Por América Pacheco y Jeremy Anaya Lemonnier

1A. UN VERANO EN INGLATERRA

Aún no sé bien en calidad de qué fui a Inglaterra. Creo que como acompañante de mi novia; de todas maneras, no tenía gran cosa que hacer aquel verano.

Ella ya tenía un mes ahí, estudiando la población de conejos de la Universidad de Norwich. Su trabajo consistía básicamente en treparse a una cabaña de observación llena de arañas, con cuaderno y pluma en una mano y buenos binoculares en la otra. La primera vez que la acompañé, sentado en aquel banco de madera, empecé a contar los conejos con entusiasmo. El campo de pasto verde oscuro estaba delimitado con una señalética sencilla hecha de grandes etiquetas metálicas. Los traseros blancos de los conejos aparecían y desaparecían de un lado al otro; en sus orejas, dos tags de colores permitían identificarlos. El conjunto formaba un gran juego de batalla naval en el que azul-amarillo corría en G8, mientras verde-naranja y blanco-verde cogían frenéticamente en B2 y rojo-rojo le pateaba el trasero a rosa-azul en C6.

Fingí interesarme por la cunicultura y su famosa coprofagia un par de días más en la aburrida campiña británica de Norwich; pero, so pena de morir de inanición, acabé abandonando a mi novia y me empecé a interesar por lo que hacían los roomies de la casa grande que compartíamos. Uno se encargaba de la composta: la colectaba a diario de su respectivo recipiente y la agregaba a un enorme montón que removía con un trinche. Otro trabajaba en el jardín, sembrando, cuidando y cosechando hermosas coles moradas, generosas papas negras y larguísimas zanahorias amarillas. Otra partía en bicicleta para vender la cosecha en el mercado local de productos orgánicos, acompañada por otro más que vendía playeras para recolectar dinero destinado a sus proyectos en Botsuana.

Foto: Amy Clarke / CC, Wikipedia.

Casi todos estudiaban Desarrollo de Poblaciones Humanas. Sus estudios consistían en aprender a civilizar honradamente a los grupúsculos salvajes que aún poblaban el planeta, y que eran renuentes a trabajar en maquiladoras, insensibles a las bondades de los Oxxos e impermeables a las políticas gubernamentales de lucha contra la anorexia. En aquella casa se respiraba un ambiente de compartidas buenas voluntades y compromisos por el medio ambiente. Uno no podía, por ejemplo, consumir un six de cerveza sin acabar cortando los aros de plástico por miedo a que alguna tortuga de Galápagos, extraviada en el Canal de la Mancha, acabara con esbelta talla de avispa.

En aquel momento no compartía el grado de consciencia global de aquellos grandes seres humanos. De hecho, me parecía sospechoso que casi todos vinieran de familias muy adineradas de varias partes del planeta y que se interesaran tanto por sacar a la gente de su miseria. Sin embargo, imputaba a mi gran cinismo y falta de corazón esos desagradables cuestionamientos y observaba con curiosidad a aquella deliciosa fauna.

Me molestaba cierta condescendencia moral al momento de declarar que yo no era vegetariano. El “Oh, ok” que me contestaban conllevaba en mi mente paranoica un coro de voces acusatorias: “¡Pinche culero, no te das cuenta que si comes carne plebiscitas todos los horrores de la producción animal: las vacas gritando de horror cuando les quitan sus becerros, los pollitos molidos vivos, los cerdos aturdidos por una caída de tres metros, y todos los problemas ecológicos de insostenibilidad a nivel del planeta!”.

Al final de mi estancia en Inglaterra decidí agradecer las atenciones de los roomies con una cena. La noche anterior al festejo me metí al campo de estudio de la universidad y robé descaradamente a rosa-blanco, verde-naranja y amarillo-amarillo, los más enfermos de mixomatosis que pude encontrar. Los maté de un buen golpe en la nuca y los guisé en vinagre para que se les fuera el sabor a carne. Trituré la carne cocida lo más fino que pude y le agregué toda la verdura orgánica que pude arrancar del jardín. Ya todo mezclado, horneado y finamente sazonado, obtuve un magnífico paté de verduras que fue recibido con abundantes sonrisas y buenos modales por mis amigos vegetarianos, que por fin me aceptaron como uno de los suyos.

