Neighbors, do unto strangers/ Do on to neighbors/ What you do to yourself. Rolling Stones.

Por Rogelio Garza / @rogeliogarzap

Ilustración por Iurhi Peña / @Iurhi Peña

La música de los vecinos siempre es una mierda. ¿Qué karma estaré pagando? ¿Por qué cada vez que me mudo caigo junto a gente que escucha lo que aborrezco a ese volumen? Son las cuatro de la mañana del domingo y una tecnocumbia hace temblar las ventanas del departamento. Una rayita más y se estrellan. Oh, oh, otra vez, los de abajo tienen pary.

Y el problema no es la fiesta, como ustedes lo saben-lo saben, sino la música. La pinche música que ponen. Y los decibeles. No faltará quien diga que discrimino, que soy clasista, insensible y mamón. Y quizá tenga razón.

iurhi peña musica

CACA CON ECO 

Seguramente disfrutan el reguetón, la banda, los polymarchs, los corridos de última generación, los mash ups del pesero y el techno de tianguis, entre otras aberraciones. Lo peor es que siempre la ponen a ese volumen demencial de puesto pirata afuera del Metro, para animar un reventón de sordos. Los de abajo son una familia de cuatro: un papá sin trabajo, una mamá que vende productos de catálogo, un nini con ínfulas de mirrey de la Casa Pedro Domecq, una hermana que empieza la prepa, el perro y el perico. Tienen un equipo de sonido que ocupa 10 bocinas; lo he visto cuando hacen la limpieza los sábados al mediodía; lo encienden a todo volumen para barrer, trapear y sacudir. Pero su música ensucia el ambiente.

Durante el día digo órale, va, por la tolerancia y la buena vecindad aguanto vara. Sirve que me cultivo en música naca. Pero la paciencia se agota nota por nota. Cada vez que me pongo los tapones auditivos de espuma en mitad de la noche siento que ya hice un doctorado. ¿Por qué siempre me toca convivir con gente así y sus gustos infra musicales?

Sin importar el nivel socioeconómico, los edificios departamentales se convierten en rockolas del mal gusto. Lo sé porque he vivido en lugares de toda clase. Y en esa decena de mudanzas he aprendido el significado de la palabra respeto, así como la necesidad de contar con reglas básicas de convivencia. Donde sea, quien sea, la gente se siente dueña de todo y la música de al lado invariablemente apesta. Eso que le late al populacho que escucha La Zeta, una gran mayoría en este país, es chafa y lo que le sigue. Y la clase media —si queda alguna— y los pudientes de petatiux pretenden darse baños de pueblo con la música ñera. Del “Mix de la Niña Fresa” al “Soy de Rancho”, el resultado es el mismo: una mierda que se desparrama en la caja de resonancia que es el edificio. Caca con eco.

BÁJATE DE MI PARY 

Por supuesto, no perdonan el karaoke. Parecen coreanos desahogando penas. Es como una religión. Son las cinco de la mañana y la señora con un coro de obesas, hermanas, primas y cuñadas, berrea con el micrófono la de “hace mucho tiempo que no siento nada cuando lo hago contigo…” A esa hora me pone los pelos de punta. Imagino aquella atmósfera de humo de cigarro, cubas bien cargadas y música de mujeres frustradas. Muy denso, too heavy para miguel. A mi novia le dan jaquecas y si no duerme lo suficiente hasta migraña psicodélica. Yo trueno en la bicicleta y estoy como vegetal si no duermo lo suficiente. Y todo por los pendejos de abajo.

Una madrugada me puse las pantuflas y bajé a exigir que le bajaran a su desmadre. Como escribió el poeta JEP, somos lo que hace años odiábamos. Me sentí en “Get off of My Cloud” de los Rolling Stones, como viejito amargado: its three a.m., there´s too much noise. Don´t you people ever want to go to bed? Just cause you feel so good, do you have to drive out of my head? Pero es que en serio no podíamos dormir. A la chingada o a chanclazos, me hice a la idea de que iba a lidiar con los tíos, los primos y toda la parentela en estado etílico-romántico-madreador.

Toqué a la puerta tres, cuatro veces, pero el volumen era tan alto que no escuchaban la puerta ni el timbre. Esperé unos minutos a que terminara la basura que oían y en el breve silencio antes del siguiente bodrio toqué con más fuerza. Entonces abrieron, pero no había nadie, salvo el nini, hasta las manitas de brandy, haciéndole al DJ con su computadora, una botella de Pedo Domecq y una Coca Cola familiar. ¿Y tus papás? No están. Pues bájale porque no podemos dormir. Y me subí muy digno antes de azotar la puerta. El muchachito apagó su fiesta y todos pudimos dormir. En ausencia de los papás, que hacen desmadre cada fin de semana, repitió el patrón familiar de armar la pary aunque fuera solo.

EL RESPETO A LA JETA AJENA ES LA PAZ

En otros lugares existen normas contra estos abusos de gente pasada de lanza que se cree dueña del edificio y del sueño de los demás; nadie puede poner su música a ese volumen a estas horas. Para darnos una idea, la Organización Mundial de la Salud recomienda un máximo de 55 decibeles durante el día y 45 en la noche. En la Ciudad de México y la Zona Metropolitana se rebasan los 100 tranquilamente.

Desde luego, no me parece una histeria cuando lo único que necesitas y deseas un fin de semana es dormir. Es en legítima defensa del derecho al sueño. Porque el respeto a la jeta ajena es la paz. Pero aquí sucede que si alguien le llama a los uniformados, como en el comercial de televisión, terminan bailando en el vacilón. Tampoco soy vengativo, eso de ponerles Ministry a toda marcha a las siete de la mañana, mientras caliento para salir a pedalear, no aplica. Solo crearía tensión y hostilidad. Y como diría nuestro Morrisey de Juárez, no vale la pena.

Hay hipsters bohemios que se las dan de artistas malditos y ven en la fiesta el último resquicio de humanidad que les queda. Chido, pero que no jodan ni salpiquen. Hace poco alguien sugirió en el Facebook —no recuerdo quién— que si vas a vivir con otra persona, o si vas a rentarle, investigues qué música escucha el aspirante a roomate/inquilino. Si no, pueden sucitarse situaciones extremas como la de Vernett Bader, la mujer que en 2013 apuñaló a su ex novio y roomie porque no dejaba de escuchar a Los Eagles. No lo mató, pero sí dejó claro hasta qué grado se puede llegar por culpa de la música pinche y las obsesiones de los pendejos. Y tampoco la culpo, Los Eagles son insoportables.

Nadie pide vecinos que escuchen lo mismo que uno, solo unos que disfruten su música sin molestar. ¿Es mucho pedir? Por eso es importante establecer normas elementales. No vaya a ser que un día algún vecino aplique el método Bader-Eagles: Take it easy mis huevos :x

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