Stone“, el incidente de la guitarra eléctrica de Mike Bloomfield abucheada por un público entregado a la religiosidad folk el 25 de julio de 1965. Dylan dejaría de ser el campirano revolucionario, para convertirse en un espécimen rockstar rodeado de reflectores y lujos y auténticas evoluciones musicales que influirían los desdoblamientos del rock. El hipismo se apoderaría de sus canciones para adherirlos a su movimiento hipócrita de flores, paz, amor insufrible y promiscuidad santurrona; pero los cimentos de Dylan eran la hecatombe de las zonas de confort y eso nadie podría ni podrá quitárselo.

“Para recobrar mi paz interior me ha sido necesario ponerme de acuerdo con un destino demasiado generoso..” decía Camus en 1957.

Dylan es ante todo generoso. Sus canciones han sido parte fundamental en la búsqueda de su propio destino de miles de personas. Una palmada en la espalda que siempre está cuando lo necesitas: “Cuántos destinos no se han perdido por culpa de Dylan, cuántos caminos no fueron encontrados, cuántas vidas no fueron iluminadas. Nada alcanza a describir el fenómeno. El inabarcable Dylan”, escribió Carlos Velázquez.

Soy fan intravenoso. No suelo decirlo porque es uno de esos placeres extraordinarios y algo secretos. Dylan es solo para mi soledad. Su sentido de protesta desterrada me acompañó en una de las semanas más asfixiantes; me salvó la vida cuando parecía que iba a tirar la toalla. Y volví a escucharlo como quien necesita insulina para sobrevivir después de enterarse de un punto sin retorno. Siempre le estaré agradecido por eso.

Y su destino es el de la celebración que implica la búsqueda de uno mismo y la disidencia poética, la del rompimiento de los esquemas que ofrecen enclenques purismos. Purismos que a veces solo son subterfugios fascistas para evitar comprender y en cambio juzgar como deporte olímpico.

Photo of Bob DYLAN

Dylan rompió el conformismo social en 1963 y quebró el molde de las letras en 2016 con su premio Nobel de Literatura. Deconstruyendo el paradigma de los libros como único formato para las palabras.

¿Dylan es un escritor?

Para Camus, “…después de expresar la nobleza del oficio de escribir, querría yo situar al escritor en su verdadero lugar, sin otros títulos que los que comparte con sus compañeros, de lucha, vulnerable pero tenaz, injusto pero apasionado de justicia, realizando su obra sin vergüenza ni orgullo, a la vista de todos; atento siempre al dolor y a la belleza; consagrado en fin, a sacar de su ser complejo las creaciones que intenta levantar, obstinadamente, entre el movimiento destructor de la historia. ¿Quién, después de eso, podrá esperar que él presente soluciones ya hechas, y bellas lecciones de moral?”

Los detractores de Dylan no solo esperan soluciones ya hechas, sino libros ya hechos, impresos, lecciones de moral y literatura a las que aspirar. El anuncio irritó a muchos convencidos de que la poesía no es tal si se escribe sobre notas musicales. Si las palabras flotan entre guitarras y armónicas pierden valor, se trivializan, se vuelven parte del sistema de entretenimiento cuando firmas un contrato con una disquera y no con una casa editorial.

Si las bellas artes quiebran su molde de origen –envase del elitismo– se devalúan, según los detractores del Nobel de Dylan, entre ellos muchos nombres que se ven a sí mismos como escritores, verdaderos artistas de las letras, pero que a diferencia de la idea de Camus, no se obligan a entender a Dylan: en cambio lo juzgan severos. Si no está en un libro, no cuenta como literatura. Punto. Aunque el mensaje de un puñado de canciones, rurales y simples, fueran de los cerillos que prendieron fuego a los movimientos sociales de la segunda mitad del siglo XX.

Editor Yaconic

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