Por Gustavo Vázquez / @g_vazco

Fotos: Ray Marmolejo / Bestia Aural

Podría comenzar esta narración con la fórmula de siempre, y ahorrarles tanta lectura. Hay que aceptarlo, ler nos da flojera. Entonces lo haría así:

El domingo 4 de diciembre de 2016 se llevó a cabo el Cine-Concierto Georges Méliès, en el Auditorio BlackBerry. Ahí se proyectó por primera vez en México una recopilación de las mejores obras del reconocido cineasta francés. Con la musicalización original del ensamble experimental conformado por los afamados músicos: John Medeski (Medeski, Martin & Wood), Mike Rivard (Morphine), Lee Ranaldo (Sonic Youth) y Kenny Grohowski (Abraxas), como parte del #BestiaFestival en colaboración con el #FestivalAural.

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Respondiendo a las cinco preguntas básicas de una nota periodística: quién, cómo, cuándo, dónde y por qué. Para algunos eso sería suficiente. Bastaría con agregar un: “Y la pasé chingón“. Le de doy like. Nomás con eso y directo a la fama. La verdad es que los protagonistas de este evento merecen un poco de crédito. Vale más una buena historia que 10 mil likes.

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Llegué al Auditorio BlackBerry antes de lo esperado, la cita era a las 19:00, las filas apenas se formaban, aún contaba con una media hora de sobra. Decidí fumar, al fin y al cabo es mejor no llegar al principio. No me gusta estar hasta el frente. El escenario nubla la visión, las bocinas y amplificadores revientan nuestros tímpanos y la cantidad de personas a nuestras espaldas hacen imposible la huida rápida, el hit and run al baño, o la salida a la barra. Nada como sentirse cómodo, mirando desde en medio, donde nadie ambiciona tu lugar y la cerveza se consigue a unos pasos.

El acceso al Auditorio se localiza en la calle de Tlaxcala 160, transversal a Insurgentes. Me di una vuelta, no muy lejos para sacar la pipa y probar la reciente adquisición de buena yerba, proveniente del barrio bravo de Tepito. Ya me la estaba saboreando cuando noté que la había olvidado en el carro. ¡Qué diablos! ¡Un error de principiante! La mota nunca se olvida. Primer strike. Sobrio y con 60 pesos en el bolsillo decidí comprar un agua de litro, y guardar el resto para el bajón. Las puertas  de acceso se abrieron, regresé a mi lugar.

En la puerta el cuerpo de seguridad tiró mi botella, con poco más de tres cuartas partes de agua, a la basura, por considerarla un arma biológica peligrosa para la economía de la gente que vende adentro las bebidas. Segundo strike. Saqué mi celular para revisar la hora, pero como siempre, hasta para valer verga, valgo verga. No le quedaba absolutamente nada de batería. ¡Maldición! ¡Estoy fuera!, grité. Y yo que quería registrar mi visita y publicar algo como: “Me siento ansioso en el Foro Blackberry”,  o por qué no, “Excitado, con unas chelas en el Foro Blackberry (Emojis: <3 <3 <3)“, nomás pa’ pararme el culo. Apreté de nuevo el botón de encendido y un destello rojizo parpadeo tres veces.

Mejor así, de todos modos solo una decena de mis contactos le daría me gusta, de los cuales, un par tendría una vaga referencia del ¡famoso, célebre, brillante e internacional: Geoooorge Méeeeliès! Ovaciones para el maestro por favor. Es ridículo contarle a todo el mundo cada segundo de mi vida, con quién salgo y a dónde voy. A nadie le interesa, el like es por compromiso. Me olvidé del aparato y comencé a inspeccionar el lugar.

El edificio que ahora alberga al Auditorio se localiza sobre Insurgentes Sur a la altura del metro Chilpancingo. Fue originalmente inaugurado en 1952 como Cine Las Américas, lugar donde se exhibieron grandes filmes de la época, convirtiéndose en uno de los sitios de entretenimiento con mayor popularidad para la sociedad capitalina. Hoy posee una apariencia más bien sencilla, una nave de proporciones adecuadas para recibir a un promedio de tres mil personas, en un ambiente cómodo y discreto.

El cine Las Américas, en Insurgentes y Baja California, hacia 1955.

