Por Carlos A. Ramírez / @estilo_perro

Ilustración: Iurhi Peña / Tumblr

Encaramada en sus enormes tacones, P. escudriña entusiasmada, dando brinquitos de alegría, hacia el interior en penumbras de Casa Swinger. La casa de la lujuria, el antro de intercambio de parejas al que estamos a punto de ingresar. Horas antes hice una reservación, vía correo electrónico, que fue atendida con una celeridad que ya desearía uno para asuntos de mayor importancia. “Su reservación es la 41-E, Carlos A. Ramírez y pareja”, decía el correo de respuesta y agregaba una serie de recomendaciones que hacía énfasis en la que, supongo, es la regla capital de este tipo de agujeros: “No es no y no se pregunta por qué”.

La mujer de la entrada indaga mi nombre y número de reservación. Después de recibir el pago de nuestro cover nos pone en manos de Sandy, una flaca en baby doll negro, que, ceceando, se identifica como nuestra “Avenger [Avenger, así le llaman aquí a la gente del staff] de la noche”. Yo estoy un poco achispado por los tragos que me di previamente en un bar de la Zona Rosa, así que sonrío plácidamente mientras la escucho recitar de memoria —a una velocidad trabalenguas que aunada a su ceceo hace prácticamente imposible comprender sus palabras— las mismas reglas de seguridad que incluía mi correo de confirmación.

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Cuando nuestra Avenger —una especie de Virgilio escuálido y prognata— termina de hablar toma a P. de la mano y procede a mostrarnos los círculos de este averno. A mi izquierda, dice, está el Infierno, refiriéndose a una gran estancia de paredes rojas con dos camas inmensas dispuestas para quienes arderán a lo largo de la noche. No hay un cupo límite. Aquí todos pueden venir a gozar, agrega mostrando sus dientecillos de piraña. Después camina hasta la barra, donde nos advierte que la embriaguez tampoco está permitida, pero podemos ordenar lo que nos plazca. Me pertrecho con dos Bacardís blancos con coca; pongo a cargar uno a P., que no bebe, y la sigo dando sorbitos del infame brebaje.

En Aqua, continúa, sólo pueden estar dos hombres y una mujer. Pero se aceptan invitados, dice maliciosa señalando un par de glory holes ubicados estratégicamente en la pared traslúcida.

Los siguientes hábitats son una zona de masajes, proporcionados por una morra en calzones y brasier; Edén, un aburrido rectángulo pintado de azul; unas regaderas a la vista de todos y, en el segundo piso, el “salón principal”, donde la flaca se despide y nos abandona a nuestra suerte. Que se diviertan, dice, y se aleja meneando sus pequeñas nalgas.

HEMBRAS CAZADORAS

El salón principal parece calcado de una discoteca de los años ochenta. Incluso hay una pista de baile cuyo piso se ilumina al ritmo de la música. El único detalle novedoso parece ser un tubo, ubicado a un costado, en el que una cuarentona se restriega tratando de parecer sensual. En estos momentos, alrededor de las once de la noche, debe haber unas 22 parejas de distintas edades y aspectos, sentadas en unos desgastados sillones rojos bebiendo y charlando en voz baja. Me llaman particularmente la atención un anciano de aspecto bonachón y un sujeto en trusa, calcetines y camisa completamente desabotonada, que camina de un lado a otro mientras su mujer, rellena, metida en un vaporoso camisón esmeralda, examina con ojo experto a los especímenes masculinos que se van agregando a la tertulia.

Es evidente que en Casa Swinger las costumbres predominantes en otros ámbitos valen pa´ puro pito. Aquí las verdaderas cazadoras son las hembras. Los machos se sientan y las ven afilarse los colmillos, acechar y saltar sobre su presa. Ellas son las agresivas; quienes deciden con quién, cómo y cuándo. Se lo comento a P. y ella dice que bueno, de hecho siempre es así. Y yo suelto una carcajada, aunque no se lo creo del todo.

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Nos sentamos en el fondo, desde donde tenemos una magnífica vista aérea del Infierno, en estos momentos vacío. A nuestra derecha está sentada una pareja de veinteañeros. La mujer, enfundada en un body de encajes negro, es hermosa pero altanera, y mira a todos lados con un poco de desdén. El hombre parece no existir. A nuestra izquierda, una mujer madura, con una minifalda diminuta, abre las piernas enseñándome su vagina rasurada y sonríe mientras su hombre le pasa las manos por detrás y le abre más las piernas, exhibiéndola orgulloso. Yo sonrío, y tratando de corresponder al menos un poquito el amable gesto de bienvenida, intento sentar a P. en mi regazo para que mis nuevos amigos observen esas maravillosas piernas que le han hecho escuchar a mi acompañante las guarradas más inverosímiles de que se tenga registro. Pero ella no está de humor para retribuciones y rechaza mi petición con firmeza mientras enciende un cigarrillo. Sí, se puede fumar y yo la imito mientras echo en cara su descortesía. No mames, Carlos,  responde, y con un mohín da por zanjada la discusión.

