Por María Fernanda Muñoz / @Maf_mrz

Fotos: Mishel Ceballos

Dieron las tres de la tarde y después de unas horas de espera entré a la Expo Reforma, donde se realizaba la Expo Sexo y Erotismo 2015: tres pisos destinados a sex shops, productoras pornográficas, edecanes, modelos, pornstars, comida y entretenimiento. Un mesero me dio una insistente bienvenida: me podía traer una chela por 70 pesos. Y caminé entre pasillos con vibradores, lubricantes, artículos de broma eróticos, bolis para congelar en forma de pitos, dulcería, condones baratos, disfraces, látigos, muñecos inflables (que incluso tenían pelo en el pecho) y vibradores, muchos vibradores de colores y texturas variopintas.

Era viernes 17 de julio (la Expo se realizaría hasta el domingo 18) y me encontraba en uno de los escaparates del entretenimiento en temas sexuales y eróticos más grandes de América Latina. La primera edición de la Expo Sexo y Erotismo se anunció para 2014, luego de que un año antes Fernando Deira, productor de cine porno y empresario, coorganizó la Expo SexMex en el Centro de Convenciones Tlatelolco, que tuvo como antecedente la realización desde 2004 de la Expo Sexo y Entretenimiento en el Palacio de los Deportes; no obstante, la Expo Sexo y Erotismo inició con algunos tropiezos debido a las quejas levantadas por las autoridades, y se canceló debido a una acusación de parte de la fiscalía encargada de combatir la trata de personas. De acuerdo con la autoridad, el exhibicionismo pagado de la Expo recaía en la modalidad del delito de trata de personas, por lo cual los organizadores decidieron cancelarlo y no pisar la ciudad por el temor a ser encarcelados. El acto fue calificado como “moralino” por Deira. Finalmente, la primera Expo Sexo y Erotismo se realizó a finales de 2014.

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Llegó el 2015, la Expo se organizó y yo me encontraba en los pasillos con lencería que dejaba mucho que desear, la calidad de las telas era baja, supongo que por su uso desechable. La mayoría de las prendas estaban diseñadas para chicas que trabajan en el negocio del entretenimiento. Los atuendos se diferenciaban con nombres como “Joan” o “Mariah” y estaban decorados con encajes y cintas, algunos incluso traían un bolsillo para guardar los billetes ganados o un condón pegado al frente. Para hombres se vendían tangas levanta pompis y algunos artículos de broma; los típicos de animales. Los precios de éstos iban de los 170 a los 250 pesos.

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Star Cat vestía un traje cortito de enfermera y llevaba su lacio cabello negro a dos colitas; contenta, repartía flyers en su stand. Recién comenzó su propia productora porno y además hace shows en vivo. Sus ojos brillaban al contar su historia: “Siempre fue un sueño; veía películas porno y me preguntaba: ¿por qué no puedo ser ella? Me encanta, mi parte favorita de trabajar en esto es que me escriban cartitas a mano” (O sea: que se masturben pensando en ella). Según Star Cat ser actriz porno tiene lo suyo. Hay que ser bueno al seguir instrucciones, tener mucha actitud, concentración y saber comportarse frente a las cámaras.

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En el piso siguiente una chica vendía su desnudez a 50 pesos la foto y además podías tocarla. Los hombres a su alrededor grababan y fotografiaban con todo el zoom posible y la mano bien estirada. Uno de ellos le pasó una tanga y después de que la chica jugueteó con la prenda se la regresó. La mirada placentera que mostró el chico, después de olerla, interrumpió por un momento su labor fotográfica. Otro hombre le roló una tanga también, la chica permaneció más tiempo jugueteando con ella. Al percatarse de ello, el primer sujeto se sintió timado: “¡A la mía no le hiciste así!”. Fue ignorado y se conformó con su tanga efímeramente usada.

Cuando salió de la multitud de hombres al filo del stand me acerqué a él.

—¿Has venido antes a la Expo?, le pregunté.

—Es la tercera vez. La verdad no está tan cachondón como otras veces. En las anteriores había sexo en vivo. No sé si vaya a haber en ésta, pero en las otras desde que entrabas le estaban dando bien duro.

Me inmiscuí en su intimidad y no pude evitar preguntarle si la tanga lo prendería más tarde: “De hecho yo quería dársela pero ella me dijo que la tomara. Ahorita no tengo novia, por eso se la iba a dar pero me la regresó. Puede que me prenda pero es sólo una tanga, no soy tan voyerista.”

Pero la verdad es que aunque no lo seas, la Expo Sexo te convierte en uno. Vas por los pasillos entre curiosidad y morbo. ¿Hasta dónde podrá llegar ese sujeto? ¿Cuánto enseñarán esas chicas? ¿Qué tanto permitirán tocar? ¿Qué está pasando por allá?

