Por Daniel Herrera / @puratolvanera

En su libro Teleshakespeare (2011), Jorge Carrión afirma que las series de la tercera época dorada de la televisión, sobre todo las tres más importantes, The Wire, Breaking Bad y The Sopranos, si no son reelaboraciones de las obras de Shakespeare, por lo menos podemos encontrar, allá atrás, al fondo, pixeleada, la imagen del Bardo.

Sin contradecir tal afirmación, pienso que también existe otra tradición televisiva que se alimenta de autores más contemporáneos. Ésta aparece con cierta claridad en los sitcoms y, con paso lento, ha alcanzado las series. Esos programas se han alimentado de distintos autores estadunidenses, sobre todo de los tres principales dramaturgos de la tradición literaria norteamericana: Tennessee Williams, Arthur Miller y Eugene O’Neill.

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Todo comenzó con Seinfeld. A pesar de su sentido del humor, la serie se alimenta de las situaciones cotidianas y patéticas de la vida diaria. Seinfeld no es una comedia sobre nada. En realidad, es una comedia sobre el narcisismo, la paranoia, la misantropía, la soberbia, la autodestrucción, el egoísmo y lo poco que vale todo en esta vida. Todo lo anterior en lugares pequeños y claustrofóbicos. Cuando los personajes principales van a la calle es para que el mundo les escupa en la cara. Nadie los quiere, nadie los necesita, solo se tienen ellos mismos y ni siquiera eso funciona.

Esto continuó con Curb Your Enthusiasm. Larry David odia a casi todos; es misógino, racista, gandalla y cobarde. Además, y a pesar de que tiene una buena vida, se queja de todo. Aquí no hay risas grabadas, el humor está ahí, flotando, pero en realidad parece que presenciamos un drama. Solo porque David utiliza una catchphrase o frase recurrente y otros elementos propios de la comedia, entendemos que no, que en realidad deberíamos reírnos. La influencia del teatro realista estadunidense es bastante obvia.

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Hay otras series que siguen la misma senda. Algunas un poco menos pesimistas, como Arrested Development o It’s Always Sunny in Philadelphia, que se mueven en un ambiente menos oscuro y más cercano a una verdadera camaradería. Otras terribles, depresivas y extrañas, como Horace and Pete o Wilfred. Esta última una rara historia en la que un hombre con serios problemas emocionales puede platicar, discutir, pelear y fumar mariguana con el perro de su vecina. El humor está ahí, pero no es la típica serie superficial llena de clichés como Friends, aquí se brinca del humor ácido al negro y al drama sin mediar aviso. Wilfred se ubica entre el cine independiente y las series de Ricky Gervais, pero es más profundo y descorazonador que el comediante inglés.

El último producto televisivo que sigue este camino es BoJack Horseman.

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Es probable que ya muchos lo conozcan. BoJack Horseman es una serie animada ubicada en un universo en el que animales humanizados conviven con personas. La historia gira alrededor de la vida de BoJack, un caballo actor que fue famoso en los noventa gracias a que participaba en Horsin’ Around, un típico sitcom gringo.

BoJack es una estrella apagada. Vive del pasado y desde que se canceló su serie se ha dedicado a autodestruirse y a dañar a quienes lo rodean. Creo que después de esto puedo evadir enumerar a los otros personajes que giran a su alrededor. Solo diré que cada uno es fundamental para el viaje de autoconocimiento y miseria que vive el antihéroe.

La vida de BoJack no fue sencilla: padres abusivos, adictos y maltratos constantes. Una sensación de fracaso en cada decisión que toma lo lleva a cerrarse frente a los demás, mientras se regodea en autoconmiseración que dirige hacia los más cercanos convertida en desprecio y rencor.

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BoJack Horseman no es una comedia, pero tampoco un drama. Tiene exactas cantidades de desdicha combinadas con humor, muchas referencias al arte, brincos temporales y arcos narrativos bien establecidos en cada uno de sus personajes. No hay risas grabadas, el espectador no sabe si ríe porque acaba de suceder un gag o porque está incómodo. El final de cada capítulo obliga a ver el siguiente. Es, en otras palabras, la mejor serie animada en la que aparece un caballo como protagonista.

Me parece importante decirlo: basta de encontrarle referencias a The Simpson, Family Guy y American Dad.