El cine Las Américas, en Insurgentes y Baja California, 1955 / Foto @cdmexeneltiempo

Visualmente agradable, sin mucho adorno. Las paredes y la cubierta tapizadas con páneles de madera, dispuestos en columnas que no cubren toda el área de fondo, lo que permite observar los muros de tabicón en el cuerpo desnudo del edificio, un toque rústico que seguramente permitió economizar en costos y tiempos de construcción, al aprovechar el cascarón del antiguo cine como parte de la decoración, sobre todo en el diseño de la barra, presta y abarrotada de bebidas, en la cara opuesta al escenario, junto a la puerta de acceso a la pista. El emblema de #BestiaAural, proyectado a cada lado en las alturas, coronaba la sala que apenas comenzaba a llenarse.

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El problema de llegar temprano a cualquier evento es que uno se aburre por un buen rato.  En la pista los puntuales se sentaron a esperar ese momento en el que la sombra de la multitud los rodea, resulta incómoda, entonces hay que levantarse y continuar la espera, hasta que las luces se apaguen, los músicos salgan al escenario y comiencen a afinar. En ese instante saldrá de nosotros el bicho de la ansiedad, el cuerpo se relajará y se pondrá receptivo, el primer síntoma de que el show comenzará.

Son las 19:30, ningún indicio se manifiesta. Hay personas en el suelo y grandes espacios para moverse entre los espectadores. Los meseros deambulan con sus charolas ofreciendo (suplicando), el elixir llamado cerveza. Es de barril, oscura y deliciosa, con gotas de frío sudor, como para un promocional de Oxxo en vacaciones de verano. Lástima, pocos beben. 100 monedas por un vaso de 750 ml. me parece un robo.

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De pronto, como de un parpadeo, el espacio se llenó y las luces blancas que iluminaban la sala se desvanecieron, al mismo tiempo que en la pantalla se pudieron leer los primeros créditos: L’homme à la tête de caoutchouc (El hombre de la cabeza de Goma, 1901). El filme inició con un estruendo de batería que sacudió a los presentes, muchos de los cuales seguían ensimismados en sus smartphones, el estrépito de los instrumentos levantó su mirada hacia el frente, la magia hipnotizante de Méliès surtió efecto de inmediato, capturando nuestra atención con ilusiones ópticas y una cabeza de goma que se infla con el poderoso redoble de la batería hasta reventar.

Nadie nota que los músicos no se presentan y, más importante aún, ninguno de ellos mira en dirección al público. Todos están distribuidos sobre el escenario, de tal forma que también observan la pantalla, accionando sus instrumentos conforme la trama se los pide. Todo queda claro: están improvisando. Méliès es quien dirige la orquesta.

En efecto la dirige. Sobre la tela blanca El Melómano (Le Mélomane, 1903) dibuja una llave de sol en un gran pentagrama. Nos mira a los ojos, con un alegre baile va y viene, desprendiendo mágicamente su cabeza del cuerpo, una y otra vez por los aires, frente a nuestros ojos, y con ella dicta las notas musicales que esta noche habremos de seguir. Tal vez Méliès adivinó que algún día el cine sería una gran industria con efectos ilimitados, y eso daría la capacidad de agregar sonido a sus obras. Quizá dejó las instrucciones para que alguien en el futuro, probablemente Medeski, Ranaldo, Rivard, Grohowski y todos los presentes vibráramos con su encanto. No habría de sorprendernos, por algo era el Alquimista de la luz.

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George Méliès fue un pionero del cine como lo conocemos. De hecho, es formalmente reconocido como padre de los efectos especiales. Antes de películas como Blade Runner o Star Wars, las ilusiones del Alquimista de la luz fueron capaces de sorprender al mundo, llevándolo incluso al espacio exterior. Tal es el caso de Viaje a la luna (Voyage dans la lune, 1902), célebre cinta considerada su obra maestra, conocida por la escena del Cohete-Bala que se impacta directo en el ojo del satélite natural.

Méliès no solo fue creativo al emplear la sobre impresión, la fotografía compuesta, la exposición múltiple o la cámara detenida para darle vida a la luna, que gesticula en una perfecta y cómica mueca de dolor y fastidio. Fue un visionario. En aquella cinta se adelantó 67 años a la llegada del Apolo 11. Hay quienes dudan de la veracidad de aquella impactante transmisión de la NASA, y argumentan que “el pequeño gran salto para la humanidad” fue mera estrategia filmada en un estudio, frente al escenario de la Guerra Fría y la carrera espacial. De cualquier modo, Méliès les dio la idea.

