Estoy nervioso. Son casi las seis de la tarde y sobre la calle de la Palma, en el Centro Histórico, los comerciantes están recogiendo sus productos mientras decenas de peatones  apresuran el paso para llegar a sus múltiples destinos… el ambiente es frenético y no ayuda a tranquilizarme.

Ella al contrario: luce serena. Incluso bromea un poco sobre la gente apresurada; tal vez el par de latas de Paris de Noche que vaciamos con el fin de “darnos valor” tuvieron un efecto más precoz en su sistema nervioso.

Antes de dar vuelta y tomar República de Cuba, nos detenemos unos minutos para ocultar otras cuatro bebidas. “Leí que sí revisan las bolsas”, me dice mientras me da dos latas que de inmediato guardo en mi chamarra.

Con las municiones escondidas abordamos la calle del Hotel La Habana, y, antes de dar diez pasos, en el número 81 nos encontramos con un letrero incompleto y triste: significa que hemos llegado.

“Pues, ¿vamos?”, me dice sin apartar la mirada de la marquesina desgastada. Por algunos segundos mi mente revolotea entre excusas pero el morbo se impone: “Allí está la taquilla”.

Entonces cruzamos el umbral del Cinema Río, uno de los últimos cines pornográficos en funcionamiento de la Ciudad de México y tal vez el único que permite el ingreso de mujeres.

Butacas y venidas sin palomitas

Dentro del Cinema un taquillero joven pero nada jovial se nos acerca para cobrar: $125 es el costo para acceder a la sala de parejas (los hombres solitarios pagan $15 pero ingresan a otra sala). El mismo tipo hace un cateo poco meticuloso en nuestras  mochilas para luego señalar unas escaleras y soltar un “subiendo a mano derecha”.

Un ingreso eficaz; sin preguntas ni tiempo para evocar cualquier sensación cobarde durante el intercambio monetario.

Arriba hay un recibidor empapado en rosa: hay paredes, piso, luces, baños, señalizaciones y hasta cortinas en esta tonalidad. Lo único que contrasta son los sillones morados regados por el espacio, una pantalla blanca, los extintores y los posters que anuncian películas como Shades of Kink Vol 4. Todo lo demás es aturdentemente rosa, hasta el letrero neón que indica a quién pertenece el recinto: EROTIKA.

Lo que no vemos es gente. “Igual no hay nadie”, pienso. Entonces caminamos a lado de los baños de damas dónde está el acceso para la sala. Entramos.

La escena que nos recibe: una pareja; ella empinada sobre la butaca de enfrente y él detrás dejando solo su cabeza al descubierto. Y no se reproduce en la pantalla sino sucede al fondo de la sala, en la última fila.

Luego un vistazo al resto del lugar: es un espacio mediano (tiene más de diez niveles entre los que se reparten decenas de butacas negras y acolchonadas); algunas luces rosadas sobresalen a lado de los escalones y sirven de guía; el olor, contrario a lo que se podría pensar, no es penetrante ni nauseabundo sino mantiene una fragancia común, normal; hay una salida de emergencia en la parte superior que permanece abierta; algunos barandales dividen ciertos niveles de asientos; hay dos pares de escalones para subir-bajar; y la gran pantalla luce cuidada.   

Respecto a la gente, está semivacía. Tal vez por el día (es martes), aunque los 4 o 5 pares que hoy están en la función se entregan fielmente en recrear escenas dignas de cualquier vídeo XXX. “Mira, esa morrita se la debe estar mamando”, susurra ella señalando con la cabeza hacía un rincón  dónde solo alcanzo a ver el rostro de un tipo.

Nos acomodamos en un par de butacas no tan alejadas del accionar sexual pero cuidamos mantener una distancia para que nada nos salpique.

– ¿Venderán palomitas? – pregunta ella mientras destapamos un par de `Parises`.

– Si vendieran les pondrían semen como aderezo.

Contenemos la risa y volteamos a la pantalla.

El jadeo inspira

Tras varios minutos dentro de la sala viendo una serie de trailers de películas eróticas que por su fugacidad no motivan, escuchamos más jadeos. La verdadera acción está sobre las butacas.

– ¿Y si volteo? – pregunta ella.

– Igual y se acercan – respondo.

Los dos empezamos a voltear itinerantemente hacía el resto de las parejas. El ansia voyerista es el ingrediente principal de este sitio; mirar y ser visto, un toma y daca que favorece la libido más allá de lo que sucede en el telar blanco.

De toda la sala solo otra pareja – además de nosotros – mantiene sus prendas. El resto prueba cualquier cantidad de posiciones posibles en un espacio reducido; el ‘misionero’ es obsoleto y otras poses más vistosas son las que tienen lugar.

Entonces una pareja se incorpora y da unos cuantos pasos hacia dónde otra se mantiene cogiendo. Al ver al par externo detienen la acción por unos momentos y los tipos comienzan a dialogar. ¿Se conocen? Es la opción menos probable. Seguro las prácticas swingers (intercambio de parejas) fluyen con soltura dentro de la sala. Pero esta vez no sucede; la pareja con la propuesta vuelve a su sitio mientras el par que no dejo sus asientos arremete de nuevo contra sus respectivos genitales. Suerte para la próxima función.

El múltiple mete-saca que nos rodea hace que ella gradualmente suba su mano por mi entrepierna rumbo a la bragueta de mi pantalón. Al principio siento un poco de pena y la aparto, pero tras más minutos contemplando y escuchando el  choque de cuerpos enigmáticos yo mismo desabotono los jeans.

– Ojalá nos vean – sentencia ella.

Por fin entramos al Cinema.

La pantalla es espejo

Con la noche la sala comienza a despejarse. A partir de las 20:00 horas la mayoría de las parejas comienza a salir tranquilamente. Ningún par sale junto a otro; parece una regla implícita respetar el enigma de la oscuridad entre cada dueto.

Mientras tanto en la pantalla se siguen reproduciendo los adelantos poco excitantes de cintas eróticas.

– ¿Por qué no ponen una completa? Estaría más rico – increpa ella.

Yo pienso que es lo de menos; la pantalla es más bien un espejo y saberse dentro de un espacio que posibilita presenciar, ser presenciado e intercambiar es lo que nutre la experiencia. Una porno la ves en tu cuarto.

Nos mantenemos más minutos que el resto en nuestras butacas. Cuándo ya solo quedamos los dos, damos un recorrido por todo el lugar: encontramos algunos empaques de condones, servilletas y latas. Pero no en abundancia, es suciedad discreta y entendible.

Salimos de la sala y bajamos las escaleras. El joven sigue allí y solo voltea, ya no dice nada ni se incorpora. Se sabe guardián, confidente y pues es su rutina presenciar cualquier cantidad de seres sexuales sudados.

Hasta que estamos a un par de cuadras recuerdo el nerviosismo previo a ingresar y me rio de mí mismo cuando me descubro preguntándole a ella:

– ¿Entonces cuándo volvemos?

Por fin entiendo a Travis (Taxi Driver).

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Yair Hernández

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Hago muchas cosas y gano poco varo.

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