Por Arturo J. Flores

Todavía no había acabado de entrar al bar, de atravesar los casi 5 metros que separan la puerta de la barra, cuando una mujer ya me tenía bien agarrado de los testículos.

-Por 30 dólares puedes tener mi boca y mi vagina –me soltó a bocajarro aquella muchacha negra. Despedía el aroma afrutado de un perfume corriente. Su aliento olía a alcohol, pero no resultaba desagradable sino estimulante. Era negra. Aunque en la penumbra del antro, su piel adquirió un tono azulado que me recordó a Mystique, la mutante de mirada asesina y sexualidad desbordada de los X-Men. La stripper vestía apenas un brasier rojo de terciopelo que combinaba con un calzón cachetero del mismo color.

Su cuerpo lucía firme, torneado, trabajado a base mucho ejercicio. Pero le costaba trabajo mantenerse en pie o por lo menos eso parecía. Su ojos intentaban enfocarse en los míos, pero en medio de la oscuridad del club se perdía, quizá sintiéndole agredida por los reflectores. Estaba tan borracha como la mayoría de los habitantes de esta cachonda cloaca de la Bourbon Street en el Distrito Francés de Nueva Orleans.

SHOW ME THE MONEY

No puedo ocultarlo. El contacto de su mano sobre mi verga me excitó, aunque tampoco me generó una erección, porque seguía estando alerta. Segundo antes un negro me había ofrecido mariguana en la calle, pero preferí no comprar. No estaba asustado, pero sí en estado de precaución.

La stripper me dijo que podíamos pasar a los privados, que ahí nadie nos molestaría y podríamos jugar. Le contesté que primero me gustaría tomar una copa.

Negocios son negocios. Mi negativa no le causó gracia. Me soltó las gónadas y hasta pareció recuperar la compostura. Quizá su borrachera fuera parte del mismo performance que todas las noches haría en su trabajo. Me quedó más claro unos minutos adelante, cuando la morena casi de ébano se subió al escenario que había en mitad del club para realizar vistosas acrobacias en el tubo. Para estar ebria lucía una agilidad de acróbata del Cirque du Soleil.

Aquel era el tercer local de desnudistas que visitaba durante la noche. La quinta cerveza de casi 15 dólares que pagaba. Y que después me chiquiteaba para que me rindiera el mayor tiempo posible. Lo suficiente antes de que se enfriara.

DÉJAME CAER EN TENTACIÓN

Las bailarinas deambulaban en medio de la penumbra como moscas agonizantes. Igual que murciélagos sin radar. De vez en cuando se detenían a hacerle la plática a alguno de los clientes, la mayoría hombres solitarios –cuarentones, mínimo– que sostenían un vaso con la paciencia de un pebetero en que se colocó la antorcha olímpica, sólo para descubrir que antes que ella, otra más había intentado sacarle el dinero sin conseguirlo. No dudo que en otros tiempos, un templo de la lujuria como éste, debía estar lleno de hombres, eufóricos quizá que vitorearan a las amazonas que hacían pinzas con las piernas en el cilindro platinado.

La realidad es que apenas uno que otro náufrago de esta noche que no acaba se da cita en el Temptations, como se llamaba esta playa desolada en la que encallamos las ballenas de la noche. Por eso hay más desnudistas que ojos para mirarlas. Esa es la razón por la que este sitio podría calificar en el top ten de los más aburridos del universo, en el que las chicas se pelean cualquier billete que le sobre a los parroquianos, igual que una horda de hienas se disputarían lo que quedara pegado al hueso de un antílope.

Observé a la clon de Mystique bailar una de Kanye West sobre el escenario. Desdoblarse, estirarse y encogerse como si fuera de goma, para girar sobre un tubo que brillaba de sudor y quién sabe que otros líquidos. Me agasajé contemplando sus bien tensados abdominales mientras se transformaba en una pieza humana de origami. Me hipnotizaba la hermosura de sus vulva que se abría con cada acrobacia para echar sobre los mirones pedazos de noche.

-¿Te gustaría ir a uno de los privados? –me sugirió otra criatura de este tugurio, que se me apreció sin avisar.

