Por Ret Marut

He escrito artículos que luego han sido publicados bajo la firma de investigadores de universidades gringas, inglesas y españolas. Esto lo digo porque he visto que cuando son descubiertos y juzgados los plagiadores seriales mexicanos, esos que copian y pegan para obtener grados académicos o puestos en la alta burocracia, la opinión pública suele decir que eso solo pasa en México. Lo dicen como si a nadie en el mundo se le ocurriera hacer trampa o avivarse. Como si los únicos caradura vivieran en este país. Quizá, en realidad, el fenómeno del engaño es común en el ámbito académico a nivel internacional. Tan común como fingir una zancadilla en el fútbol. Plagiar es una forma de resolver un problema: el problema de la escritura. Otros prefieren contratar los servicios de un redactor profesional.

No es complicado encontrar en la red servicios de redacción y escritura; basta con buscarlos. Agencias y burós que ofrecen sus manos y dedos para tipear lo que haga falta: contenidos de sitios web y revistas, artículos de cualquier índole, ensayos académicos, tesis para obtener un grado, cartas, guiones de teatro, cine, televisión, campañas publicitarias, trabajos escolares, contenidos de tarjetas de felicitación para cualquier ocasión, epitafios, contenidos de redes sociales, etcétera.

En concreto, cualquier tema que pueda escribirse, siempre y cuando haya un cliente que lo pague: documentos institucionales, discursos políticos, documentos empresariales, documentos institucionales de organismos internacionales como planes de desarrollo social, económico. Los planes que presentan los aspirantes a puestos de representación popular durante sus campañas. Documentos que son utilizados en las cortes. Argumentaciones jurídicas. Dictámenes de siniestros para las aseguradoras. Los servicios de redacción y escritura también ofrecen escribir autobiografías y libros de superación personal. Y el unicornio del oficio: literatura: poesía, novelas, relatos.

Las agencias de redacción están constituidas por profesionales de la escritura, redactores que trabajan este oficio como un zapatero repara zapatos. Los redactores no solo se congregan alrededor de burós, la mayoría de ellos frilancea. Hay redactores que han alcanzado un alto grado de destreza y prestigio en el medio y que son conocidos como negros, sombras o, el término más aplicado: ghostwriters. Aunque para portar este galón —porque una cosa es ser un redactor y otra un negro— es necesario escribir sobre todo para otros escritores.

Comencé a escribir para otros apenas en la primaria. Hacía las tareas de mis compañeros, que tenían que ser diferentes de la mía, y si era posible, los exámenes. Cuestión que requería de la planeación de una operación estratégica para distraer a la maestra en turno. Casi siempre lo logramos. Cobraba por este servicio. Aunque yo aspiraba a convertirme en un escritor como los que leía, de los que copiaba cuentos. Así comenzó mi práctica de la escritura. El ejercicio consistía en copiar algún relato y cambiar las líneas y párrafos que narraban hechos con los que no estaba de acuerdo. Ahora que lo pienso ese hábito era como hacer un cover de tu canción favorita. Luego, a los 11 años, escribí mi primer cuento original. Se extendía a través de 24 cuartillas escritas a mano. A partir de esta edad deseché el plagio. Pero durante toda mi vida académica ayudé a mis compañeros a aprobar materias siempre que se tratara de escribir algo: un trabajo, un reporte, un ensayo.

En algún momento de mi adolescencia opté por la poesía y varios años la llevé a la práctica. La poesía me hacía sentir escritor, que no poeta. Y pensaba que llegado el momento tendría que volver a la prosa, intentar con el relato, la novela, el ensayo literario. Pero la rapidez del verso me ganaba para su bando. Con la poesía publiqué en revistas, gacetas, fanzines. Conocí el ámbito literario de la ciudad. Me llamaron poeta y me incluyeron en algunas antologías. Yo me creí poeta hasta que conocí poetas de verdad. Afortunadamente, en la universidad un compañero de pupitre me recomendó con su mamá, que en ese momento necesitaba un redactor. Él le dijo que yo escribía bien. Ella me hizo una prueba y yo acepté el trabajo: consistía en redactar los planes de desarrollo social para los gobiernos de cinco estados de la República. Cuando la señora me pagó me explicó que ella trabajaba con sus socios en una agencia de servicios de escritura y consultoría. Me dijo que si yo quería vivir de escribir me olvidara de la literatura, de la poesía, y que me sumara a su roster de redactores.

Aunque seguí trabajando para ella, no me sumé a su roster sino que lo intenté por la vía independiente: el freelance.

Mi oficio comenzó conmigo escribiendo contenidos para revistas: automóviles, moda, comida, consejos sentimentales, de salud, sexo. Textos que no requieren la autoría de quien escribe. Una amiga dramaturga me invitó a escribirle un guion, que luego ella firmó como suyo. La amiga de una amiga me pidió que escribiera su tesis para el CUEC. Lo siguiente fue escribir la autobiografía de un político de medio pelo. Uno de mis maestros de la facultad me recomendó con alguno de sus amigos para que yo escribiera los artículos que él tenía que publicar por requisito del SNI. Un día recibí un correo en un mal español desde Brasil preguntándome si podría escribir artículos sobre el tema deportivo desde una perspectiva social. Cada nota me sería pagada a mil dólares, durante un año, las notas que fueran necesarias (no precisaba un número). Yo no podría reclamar la autoría y ni siquiera supe dónde fueron publicadas. Acepté. En ese momento boté todos mis trabajos que no guardaban relación con la escritura y comencé a vivir de escribir verbos concordados con sujetos. Más adelante recibí correos en inglés, en español peninsular. Escribí sobre política, medicina, ingeniería, artículos que eran publicados en revistas especializadas en temas de los cuales ni aun hoy tengo conocimiento. Pero bueno: solo se trataba de escribir, así como el fútbol solo se trata de patear una pelota, y algunos saben hacerlo mejor que otros. Hasta que por fin llegó un libro, uno real, no como las autobiografías o los textos de superación personal que ya se acumulaban en mis discos externos. Un libro de literatura. El unicornio que persigue todo negro. Yo ya había escrito proyectos para que aspirantes a escritor se ganaran alguna beca, o textos inéditos para que ganaran un premio literario. Pero lo que se me pedía ahora era un libro, que iba a ser publicado lo escribiera yo u otro negro.