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La pornografía ha estado presente en la literatura, el cine, la fotografía, la escultura y la pintura, y en general en la vida del hombre, desde hace siglos. El término, aunque de origen griego, se usó por primera vez en Francia en 1800. Las Venus paleolíticas —estatuillas de mujeres con atributos sexuales exagerados— son consideradas por algunos como las primeras representaciones eróticas de la mujer; el significado de estas milenarias obras de arte aun no se aclara: hay diversas teorías y la más aceptada es que son representaciones de la fertilidad. Por su parte, el cristianismo llevó el tema tabú, y no fue fue hasta la revolución sexual de los años 60 que se retomaron estos temas con mayor apertura. En India al sexo se le da relevancia mística; incluso el país cuenta con templos que datan del periodo 900-1500 d.C., decorados con figuras de dioses y humanos teniendo sexo; y con  Kamasutra, el libro sobre la enseñanza del deseo.

Como vemos, la historia del sexo en la cultura es vieja pero la pornografía como la conocemos apareció tras la invención de la fotografía a finales del siglo XIX. En 1959 se rodó El inmoral Sr. Teas, del director Russ Meyer, primera película con desnudos femeninos. Más tarde, clásicos como Garganta profunda, de Gerard Damiano, llegaron a las pantallas. El encanto de los cines porno se vivió por unos años hasta que llegó la reproducción masiva de los vídeos y el porno se volvió un ritual hogareño.

Actualmente, la pornografía mueve grandes cantidades de dinero a nivel mundial. Es uno de los mayores negocios en el orbe con ganancias anuales de 97 billones de dólares, aproximadamente, y casi la mitad de los usuarios de internet consume porno. En los buscadores es uno de los tópicos más buscados y cada segundo hay 30 mil personas pegadas a la pantalla viendo chichis, vaginas y penes. En este contexto muchos han creado sus propios negocios con una simple webcam. México se cuela en los primeros 10 lugares de consumo de porno a nivel mundial (segundo si se toma en cuenta el ver porno desde la oficina).

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Llegó la hora del show de Little Red Bunny, la webcamer más famosa de la plataforma virtual Jasmin, considerada también como “La reina de las webcams”. Bunny era la estrella principal de la Expo Sexo, y Jasmin la marca importante. Debido a dificultades técnicas la presentación tardó un rato en comenzar; mientras tanto las edecanes —unas mujeres rubias de distintas edades— lanzaban cajitas con pastillas, labiales y playeras pegaditas para las mujeres del público.

Little Red Bunny traía unos tacones rojos con una flor negra en la punta, un baby doll rojo carmín satinado y unas medias negras transparentes; su piel blanca embonaba perfecto con los tonos rojos de su outfit. Le dio un trago a una licorera y continuó arreglando los detalles para comenzar la transmisión. En las pantallas se podía ver el chat que mantenía con varios usuarios. Comenzó su rutina y de una música electro pasó a un suave bossa nova.

Mientras Red Bunny se contorsionaba en los asientos lounge frente a su laptop y saludaba a la cámara, en la pantalla se veían mensajes como “Saca la lengua si puedes leerme”, “Dile a las otras chicas que se unan”, “¿Red Bunny, te consideras feminista?”, “¿Jasmin explota chicas orientales?”, “Oh sí, mi verga ama tu pie”, y “¿Cómo está Mohammed y su caballo volador?” Sí, cuando enfocaron al público de la Expo Sexo que miraba a Little Red los internautas pensaron que éramos musulmanes… “Seguro esos perros sucios nunca habían visto una mujer sin burka”. Al finalizar su show había poca gente y Red no recibió tantos aplausos; se despidió en su chat con un “asta luego” (sic) y se marchó a una conferencia.

Nadie supo su verdadero nombre en ese momento, pero Little Red Bunny es el alter ego de Ophelia Marcus, una mujer que bien podría ser tu dentista, tu niñera, o la novia de tu hermano. Un día, buscando trabajos desde casa encontró un sitio que combinaba el yoga —que a ella tanto le gusta—, el baile, la capacidad para socializar y el ímpetu sexual (esto último algo que también la caracteriza). Incrédula, se metió a la página y probó a las chicas, quizá eran grabaciones previas, pero no, todo era en vivo. Ahora ha ganado premios como webcamer erótica y vive en Nueva York. Su familia y sus amigos no lo saben, tampoco tiene la intención de decirles. Si lo averiguan que sea por su cuenta, pero no le preocupa, sabe que aceptaran lo que sea que la haga feliz. Y eso le gusta.

Además de ejercitarse, a veces habla con cuatro mil personas a la vez vía chat y está pensando en cambiarse de departamento para poder hacer más cosas, como bailes más elaborados. Al ser buena amante de la música le presta especial atención a las playlists que acompañan sus actos. Prefiere el jazz clásico, el que va desde los años 20 hasta los 60. De vez en cuando pone algo especial como reggae o música latina. Y para los privados hace carpetas especiales con música punk.