AMAZONA REINA

Entonces aparece una especie de maestro de ceremonias —el dueño del lugar, presiento— que vuelve a repetir, en un monólogo largo y aburrido, las reglas de convivencia. Yo aprovecho para escabullirme por más tragos desatendiendo la petición de una Avenger que insiste en que me quede a escuchar las palabras de su patrón. Cuando regreso, finalmente, el show ha comenzado. Un mago panzón que dice llamarse Eros realiza trucos pueriles con un huevo y trata de hacer que su asistente, una chica del público, se encuere. Es un espectáculo soso pero todos, excepto P. y yo, parecen estarse divirtiendo en grande.

Por fortuna el acto del mago dura poco y enseguida un torbellino desordena todo el lugar contoneándose al ritmo de “Black Velvet”, de Alannah Myles.

Se llama Angie. Mide cerca de 1.80 y su cabellera rizada cubre sus hombros extendiéndose hasta su cintura. No baila bien pero su sola presencia produce escalofríos. Es una medusa en esteroides que provoca erecciones de piedra en quienes la miran. Incluso P. parece sorprendida por sus tamaños. Cuando Angie nos descubre, mirándola hipnotizados, se abre paso entre la concurrencia y empieza a ondularse a unos centímetros de nosotros. Tiene unas piernas colosales, de amazona reina, y una pepa hinchada que se unta descaradamente contra el encaje blanco de su tanga amenazando con reventarla. Su piel es suave y tersa, compruebo mientras acaricio su estómago al tiempo que ella me embarra sus nalgas inmensas contra la cara y el pecho. Es una locura el cuerpo de esta mujer. Carajo, exclamo en voz alta cuando la música cesa y la bailarina regresa a la pista dejándome su aroma a 212 de Carolina Herrera untado en el hocico. Soy un hombre sencillo, así que al menos en lo que a mí respecta la noche ha valido la pena desde ya.

ESTARÍA MÁS CHIDO SI LA MORRA DIERA MUESTRAS DE ESTAR VIVA, ¿NO?

Los siguientes shows tienen poco de memorable. Booker, un mamado de escasa estatura, con un bronceado lastimoso —nalgas pálidas, moreno del resto del cuerpo— demuestra su escaso talento para el baile y termina su actuación empalando a una espontánea. Yo jamás cogería con un bato con un bronceado así, me confiesa P. Te juro que no podría con la risa. Que no mame.

Enseguida, América, una jovencita disfrazada de Blanca Nieves, se apodera de la pista. Carezco de instinto paternal, pero si lo tuviera, seguramente le acariciaría el cabello y la dormiría en mi regazo contándole un cuento. De esa naturaleza son las sensaciones que en mí despierta.  Después de convulsionarse sin ritmo durante unos minutos, comienza a despojarse de sus prendas. Sin gracia, sin sensualidad, se quita la falda, la blusa y las medias hasta quedar únicamente en tanga. P. le lanza una trompetilla discreta y me susurra sonriendo pícaramente,  yo estoy más buena que ella, ¿a poco no? Esa es la pura verdad, le respondo y la conmino a que lo demuestre bailando en el tubo. Tal vez más adelante, responde y enciende otro cigarro. El clímax del acto de América es un ménage a trois con Booker y una “afortunada” que recibe las embestidas del nalgas pálidas mientras Blanca Nieves le lame los pezones. Finalmente, después de regresar a la invitada a su sitio, la striper se recuesta y abre las piernas para que Booker, armas al hombro, la penetre. El tipo se mueve perezosamente durante unos minutos mientras ella fija su mirada en el techo, impasible. Se nota que les cuesta trabajo cumplir con esa parte del show. Estaría más chido si la morra diera muestras de estar viva, ¿no?, me dice P., y yo me carcajeo estruendosamente ganándome dos o tres miradas de reproche.

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En ese momento me doy cuenta de que estoy un poco ebrio, así que bajo por otro par de tragos y aprovecho para entrar al baño cerrado (arriba hay otro, pero está a la vista de todos) a mear y meterme dos tiritos de coca que me devuelven lucidez. Cuando regreso, P. me dice sonriendo de nuevo: ahora sí empezó la verdadera fiesta. En la pista hay unas 10 parejas bailando cumbias viejitas y otras tantas empiezan a desplazarse a los cuartos oscuros. En un abrir y cerrar de ojos el infierno a nuestras espaldas se llena de cuerpos ansiosos y calientes; como si una bomba hubiera explotado en alguna nunciatura y todas esas almas hubieran sido lanzadas a donde, de acuerdo con la doctrina cristiana, se merecen. Al principio sólo algunos actúan y los demás esperan, impacientes. Un séquito de tres o cuatro hombres rodea a las parejas que se han distribuido estratégicamente en las camas, con la boca seca y el cuerpo en tensión. No puedo evitar pensar en las jaurías callejeras que durante días enteros merodean a una perra en celo esperando turno para montarla.