Lo interesante de escribir como negro es que mientras un escritor de carne y hueso requiere que su nombre figure en la portada, el negro guarda el anonimato con coraje. En el tiempo que llevo como redactor y negro muy pocas veces he tratado con mis clientes en directo. Regularmente el trato es a través del correo y el pago con depósito o transferencia bancaria. Al negro tampoco le interesa reclamar reconocimiento por su obra y la lealtad hacia la profesión le impide delatar a sus contratantes. Más que la figura de superhéroe enmascarado, el negro es un vengador nocturno señalado por la ley. Un maldito.

Escribí el libro. No tenía que ser bueno; tenía que, según las instrucciones y todo el proceso de correcciones y aclaraciones, estar bien escrito, correctamente escrito. Por supuesto la versión que finalmente entregué no fue la publicada, supongo que las observaciones íntimas del escritor y la dedicación del editor fueron contempladas y aceptadas por la persona que formó el libro. Yo lo había escrito y me habían pagado lo acordado, que en el oficio es lo que importa. Además en tiempo récord, al menos para mí, porque seguramente si hubiera sido un libro mío me habría tardado más.

Vino el segundo y el tercero, el cuarto. Tengo hasta el momento cinco libros de literatura escritos en toda regla, publicados. No es la parte del oficio a la que más me dedico. Prefiero los artículos de investigación que requieren menos tiempo y son mejor pagados: menos cuartillas, menos requisitos, y retribuidos a destajo. Cobro por palabras, no por tabique. Invierto menos tiempo. Las exigencias son menores.

No plagio porque no es necesario. Poner palabras una tras de otra no representa un problema. Plantear ideas y desarrollarlas, tampoco. La literatura es una cosa, es más estética, más filosófica, más visceral, funciona si el relato es rotundo. Y aunque lo que cité antes sean sus características, solo se trata de presentar de una manera concisa el lenguaje. Explorar a través de todas sus posibilidades. Los artículos, tesis, que escribo para investigadores, trabajan sobre lo real. Si escribo un artículo médico, tengo presente que los médicos salvan vidas, los escritores de literatura no. Aun así tengo que cumplir con el trabajo, un zapatero repara cualquier zapato. A eso me aferro siempre, a la práctica de la profesión: si fuera un sicario, le dispararía al objetivo, sin preguntarme nada sobre él.

Hay historias intrigantes, interesantes, de nota amarilla sobre los escritores fantasmas. Mario Vargas Llosa, que antes de saltar a la profesionalidad ejerció el oficio. Stephen King, que se supone cuenta con un ejército de redactores a su servicio. Alejandro Dumas, que hizo uso de ayudantes para escribir su obra. Paul Auster, que hizo de ghostwriter antes de comenzar su carrera. Y decenas de casos de best sellers que se pueden rastrear en la red de escritores que publican hasta cinco novelas al año y que no tienen reparo en declarar que tienen un taller de escritores a su servicio. Hasta Cervantes y Shakespeare salen salpicados en el tema, aunque no haya pruebas fidedignas que lo corroboren.

Creo que pretender que todo mundo escriba es bastante jodido. O que considerarlo como requisito para ejercer una profesión es un desatino. Ahora bien, la literatura es otro tema, pero al final se trata de producir una mercancía que pueda ser vendible; y en la fabricación de la mercancía participan distintos elementos, así como diferentes individuos. Yo no sé si sea justo atribuirle la autoría de una novela a Fulano Pérez. Cuando hay un editor, un corrector, un impresor, sin los cuales no hubiera sido posible que una novela llegara a la librería.

Por otra parte, me queda claro que los negros hemos escrito más líneas, párrafos y libros que los autores. Hemos escrito los libros fundacionales de los pueblos y las religiones. Hemos escritos las tablillas mesopotámicas, los jeroglíficos egipcios y mayas, todos los textos anónimos que existen o existieron, somos los obreros de la escritura. Y no reclamaremos nunca el prestigio que da escribir para el lector. Vivimos en la sombras: ese es el mejor lugar para nosotros.

Hace mucho tiempo que Yaconic me había pedido que escribiera sobre mi experiencia y no le hallaba el caso a hacerlo. Lo hago porque se ha señalado a Enrique Peña Nieto como plagiador de una tesis. Eso es lo que menos importa, hay otras cosas por qué perseguirlo o señalarlo. Seguramente alguno de mis colegas le escribió ese documento. Porque así como trabajadores comunes y corrientes construyeron las pirámides de Egipto, los negros construimos el discurso del mundo. No somos unas buenas personas, solo hacemos que las cosas funcionen.

Editor Yaconic

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