Por Scarlett Lindero / @scarlettlinde

Un vagabundo profesional. Antropólogo urbano. Filósofo de supermercado. Cronista de lo que carece de interés. Anarquista. Libertario. Un desafecto, antisocial, algo muy cercano —según los cánones policíacos— a un lumpen. Así se describió en 2006, Canek Sánchez Guevara (1974-2015). En fin, un greñudo más. Soy cualquier cosa que no me sea impuesta y que yo no pueda imponer a los demás. La ideología como ausencia de ideología.

Canek Sánchez Guevara creció entre un grupo de guerrilleros mexicanos. En salas de redacción y manifestaciones, en aquella Cuba de los setenta de Fidel Castro “cuando se discutía el sujeto y objeto de la revolución”, dice en el primer volumen de Diario sin motocicleta (Pepitas de calabaza, 2016). Ser El Nieto del Che fue sumamente difícil; estaba acostumbrado a ser yo a secas y de pronto comenzó a aparecer gente que me decía cómo comportarme, para un preanarquista como yo, esto era demasiado. Canek rechazó el comunismo y repudió la violencia. Su trinchera fueron las letras.

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Canek Sánchez Guevara.

Fue hijo de Hilda, la hija mayor de Ernesto Guevara (fruto del primer matrimonio del guerrillero con Hilda Gadea, peruana a quien conoció cuando realizó su segundo recorrido por América Latina), y de Alberto Sánchez: revolucionario mexicano que en 1972 secuestró un Boeing 727 en Monterrey para liberar a los militantes de su organización; después lo aterrizó en Cuba. Canek creció en La Habana, a los 12 años vivió la revolución de cerca:

“Fue un choque tremendo. De ser la revolución una utopía y una conversación, se convirtió para mí en una realidad absoluta. Entendámonos, yo no entendía un carajo de la revolución, pero intuía que era el núcleo de nuestra vida. De hecho, mi relación familiar con Ernesto Guevara nació en Cuba, donde irremediablemente fui bautizado como el nieto del Che”.

El régimen cubano lo abrumó. Él no era un joven más. Era un símbolo. Todo lo que hiciera se convertiría en victoria o derrota. Sus greñas, su pinta de “lumpen”, la poesía, las letras, el rock de Sonic Youth, la música de vanguardia, los ensayos de MontaigneAlbert Camus, castraron al castrismo. Por eso escapó de la prisión ideológica. A Canek le “costó mucho aprender a lidiar con esa suficiencia revolucionaria tan llena de carencias, con ese discurso que se contradecía al abandonar el aula y con la maldita obsesión de algunos de mis profesores con que yo tenía que ser el mejor.”

En 1995 murió su madre, Hilda, y Canek se refugió en México, la tierra paterna. “Salí con el corazón hecho mierda y las ideas más revueltas que cuando llegué. Me hice en Cuba, la amé y la odié como solo se puede amar y odiar algo valioso, algo que es fundamental para uno.”

En Diario sin motocicleta Canek narra sus viajes por Cuba, México, Barcelona, Perú, Francia, Italia, Panamá y Nicaragua. Era un viajero de corazón. Un mochilero anarquista. “No tengo boleto a sitio alguno, ni plan concreto, ni nada que parezca medianamente coherente me motiva. Supongo que a la postre se trata de una ínfima rebelión contra la inmovilidad.” Siempre en contra de las ciudades como México.

Además de considerarse un flâneur, Canek fue músico, programador informático, documentalista, escritor y poeta. En sus diarios se devela una persona hedonista que sentía atracción por todos los aspectos sensibles de la vida. Sufría de insomnio y escribía sin parar mientras cogía trenes y aviones. “El insomnio es agonía, lacerante estertor de la falta de sueños, turbación íntima del alma en pena y las malditas ganas de meterme un diazepam. Para colmo comienzo a preguntarme qué es la palabra.”

Diario sin motocicleta

Canek se entregaba a las reflexiones en torno al lenguaje. No le gustaba hablar de su abuelo, ni de Cuba. Le apasionaban las letras y la música. Un ser sensible, existencialista: “Me siento frío, aunque esto no tiene relación con el termómetro sino con una suerte de asfixia existencial de la cual no sé cómo salir. En días así hasta el suicidio adquiere visos de esperanza.”

Aunque su prosa no destaca por la complejidad narrativa, sus textos son piezas reflexivas, sensibles y con un ritmo afable. Cada diario, en cada ciudad, es un diálogo con él,  con su nihilismo, su romanticismo y su amor a la vida. En estos textos se desnuda como un hombre que va contracorriente, libre, pata de perro. Viajero insaciable que siempre encontró hospedaje en todos sus viajes, con amigos, conocidos. Para Canek siempre hubo espacio, no por su genealogía y fama revolucionaria. Fue un hombre de azares y encuentros. Nunca perteneció a ningún lugar, y eso lo hizo estar en todos y con todos.

Canek murió en 2015 por complicaciones en una cirugía del corazón. Tenía una infección a causa de una neumonía y una falla renal que lo llevaron al hospital. “Ha muerto mi sobrino Canek Sánchez Guevara, hijo de Hildita, la mayor de todos mis primos y una de las mejores Guevara, sin dudas”, publicó aquella vez su tío Martín Guevara.

Desde la ausencia de su madre, comenzó a escribir sobre la muerte.“La muerte es la más antigua compañera del Hombre, la que lo ha acompañado siempre, la única que no lo abandona. Es la sola certeza que tenemos y cada paso que damos en la vida nos acerca más a ella. Por eso la poetizamos, para aplicar el temor que provoca, la tristeza que deja a su paso. Es, al final, la única verdad absoluta: nacemos para morir, si se me permite el nihilismo.”

Diario sin motocicleta fue originalmente publicado por entregas en México en la revista dominical del diario Milenio. Este volumen es el primero de cuatro tomos, todos sobre sus viajes. Volumen 1: Europa (Francia, Italia, Portugal y España); volumen 2: México y Guatemala; volumen 3: El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá; y volumen 4: Ecuador, Perú, México y Panamá.


Diario sin motocicleta. Canek Sánchez Guevara. Pepitas de calabaza. Logroño. Octubre, 2016. 278 páginas.

Editor Yaconic

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