Como en estos momentos el sexo es demasiado convencional, propongo a P. dar una vuelta por los escenarios que escapan a nuestra vista. Dentro de Aqua una mujer de tetas hermosas protagoniza una doble penetración mientras atiende a dos tipos que han introducido sus pitos por los glory holes. A uno lo fela con expresión de gozo y a otro lo masturba moviendo la mano como si estuviera manipulando una maraca. En determinado momento sus ojos se encuentran con los míos y sonríe. Juro que su expresión, casi beatífica, es más hermosa que la de la Virgen de Fátima. P. se aferra a mi mano derecha y me confiesa con voz entrecortada: eso sí se me antoja, la verdad. ¿A quién, no?, le contesto y la arrastro hacia Edén. Unas cuatro parejas se cachondean sin mayor gracia. Hueva, dice P y caminamos de regreso al salón principal, no sin antes mirar en las regaderas a otra Sandy que se enjabona sensualmente las tetas y el chocho mientras un par de sujetos, de esos que entran solos por el doble de lo que se le cobra a las parejas, se masturban tímidamente.

COMO EN TODO INFIERNO QUE SE RESPETE

Cuando pasamos frente a las puertas del báratro, un aroma verdaderamente diabólico da fe de lo que sucede ahí dentro. Sudor, sexo, alcohol y humo de cigarro se mezclan hasta formar una amalgama enervante que casi se puede tocar con los dedos. Apuramos el paso con el fin de ocupar nuestro lugar de privilegio y comprobar con los ojos lo que nuestra nariz intuye. Y sí, aquello se ha descontrolado por completo. Como en todo infierno que se respete, en este hay sujetos de variada laya realizando actos que insultan a casi todos los mandamientos. El anciano bonachón tiene a dos mujeres encima de él. Una sobre su verga y otra sobre su cara. La mujer rolliza del camisón esmeralda está siendo penetrada por un garañón juvenil mientras le devora las bolas a otro sujeto y su marido, se nota, goza como poseído. La veinteañera desdeñosa se ha despojado del body y de la altanería y le entrega el culo a un cuarentón canoso al tiempo que dos mozalbetes que apenas rebasan los veinte se encargan afanosamente de sus glándulas mamarias.  Otra pareja, cuyo aspecto los delata como vecinos de Polanco o las Lomas, está sentada en un rincón frente a una fila de seis sujetos que se masajean el material tratando de mantenerlo erecto. El hombre, sentado detrás de la mujer, le acaricia los senos y le besa los hombros rubios mientras ella prodiga mamadas, que se adivinan espectaculares, a los pacientes caballeros. Incluso un enano, con el pelo pintado de rubio, va de aquí para allá buscando alguna oquedad que penetrar.

Todo es muy divertido, sí, y dan ganas de participar pero… estoy aquí para escribir, así que voy por otras cubas sólo para encontrarme a mi regreso que P. está enfrascada en una animada charla con la mujer de la pepa rasurada y el tipo que a mi llegada le abrió las piernas, quien dice ser su marido. Ella me invita a sentarme a su lado y me cuenta que les encanta el sitio. Que al menos vienen una vez cada treinta días. Que tienen dos hijos, el mayor de 14, y que si no me gustaría que me chupara la verga. La propuesta me desconcierta un poco. P., que ha estado escuchando todo, ríe a carcajadas y se encoge de hombros mostrándome las palmas de sus manos. Voy a decir algo pero siento la delicada mano de la mujer hurgando en el interior de mis calzones hasta encontrar mi miembro. Ni siquiera me di cuenta cuando me bajó el cierre del pantalón. Experta, lo apretuja y lo sacude un poco antes de extraerlo. Cuando por fin lo mira, sus ojos se iluminan de contento. Se inclina para darle tiernos besitos y embadurnarlo de saliva para enseguida, de un movimiento lento pero certero, metérselo completito en la boca.

Cierro los ojos un momento y cuando los abro veo al marido acomodarse en el sillón dándole un trago a su bebida. A P. recogiendo su bolsa, diciéndome adiós con la mano, y a la cabeza de la mujer subir y bajar. Subir y bajar. Subir y bajar.

Después miro el reloj.

Son las 2:45 de la madrugada.

Editor Yaconic

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