Primero tendríamos que comprender el contexto de George en el siglo XIX. En aquel entonces, el cinematógrafo fue considerado un objeto sin futuro, en el que no valía la pena invertir. No se creía en la producción de grandes películas, nadie podía imaginar que la juventud de hoy día no sabría vivir sin Netflix o la cámara de su smartphone. Tal parece que Méliès sí lo hizo, no obstante, él no era un cineasta. El cine aún no existía.

Antes de George el cine era una atracción de feria. El cinematógrafo, invención de los hermanos Lumière, era capaz de filmar y proyectar escenas cotidianas, pero era menospreciado por sus propios inventores, quienes le daban un carácter meramente documental. En 1895, los Lumière realizaron en París la primera demostración pública de su invento.

La historia narra que, después de La salida de los obreros de la Fábrica Lumière, el público se impresionó con la Llegada de un tren a la estación de la Ciotat. El pánico se desató entre los asistentes al creer que dicho tren saldría de la pantalla arrollando a todos los presentes. La sociedad de aquel entonces no estaba acostumbrada a ver películas, pero poco a poco la creación adquirió un éxito incalculable.

El cinematógrafo no creaba imágenes en movimiento, sino una ilusión óptica al proyectar 24 fotogramas por segundo, lo suficiente para engañar la vista y obtener la impresión de desplazamiento. Algo que maravilló a Méliès, que se encontraba entre los asistentes e inmediatamente quiso adquirir el aparato, pero los hermanos se negaron. 

Méliès destacó durante su juventud por su talento con el dibujo y la pintura, pero se vio obligado a ayudar a su padre, un zapatero en plena revolución industrial. Ese primer contacto con las máquinas despertó su interés por la mecánica. Más tarde descubriría su vocación: la magia y el ilusionismo. Cuando su padre se retiró, George se negó a continuar con el negocio, utilizó su parte de la herencia para comprar el teatro Robert Houdin, en donde alternó actos de magia con proyecciones fotográficas.

Méliès compró el biscopio a un londinense, debido a la negativa de los Lumière. Poco después, ayudado por Lucien Korsten, ajustó el aparato para que pudiera capturar imágenes y después proyectarlas. En 1896 fundaron la Star Film Company, con la que produjeron cientos de películas. En realidad Méliès se obsesionó con la filmación de sus obras, ese fue el principio de sus problemas.

Debió ser impresionante y un tanto aterrador para la gente de la época presenciar por primera vez el arte surrealista de la ciencia ficción, a través de la historia de Fausto en el infierno (Faust aux enfers, 1903) o Los viajes de Gulliver (Le voyage de Gulliver, 1902).

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Las reacciones de la gente a mi alrededor son variadas, es imposible no asombrarse con las manchas de colores, reírse con las ocurrencias de los personajes, o maravillarse del extraño fenómeno tridimensional que estamos observando, lo que me lleva a deducir que las caras de sorpresa y terror, en algunas personas, se deben más bien a los músicos, que no terminan de convencer a la mayoría de los asistentes.

De pronto Lee Ranaldo se roba la atención de los espectadores atrapados por el espantoso y hechizante ruido de su guitarra al estilo de “Mote”, o los últimos minutos de “Mildred Pierce”, de Sonic Youth. Él no observa la pantalla, tampoco mira hacia el público. Mantiene los ojos cerrados y se mueve como en un profundo trance, improvisando sonidos alucinantes en un perfecto desorden.

Para quienes no han escuchado a Sonic Youth, solo hay una cosa que decir: es puro pinche ruido. La banda neoyorquina que abriría espacio para el género alternativo, nació en 1981, fue una destructiva e indomable fuerza musical que estremeció a los incomprendidos jóvenes de los noventa con su propia versión de “Superstar“, y algunas notas tan violentas como ataques epilépticos. El libro blanco del Rock, de Pablo Padilla, menciona:

“Hablar de Sonic Youth es tocar la tecla del ruido, ya está dicho, pero su provocación está lejos de la estridencia […] Thurston Moore, Lee Ranaldo y Kim Gordon trabajan de una manera que va más allá del mero liderazgo individual. Tres mentes, tres sensibilidades que, al unísono, producen un sonido demoledor. Como esas niñas que no pueden jugar con sus muñecas sin decapitarlas”.