1B. “NO TENEMOS DINERO, AMOR, PERO TENEMOS LLUVIA”

A diferencia de la mayoría de la gente que conozco, mi infancia careció de cualquier tipo de vínculo emocional con la gastronomía familiar. Ninguna herencia cultural o biológica me une estrechamente al sagrado ritual de alimentarse. Al contrario.

Por razones que jamás entenderé y que a estas alturas de mi trayectoria moral considero vano indagar, nunca tuvimos dinero durante mi infancia. Mi madre tenía dos turnos: en la mañana daba clases en la UNAM y en la tarde-noche trabajaba en la sala de urgencias de un hospital general. Mi padre tuvo complicaciones los primeros 10 años de matrimonio a causa de una pavorosa enfermedad que lo mantuvo en estado vegetal algún tiempo.

Después de recuperarse milagrosamente, mi padre comenzó desde el principio en la cadena alimenticia laboral, con más pena que gloria. Pero aun así tenía trabajo, es decir, aportaba a la economía del hogar; poco, pero lo hacía. Lo anterior viene a cuento porque quizá mi familia pagaba alguna cuota al narco, o una deuda relacionada con el juego, y es que todos mis recuerdos vinculados a la comida son de carencia. Nuestro refrigerador padecía una suerte de bulimia del tercer tipo: se devenía entre la aridez propia del desierto y el grosero vómito.

En casa nunca hubo frutas o vegetales. Ni yogurt, jugo o helado. Nuestra dieta estaba basada en mortadela, huevo, retazo de pollo, el jamón más barato que la miseria pueda comprar, longaniza y tacos dorados. Mi madre nunca aprendió a cocinar, así que delegó nuestra alimentación a las habilidades de nuestra cuidadora de turno. Y al decir cuidadora, me refiero a las chicas de pueblo analfabetas que eventualmente nuestra abuela nos enviaba de tierra caliente, para pasar una temporada en casa. Mismas que emigraban tan rápido como sus habilidades para conseguir novio les permitían, ante la imposibilidad de mis padres a pagarles un sueldo constante o bien remunerado. No había dinero suficiente.

Los hermanos caradura (mi hermano menor y yo) las sufrimos terriblemente. Vivimos toda nuestra infancia la plaga de los piojos que estas pobres chicas nos traían además de su ignorancia total sobre la alimentación balanceada. Nos cocinaban lo que ellas comían o conocían. Fueron épocas difíciles para todos.

Algunos momentos de feliz comilona lo simbolizaban las visitas que hacíamos a casa de mi tía Male. De la familia paterna, nuestra tía Male gozaba del mayor poder adquisitivo y además de tener servicio doméstico y hasta cocinera, poseía el refrigerador más guapo del universo. Amaba visitarla porque en ningún hogar hasta ese momento conocido, se podían disfrutar las fantásticas viandas de su mesa. Aunque ello significara tener que soportar el acoso y burla de sus hijos mayores. Pero hasta a ellos aprendí a guardarles cierto cariño. El jamón York lo valía todo. Todo.

2A. SNORKEL NO QUIERE SER VEGETARIANO

Lo del vegetarianismo vino mucho después, cuando mi realidad trazada por el consumismo mainstream se empezó a quebrantar. Tal y como en la película They live (1988) de John Carpenter, encontré en mis lecturas los lentes necesarios para darme cuenta que el mundo que me rodeaba estaba poblado de extraterrestres conformistas que seguían una agenda de fascismo interplanetario.

Decidí hacer frente solo, creando una coalición inquebrantable con mi gato Snorkel: su explícita alergia al trabajo lo hizo mi mejor aliado. Investigamos las mejores respuestas ideológicas a la colonización ultraliberal de los Teletubbies. Yo me ponía a esculcar —en los títulos más serios de mis páginas likeadas de Facebook— información acorde; él aprobaba la refinación de mis criterios lamiéndose el trasero.

Fueron necesarios meses de minuciosas lecturas y análisis para deshacerme de las creencias adquiridas por los mensajes subliminales del enemigo, que Snorkel escupía bajo forma de pegajosas bolas de pelo. No podíamos ser comunistas, puesto que odiábamos a la gente, tampoco nacionalistas porque nos aburrían los himnos; el liberalismo era el enemigo y el anarquismo no habría implicado ningún cambio para mi gato. Decidimos entonces que no nos quedaba más que ser ecologistas.

