Quizá son pocas las personas nacidas entre 1985 y 1995 que no tuvieron una copia del Hybrid theory (2000) de Linkin Park. O que al menos haya escuchado “In the end”, “Papercut”, “One Step Closer” o “Crawling”. Linkin Park fue un pináculo en la educación musical de toda una generación, a pesar de ser ridiculizado e inclusive negado por muchos. No es mi caso.

Linkin Park me marcó como ninguna otra banda. Y a pesar del desdén que muchos le hicieron, después de Meteora (2003), los seguí hasta hace unos meses, cuando lanzaron el controversial One more light (2017).

linkin park

Linkin Park.

Escuchaba el Hybrid theory a altas horas de la noche, debajo de las cobijas, cuando tenía 11 años. Memorizaba lo que decían Chester Bennington y Mike Shinoda; recuerdo escuchar el Reanimation (2002) una y otra vez, en mi Walkman, temeroso de convivir con mis compañeros de la secundaria a la que acababa de entrar; recuerdo haber remplazado a Joe Hahn en un video falso de “In the end” que grabé a los 12 años con mis amigos.

Incluso, me enamoré de una chica porque escuchaba a Linkin Park; una vez me pidió el CD de Meteora para escucharlo.

Recuerdo que cuando tenía 13 años, y la casa estaba sola, intentaba gritar como Chester mientras escuchaba el Live in Texas (2003); recuerdo que me regalaron de cumpleaños el DVD de Frat party at the Pankake Festival (2001), y no paraba de verlo todos los fines de semana por la mañana.

Recuerdo viajar en el auto de mi primo, 10 años mayor que yo, y subirle al estéreo cuando sonaba “Points of authority”; recuerdo hacer un dueto, en el recreo, con uno de mis mejores amigos: yo era Chester y él Mike.

Recuerdo que no controlé mi emoción la primera vez que vi a Linkin Park en el 2002, en el Foro Sol, junto con Korn y Static-X; no podía hablar al siguiente día por gritar cada una de las canciones.

Podría enumerar muchísimos más recuerdos que la música de Linkin Park evoca; podría escribir un libro solo de mis memorias con la banda. Y estoy seguro que, al igual que a mí, marcó una diferencia en la vida de millones. Y si bien es una agrupación compuesta por seis personas, la personalidad que más llamaba la atención era la de Chester Bennington.

Chester era la cara de lo alternativo a principios del 2000; no había nadie que se le comparara. Todos admiraban sus tatuajes de llamas en los brazos y su cabello en forma de picos; ambos imitados hasta el hartazgo, pero lo que más llamaba la atención del cantante no era su imagen, sino la capacidad de su voz tanto para cantar como para gritar.

Todo mundo quería cantar como él, lo querían imitar, pero nadie lograba esa catarsis cruda y agresiva. No había quien gritara “Shut up, shut up when I’m talking to you” y nos librara del enojo y depresión intrínsecas en la adolescencia; no había nadie que nos pusiera la piel chinita aullando “You try to take the best of me, go away, go”.

Chester fue la encarnación de la teenage angst de toda una generación y estoy seguro que millones lo recordarán como yo: con desplantes de memorias que oscilan entre las personales, y las de la agrupación que lideró por casi dos décadas. Chester Bennington, rest in peace.

José Ignacio Hipólito Hernández

José Ignacio Hipólito Hernández

Nacho

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