El humor es muy distinto. Con la familia amarilla de Springfield nunca existe incomodidad al reírse. Su gracia es más tradicional y mueve a la carcajada fácilmente. Las otras dos series creadas por Seth MacFarlane, a pesar de que fueron interesantes en su momento, se encuentran en otro carril. Son más escatológicas, cínicas y no incluyen problemas emocionales o existenciales en sus personajes. Su humor escandaliza a las buenas conciencias, pero se agota pronto. De ahí que es fácil entender que BoJack Horseman está más cerca de Mad Men que de Familiy Guy. Pero algunos críticos son necios y no ven más allá de lo obvio.

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BoJack Horseman cuenta una historia específica en cada uno de sus personajes. No se trata de los gags, se trata de acompañar a todos los integrantes en esa vida horrible que han elegido. Excepto Mr. Peanutbutter, él la pasa bien casi todo el tiempo.

La serie puede entenderse con tres grandes momentos a lo largo de las tres temporadas que se pueden ver por Netflix. La segunda sigue siendo la más intensa y poderosa, pero la primera y la tercera no desmerecen.

Decía, entonces, que podemos encontrar tres grandes momentos:

El primero sucede en el penúltimo capítulo de la primera temporada, llamado “Downer Ending”. Al final, un muy deprimido BoJack encara en público a Diane Nguyen, la escritora fantasma o negra, como le decimos acá, que ha escrito su biografía. Se planta frente a ella en público, para preguntarle si considera que él es un buen tipo. La pregunta destroza hasta al más rudo. Hemos visto a BoJack utilizar todas las tretas posibles para manipular a quienes están a su alrededor y consumir tanto alcohol y drogas que matarían a varios escritores malditos mexicanos; pero, a pesar de todo, terminamos de su lado porque sospechamos que sí, que, en el fondo, BoJack Horseman es un buen tipo.

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Otro momento es el final de la segunda temporada, el capítulo “Out of Sea”. En el anterior vimos al protagonista hundirse en su propia repugnancia cuando estuvo a punto de llevarse a la cama a la hija adolescente de una de sus mejores amigas. Quedamos asqueados por lo bajo que puede caer. Pero al final de “Out of Sea” vemos a un BoJack comprendiendo que la vida va cuesta arriba, pero necesita perseverancia. Duele al principio, pero uno se acostumbra. Todo en una escena: nuestro caballo decide ponerse en forma y prueba con salir a trotar. El dolor físico, por supuesto, es insoportable. Todos los que somos sedentarios lo sabemos. Termina derrotado y acostado en el pasto. Entonces, el corredor anciano que aparece siempre al principio de cada capítulo trotando afuera de la casa de BoJack, se acerca para decirle que será complicado, todo es difícil, pero cada día es más fácil, el asunto es intentarlo todos los días. Nunca había llorado tanto con una serie animada. Estoy seguro que si vuelvo a ver ese capítulo terminaré avergonzado y moqueando hasta la camisa.

El tercer momento es el capítulo “That’stoomuch, man!”, en el que, junto a Sarah Lynn, su coestrella en Horsin’ Around, BoJack hace un viaje de drogas y arrepentimiento por varios días.

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Sé que el capítulo sin diálogos bajo el agua —“Fish Out Of Water”— es el favorito de muchos. Estoy de acuerdo en cuanto a lo sorprendente y bien escrito que es ese fragmento de la vida de BoJack; pero, al final, no es fundamental para la transformación del personaje. En cambio, “That’stoomuch, man!” sí lo es. Todo es diferente a partir de ese momento. BoJack, por primera vez, ha recibido un verdadero golpe. Tanto estuvo probando el límite, doblándolo lo más que pudo, que lo ha roto. El personaje recurre a la única persona que no lo juzga, que no lo censura como todos los demás y termina arruinando todo con ella también.

Aquí podemos ver la gran diferencia con otros sitcoms, aunque BoJack sabe que fue el culpable de una acción más que mezquina, no se derrumba, solo sigue luchando contra sí mismo.

Quizá por eso el espectador no puede parar. En el fondo, todos queremos ser así de amorales, pero no nos atrevemos. No soportaríamos las consecuencias como lo hace BoJack, el equino miserable inmune.

Editor Yaconic

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