Ranaldo aún no decapita su guitarra, pero sí rasguña el piso con ella. En la pantalla, un sin fin de Alucinaciones Farmacéuticas (Hallucinations pharmaceutiques, 1908) nos transportan a un mundo onírico, mientras Ranaldo golpea las cuerdas con el micrófono generando un estruendo. ¡Pum! ¡Una nube de polvo y un fantasma aparece frente a nosotros!, seguido del redoble vibrante de Kenny Grohowski que sacude nuestras cabezas con su eléctrico sentimiento. La gente comienza a gritar y ellos suben la intensidad. Están rockeando, jugando con nuestros sentidos. Nos hemos olvidado que se trata de un ensamble experimental.

Pronto nuestras miradas son hipnotizadas por el mal-trip del boticario, perseguido en la pantalla por un grupo de fantasmas. Es el turno de Medeski, sus teclados persiguen al asustado personaje, con un tono de misterio que recuerda a los castillos subterráneos de Super Mario Bros: turu, turu, turuu (pausa) turu, turu, turuu, pero con un toque del viejo y alucinante rock progresivo, perfecto para esos líos con LSD en los que todo se te derrite. En eso entra Rivard con su enérgico punteo y ¡listo! El hechizo está completo, ahora todos marcamos el ritmo con el cuerpo, golpeamos el piso con los talones y observamos la pantalla como un único ente.

Alguien a mi lado enciende un cigarrillo morado. El aroma a marihuana es inconfundible, por primera vez no soy yo el faltoso. A nadie parece molestarle. Una potente carcajada femenina resuena detrás de mi cabeza. En la pantalla: fantasmas, un brujo, un hada. El baterista comienza a tocar más y más rápido, los demás instrumentos se funden en una orgía de sonidos psicodélicos. Los latidos de mi corazón comienzan a sincronizarse entre la desquiciada música y la sucesión de imágenes. ¡Demonios si tan solo tuviera un poco de LSD!

Mi corazón, la batería, los fantasmas, la risa, las vibraciones que se incrementan y no se detienen. Mi corazón, Méliès, la guitarra, los fantasmas, el LSD, la gente, la risa, los redobles que tocan más y más rápido. ¡Pum-pum-pum-pum! Mi corazón va a explotar. Méliés, el bajo, los fantasmas, el boticario, los teclados, el LSD, la gente, la risa, la batería, ¡Pum-pum-pum-pum! Mi corazón más y más rápido…

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El clip termina y los músicos se detienen al momento. ¡Aplausos! Mi corazón se relaja mientras el público grita ávidamente. De inmediato comienza el siguiente filme y la música arranca con un tono oscuro y pesado que parece salir del mismísimo averno. Fausto desciende al inframundo en busca del conocimiento ilimitado y los placeres mundanos. La música se apodera del público, la gente comienza a sacudirse de atrás hacia adelante, meneando la cabeza, sintiendo el poder del rock. Los cuatro músicos tienen formaciones y estilos diferentes, los sonidos que producen se mueven entre la anarquía y el completo desorden. ¡Están rockeando!

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Guido de Arezzo, en la Edad Media, desarrolló la escala diatónica, perfeccionó la escritura musical al inventar un sistema similar al pentagrama y uno más para la solmización o solfeo. Descubrió también un acorde que provocaba cierta disonancia antinatural, cuya naturaleza demoníaca desplaza el pensamiento del oyente hacia lo impuro, empujando el alma inocente, de quien le escucha, hacia lo prohibido.

Un elemento musical de esa clase solo podría ser obra del mismísimo diablo. El tritono del séptimo acorde es un arma de la que se sirven los demonios para adentrarse a través de la música al hombre. Por esa razón recibió el nombre de Diabolus in musica, y su interpretación fue duramente castigada durante toda la Edad Media. El tritono maldito fue sepultado y olvidado hasta la llegada del Romanticismo, que trajo consigo la música programática, la cual representaba una asociación de imágenes o estados de ánimo, y fue usado en obras como la Sonata a Dante, de Franz Liszt y El ocaso de los dioses, de Richard Wagner, que no se alejaban de la temática demoníaca.