Para ser buenos ecologistas no es suficiente predicar —como lo ha hecho siempre la izquierda acomodada—, hay que aplicar los preceptos a uno mismo. Comencé por lo básico: vendí mi coche y compré un burro Brick Lane de asistencia eléctrica; vacié los cereales, los metí en bocales de vidrio; usé el tiempo en la ducha para bañarme, mear, lavar ropa y acicalar al burro; remplacé artículos de limpieza y aseo personal por bicarbonato de sodio, y nos mudamos a una casa hecha de pallets y goteras.

Hasta ese momento Snorkel era cómplice en todo. Los cambios le encantaron; hasta se hizo amigo del burro, a quién despertaba con tremendos arañones de huevos. El problema surgió cuando la necesidad de volvernos vegetarianos se hizo inminente.  No podíamos seguir viviendo en contradicción con nuestros ideales. El gato se mostró renuente a mi tofu casero, y recibía mis platos de salchichas de chía y garbanzo con maullidos que me rompían el corazón. Un rato intentó compensar las restricciones cazando ratones y pájaros, pero ese no era el camino correcto, así que lo encerré en el cuarto , por su propio bien.

Entonces Snorkel se aisló en su propio mundo. Vivía escondido debajo del armario de huacales y a todo lo que le proponía para animarlo me contestaba un rotundo “I would prefer not to”. Lo seguía alimentando con una mezcla perfeccionada de harina de soya, arroz salvaje y verduras, pero dejaba casi todo el plato. Una mañana lo encontré muerto: lo metí en la composta e intenté olvidarlo. Soñé con el gato persiguiéndome con un tenedor gigante y maullando entre risas diabólicas. La noche siguiente Snorkel siguió acosándome y así todas hasta que decidí hurgar en la composta para asegurarme que estuviera bien descompuesto. Lo que encontré me dejó atónito: el gato, sonriente, se estaba comiendo los gusanos que le salían por todo el cuerpo.

2B. HARE KRHISHNA, BITCHES!

A los diecinueve años fui incorporada a una cofradía de estudio filosófico: Fernando y Raúl organizaban sesiones de estudio literario. Fernando era vegetariano militante; Raúl filósofo y director de teatro. Fernando era veinte años mayor que yo, pero estábamos enamorados madly. Él vio en mí algo más que una escuincla de bonitas piernas y dedicó gran parte de su tiempo a guiarme en los caminos de la literatura y el arte. Su vegetarianismo comenzó desde la adolescencia, en una suerte de revelación sorpresiva frente a una pollería del mercado de su barrio. Aquel día decidió que, desde ese instante hasta el fin de sus días, jamás probaría carne. Al momento de conocerle, contaba 22 años cumpliendo esa promesa.

Fernando nunca intentó influirme para abrazar los árboles y al vegetarianismo. Hizo algo peor. En una de tantas sesiones de estudio propuso que indagáramos en los libros sagrados y las religiones que los alimentaban. Cada sábado desgajábamos un libro nuevo y finalizábamos con una visita al templo o centro de culto correspondiente.

La tarde que dedicamos la sesión a la bellísima epopeya clásica Bhagavad-gītā (obra literaria rescatada del sánscrito, lengua milenaria que para los lingüistas es equiparable a la riqueza del latín) marcó el inicio de una revolución estrechamente personal. Todos los asistentes al círculo de estudio éramos ateos por convicción, sin excepciones; sin embargo, de todas nuestras expediciones pasadas e incluso venideras, visitar el Centro Hare Krishna México resultó un auténtico deleite sensorial.

Algunos del grupo quedaron prendados de los exóticos bailes de las bellísimas chicas que amenizaban la ceremonia; otros, de los hipnotizantes acordes del sitar o del alegre baile frenético del mantra hare Krishna. Lo que me conectó automáticamente a la algarabía de la casona de Tiburcio Montiel fue la comida. El incomparable Prasadam.

