Mi último encuentro con un escritor había sido tan exótico, que la pregunta de Eusebio no me tomó tan desprevenido:

—¿Y tú qué día naciste, cabrón?

Se sentó junto a mí en la barra. Le faltaba un zapato y apestaba a ron.

—17 de marzo —dije.

—A ver —clavó los ojos en el fólder medio arrugado que traía en la mano izquierda—, Piscis: tu buen carácter te abrirá las puertas. Asegúrate de que alguien vaya por ti al reclusorio. En 25 años la ciudad ha cambiado. [1]


[1] “Horóscopos”, en Una mosca devastada y deprimida sobreviviendo en un hilito de sangre (Lectorum, 2008).


Soltó una carcajada que me contagió. Me explicó que ahora se entretiene jugando al oráculo.

A Eusebio Ruvalcaba siempre le admiré el desparpajo para escribir de lo que le viniera en gana.

Si un día quería ponerse exquisito, te soltaba un aforismo letal que te dejaba mareado varios minutos:

“Poe Poesía poseía”

Y así, sin más esfuerzo, como si soplara una burbuja, condensaba en tres palabras lo que a muchos nos cuesta pilas de hojas derrochadas.

Pero con esa misma soltura podía narrar un día en la vida de un adolescente intenso —¿qué adolescente no lo es?— y, por la forma de contar, por el lenguaje que acostumbraba usar, sembrarte dudas sobre si aquello era literatura.

Claro que lo es, pero Eusebio sabía cómo engancharte sin grandilocuencias.

Le confesé que ese, Un hilito de sangre, había sido el primer libro suyo que leí. Cuando se publicó, algún reseñista había advertido que los padres de hijos adolescentes iniciarían una cruzada contra la novela. Y así fue.

—Los típicos papis y mamis se enojaron mucho y desde luego la censuraron —me explicó cuando le conté esto—. Yo les di toda la razón, elogié su buen gusto y seguí mi vida.[2]


[2] “Carta a un adolescente”. (ibídem, 123)


Es claro que a Eusebio este tipo de banalidades le venían valiendo tres litros de tinta. Prefería hablar de música. “De Schumann, jefe de jefes”, o de Bach: “Siempre se está mejor junto a Bach que junto a cualquier ser humano”, me dijo tras beberse el tercer ron de la noche.

Ahora que los azotados andan repartiendo rumores sobre la extinción del tequila, le pregunté su opinión al respecto.

—En mis tiempos —me dice mientras mira con nostalgia el vaso diminuto—, ser tequilero tenía su chiste. fueron cinco o siete años durante los cuales no bebí más que tequila. A todas horas y con el menor pretexto.[3]


[3] “Periodos de mi vida”, (Ibídem, 12)


Me contó que había vuelto al ron, que había sido su acompañante en la etapa más larga y fructífera de su vida.

“Bajo el imperio del ron, descubrí el camino de la escritura”. Cuando me dijo esto, recordé que la había ído proclamarle elogios a más variedades de alcohol que a escritores, pero jamás lo había visto beber cerveza.

—¿Chelero yo? —me respondió casi indignado— Nunca he tenido vicios de preparatorianos.[4]


[4] (Ibídem, 13)


Se disculpó para ir al baño. Cuando volvió traía puesto el zapato faltante y venía en plan poético. Al parecer, mientras orinaba, dos tipos se comían sobre el lavamanos.

—El beso le hace guiños a la inmortalidad. Cuando dos hombres se besan, se consolida una fraternidad o un amor, que sólo los retrógrados no entienden. Que sólo los mojigatos reprueban. [5]


[5] Blog de Eusebio Ruvalcaba. “El oficio del beso”.


Volvió a clavar la nariz en el vaso, pero esta vez con parsimonia.

Siempre me fascinó su virtuosismo para improvisar aforismos. Pero no debe parecer insólito —hijo de un violinista y de una pianista, después de todo—: sus frases son tan demoledoras como algunos pasajes de las sinfonías del Brahms que él tanto idolatraba, pero dominaba las palabras con la destreza de Coltrane en el saxo o Miles en la trompeta.

Quizá lo más atractivo de su literatura es su constante aspiración a hacerla pasar por todo menos literatura, su incesante búsqueda por alejarse tanto como fuese posible del concepto de escritor. En El arte de mentir (Almadía, 2014), escribió que hay “pocas cosas tan repugnantes como un escritor adiposo de soberbia. Hermana de cama de la vanidad”.

Debo haberme quedado mucho tiempo en esta meditación, porque fueron sus ronquidos los que me hicieron salir del trance.

Un papel se le cayó de las manos. Decía:

“En la vida y en la escritura, lo importante, lo verdaderamente importante, es el viaje”.[6]


[6] El arte de mentir, Almadía, 2014.


Me di permiso de conservar esas palabras. Me eché el papel a la bolsa. Dejé dos billetes sobre la barra y salí del lugar.

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Ángel Soto

Ángel Soto

Compositor e hispanoescribiente | Editor web de Cultura en @Milenio | Produzco el podcast #Cultencias | Hacemos terror en @psicofoniasmx

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