Por Adolfo Reséndiz
Fotos Amish Media / Yaconic

Son las 11:30 de la noche. Entre la paz de la Sierra Mazateca, entre el sonido de los grillos y las reses, escucho una voz que me llama: “¡Adolfo, despierta, prepárate!”. Es Don Félix. Viste ligero: pantalón de mezclilla, huaraches de piel y camisa desabotonada hasta el esternón. Está tranquilo. Lo noto en su rostro. Esta noche será mi guía hacia los libros del conocimiento. Y ni cuando el universo se me pliegue entre los brazos, ni cuando la muerte me encare, ni cuando una serpiente negra de gran cabeza suba por mi pierna izquierda, dejará de cantar, de dialogar conmigo y con los “niños santos” (ndí xitho), para que pueda arreglarme con ellos, conocerlos y recibir su palabra.

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Los ojos del mundo voltearon a los hongos enteógenos de la Sierra Mazateca a principios de la década de los 60, luego de que Robert Gordon Wasson —banquero frustrado y etnomicólogo— conoció a María Sabina durante un viaje a Huautla de Jiménez, Oaxaca. Wasson investigaba el uso religioso de los hongos, y un buen día fue llevado con esta Chjota Chjine (gente de conocimiento). Robert comió “hongos divinos” con su equipo. Alucinó. Convivió con el entorno. Volvió a comer, y posteriormente escribió un reportaje para la revista Life en el que narraba como la noche del 29 de junio de 1955, «en una aldea mexicana tan lejana que la mayoría de habitantes no hablan español, mi amigo Allan Richardson [fotógrafo] y yo compartimos con una hospitalaria familia india una “comunión sagrada”, en la cual se adoraron, primero, y se consumieron, luego, ciertos hongos “divinos”. En la ceremonia religiosa los indios mezclaron ritos cristianos y paganos en forma desconcertante para el cristiano, pero natural para los indígenas. Dirigieron el ritual dos mujeres, madre e hija, ambas curanderas; y el oficio se celebró en lengua mixteca».

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A partir de la revelación, María Sabina se convirtió en un símbolo de la cultura alucinógena, y a Huautla fueron atraídos decenas de hippies (y jipitecas) que buscaban las puertas a otras realidades. El flujo de los turistas psicodélicos disminuyó en los años ulteriores; pero no se detuvo. En su icónico libro, La contracultura en México, José Agustín nos cuenta de ello:

A fines de 1966 un periodista de Excélsior subió a Huautla y escribió dos reportajes sobre el pueblo, en los que informó de la presencia de unos viciosos que, en medio de whisky y mariguana, buscaban hongos y llevaban dólares para pagarlo. Un año después, Alejandro Ortiz Reza, también de Excélsior, siguió esa línea con más brío; en su artículo “Invasión de beatniks en Oaxaca”, llamó “seres inútiles, deprimentes, inmorales y viciosos” a los macizos instalados en Huautla y Puente de Fierro. Poco después el caricaturista Abel Quezada criticó a los jipis en uno de sus cartones, y la Secretaría de Gobernación envió a un grupo de agentes, que en septiembre de 1967 deportó a los jipis gringos y encarceló a los nacionales. A partir de ese momento, el ejército y los agentes de la Policía Judicial Federal reemplazaron a los jipis, y durante las temporadas de lluvias de 1968 a 1969 patrullaron la sierra para arrestar melenudos. Estos, de cualquier manera, siguieron subiendo a Huautla, sólo que por otras rutas, y a pie, lo cual implicaba un sacrificio considerable; en tramos de diez horas al día subían la sierra para llegar a Huautla, Ayautla y Tenango (los tres grandes centros de las plantas de poder), sin que el ejército o la judicial se diesen cuenta. Sin embargo, para entonces el personal que así se arriesgaba era fundamentalmente nacional, pues los gabachos frenaron la invasión ante la perspectiva de caer en las dreaded Mexican jails.