En la música moderna, el jazz ha sido uno de los géneros en el que el diabulus in musica tiene mayor presencia, pero es también donde menos se aprecia su oscuro pasado. Siendo el jazz una composición armónica por lo regular alegre, que se basa en el permanente cambio entre tensión y relajación, el tritono resulta una herramienta fundamental. En cambio su hermano menor y melancólico, el blues, siempre en íntimo contacto con el jazz, pero ajeno a las prohibiciones, más cercano a la oscuridad y al sufrimiento, se ha convertido en otro gran refugio para el acorde.

En la pantalla el demonio Mefistófeles le da a Fausto un momento de descanso. La música del ensamble se torna más densa. Mientras el personaje con cuernos señala hacia un profundo pasadizo, el abismo del diablo. La batería simula los pasos de Fausto, el eco de la caverna y la tensión del peligro. El tritono está presente desde hace un rato en los cuatro músicos, que parecen preparados para invocar al Dios-Demonio del progre, y ponernos a bailar la danza del inframundo.

Tampoco debería sorprendernos, Medeski y Rivard están formados en el jazz de vanguardia, que es un estilo neo-surrealista. Kenny Grohowski es un baterista prodigio que ha trabajado con todo tipo de géneros, desde el jazz contemporáneo, el moderno, de fusión, funk, indie, new classical, hip-hop, hard rock, death rock y hasta rock progresivo. Lee Ranaldo está loco, pero tiene experiencia con los performance experimentales, además de haber sido elegido el número 33, en la lista de Los 100 mejores guitarristas de todos los tiempos, de la revista Rolling Stone.

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El cuarteto deja atrás los gritos guturales y los tonos sombríos, para regresar al delirante rock progresivo con una chispa de noise y heavy metal, suena casi como “Rat Salad”. El tritono se impone sobre el público que comienza a matear con ganas. Es curioso observar que si se analizan las raíces del heavy, una de las bandas que sentó las bases del metal, tal y como hoy lo conocemos, fue Black Sabbath, quienes popularizaron el acorde maldito de forma casi involuntaria en la introducción de “Black Sabbath”, su canción homónima .

Fausto recorre el averno y se topa con los tormentos infernales disfrazados de belleza femenina. En la pantalla un grupo de hermosas mujeres bailarinas unen sus cuerpos, crean un monstruo aterrador con tentáculos en forma de piernas que se extienden hasta alcanzarnos y ponernos bajo su control. Es el Dios-Demonio del rock progresivo que ha sido invocado por Méliès y los músicos para nuestro deleite.

El progresivo es un género que nace a finales de los sesenta, en un intento por dar peso y credibilidad al rock, al agregarle el mismo nivel de sofisticación e instrumentación que el jazz o la música clásica. En pocas palabras, se trata de un rock orgánico, con tintes psicodélicos de jazz, soul, funk y blues, en los que resaltan los sonidos agudos de la guitarra o el ritmo abstracto y pegajoso de los teclados. Algunos recordarán a emblemáticas bandas como King Crimson, Rush, Genesis Aphrodite’s Child. La realidad es que la sala continúa vibrando con esta extraña anarquía de sonidos e imágenes que dejarían a Pink Floyd como un dummie del movimiento psicodélico.

Ha llegado el momento del break, las luces se encienden, el proyector se apaga, las manos regresan a los smartphones y las filas en la barra y el baño se vuelven insoportables. Reviso el programa, solo faltan dos filmes más.

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La última parte del concierto llegó cuando las luces se apagaron nuevamente y todos pudimos leer en la pantalla: El reino de las hadas (Le royaume des fées, 1903). La película comienza en una corte real, y esta vez es el bajo el que se prende, seguido por los teclados, la batería y la guitarra. Nuevamente nos ponen a matear. Gritos y aplausos se escuchan en toda la sala. Los músicos aprietan y nuestras cabezas responden. Ranaldo en su trance, siente la música, siente a la gente y hace chillar su guitarra. El sonido eléctrico de los instrumentos corta el aire erizándonos la piel.