El Prasadam es llamado también “gesto de devoción o misericordia del señor” y representa el acto de agradecimiento cotidiano más importante de los devotos del dios Krishna mediante su vehículo más honesto: la comida. Los no versados lo calificarán como una descomunal comilona. El Prasadam se ofrece al Dios, por lo que la preparación está sujeta a más restricciones sanitarias que un restaurante con tres estrellas Michelin. El rito comienza desde la meticulosa selección de los ingredientes: todos los que se utilizan en la elaboración deben de distinguirse por el mayor grado de pureza que el amor pueda comprar. El Prasadam puede prepararse a base de productos lácteos, semillas, frutas secas, vegetales, hortalizas, especias y granos. La carne de cualquier tipo no está permitida; tampoco los huevos, incluso algunos yogurts que contengan gelatina o cuajo de origen animal. Ningún alimento que haya sido obtenido mediante el sufrimiento de un animal está vedado de esta gentil ofrenda. La preparación debe ser ejecutada estrictamente por uno o más devotos, ya que durante el proceso de cocción se deben cantar oraciones a Chaitanya, Prabhupada and the master himself: Krishna.

El resultado no es otra cosa que un notable y siempre apetitoso banquete multicolor.

El enamoramiento instantáneo de mi paladar con el halava (postre hindú elaborado a base de sémola de trigo, manteca vegetal y frutos secos) representó la adhesión emocional de mi alma con el vegetarianismo. Que no se confunda: no sufrí ninguna suerte de transformación espiritual; si bien, al día de hoy sigo considerando al Śrīmad-Bhāgavatam y al Bhagavad-gītā dos vestigios espirituales sin parangón, dignos de estudio y devoción, creo fervientemente que su valía estriba en el acto heroico de haber sobrevivido a cinco mil años en el tiempo (confío en que algún día se les reconocerá a los vedas allende su invaluable aportación a la comprensión espiritual; están construidos a base de auténtica filosofía), el vehículo de mi transformación fue la pinche coliflor.

Desestimé sin empacho el consumo de carne tajantemente porque si existía en el mundo una libre elección entre el nauseabundo consomé de retazo de pollo sin verduras de la cocina materna y un masala bhindi, solo un imbécil elegiría el camino del colesterol. Abracé la cocina ayurvédica con fanatismo y con tanto amor como rencor. Me convertí en un sujeto fanático e impresentable. Lo único que rescaté de una vida dedicada al testigodejehovaismo de aquellos días, fueron las clases de cocina vegetariana que tomé en un restaurante del Centro Histórico. Me instruí en el fino arte de alimentarse con equilibrio. Aprendí que existía la gastronomía. El enamoramiento llegó por añadidura.

3A. VIVAMOS EN COMUNIDAD

Conocí a Gonza y a Hane en un taller de cultivo biointensivo, en casa de un amigo que se había vuelto el gran sensei de la permacultura. Gonzalo llegaba de Argentina después de haber atravesado medio mundo con su tabla de surf, Hane buscaba una nueva vida lejos de la influencia de sus padres. Ambos eran muy agradables, con una fe inquebrantable en todo lo que atañe al cuidado de la naturaleza y a la vida en armonía.

Desde un principio congenié muy bien con Gonzalo. Lo que más me impresionaba era su talento para desafiar la gravedad: era capaz de treparse a cualquier cosa y deshacerse de ella de un brinco. Me habló con pasión de cada uno de sus viajes y de todas las enseñanzas que absorbió. En sus grandes gestos de argentino se podía leer el amor por el encuentro con lo desconocido.

Tal vez me equivoque al recordar el momento preciso en que Gonzalo habló de su proyecto. No sé si fue escarbando una zanja para lombrices o una noche de fogata abrazado de Hane. Lo que sí recuerdo perfectamente son los trazos que dibujaban sus palabras. Un lugar, olvidado del mundo, a orillas del mar. Un octágono perfecto hecho de madera y tierra. Cada segmento con una función precisa, pero comunicando entre sí. El resto perfectamente adecuado a las leyes de la permacultura.

La proyección de Gonza iba configurando mis propios sueños, y él aseguraba que no faltaría mucho para hacerlo realidad. Solo bastaba encontrar cinco personas más, eso sí, súper comprometidas, y podríamos lanzarnos en el proyecto. Gonza también decía que no haría falta dinero, que las cosas se proveían solas con buena vibra. Todos lo creímos, convencidos. Las dos primeras personas en agregarse al proyecto fueron Karina y Damián, quienes vendían unos hermosos collares hechos de piedras finas y caracoles que buscaban ellos mismos en desiertos, ríos y playas. Siguió Marín, el excéntrico cubano, enamorado de la India, que salía muy temprano en la madrugada a recibir al sol con estiramientos balanceados del cuerpo. Nuestro grupo se completó con las últimas llegadas, una pareja de chicas enamoradas, Lucía y Perla, que le sonreían a todo.