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Para llegar a Huautla desde la ciudad de México hay que tomar la carretera México-Puebla, desviarse hacia Tehuacán y luego encaminarse a Oaxaca. Después de cuatro horas de viaje se debe tomar la desviación en la carretera 182, lo que significa recorrer dos horas más de curvas sinuosas, entre desfiladeros impresionantes. Un recorrido no apto para estómagos débiles.

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Lo primero que notas al llegar al mítico poblado, además del clima semicálido húmedo y el olor a hierba mojada, es el culto a los santitos. En la entrada del pueblo hay una fuente de poco más de tres metros de altura en forma de hongo, coronada con una estatua casi en tamaño real de María Sabina, que te recibe con los brazos extendidos. Incluso los taxis, tsurus blancos con líneas amarillas, están decorados con ilustraciones de las múltiples variedades del honguito. La demanda de éste alimenta una industria de neo chamanismo que aprovecha las bondades del entorno para ofrecer a los turistas experiencias alucinógenas que poco tienen que ver con las tradiciones mazatecas originales.

A Huautla llegamos para comprar hongos, Saraí Piña (investigadora y etnóloga), nuestra guía y contacto, Amish Media (fotógrafo) y yo. El plan era parar ahí, conseguir los bombines y luego continuar hasta el encuentro con Don Félix, un Chjota Chjine conocido por Saraí durante sus investigaciones académicas. Una vez en Huautla Saraí nos llevó con sus “vendedores de lo sagrado” de confianza en el barrio de La Cruz, quienes nos recibieron con gran entusiasmo y hospitalidad.

Saraí soltó la pregunta clave: “¿Tienen honguitos?”. Y uno de ellos contestó: “No. Hay que ir a conseguir porque no quieren salir. No hay relámpagos”. Entonces les comentamos que no podíamos irnos con las manos vacías, y nos pidieron 20 minutos para ir a buscar derrumbe (Psilocybe caerulescens, variante más potente del hongo). Regresaron con una bolsa de plástico de la que sacaron ocho hojas de plátano perfectamente dobladas en forma similar a un tamal. En el interior de cada una dormían seis niños santos.

Hablamos de precio: “70 pesos por cada viajecito. Está barato, luego los dan en 200 pesos”, dijo uno de nuestros surtidores. No regateamos. Pagamos, nos despedimos y regresamos a la ruta. Nuestro siguiente destino era Agua Camarón, donde nos esperaba Don Félix.

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Agua Camarón se encuentra entre grandes montañas selváticas que esconden árboles de plátano, naranja, mamey y plantas de café. Para llegar allí bastaron un par de horas luego de la parada en Huautla y mucha paciencia, ya que el camino es accidentado, lleno de piedras y lodo. Lo sinuoso de la carretera impide superar los 20 o 30 kilómetros por hora.

Don Félix es  un pastor católico que actualmente construye (con sus propias manos y recursos) la única iglesia de Agua Camarón, también es comerciante y a menudo viaja a Huautla para vender café y otros frutos que obtiene de la naturaleza. Su apego por los hongos sagrados lo heredó de su familia, ya que desde muy chico creció con ellos, los cuidó y posteriormente ayudó a otras personas (como a mí) a descubrirlos. Para él los hongos representan una ventana a los grandes libros del conocimiento de la madre naturaleza, una forma de limpiar y sanar cuerpo-mente.

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En la cabaña de Don Félix nos recibieron Teófila y Diego (su esposa e hijo menor); nos invitaron a comer pan, café y atole agrio (bebida sagrada de maíz, chile y frijol). Don Félix no se encontraba en ese momento: estaba rezando por un difunto en un poblado vecino. Eso significaba esperar un día más para comer hongos. Nos resignamos. Estábamos agotados. Una lluvia fuerte retumbando en el techo de lámina hacía de música de cuna.