Quise conocer los gustos de los cibernautas de Bunny; le pregunté qué había sido lo más raro que le habían pedido hacer: “Lo que pasa en privado, se queda en privado. Me gusta respetar la privacidad de estas personas. Todos tienen sus secretos y creo que es importante para mí guardárselos. Pasa muy seguido que la gente se apena por pedirme algunas cosas, pero la verdad es que no son los únicos, la gente coincide mucho en esas cosas”.

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El porno online es considerado el mejor negocio de internet. Una nueva modalidad de éste son los chats y webcams eróticas, en los que las personas tienen la oportunidad de entablar pláticas calientes con gente de otros países por determinada cantidad de dinero. Muchas mujeres han comenzado a trabajar en estas plataformas mostrando su cuerpo en salas con varios usuarios o en chats privados.

Las webcams eróticas comenzaron en 1996, con el sitio JenniCam, que permitía la transimisión de un vídeo en directo mediante una webcam. La vida privada de Jenni era vista desde ordenadores alrededor del mundo. Actualmente los sitios te permiten escoger a alguien según tus gustos; alguien a quien esa labor le puede significar una fuente de ingresos controlada desde la comodidad de su hogar.

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Continué el recorrido. A veces el deseo y la emoción carnal nos hacen ignorar lo evidente. Tres chicas demasiado bien formadas hacían uso de látigos y emocionaban a los caballeros. Sus voces gruesas no se escuchaban y visualmente eran sumamente femeninas; el bisturí había hecho de las suyas. Me acerqué. Si alguien pagaba 200 pesos podía tocar, morder, lamer e inclusive fajar en el “Sillón Kamasutra” colocado a la mitad del escenario; las chicas se paseaban por el stand y los hombres subían de uno en uno para cumplir sus fantasías.

Me adentré hasta llegar a una esquina del escenario; hablé con el encargado de cobrar los actos y una de las chicas del show, altísima, pelirroja y peinada a cola de caballo bien planchada, lo estaba apresurando. Estaba cerca de mí y le pregunté algunas cosas: Trabajan ocho horas al día, les pagan un sueldo y una comisión; las tres chicas son amigas y ella, la pelirroja, les avisó del evento. Su voz gruesa con intención femenina hacía evidente lo que al parecer muchos hombres del público no habían querido notar.

Emprendí de nuevo el tour y un chico con celular en mano y con cara de “voy a pedirte un gran favor”, me abordó para preguntarme si había conseguido el número de la pelirroja y si se lo podía dar. Dada mi negativa volvió cabizbajo a ocupar su lugar entre los espectadores. Me moví de nuevo y esta vez el espectáculo mostraba más: una colegiala con cabello zanahoria bailaba alrededor de un enorme hombre barbudo, de cejas pobladas y aspecto de ogro metalero. Él fumaba mientras ella bailaba con cada vez menos ropa. Cada movimiento significaba más cuerpo al descubierto, hasta que, abierta de piernas, mostró todo lo que tenía entre las piernas.

Las miradas lascivas no sabían qué hacer con eso.

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El desnudo ha tenido un peso cultural diferente a lo largo de la historia y del espacio geográfico. En la cultura occidental hay un tabú en torno a éste, al grado de que se ha vuelto un negocio muy redituable: no hay manera de que veas desnuda a una mujer o a un hombre a menos que pagues por ello. Sin embargo, existen culturas en las que la mujer anda en topless y el hombre sólo porta un taparrabo y eso es aceptado.

El cristianismo instaló en el pensamiento el pudor ante los cuerpos desnudos. El origen tiene un tamiz bíblico: el momento en el que Adán y Eva se vuelven conscientes de sus cuerpos y sienten pudor, tras cometer el “pecado”. A partir de eso la desnudez cuenta con un valor distinto; como mujer “no te mostrarás” desnuda ante cualquiera.

En la historia del arte el desnudo aparece casi desde la invención de éste, conformándose como un género aparte. En algunas culturas son aceptados los desnudos en el arte, pero no fuera de éste. Su significado ha variado a la par de los valores sociales y culturales. En Grecia, por medio del desnudo se representaba la belleza; en la Edad Media, se relacionó con pasajes de la Biblia; en el renacimiento apareció al lado de temas mitológicos o históricos, y no fue hasta el impresionismo que el desnudo se plasmó simplemente por estética.

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La lluvia se desató y el calor de la Expo Sexo se apagó poco a poco. Era sábado 18 y cada vez menos gente deambulaba por los pasillos. Un hombrecillo con lentes oscuros, peluca y ropa de mujer caminaba con velocidad de piso en piso, hasta que desapareció sin dejar rastro. Algunas chicas bailaban con ritmos monótonos. Al salir de la Expo Reforma, el ruido del Centro era tranquilidad pura a comparación de la música y los gritos interiores del centro de convenciones.

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