Algunas veces fui a un table dance en el DF. Antes de que se llamara Ciudad de México. Un amigo hace el chiste de que a la entidad federativa no sólo le cambiaron el nombre, sino también el sexo. Recuerdo que las bailarinas socializaban con los clientes en un intento por obligarlos a beber más. Sobre todo a invitarles tragos a ellas, que eran dos veces más caros pero tenían sólo un chisguete de alcohol. Aquí en Nueva Orleans todas parecen ir al grano. Como la que me acarició los testículos o ésta, que me sopla el oído mientras me repite el mismo menú erótico: por 30 dólares podrá penetrarla por cualquiera de sus orificios.

ORGASMOS Y CHAQUETAS MENTALES

Hice cuentas. A estas alturas ya habría tenido dos orgasmos con ella si no me hubiera tomado tantas cervezas.

Pero una vez más dije que no. No me atraía la idea de disfrutar de unos minutos de gozo junto a una posible esclava sexual ebria o drogada –no tengo pruebas de lo que fuera, pero tampoco de que no– y en realidad sólo tenía curiosidad por explorar la famosa Bourbon Street (llamada “Calle de Borbon” cuando New Orleans fue colonia española y no francesa, entre 1762 y 1803), una de las preferidas de los visitantes de la ciudad. Porque es donde se ubican las  sex shops y los clubes de desnudistas. Que por cierto lucen deshabitados igual que un pueblo fantasma del Viejo Oeste.

-Ya no viene tanta gente como antes. Pero hay noches que sí se pone divertido.

Una hora antes de entrar al Temptations, estuve en el Larry Flynt’s Hustler Barely Legal, uno mucho más luminoso y costoso. Su ambiente era más parecido al de un restaurante de alitas en el que las meseras andan en patines. Con la salvedad de que la mayoría lleva las tetas de fuera.

Todo aquí es rosado y fluorescente. Igual que las vulva lubricada del cliché de una estrella porno.

Tomo asiento en una de las muchas periqueras desérticas y luego de darle un trago a la primera cerveza de 15 dólares, llega una bailarina ataviada con un brasier de leather que apenas evita que se desborden sus senos para sugerirme que vayamos a uno de los privados. Salas acolchonadas en las que las amazonas pueden dar un trato mucho más personas a los visitantes. Restregarles las nalgas encima de la erección teniendo únicamente los jeans como frontera. O mejor aún, llevarlos al patio de fumadores donde hay camas cubiertas con cortinas en las que se puede recibir un masaje. Con calambre, como decimos en México.

Ilustración-Clay Rodery

MI NOVIO SABE QUE ME ENCUERO

Cindy se llama la desconocida. Es originaria de Florida. A diferencia de la Mystique afroamericana que conoceré más tarde y me agarrará de los huevos, está sobria, sonríe y está mucho más dispuesta a conversar sin que ello genere honorarios.

-Estudio, por eso trabajo aquí. Es divertido.

-¿Quién escoge las canciones que bailas? Hasta ahorita todo ha sido hip hop y reggaetón.

-Cada uno las elegimos. A mí me gusta el punk, mi novio toca en una banda. Pero eso no se puede bailar para sacarte las chichis.

Sin pudor y animado por la cerveza, mientras la escucho hablar examino pecaminosamente cada uno de los tatuajes que le cubren los brazos y la pierna derecha. Bien podría calificar como Suicide Girl. Calaveras, chicas pin up, serpientes y frases en manuscrita difíciles de leer con esta luz, habitan su apetitosa piel. Y más yo, que tengo 8 dioptrías en cada ojo.

La noche de lujuria que pensé que tendría se tornó en una aburridísima exploración por unos clubes de sexo agonizantes que parecen ya no interesar a los millennials. Las ruinas de lo que fue alguna vez un palacio subterráneo del erotismo. Una de mis anfitrionas en el viaje de prensa, rubia ella, con bolsa Louis Vuitton al hombro y encargada de hablarme de los rincones más fancy de la ciudad que en 2018 celebrará 300 años de su fundación, no puede creer cuando le cuento que la noche anterior visité la Bourbon Street. Hoy me llevará a comer a un restaurante en el que no se puede entrar sin saco y camisa.

-¿Y a qué fuiste allá? –me pregunta la desconcertada publirrelacionista –Yo vivo en Nueva Orleans y nunca me paro por ahí. Hay gente peligrosa.

Tal vez por eso, no le respondo.

El saldo de mi noche: una agarrada de huevos, 5 cervezas y un negro que me ofreció mariguana pero al que tuve que darle las gracias. Todo por menos de 50 dólares.

Editor Yaconic

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