Por Alejandro González Castillo / @soypopesponja

Fotos: Pablo Navarrete

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¿Qué te vas a poner para el Ceremonia? Ésa fue la pregunta inevitable semanas atrás. Por eso se fueron de compras. Para elegir con esmero cuales prendas valdría la pena llevarse puestas hoy sábado. Así que la ropa que desfila sobre la alfombra de zacate pálido que forra el Centro Dinámico Pegaso no goza de likes mentales por casualidad. Todos los shorts a media nalga, los sombreros de ala ancha, las camisas con motivos tropicales, los sneakers dorados y las gafas extravagantes —así como las barbas tupidas y los muslos y los antebrazos rayoneados, los labios brillantes y las cabelleras lacias— fueron modelados frente al espejo con suma atención. ¿Importaba llegar aquí, desde la Ciudad de México hasta Toluca, con la facha precisa? Por supuesto. Más que nunca. Arribar con las garras correctas era casi tan importante como traer la pila del teléfono bien cargada. ¿Por qué? Porque no hay mañana. El mundo se acaba hoy. Y los asistentes al Ceremonia tienen bien claro que su deber es vivir éste, el último día, sin reservas.

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Marineros

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Jesse Báez

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Así que aquí están. Chocando sus autos eléctricos entre risotadas, trepando el musculoso brazo de Rodas para ser zarandeados por el aire y enroscándose un hula hoop en la cintura mientras lamen una papelina. Paseándose bajo un sol terco y una luna helada, yendo de un escenario a otro, esquivando las surcos que una yunta anónima raspó en el suelo, flirteando con descaro entre food trucks, bebiendo sin reparar en crudas, quemando gallos, fajando entre árboles y planeando como albatros sin despegar los pies de la tierra. El campo es amplio y se puede hacer todo eso. Incluso, quien así lo deseara, podría echarse a correr varias centenas de metros sin que nadie detuviera su trote; sin jamás llegar a meta alguna que no fuese una pared de bocinas. Es más, si no fuera por las banderas que ondean las marcas patrocinadoras del festival, muchos podrían afirmar que son libres por una vez en sus vidas.

Al mediodía las voces filtradas por ecos digitales, pasadas por auto tune, los ritmos de laptop y el temario adolescente, doman el panorama. Acaso Los Blenders escapan de la fórmula con su pop playero y se asoman como unos exiliados; pocos comprenden qué hacen tantas guitarras en un festival como éste, donde eso que algunos siguen llamando rock se asoma como una pieza de museo, una piedra antiquísima, un meteoro antes incandescente proveniente del cosmos, que de pronto yace tras una vitrina. En cambio, Jesse Báez y C. Tangana sí que están al día. Su discurso atiende los intereses de quienes no dejan pasar más de quince minutos sin asomarse al celular; aborda esos malentendidos que calientan los genitales y los acuerdos que lubrican los mismos. El primero invitándole un porro a su querida y también a sus amigas; el otro, seguro de los alcances de sus polla y sus cojones (literales los dos  MC´s). Y ni hablar de Salón Acapulco con ese diablo playero, aquellas trompetas y congas que pulverizan el pastizal para que nazca un antro propio de la costera más puerca del territorio nacional.

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Salón Acapulco

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Alvaro Díaz

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Thundercat

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Thundercat

¿A alguien se le antoja una tacha, por cierto? Porque bajo una bóveda de plástico centenas de danzantes se hacinan sudorosos bajo el influjo de DJ´ s de laya variada mientras se remojan con vodka el paladar. Ahí, el cachondeo entre parejas se disfraza de brindis y roces casuales; se adivina que cuando caiga la noche el asunto se pondrá de órdago. Mientras tanto, afuera, cuando la tarde se pone naranja, Stephen Bruner, Thundercat, se encima un traje de charro y se cuelga el bajo para ofrecer una cátedra de virtuosismo que deja tiesos a los amantes del click. Un músico calado; un artista cabrón éste. Lo secunda Anderson .Paak & The Free Nationals. Punto y seguido. Porque Brandon Paak Anderson, ese sujeto que lo mismo opera como MC de lengua ágil que como baterista de baquetas indomables, que pasa del reggae a la psicodelia como si cambiara de mano el auricular, sin aspavientos ni reflectores aparatosos, se alza como el mejor acto del fest. Vaya par de combos liderados por músicos de compromiso hondo con el arte, más allá de escuelas y modas. Y vaya, vaya, vaya: qué cantidad de mota circula entre los pulmones de la audiencia. Pero se celebra que así ocurra, pues. Al menos a esa hora de la tarde, cuando la negritud avanza desafiante hacia la esquina de la noche.

Una vez que el frío raja los pómulos, Bob Moses, Flume y Gesaffelstein se llevan aplausos ganosos; Titán, no. Los canadienses, el australiano y el francés tienen de su lado las marquesinas virtuales; los mexicanos, en cambio, se dirigen a un público que prácticamente los desconoce. En Vive Latino los de “Corazón” harían temblar el piso; acá, apenas provocan curiosidad. Falta aún Disclosure, el número con mayor convocatoria del Ceremonia. El punto climático de una jornada agotadora que consigue (a pesar de que Z- Trip lo hace de modo formal) tumbar al fin a quienes se aferran a sostenerse de pie. Sin embargo, pese a la fina ejecución de la dupla inglesa y su poder de convocatoria, habría que referirse a Nas de modo especial. Porque con “The Message”, “The world is yours”, “Hate me now”, “It ain´t hard to tell”, “Sweet dreams” y “Hip hop is dead” consigue que aquéllos que encuentran blando el repertorio de Disclosure quemen, a duras penas, las uñas de los dedos gordos de las patas del Diablo (lo que resta tras incinerar completito al de los cuernos). Mientras, en una esquina distante y oscura, los renegados se bañan en luz verde bajo un tenderete cutre con una punta de DJ´s y sus agujas, todas infectadas por el virus del rave de los noventa.

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Classixx

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Anderson .Paak

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Alrededor de las tres de la mañana, con los huesos machacados y el coco deshidratado, miles abandonan el Foro Pegaso rumbo a casa. No hay  after después de la masacre. Agraciados quienes cuentan con autobús u hotel (o los pocos toluqueños que en escasos minutos habitarán su cama); desventurados los que tienen aún que descender para, medio anestesiados, pisar el acelerador y llegar enteros a sus respectivos barrios. Eso sí, para todos, sin distingos, será duro despertar en unas cuantas horas para descubrir que el mundo sigue girando. Que el fin no está, aparentemente, cerca. Habrá pues que lidiar con la resaca y la amnesia, con los músculos acalambrados y los recuerdos distantes; con los flashazos estroboscópicos del aquelarre millennial, con la pena y el gozo vividos en el degenere a punta de rap, dubstep y house; con las llamadas perdidas al regreso de la señal extraviada, con el time line nauseabundo y el tageo inquisitorio. La ropa entierrada, las suelas sucias. La vuelta a la realidad hasta el arribo de la próxima cita. Qué pena. Ya viene, mírenla: la miseria de despertar en domingo cuando la tarde envejece.

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Titán

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Flume

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Nas

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Disclosure

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Disclosure

Editor Yaconic

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