Al principio solo nos veíamos un ratito por las tardes para enfocar el espejismo. El sueño era grande y nos faltaba tiempo y compromiso. Gonzalo nos pidió un esfuerzo grande: vivir todos bajo el mismo techo, que nos prestaba una pareja generosa de rancheros a cambio de ayudarles a empezar su negocio de lombricultura. Al principio todo salió muy bien, parecíamos hechos los unos para los otros y coincidíamos en todo.

Las comidas fueron las que agrietaron el sueño, y eso porque todos teníamos regímenes alimenticios distintos. El momento privilegiado para reunirnos todos y compartir nuestros alimentos se transformaba a menudo en cuadrilátero para hippies come flores. Una noche, cansados, empezamos a discutir acerca de la mantequilla. Las cosas se salieron de control. La lesbiana macrobiótica ahorcaba con sus enormes tetas al yogui explicándole con lujo de pezones que los alimentos perdían sus propiedades si se exponían a metales, el crudivegano, mientras, usaba sus pies como tenazas para agarrar a un ovolacto que intentaba alegar que el huevo no sufría, la otra lesbiana noqueaba en el suelo a Gonzalo explicándole que por más pinche argentino que fuera no era sano comer carne todo el tiempo, yo tenía agarrado al cero gluten y le intentaba dar una cátedra sobre la imposibilidad de su pinche intolerancia al trigo si no tenía la enfermedad de Celiac , mientras Hane gritaba aterrorizada que eso no era “la vida misma”. Esa noche nos separamos todos deseándonos suerte cada quién por su lado y yo me prometí no volver a comer nunca con nadie que tuviera buena vibra.

3B. NO MORE VEGGIE SYMPATHY

Todo aquel que me conozca más allá de un ambiguo devaneo amistoso sabe que nací para perder. Tengo la habilidad homérica de mandar todo a la mierda, sin esfuerzo.

Era previsible que el insoslayable desenamoramiento por Fernando apareciera más raudo que la estabilidad de los pesos cubanos intercambiables en el mercado bursátil. La vida no me alcanzará para agradecerle al hombre con el mayor número de talentos y virtudes que conoceré jamás; pero me faltaron agallas para acompañarlo al camino que construyó para mí.

Además de liderar nuestro pequeño grupo de estudio, encabezaba una asociación civil de carácter mundial de fácil identificación en Wikipedia. Él y algunos de los integrantes (médicos, ingenieros, arquitectos, agrónomos y ecologistas) compraron un rancho de veinte hectáreas en la huasteca tamaulipeca. Asesorados por expertos en sustentabilidad, diseñaron un rancho ecológico a la medida. Diez familias gozarían de las bondades del desarrollo sustentable. Fernando me llevó a conocer las generosas tierras con la certeza que aceptaría mudarme en medio de la nada, a sepultarme entre el verdor. Una parte de mí siempre supo que eso jamás pasaría. Lo dejé adelantarse con la promesa de alcanzarlo en un mes. Para entonces estaba a punto de cumplir veinte años y dos de vegetarianismo.

La decisión de no mudarme también cortó el listón de mi libertad emocional y reconocimiento ante la incapacidad de renunciar a devorar un mousse de foie gras. Adentrarme a la comida vegetariana fue únicamente el preámbulo que cualquier papila gustativa en condición de calle necesita para comenzar el irrenunciable y vitalicio amor por el arte culinario.

No descarto que la vejez traiga consigo revelaciones misteriosas como la de Fernando, a sus doce años. Quizá —si mis huesos alcanzan la tercera edad— llegue el día que la lectura de los 18 mil versos disertados del Śrīmad-Bhāgavatam despierten lo que me reste de moralidad y la conciencia de Krishna cambie nuevamente la ruta de mi destino. Por lo pronto, no he dejado de atesorar como joyas mis libros sagrados. ¿Quién puede asegurar que no he dejado de murmurar el hare Krishna en la penumbra del dolor, en mis noches de soledad y pavor?

Haribol.

Editor Yaconic

Editor Yaconic

Previous post

ART DISTRICT MX, UNA ORGÍA DE FELICIDAD

Next post

31 MINUTOS, ¿SEGUROS QUE SOMOS ADULTOS?