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Puede que en este film aparezca el primer time lapse de la historia. Una tormenta que se desata y cobra vida con tal fuerza que produce vértigo en quien le observa. Al parecer la creatividad de George no tenía límites. Fue en alguno de sus experimentos que descubrió por casualidad el método del stop-trick, antecesor del llamado stop-motion, con el que realizó inigualables efectos especiales. Sin embargo, pese a su gran genio, Méliès murió prácticamente en el olvido.

Mientras otras productoras alquilaban sus filmes, Méliès vendía los suyos, obteniendo apenas una fracción de lo que realmente recaudaban. Al final se quedó sin nada. Con la llegada de la Primera Guerra Mundial los tiempos se volvieron difíciles. George tuvo que vender su teatro junto con las grabaciones que aún conservaba, material que se perdió para siempre. Sobrevivió gracias a un puesto de golosinas, hasta que en 1931 fue redescubierto y condecorado con la Cruz de Honor de la Legión. Más tarde, la mutua de cine, que él mismo había fundado, le ofreció una ayuda económica que le permitió retirarse.

La música se termina y los aplausos comienzan en el esperado Viaje a la Luna, que sorprende a los espectadores con su dinamismo. Si bien el guión es una adaptación de De la Tierra a la Luna, de Julio Verne, sorprende ver un mundo contaminado por los desechos de las fábricas y el arduo trabajo de los obreros en favor de la aristocracia, una sutil advertencia del futuro. Una crítica real y discreta de la sociedad que se veía venir.

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Los músicos se acercan al clímax, los astrónomos ascienden a la luna disparados por un gran cañón hasta el impacto. La batería incrementa el volumen y la luna hace su grácil mueca de dolor. El griterío se desparrama nuevamente. El cuarteto aumenta la intensidad. Los corazones se aceleran cuando los exploradores son perseguidos por los habitantes de la luna. Por fin retornan a la Tierra; pero los músicos se elevan hasta el firmamento con el último golpe de rock.

Las cabezas no dejan de sacudirse con este perfecto y completo desorden.  Es un sacrilegio para la gramática musical tradicional. Una panda de locos que parecen salidos del bus escolar, pintado con flores incandescentes y arcoiris luminiscentes de Ken Keassey y los alegres bromistas. La gente se emociona, algunos saltan en su lugar conforme la trama avanza, la música continúa elevándose, no hay duda de que son maestros en su género. Han dominado al Dios del progre con sus notas.

¡Qué discutan los filósofos si la neta es puro pinche ruido! La ovación es general, una clara muestra de que lo bello coexiste con lo grotesco. Lee Ranaldo gira sobre el escenario con los ojos cerrados y la guitarra volando, la sujeta del talí con una mano y de la palanca de vibrato con la otra, como si quisiera arrancarla del puente que se tensa. Vibran las cuerdas, el mástil, los amplificadores chillan más y más alto. Lee sigue girando. Vibra la batería y las piernas de todos a mi alrededor que llevamos el ritmo con los talones. Vibran las paredes, vibra el universo, vibra Méliès y vibramos todos.

El hechizo se rompió cuando la magia de Méliès se terminó en el proyector y los músicos tocaron su último acorde. Un final tajante, seguido por las mismas luces blancas que antes dieran inicio al espectáculo, ahora lo culminan iluminando todo el lugar, incluyendo las salidas que rápidamente comienzan a vaciarse. Nada de formalismos. Nadie súplica por otra canción. Los músicos se despiden brevemente y se retiran como si nada.

Afuera la ciudad apesta a basura, meados y monóxido de carbono. En la esquina un carrito de hamburguesas destaca entre la multitud. Me quedan 50 morlacos en la cartera, y tengo un antojo irresistible de cerveza. Me alcanza para una con doble queso, un cigarro y una chela caminera. Mientras me alejo pienso en Méliès.

El alquimista no buscaba la transmutación del plomo en oro para hacerse rico o poderoso, sino para encontrar el elixir de la vida eterna. Un artista verdadero no busca la fama, sino la inmortalidad. Georges Méliès fue el creador de la ficción cinematográfica, de los géneros de fantasía, horror y ciencia ficción. Considerado por muchos el padre del surrealismo y del concepto de cine como espectáculo de masas. Su legado para el mundo: los más de 500 filmes que grabó, y que hoy son la piedra filosofal que le dará vida hasta el fin de los tiempos.

cine concierto george melies

Editor Yaconic

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