Abrí los ojos por ahí  de las 10 am. Desayuné y hablé con Don Félix. Le conté el motivo que me traía hasta él: comer hongos, conocerlos, sentir la experiencia, trabajar mi relación con la muerte (un par de años atrás casi muero por una sobredosis) y escribirlo. Él dijo: “uno hace un gran sacrificio para venir hasta acá, el hongo lo sabe, y si tienes fe te va a ayudar”. Entonces se programó la ingesta para la medianoche, como la tradición manda. Mientras la hora llegaba, dimos un rondín por la zona. Después Diego me invitó a jugar futbol. Y luego, como el reloj avanzaba lento, decidí tomar una siesta.

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11:30 de la noche: de entre la paz y ruidos de grillos y reses, escucho una voz que dice mi nombre. Es Don Félix, quién me despierta para el momento esperado.

El Chjota Chjine saca los hongos de su refrigerador; nos lleva a un cuarto especial de su casa destinado para la ingesta y me hace prender copal para sellar la habitación e impedir el paso de los malos espíritus. Don Félix bendice los hongos; les habla; les reza. Luego muele un poco de tabaco fresco y me lo unta en la frente, cuello, brazos, manos y abdomen para que mi cuerpo no sea ocupado por algún espíritu que vea salir mi alma. Luego alista su guitarra; divide en partes iguales los hongos. Me da un plato. “Por fin llegó la hora”, pienso. Uno a uno voy mascando los derrumbes; un sabor amargo recorre mi paladar; siento los minerales en la lengua, el ácido (Saraí y Amish observan).

De pronto Don Félix apaga las luces y reina la obscuridad. Entona canciones evocando a la mujer y a la madre tierra (las dos proveedoras de vida), también sobre la incertidumbre del hombre a la hora de tomar su camino en la vida. Don Félix no dejaría de cantar durante el viaje.

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Sabes que ya estas puesto cuando empiezas a bostezar y reír de a poco. La energía me recorría el cerebro y los muebles se movían como las olas del mar. Sentía que tenía que saldar cuentas con la muerte, así que la imagine o vi en la entrada de la pequeña habitación. Un esqueleto cubierto con túnica negra que me veía directamente. Don Félix me dijo que no me preocupara de ella porque yo aún tenía mucho camino por recorrer, además de que existe la reencarnación.

Cerré mis brazos cuando se transformaban en cadenas de átomos azules y rojos de forma hexagonal, al centro del círculo veía estrellas. Entonces un vértigo electrizante se apoderó de mí y una serpiente negra de gran cabeza –tan elegante como un piano de cola— subió por mi pierna izquierda y no dejó de seguirme con su mirada hasta que se desvaneció en el aire. La visión no me produjo miedo, una taciturna tranquilidad llenaba mi cuerpo y mente.

En ese momento Don Félix lucía como un gran hongo humano que orquestaba la ceremonia con su guitarra. De sus brazos, manos y dedos se desprendían pequeños bombines como queriendo tocar el cielo. Me explicó que los hongos se activan con la palabra, son dialógicos, y me pidió hacer un trato con ellos. En algún momento cerré los ojos y vi un caleidoscopio de colores chillantes. Hexágonos tridimensionales danzaban frente a mí, cambiando de color y posición ante el más mínimo parpadeo. Esa fue la última visión antes de que el efecto desapareciera completamente. Habían pasado tres horas.

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Don Félix culminó el ritual con una limpia sobre mi cuerpo con huevo y velas. Me frotó las velas y me pasó un huevo por mi cuerpo para extraer energías negativas. Listo. Habíamos terminado. Había hecho un pacto con el hongo. Agotado, me fui a dormir.

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A nuestro regreso del viaje a la Ciudad de México, mi visión sobre ciertos aspectos de la cotidianidad ha cambiado. Todavía me traslado el momento del viaje. Me pregunto si lo volvería hacer y me respondo que sí, sin dudarlo. El hongo es un poder que se encuentra más allá de nuestra idea del mundo, algo que se tiene que experimentar para conocerlo a plenitud. Un dialogo que varía según la persona. Pienso en el hongo como un coloso de luz que duerme en la Sierra Mazateca, esperando a los viajeros que vayan a su fortuito encuentro.

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