Por Pedro Escobar / @buenosvinosmx

La fascinación por el vino solo se compara con su condena. La dualidad que posee como consagración divina y consigna malévola es la que, en primera instancia, lo vuelve tan tentadoramente atractivo.

El valor simbólico que le atribuye el hombre al fermentado de la uva está presente en muchísimos pasajes de la historia; piezas arqueológicas de Babilonia, Egipto, Grecia y Roma dan fe de la importancia del vino como uno de los placeres más excelsos creados por el hombre.

El morapio siempre está presente como sello de ceremonias importantes. En religiones como la católica, forma parte de la liturgia como un elixir sacramental que recuerda el pasaje bíblico de la última cena que el profeta Jesucristo compartió con sus discípulos: “Luego tomó la copa, dio gracias y dijo: —Tomad esto y repartidlo entre vosotros. Os digo que no volveré a beber del fruto de la vid hasta que venga el reino de Dios”. (Lucas 22:15).

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La primera prensa de vino fue, probablemente, el pie humano. Su uso es una tradición que ha permanecido durante miles de años y todavía se utiliza en algunas regiones actualmente.

Sin embargo, es precisamente en “el buen libro” donde encontramos la dualidad del vino como elemento disruptivo y corruptor del espíritu del primer borracho documentado de la historia: “Noé, que era agricultor, plantó la primera viña. Bebió su vino, se emborrachó, y se quedó desnudo dentro de la tienda”. (Génesis 9, 20-21).

Es bien conocido que el fermentado de la uva es capaz de retorcer espíritus y despojar de la más esencial dignidad a las mentes más brillantes. No faltan los escritores que categóricamente justifican su gusto por la copa como un vicio necesario de la profesión. La verdad sea dicha, en muchos casos quienes señalan que el alcohol les ayuda a escribir mejor solo buscan excusas para beber de manera permanente. Difícilmente un creador alcoholizado abandona la botella para entregarse a largas horas de trabajo frente al teclado en alto estado de intoxicación.

Pero el vino y la mitología que lo rodea también han proporcionado inspiración a grandes artistas y escritores de todas las épocas. Ahí están las obras de Marc Chagall, Toulouse-Lautrec y Pablo Picasso; o los libros de Charles Baudelaire, Edgar Allan Poe y Ernest Hemingway, por citar solo algunos de los vastísimos ejemplos documentados.

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Ernest Hemingway en Cuba.

Vino y arte suelen estar fuertemente emparentados. Al igual que en todas las manifestaciones artísticas, el disfrute de los vinos rebasa por mucho la necesidad ansiolítica y se convierte en una experiencia que involucra todos los sentidos. Piénsese por ejemplo en las tonalidades rubí de una buena copa de Tempranillo, la elevación de las burbujas en una copa de champaña o en el aroma a miel fresca con el que se reconoce una buena cosecha de Chenin Blanc.

Mientras que el bebedor vulgar entiende la bebida como un pendiente en su agenda de fin de semana, el devoto del vino se involucra en el estudio de su copa desde antes siquiera de descorchar la botella. ¿De qué variedad de uva está hecho? ¿De qué región viene? ¿Llovió el año de la cosecha? ¿Cuántas botellas se produjeron? ¿Cuántos meses en barrica? Nadie se cuestiona cómo se hace una cerveza; pero para el fogoso del vino el conocimiento previo es esencial antes de elegir una botella y poner en práctica el deleite y la cadencia que requieren beberlo.

El objeto totémico que representa una botella sin descorchar dispuesta sobre una mesa es un poderoso punto magnético en torno al que expertos sommeliers, entusiastas aficionados y principiantes no ilustrados orbitan como si se tratara de lo más irresistible y gozoso del mundo. La mirada con la que cortejan el paso de la botella hasta que su contenido, tinto, blanco o rosado, inunda su copa es el rasgo sibarita que los distingue como parte de una inexistente cofradía secreta.

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Arte: Danny Byl.

Aunque el arte de catar vino puede calificarse con justa razón como un acto de pedantería, considerando los márgenes de inequidad que mantienen a más de la mitad de la población mundial hundida en la pobreza extrema, el disfrute armónico de una buena comida y un buen fermentado ha pasado de ser un lujo ostentoso a convertirse en una experiencia en la que el goce de la bebida es un fin por sí mismo.

Para los amantes de esta bebida, degustar una copa es un ritual de decantación sensorial; un acto de entrega al placer lento; a la demora en la interpretación del color, de la belleza de los aromas y las asociaciones que producen las sensaciones en boca. La defensa de su consumo como actividad gozosa y de enriquecimiento espiritual se entiende mejor si la emparentamos con la pasión por la lectura: ambos son placeres que no obedecen a una necesidad básica, pero irremediablemente nutren el intelecto; se disfrutan mejor con calma y devoción.

Para los enólogos, el vino es la sangre de la tierra. El torrente líquido del planeta, que en cada gota habla de la geografía en la que fue cultivado. Dioniso, divinidad rectora del vino y la vendimia, ofrece a sus devotos una pasión divina, sofisticada y duradera. En este plano terrenal, es el dios romano quien ofrece a los hombres los deleites del fruto prohibido.


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Editor Yaconic

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