Por Ricardo E. Tatto / @ricardoetatto
Fotos: Alexandra Ballesteros / Instagram

Por favor, permítanme presentarme, soy un hombre de riqueza y gusto. Mick Jagger

Un caballero de alargada figura envuelto en un gabán oscuro se encuentra haciendo de las suyas en la Ciudad de México. Saltando y volando entre los rascacielos de la urbe, sus travesuras lo llevan hasta el mirador del Monumento a la Revolución, donde después de fumarse un cigarrillo con una sonrisa socarrona, divisa el teatro Julio Jiménez Rueda, hacia el cual salta tan sólo para colarse por entre la gente que hace fila afuera de las oficinas del ISSSTE, edificio que alberga el recinto.

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Sin saber lo anterior, la Compañía Nacional de Teatro reestrenó el 20 de agosto Cartas de amor a Stalin, del dramaturgo Juan Mayorga, bajo la dirección de Guillermo Heras, quien ha montado una nueva reposición de esta obra estrenada originalmente en el 2012. Los actores  son Juan Carlos Remolina (Mijaíl Bulgákov), Mariana Giménez (su esposa) y Luis Rábago (Stalin). Todos forman parte del elenco estable de la compañía.

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La trama gira en torno a Mijaíl Bulgákov (Kiev, 1891-Moscú, 1940), escritor ruso autor de La guardia blanca, Corazón de perro, Los huevos fatídicos, El apartamento de Zoia, Morfina y la que es considerada su obra más genial: El maestro y Margarita. El narrador se encuentra en un estado precario, pues sus obras han sido censuradas una tras otra: el régimen comunista se ha ocupado de mantener a raya todo lo que tenga hedor a subversión social y sátira política.

Es en este contexto que decide escribirle a Iósif Stalin para pedirle un permiso especial, abandonar la Unión Soviética para hacer un viaje al extranjero en compañía de su esposa, Yelena. Esto ante la imposibilidad y la frustración de no encontrar un trabajo decente. Lo cual lo vuelve —a su entender— un ciudadano inútil para su malagradecida patria.

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En eso se encuentra cuando recibe la llamada telefónica del “Padre de todos los pueblos”, quien le pregunta sus motivaciones para querer salir de Rusia y le cuestiona si un escritor ruso tiene lugar fuera de su país. Stalin le ofrece un puesto en el Teatro de Stanislavski, pero justo cuando todo está por resolverse, la conversación se ve interrumpida, dejando a Bulgákov en ascuas; más preocupado que nunca, ya que la breve esperanza ha envenenado su corazón y mente, conduciéndolo a los infiernos de la locura, la obsesión y la desesperación.

Al igual que en El coronel no tiene quien le escriba, de García Márquez,  Mijaíl se resiste a aceptar su destino. Renueva con ahínco sus misivas, cada vez más elaboradas, insistentes y concisas. Ante la mirada atónica de su incondicional esposa, quien parece increparle lo que escribe. “No es una novela, es una carta”, le responde aquel.

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“No tengo ánimos para vivir en un país donde no pueda representar o publicar mi obra”, exclama Bulgákov con justa razón: todas las puertas, todas las posibilidades, se le han cerrado. A pesar de los férreos esfuerzos de su esposa para conseguirle un salvoconducto o, al menos, un modus vivendi afín a sus intereses literarios y teatrales.

Con la Unión Soviética bajo el régimen estalinista, el reciente suicidio del escritor Vladímir Mayakovski y el exilio de Yevgueni Zamiatin como contexto, Bulgákov se comienza a sentir atrapado en su propio país ante el bloqueo de la policía dictatorial. Considera que “el deber de un artista es luchar contra la censura”.

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Todo lo anterior y su obsesión por escribir cartas lo llevan al borde del delirio. Stalin se le aparece constantemente de una manera robótica, casi maniquea, mofándose de él y de sus intentos por salir. Lo que lleva a Bulgákov a asumir una actitud psicótica y autodestructiva al grado de quemar su primer borrador de El maestro y Margarita durante ese proceso. Somos testigos del cansancio y la degradación provocada por esta jugarreta de la mente, hasta llegar al colmo del paroxismo.

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La escenografía de Cartas de amor a Stalin es mínima. Un escritorio, una silla, una lámpara y unos libros apilados construyen un triángulo del que los personajes parecen no poder salir. Los papeles y las alfombras constituyen así un recurso escénico que se complementa con una iluminación pródiga en luces cenitales, todo envuelto en música de Tchaikovski, como “El cascanueces” y “El lago de los cines”.

Si bien el tema es interesante, algo que se le podría reprochar a la obra es la falta de ritmo en las actuaciones y el abuso del tópico de la espera, que más allá de dejarnos sentir la atmósfera asfixiante, por momentos se vuelve reiterativo y cansado, evidenciando que a la dramaturgia podría convenirle una economía en los diálogos, reduciendo el tiempo de duración de la obra para no fatigar al espectador y contar la anécdota, que pasa de lo realista a lo surreal de una manera concreta.

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Pronto las partes cómicas se vuelven absurdas y uno casi ansía el desenlace. El final de éste es anticlimático, dejando un sinsabor de emociones ante lo representado sobre las tablas. Esperemos estas cuestiones se subsanen a lo largo de la temporada, que se escenifica del 20 de agosto al 27 de septiembre, los jueves y viernes a las 20:00 horas, los sábados a las 19:00 y los domingos a las 18:00 en el Teatro Julio Jiménez Rueda, ubicado en Avenida de la República 154, colonia Tabacalera, a un costado del Monumento a la Revolución. La entrada general es de 45 pesos, y los jueves 30 pesos.

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Las luces se apagan y la ominosa y espigada figura deja escapar una carcajada ante el azoro del público presente, que la mira dar un salto en el aire antes de desvanecerse, ignorando que el misterioso personaje no es otro que el diablo, que con su presencia parece decirnos lo que Bulgákov ya sabía: que el único régimen opresivo es, después de todo, escribir bajo la dictadura del impulso creador.

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